Prólogo
El calendario budista marcaba el sexto día de marzo del año 2633 en las tierras de Tailandia, aunque, en el resto del mundo o lo que quedaba de él, era apenas 2090. Un autobús viejo y destartalado, que expulsaba un humo negro y contaminado al aire, se detuvo en el pueblo de Mae Nam Khong, en la Provincia de Nong Khai. De su interior, se bajó un individuo que parecía luchar por mantenerse en pie mientras arrastraba su maleta por el corredor del vehículo e intentaba no verse aplastado por el peso de su mochila, como si estuviera llena de piedras.
Era un hombre atlético de veinticuatro años de edad, con una piel morena clara bastante común en el país, a diferencia de su pelo azul marino, demasiado largo y enmarañado, que ondeaba con el viento húmedo de la comunidad. Portaba una barba escasa que parecía ensuciar su mentón y unos ojos cansados y ojerosos rojos, comparables a los de alguien que batalló por más décadas de las que llevaba caminando entre los vivos. Lo aterrador no era su altura y mucho menos su mirada, sino su brazo derecho, el cual era en realidad una prótesis mecánica, cuyos circuitos palpitaban como vasos sanguíneos.
Cuando puso un pie en el pavimento agrietado, sintió un fuerte dolor en el pecho y tosió con violencia, provocando que el cascabel de gato en su cuello tintineara a causa de la sacudida repentina. La sangre empapó su mano izquierda, la cual se limpió con indiferencia contra su camiseta roja, buscando que la mancha se camuflara con la tela. Sacó del bolsillo izquierdo de su pantalón un pequeño frasco de medicina que tenía marcado un kanji con el significado de “Tigre”, una pequeña burla a lo que él era en su interior. Se lo tomó para mantener a raya el malestar, apretando los ojos por el trago amargo que le devolvió las fuerzas, y se permitió respirar el aire impoluto del exterior, tras diez horas encerrado en aquel armatoste metálico.
—Aire fresco —murmuró con una sonrisa tranquila—. Huele a... ¿Panfletos?
Su pregunta vino cuando un papel llevado por el viento voló hacia él. Curioso por saber de qué hablaba, lo atrapó con su mano derecha, la cual emitió un breve siseo mecánico por esa acción.
Lo leyó y entendió que era un anuncio para la Universidad de Mae Nam Khong, la cual iba a abrir en dos meses más, lo que le hizo arrugarlo con desdén y sisear: —Hubiese sido más útil seis años antes. Hai, la cantidad de problemas logísticos que tantos se podrían haber ahorrado.
Buscó el cubo de reciclaje de papel más cercano y tiró el panfleto ahí, dejándolo para que fuera recogido después. Satisfecho por haber ayudado al planeta, caminó hacia su destino ubicado en la Khet Meuang, la Zona Urbana.
Recorrer el área rica del pueblo fue, para él, un recordatorio del progreso perdido a causa de un conflicto armado que él agradecía no haber vivido en persona. En donde debería haber autos voladores y cohetes que llevaran personas de vacaciones al espacio exterior, había camionetas oxidadas que rugían con motores de combustión y jinetes valientes que sorteaban baches a lomos de sus caballos. La única ventaja que vio fueron los mamuang, los árboles de mangos, que se erguían firmes y conferían de frutos deliciosos y aire respirable a humanos y animales.
Tras pasar al lado de un puesto de pad siew, el hombre se detuvo cuando un pequeño gato gris atigrado saltó de detrás de unas cajas y se fundió contra sus piernas, pidiendo ser mimado. Se agachó para acariciarlo con su mano de carne y emitió un chasquido gutural seguido de un siseo vibrante, devolviéndole el saludo y dejándolo seguir su camino, que era opuesto al suyo.
Sus piernas se detuvieron delante de un edificio falto de pintura, justamente a donde quería llegar: el Gimnasio de Muay Thai de Ajarn Prachak, donde había dos mamuang flanqueando la entrada como guardianes inamovibles.
—En promedio, Mae Nam Khong cuenta con la misma cantidad de árboles que de personas —comentó en su fuero interno—. Hay tantos que podríamos marcar uno al cumplir los veinte años. Sería una buena tradición, una forma de decir que la comunidad oficialmente te recibe como un adulto.
Aquella idea provocó que una sonrisa traviesa se formara en su rostro y sacara una navaja del bolsillo derecho de su pantalón. Se acercó al árbol de la izquierda y quiso marcar su nombre ahí, pero frenó en seco cuando vio que alguien ya lo había hecho antes que él y ese alguien era Ajarn Prachak, el dueño del lugar.
—Oish, Ajarn —masculló, abofeteándose la frente por haberse visto adelantado.
Se percató de que, en el mamuang de la derecha, no había escrito nadie, así que se encogió de hombros. Usó la navaja para trazar en el tronco, con pulso firme y caracteres tailandeses perfectos, su nombre: Hyuga Arunrat.
Completado su pequeño trabajo, tocó tres veces la puerta de aquel edificio y, tras esperar un rato, se le fue abierta por un señor mayor que se encontraba leyendo una revista para adultos sin vergüenza alguna. Era Ajarn Prachak, su maestro de las artes marciales, a quien saludó con un wai, juntando ambas manos frente a su rostro en señal de respeto.
—Sawatdee krab, cachorro. Vaya que te tardaste —lo saludó Ajarn con una sonrisa en su rostro—. Pensé que te habías lanzado a una zanja para no venir a visitarme más.
—¿Usted me ve capaz de hacer algo así solo para no respetar un acuerdo, Ajarn? Iie. Prometí volver a su gimnasio en la estación cálida y en la fría y yo siempre cumplo, aunque me cueste. Esta vez no fue mi culpa demorarme, que conste. Allá en Bangkok, hay una escasez de gasolina severa y conseguir transporte es todo un caos —Desvió la mirada con fastidio—. Y luego se preguntan por qué prefiero a los caballos por encima de los motores. Lo positivo es que no me vine con las manos vacías. Espere un momento.
Depositó su mochila en el suelo y sacó de allí una caja de Material Duradero que, tras abrir para revisar que su contenido no estuviera dañado, le tendió con ambas manos.
—Estos son mis khanom especiales. Buñuelos con doble glaseado. Cortesía de mi bote en el Mercado Flotante. ¿Seguro que su corazón aguanta este azúcar, anciano?
—¿Anciano? Yo aún soy muy joven. Apenas tengo sesenta y cinco años de edad. Más bien, necesito azúcar para no desmayarme —Sacó un buñuelo y se lo comió de un bocado—. Antes de que lo olvide, también tengo un regalo para ti, un regalo que nos espera en cierto lugar especial. ¿Quieres que lo busquemos ya? Salgamos al patio, entonces. Hay alguien que espera volver a morderte.
Después de dejar su equipaje en la sala de estar del gimnasio, los dos salieron al patio trasero, donde se encontraba, atado a una estaca de madera, un Clydesdale grande y fuerte cuyo pelaje marrón brillaba bajo el sol siamés. Era Akira, el caballo de Hyuga, quien sintió una enorme calidez al verlo. Se acercó y abrazó el cuello del animal, quien le lamió la mejilla a modo de recibimiento.
—Hai. Yo también te extrañé, hermano de fuego. ¿Te gustaría que saliéramos a pasear? Solo dame un minuto, que ya voy a prepararte.
Entró al cobertizo para buscar la silla y los aparejos y, con ayuda de Ajarn, se los colocó a Akira. Su brazo derecho apretó las correas con fuerza por precaución y emitió un chasquido metálico mientras retornaba a su posición inicial.
Con un salto ágil y felino, Hyuga montó en el lomo de su caballo, se acomodó en la silla y le tendió la mano mecánica a su maestro, preguntándole: —¿Y bien? ¿Se va a subir o su cuerpo ya no está en condiciones de cabalgar?
—Pensé que no me lo pedirías, cachorro —respondió Ajarn entre risitas, montando detrás de su alumno, quien espoleó a Akira para partir.
Mientras abandonaban las inmediaciones del gimnasio y los cascos de Akira empezaban a golpear el pavimento, Hyuga se dispuso a relatar la crónica de su vida a Ajarn para entretenerse, con la esperanza de que los fantasmas de su pasado no dieran a sus vacaciones un toque más amargo que el de su medicamento.
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