Capítulo 1
La habitación estaba saturada de feromonas, una mezcla embriagadora de vainilla y lluvia que sellaba el aire. Leo, de tez morena y cuerpo cálido, recibía a su alfa boca abajo, con las caderas elevadas y ahogando gemidos contra la almohada. Las uñas de Aella se clavaban en su piel canela, marcándola de rojo donde la agarraba con una fuerza que era pura posesión.
—¿Estás cansado? —La voz de Aella era suave, pero cargada de esa autoridad dulce que solo usaba con él. Sus largos cabellos pelirrojos, ondulados y húmedos, caían sobre sus hombros mientras observaba a su esposo, a quien el sudor le pegaba los rizos castaños a la sien.
—¡Ah, Alfa! —logró soltar Leo entre jadeos—. Cambiemos de posición.
—Está bien. Ya me estaba cansando de solo verte la espalda —accedió ella, deslizando una mano con ternura por la línea de su espina dorsal—. Aunque tu espalda es preciosa, querido. Y tu marca… aquí —se inclinó, acercando los labios a la nuca de Leo, justo donde su mordida permanente lucía en la piel—. Huele delicioso.
Leo arqueó la espalda con un gemido largo cuando los labios de ella besaron la marca. Aella aprovechó entonces para tomarle una pierna y, con un movimiento fluido y sin separarse de él, darle la vuelta hasta quedar frente a frente. Nunca abandonó la calidez de su interior.
—Aquí me tienes —musitó Aella, deteniéndose por un instante—. ¿Extrañaste mi cara?
—Aella —susurró Leo, emocionado. Sus ojos, brillantes y felices, la recorrieron—. Esposa. Quiero besarte. Ven aquí.
Ella se acercó sin vacilar. El beso fue lento al principio, un reencuentro de labios que pronto se abrieron en un baile húmedo y familiar. Una hebra de saliva puenteó sus bocas al separarse un momento para respirar. Mientras se besaban, Aella movió las caderas sutilmente, buscando ese punto que hacía temblar a ambos.
Las manos de Leo subieron entonces, tanteando en la oscuridad hasta encontrar los pechos generosos de su esposa. Se incorporó un poco, sin separarse de ella, para llevar su boca a uno de los pezones. La lengua caliente y las caricias deliberadas hicieron que Aella soltara un gemido ahogado, arqueándose hacia él. Ahora era Leo quien estaba sentado sobre ella, inmovilizándola con su peso mientras la devoraba con atenciones.
—¿Te gusta? —preguntó Leo, su voz ronca contra su piel.
—Eres un travieso —jadeó ella, con los brazos estirados hacia atrás, entregada—. Te gusta tener a tu esposa así, ¿verdad?
—Solo para mí. Tus gemidos son solo míos, Alfa.
De pronto, Leo soltó el pecho hinchado y enrojecido y comenzó a moverse, levantando y bajando sus caderas con un ritmo lento y profundo que los envolvía a ambos en una nueva ola de placer. Se mordía el labio para contener los sonidos; Aella, debajo de él, se sonrojaba y jadeaba, completamente a merced de las contracciones internas de su omega.
—Ah, no te detengas —imploró ella—. Sigue, amor. Tus paredes me están succionando… ¿Tienes hambre, no?
—¡Ah, Alfa, calla! No seas vulgar —protestó Leo, fingiendo pudor, pero su ritmo se volvió más rápido, más desesperado, cambiando a saltos cortos y profundos que los acercaban al borde.
Aella lo vio primero: la tensión en el abdomen de Leo, el temblor en sus muslos. Él estaba a punto de caer.
—¡Leo! —Sus manos volaron a sus nalgas, agarrando la carne llena para guiar el ritmo, para empujarlo más allá.
—Aella, Alfa… ¡lléname! Quiero tu nudo.
Fue la invitación que ella necesitaba. Con un gruñido ronco, Aella le dio la vuelta una vez más, colocándose arriba. Ahora era ella quien marcaba el compás, embistiendo con una fuerza que hacía que el colchón crujiera. El nudo en la base de su miembro comenzó a hincharse, prometedor.
—Toma mi nudo —jadeó, clavándose hasta el fondo—. Y ten a mis hijos.
Leo gritó cuando la expansión comenzó dentro de él, llenando cada espacio, anclándolo a ella. Aella empujaba una y otra vez, cada embiste más profundo que el anterior. Las piernas de Leo se enroscaron alrededor de sus caderas, sus uñas arañaron su espalda, y el aire se llenó de sus gemidos agudos, de la electricidad que los recorría a los dos.
—¡Alfa, voy a venirme! ¡No pares!
Aella, sintiendo cómo las paredes de Leo se apretaban alrededor de su nudo con fuerza convulsiva, soltó un gruñido gutural. La ola los arrastró juntos: él, derramándose entre sus cuerpos; ella, llenándolo en pulsaciones interminables. Cuando la marea retrocedió, quedaron temblorosos, sensibles, todavía unidos.
Aella se rió, baja y satisfecha, y buscó los labios hinchados de Leo para un beso perezoso.
—Mírate —susurró, acariciándole el costado—. Tranquilo.
Se acomodó de costado, llevándolo con ella para que su espalda descansara contra su pecho, todavía anudados.
—No te rías —refunfuñó Leo, aunque se acurrucó más contra ella—. Aún estamos así.
—¿Te gustó?
—¿Por qué preguntas? Eres mi esposa, tonta. No es la primera vez —dijo Leo, aunque una sonrisa asomaba en su voz—. Pero esta vez… me fascinó. Aparte, tengo que salir embarazado, sí o sí. Así que dormimos así, no te salgas aunque el nudo se suelte.
—Jajaja, ok. Tú mandas, cariño —Aella deslizó una mano sobre la pancita suave de Leo—. Aquí pronto habrá un bebé. Espero que se parezca a ti.
El omega se sonrojó de inmediato. ¿Qué diablos decía esta alfa? Era obvio que no debía desear eso. El niño tenía que salir a ella, con su hermoso cabello rojo y su fuerza. Él era… él. Feo y llenito.
Aella, que sentía cada cambio en la tensión de su cuerpo, alzó una ceja. La oscuridad no le ocultó el pesar en el rostro de Leo.
—¡Auch! ¿Y eso por qué? —La palma de su mano cayó con un suave azote en una de sus nalgas.
—¿Crees que no me doy cuenta? —La voz de Aella perdió toda su burla, volviéndose seria y tierna—. Eres hermoso, Leo. Mírate. Eres lindo. No eres feo. No me importa que tengas rollitos, que seas llenito. Tu rostro y tu cuerpo son… jodidamente ardientes. Amor, ¿crees que si no lo fueras me hubiera casado contigo? Es más —apretó las caderas contra él, haciendo que ambos respiraran entrecortados—, esto ni siquiera se pararía por alguien que no me vuelva loca. Yo no soy perfecta, mi cuerpo no es el mejor, ¿por qué el tuyo no lo sería?
—Alfa… —su voz fue un hilo—. Tú eres guapísima.
—Calla. Si a tus ojos soy la mujer más guapa, entonces para mí eres el hombre más lindo. Yo tengo mis defectos, yo…
—Silencio —Leo se giró lo suficiente para mirarla, su expresión firme—. Tú eres hermosa. Y eso no te hace menos, ni te quita lo guapa que eres. Es normal que a tus ojos te veas así. Yo soy igual. Pero para las personas que nos aman… no son defectos.
—Entonces no quiero que vuelvas a pensar así de ti.
Leo se levantó sobre un codo y la besó. Fue un beso tierno, un sello a su promesa, pero Aella lo tomó y lo transformó, profundizándolo hasta que el aire volvió a escasear. En medio del beso, su mano bajó, buscando entre ellos.
—¿Estás dura de nuevo? —preguntó, su voz una caricia ronca.
—Bueno… mi esposo llenito es tan sexy —confesó, enterrando su rostro ardiente en su cuello.
Aella sonrió contra su piel. No había sueño que valiera más que esto. Sus dedos comenzaron a trazar círculos donde aún estaban conectados, buscando la reacción que sabía que llegaría.
—Parece que no vas a dormir temprano, después de todo —susurró, capturando sus labios de nuevo.