Prólogo
Era el año 2633, al menos allá en Tailandia, porque su calendario budista está adelantado 543 años en referencia al occidental, en el cual marcaba el año 2090. Un día caluroso de verano, en Mae Nam Khong, un pueblo ubicado en la Provincia de Nong Khai, cerca de la frontera entre Tailandia y Laos, un hombre se bajó en la parada de autobuses. Un hombre delgado, pero atlético, de 24 años de edad de piel bronceada, pelo extremadamente largo y despeinado azul marino, barba escasa y ojos cansados rojos con ojeras prominentes, siendo lo que más resaltaba de él una prótesis robótica que tenía a modo de brazo derecho.
Al apenas bajarse del autobús que lo trajo desde Bangkok, el hombre tosió sangre en su mano izquierda, la cual se limpió contra su camiseta aprovechando que era roja, y luego procedió a respirar el aire impoluto de Mae Nam Khong con una sonrisa en su rostro.
—Ah, aire fresco —dijo feliz y tranquilo—. Huele a… —pero entonces un papel voló directo hacia su cara y él preguntó— ¿Panfletos?
Al leerlo, el de rojo vio que era un anuncio para la Universidad de Mae Nam Khong, la cual iba a abrir en unos cuatro meses, lo que le hizo arrugarlo y murmurar para sí mismo: —Hubiese sido más útil que esto se abriera mientras yo estaba estudiando —para luego buscar el cubo de reciclaje de papel y tirarlo ahí antes de ponerse a caminar por las calles.
El sitio por el que él estaba caminando era la Zona Urbana de Mae Nam Khong, el sector de la ciudad donde vivían las personas que fueran de clase media a bastante ricas y donde había la mayor cantidad de negocios abiertos y vehículos motorizados. Aunque no le desagradaba, en realidad prefería más la Zona Rural, ya que ahí la gente era más relajada y tranquila y había más contacto con los animales y la vida silvestre. Vida silvestre que apenas se mostraba allá donde estaba, donde ocasionalmente se podía ver a alguien circulando a caballo por ahí y había árboles de mangos hasta donde alcanzaba la vista.
Luego de un rato, el hombre se detuvo frente a un edificio a medio pintar que decía en el cartel “Gimnasio de Muay Thai de Ajarn Prachak”, estando plantados a cada lado de la entrada dos árboles de mangos, lo que le hizo comentar: —Acá en Mae Nam Khong, hay en promedio tantos árboles de mangos como personas. Son tantos que de hecho podríamos realizar una tradición en la que los jóvenes, al cumplir 20 años, la mayoría edad, tendrían que marcar su nombre en uno de estos para declarar que eran miembros de la comunidad —una sonrisa traviesa se formó en su rostro mientras sacaba una navaja de su herramienta multiusos—. ¿Y por qué no puedo empezar esa tradición ahora?
El peliazul fue al árbol de la izquierda y quiso marcar su nombre ahí, pero entonces vio que alguien ya lo había hecho antes que él y ese era Ajarn Prachak, algo que provocó que se abofeteara la frente y musitara: —Oh, Maestro —mas vio que en el de la derecha no había escrito nadie, así que aprovechó y escribió ahí su nombre: Hyuga Arunrat.
Luego de completar esa tarea, el hombre, llamado Hyuga, tocó tres veces la puerta y, tras esperar un rato, se encontró con un señor mayor que se encontraba leyendo unas revistas eróticas mientras le habría. Era Ajarn Prachak, el dueño de aquel gimnasio y el hombre que lo entrenó en las artes marciales cuando era joven como su maestro, quien se mostró feliz de verlo mientras este, siendo en realidad un reconocido guerrero de muay thai, le hacía el wai para saludarlo.
—Vaya que te tardaste, Hyuga-chan —le replicó el anciano con una sonrisa en su rostro—. Pensé que se te había olvidado que tenías que venir a visitarme.
—¿Tengo cara de que olvido acuerdos? Iie (No). Prometí visitarlo aquí en mi verdadero hogar en la temporada de verano y la de invierno cada año y eso es lo que estoy haciendo ahora. La cosa es que, por la reciente escasez de gasolina en Bangkok, me fue bastante difícil encontrar un autobús que me llevara para acá —el de rojo desvió la mirada con fastidio—. Y luego se preguntan por qué no confío en los transportes con ruedas. Y no, tampoco me vine con las manos vacías —sacó de su bolso una caja llena de buñuelos con doble glaseado y se la dio—. Estas son cortesía de la casa, o lo serían si un bote en el mercado flotante contara como casa. ¿Y seguro que puede comerlos? Cada día que pasa, se ve más viejo.
—Nah, tonterías. Yo aún soy muy joven. Apenas tengo 65 años de edad —le replicó su maestro mientras sacaba un buñuelo y se lo comía—. Ah, y antes de que se me olvide, tengo un regalo para ti, un regalo que nos espera en cierto lugar especial. ¿Quieres que vayamos por él ya? Pues salgamos al patio. Ya sabes quién te está esperando ahí y tiene deseos de volver a verte.
Luego de que Ajarn dijera eso, él y Hyuga salieron al patio, donde el último vio con alegría que se encontraba un grande y fuerte caballo Clydesdale de pelaje marrón. Se trataba de Akira, su noble corcel, que era como él lo reconocería si esto siguiera siendo la era medieval. El peliazul fue a abrazarlo y el caballo, en respuesta, frotó su hocico contra él y hasta le lamió la mejilla.
—Sí, yo también te extrañé. Bueno, ¿te encuentras listo para pasear? Solo espera un momento a que te ponga las cosas, ¿sí? Solo quédate quieto, que no tardo.
Luego de decir eso, Hyuga fue al cobertizo que se encontraba por ahí y sacó de él la silla de montar, los aparejos y demás cosas que le colocó con ayuda de Ajarn, pues el trabajo era más rápido cuando lo hacían dos personas. Una vez terminaron de acomodar los implementos, el peliazul, con una agilidad sorprendente, montó en el lomo de su caballo y luego le tendió la mano a su maestro preguntándole: —¿Y bien? ¿Se va a subir o no?
El hombre mayor soltó una risita al oír eso y contestó: —Pensé que no me lo pedirías —antes de subirse detrás de él y que este espoleara a su caballo para salir de allí hacia la calle.
En el camino, Ajarn sugirió que, para entretenerse, contaran cualquier historia que se les ocurriera y Hyuga aceptó, decidiendo contar la de su vida y esperando que sus vacaciones allá en Mae Nam Khong, su pueblo natal, no se fueran con ello.