Capítulo 1: pequeños pasos en el granero
El sol ya se estaba escondiendo cuando todo empezó. Aquella luz naranja y suave entraba por las ventanas del granero y lo bañaba todo en un tono cálido, como si el día no quisiera irse del todo.
Dentro olía a madera vieja, a tierra recién removida y a ese toque salado que Lapis siempre traía consigo después de pasar horas volando sobre el mar.
Peridot estaba en su mundo, tirada en el suelo entre un desastre precioso de cables, tabletas rotas y piezas de metal que solo ella entendía. Tenía las manos manchadas y la lengua un poco fuera mientras soldaba algo chiquito con esa concentración que le salía tan natural.
—Vale… si paso la energía por aquí y pongo este cristal justo en el medio… —se dijo en voz baja, hablando sola como siempre—. ¡El tractor va a volar treinta segundos enteros! ¡Treinta! Imagínate, Lapis, agricultura desde el aire. Los humanos van a alucinar.
Lapis estaba arriba, flotando cerca del techo con las piernas cruzadas, mirando por la ventana hacia el horizonte. El océano quedaba lejos, pero ella lo sentía igual, como un peso constante detrás de la gema.
—Suena útil —dijo, sin girarse, con esa voz tranquila que a veces parecía perdida.
Peridot levantó la cabeza de golpe.
—¿Útil? ¡Por favor! Esto es revolucionario. Llevan siglos pegados al suelo como si no hubiera otra opción.
Lapis bajó despacio, sin prisa. Las alas de agua se deshicieron en el aire con un sonido suave, casi como un suspiro. Se sentó frente a ella en el suelo, abrazándose las rodillas.
—Ya lo sé. Tú siempre haces cosas increíbles, Peri.
Peridot se quitó los visores un segundo para limpiarlos, aunque no estuvieran sucios. Se le notaba que se había puesto un poco colorada.
—Bueno… es que soy una Peridot, ¿sabes? Viene en el pack.
—La miró mejor y frunció el ceño—. Oye, en serio… ¿estás bien? Esta semana te noto más callada.
Lapis jugueteó con un mechón de su pelo, mirando al suelo.
—Es que pienso mucho. En todo lo que pasó. Malachite, el espejo, Homeworld… nosotras. A veces siento que sigo ahí abajo, aunque ya no sea así.
Peridot dejó la herramienta que tenía en la mano y se acercó un poco más. No mucho, solo lo justo.
—Eso ya pasó hace mucho, Lapis. Tú me sacaste a mí de mi propio lío cuando todavía era una idiota leal a las Diamonds. Y ahora estamos aquí. Juntas. Haciendo arte raro, viendo series tontas, viviendo en este granero que reconstruimos entre las dos. Eso tiene que contar para algo, ¿no?
Lapis levantó la vista y sonrió de verdad, aunque fuera una sonrisa pequeña.
—Cuenta para más de lo que crees.
Se quedaron así un rato, en silencio. De ese silencio bueno, que no molesta, que llena en vez de vaciar.
Entonces Peridot, como si le costara un mundo, estiró la mano y tocó el brazo de Lapis. Solo un roce. Ella no se movió.
—Oye… he estado leyendo cosas —dijo Peridot, de repente nerviosa—. Sobre fusiones. Las de verdad. Las que no son forzadas.
Lapis se tensó un poquito, pero no apartó el brazo.
—¿Y eso?
—Curiosidad, ya sabes cómo soy. Garnet lo lleva haciendo toda la vida y funciona. Y pensé… no sé, hipotéticamente… qué pasaría si una terraformer y alguien que controla el agua lo intentaran. Solo por ver.
Lapis la miró fijo, con los ojos muy abiertos.
—¿Me estás diciendo que quieres probarlo conmigo?
—¡No, no ahora! —Peridot agitó las manos rápido—. Solo… en teoría. Tu poder con el agua y mi precisión con el metal… podría salir algo brutal.
Lapis soltó una risita baja, de esas que casi no se oyen pero que se sienten.
—“Algo brutal”. Muy tú, Peri.
Y justo en ese momento, un ruido fuerte afuera rompió todo. Algo se movía entre los cultivos, rápido y agresivo. Una gema corrupta pequeña había olido la energía del último cacharro de Peridot y venía directa hacia ellas.
—¡Mierda, mi prototipo está soltando ondas residuales! —gritó Peridot poniéndose de pie.
Lapis ya tenía las alas fuera.
—Tranquila. Lo paramos juntas.
Salieron corriendo. Lapis levantó muros de agua para frenar a la cosa; Peridot lanzaba trozos de metal que la distraían y la guiaban justo donde querían. Se movían tan en sintonía que parecía que hubieran entrenado años. En nada, la gema estaba poofed y metida en una burbuja.
Las dos respiraban fuerte, pero se miraban sonriendo.
—Joder, eso ha sido perfecto —dijo Peridot, todavía agitada—. Nos hemos movido como si fuéramos una sola.
Lapis se acercó, con gotitas de agua brillando todavía en las manos.
—Sí… ha sido perfecto.
Estaban muy cerca. Tan cerca que, por un segundo, sus gems brillaron a la vez. Verde y azul se mezclaron en un destello turquesa que duró nada y menos, y luego se apagó.
Peridot soltó una risa nerviosa.
—Ja, solo… interferencia, supongo.
Lapis la miró con una suavidad que no solía enseñar.
—Claro. Solo interferencia… por ahora.
Cuando ya era de noche cerrada, subieron al tejado del granero y se sentaron juntas, hombro con hombro, mirando las estrellas.
Más cerca que ayer.
Mucho más cerca que hace un año.
Y ninguna de las dos tenía ninguna prisa por cambiarlo.
Fin del capítulo 1.