Capitulo 1
Fue en una noche cuando la reina Escarlette dio a luz a dos gemelos. Ambos nacieron como iguales, pero su padre, el rey de Kriovale, tomando en cuenta la profecía, juzgaba a sus hijos hasta por lo más mínimo. Mientras sus hijos crecían, también crecían sus críticas, hasta que a la edad de cinco años todo cambió...
—¡Vamos a jugar, hermano!
—No quiero, me siento muy cansado.
Uno de los gemelos salió al jardín del castillo a jugar un poco, pero una silueta oscura al fondo lo distrajo. Esto provocó que chocara con un árbol, el cual tembló ligeramente, dejando caer a unos pajaritos que terminaron aplastados por el niño, quien no notó que estaban en el suelo.
—¡Haaaa!
Un grito resonó desde la entrada del jardín. Era el otro gemelo, quien observaba con horror el pie de su hermano sobre las aves.
—¿Qué está pasando?
El rey llegó rápido, seguido de caballeros y sirvientes, quienes observaron al niño aún sobre los pajaritos.
—No, no, esperen... esto es...
El rey, impulsado por el miedo a aquella profecía, miró a sus hijos con una mezcla de terror y una repentina claridad.
—Mátalo —le ordenó el rey a su sirviente más fiel.
Este asintió sin pensarlo mucho, pues todos comprendían lo que estaba en juego.
—Tranquilo, señor Thomas, venga... vamos a limpiar sus zapatitos.
Pero en vez de ir al castillo, el sirviente lo dirigió hacia el río, cuya corriente era rápida y agresiva.
El niño, con miedo, se alejó del río. En ese instante, un ligero siseo sonó detrás del sirviente; al girar, este fue mordido en el talón por una serpiente venenosa.
—¡Ahhh! —gritó el sirviente mientras caía al piso, sintiéndose débil.
El pequeño Thomas, al ver a la serpiente huir hacia el río, se acercó al hombre viendo cómo el color desaparecía de su rostro.
—No, no, señor, no se muera...
El niño tocó la herida del sirviente, provocando que este gritara de dolor al inicio. Con un suave "shhh", el pequeño le indicó que guardara silencio y, al cabo de un segundo, la herida se había curado por completo.
—Listo —dijo el niño con una sonrisa inocente.
Los ojos del sirviente, sin embargo, solo reflejaban una profunda culpa ante lo que había estado a punto de hacer.
—Usted no es el malo, señorito Thomas —dijo el hombre mientras abrazaba al niño, pero el momento fue interrumpido por el sonido de pasos metálicos que se acercaban.
—Son los caballeros...
El sirviente se puso de pie rápidamente, tomó una roca grande y la arrojó con fuerza al río, asegurándose de que el impacto sonara lo suficiente para ser escuchado a la distancia.
—Escuche, señorito: corra sin detenerse hasta salir del reino hacia el suroeste. Usted ya no está seguro aquí.
Del cielo resonó un sonido seco, como algo sólido rompiéndose de forma fuerte y agresiva; acto seguido, comenzó una tormenta muy violenta.
—¡Vete ya, niño!
Thomas siguió las órdenes del sirviente. Corrió tropezando, cayendo y rasgando su ropa al pasar entre la multitud de gente que huía de la tormenta.
—Disculpen... —decía, pero nadie escuchaba al pequeño.
Finalmente, un anciano lo notó y lo ayudó a salir de aquel tumulto.
—¿Te perdiste, pequeño?
El niño, asustado, asintió aferrándose a la pierna del abuelo.
—Tengo que ir al suroeste —le dijo. El viejo abrió los ojos, sorprendido.
—¿Vas hacia el Pueblo Manta?
Thomas asintió, aunque no sabía con certeza si era ahí donde debía ir; al menos ya no tendría que viajar solo bajo la lluvia. El camino fue largo, pues al abuelo le gustaba contemplar el agua al caer. A lo lejos, Thomas observó un cúmulo de casitas separadas por pequeños jardines.
—Listo, aquí es, pequeño.
El niño tocó la puerta de la primera casa y fue recibido por una pareja de ancianos, quienes al verlo empapado lo invitaron a pasar de inmediato.
—Pero el señor también se mojó... —dijo Thomas, mirando hacia atrás.
Sin embargo, el abuelo había desaparecido entre la tormenta, que ahora se intensificaba.
—¿Estás bien, niño? ¿Cómo te llamas?
Al sentir el calor de la chimenea, Thomas rompió a llorar y les contó todo lo sucedido. La pareja se miraba con preocupación, escuchándolo hasta el final, para luego abrazarlo con ternura.
—Tranquilo, Thomas. Si quieres, nosotros te adoptamos.
El niño, al sentirse seguro, aceptó la oferta de su nueva familia. Pero, entre los truenos, se escuchó nuevamente aquel sonido seco de algo rompiéndose, lo cual lo asustó.
—Mi nana me decía que cuando una cripta fuera abierta o rota, cosas malas pasarían... —susurró el niño.
Para calmarlo, la pareja durmió junto a él aquella noche tormentosa.
—Buenas noches, Thomas —dijo el hombre.
—Buenas noches, Thomitas —añadió la mujer.
—¿Cómo se llaman ustedes? —preguntó Thomas.
—Yo soy Juan y ella es mi esposa, Margaret —respondió Juan.
El niño se durmió profundamente, abrazando a ambos de un brazo.