1.
La verdad es que éramos dos adolescentes que se dieron todo lo que tenían para dar en ese momento. Nada más y nada menos que eso. Estuvimos en cada instante el uno para el otro. Y la vida es así: cuando más feliz sos, te pone obstáculos enormes, como si fueran fáciles de superar.
Pero lo que pasó al final del día fue algo que jamás podría haber pasado por mi mente. Ahora mismo, mientras escribo esto, te pienso de una forma que no tenés idea.
Hoy, veintitrés de diciembre del 2025, te pienso y los recuerdos hacen que el agua salada caiga de mis ojos y descanse, sin permiso, sobre mis mejillas.
Te recuerdo todos los días, porque tu recuerdo sigue existiendo en mí, aunque duela.
Nos conocimos cuando teníamos catorce años.
Hoy yo tengo veinticuatro.
Y vos siempre vas a tener quince.
No me encontraba. De verdad no lo hacía. Me costó muchísimo tiempo empezar a hacerlo. Y, aun así, agradezco algo: nunca estuve del todo sola, Serenity. Aunque ya no estrés, te extraño de una manera que no entra en palabras.
Te echo de menos. Extraño esas noches. Extraño decirte lo mucho que te extrañé. Extraño hablar de videos como si el mundo no existiera. Extraño reírme con vos de nuestras propias ocurrencias, como si nada pudiera rompernos.
Y, sobre todo, extraño tenerte cerca. Tenerte presente.
No te tengo presente hoy.
Hace años que me cuesta aceptarlo.
Mi duelo por vos sigue. Y sigue vivo.
Prefiero que siga ahí, porque es lo único que me queda.
Pero ojalá, algún día, deje de doler como hoy.