[GL] La chica del jardín

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Summary

Desde aquel día, Amanda se había esforzado demasiado por recuperar su tranquilidad. Parecía que volvía a ser feliz. Parecía que volvía a respirar con paz y no con dolor, Todo apuntaba a que finalmente, había encontrado la paz en su día a día Pero Amanda no esperaba lo que el destino está a punto de dejar en su jardín.

Genre
Romance
Author
Sandro
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Página 21.

Hoy es 13 de enero.

Está amaneciendo afuera.

Hacía tiempo que no sentía mi espalda tensa, o aquellas ganas de llorar incontrolables a la hora de dormir. Supongo que funcionaba… mamá nunca se equivoca es lo que siempre dicen.

Para ser honesta no pensaba si era aquello lo que hacía que respirar no doliera, pero lo que fuera, ayudaba. Sentía que había soltado una roca, aunque mi espalda aún está marcada por su peso.

El hecho es que estaba despierta, lista para asistir otra vez a clases. El aire estaba limpio, podía saberlo porque realmente era cómodo respirar, y el sol empezaba a mostrarse, por primera vez en meses, sentía que hoy iba a ser un buen día.

Era aquella sensación, ese empujoncito invisible que te obliga a estar recargada de energías siempre, te fuerza a sonreír, te secuestra en una crisálida de caramelo, todo sabe dulce, todo huele bien. No puedes evitar sonreír.

No podía decir que era feliz del todo, pero realmente quería saltar de la cama y empezar lo que debería ser un día aburrido y normal, pero con un impulso sin precedentes. Papá solía decir que las mujeres demoran más de la cuenta en cambiarse, pues hoy volví a llevarle la contra, estaba vestida en menos de lo que el sol terminaba de salir.

En un abrir y cerrar de ojos, ya había bajado las escaleras. Hasta hoy, no he podido acostumbrarme a hacerme el desayuno por mi cuenta, pero no parecía que algo pudiese apagarme ahora. Desintegré a átomos en mi estómago un par de tostadas y una taza de café. Estaba lista, realmente lo estaba, y emprendí mi rumbo al exterior de mi casa para verlas antes de salir a la universidad.

Caminé entre los pasillos de madera, dedicando algunos saludos a los recuadros familiares que acompañaban los tapices verdosos y los muebles de cuero, antes de salir, detuve mi andar para ponerme de rodillas y despedirme de mis padres y mi hermano.

—Papá, hoy realmente siento que podría comerme al mundo—susurré—Solo faltan algunos peldaños y podré cumplirte mi promesa… no te fallaré…

Intercambié miradas con mi hermano, le sonreí por unos instantes.

—Ahora entiendo aquella energía inagotable tuya, pequeño, aunque aún estoy muy lejos de tu nivel…

Inmediatamente después, dirigí mi vista hacia mamá, me perdí en su mirada color marrón, papá nunca paraba de compararnos, decía que yo era una versión en miniatura de ella…

—Mamá, creo que tenías razón—esbocé, limpiando la solitaria lágrima que recorrió mi mejilla—De verdad funciona…les he terminado agarrando más cariño del que esperaba… más que a algunos humanos que conozco—volví a reír, sutilmente, hablar con mamá era una constante punzada en el pecho, estaba por poner los pies en la tierra, salir de la burbuja de caramelo y romper en llanto… Pero pude respirar hondo y volver a alzar la cabeza.

Hoy era mi día, y en el fondo estaba segura que a ellos les emocionaba tanto como a mí.

Me incorporé y apoyé mis labios en la fotografía, un beso de despedida, en la frente, un gesto de rutina.

Prendí las velas, el olor a lavanda que desprendían no era un golpe, sino una caricia, como si, por un momento mamá me acariciara la cabeza una vez más.

Finalmente me despedí de ellos.

—Los veo más tarde, por favor, sigan guiándome por el buen camino…

Caminé, dejando atrás los pasillos y recuerdos, atravesé la puerta para, ahora sí, ser golpeada por la luz del sol, recién salido del horno.

Definitivamente me iba a arrepentir de salir en pantalones largos, pero no era hora de arrepentirme, tenía que ir a verlas. No podía irme sin despedirme de ellas.

Pasé por las rústicas paredes de madera de la fachada de mi hogar, ahí las ví, entre el verdoso pasto que bailaba en sintonía con el viento.

—Buenos días, señoritas. Con el sol que hace hoy se darán un merecido festín. Se ven hermosas, las voy a regar regresando de la universidad.

Tomé aire, permitiendo que su aroma entrase por mi nariz.

Era balsámico, fresco, con toquecitos dulces, como miel. Mejor que cualquier perfume, creo que hoy olían mejor que nunca.

Me tomé el merecido tiempo para contemplarlos, diez rojos, diez celestes, diez morados y ocho amarillos.

¿Ocho amarillos?

Volví a contarlos, efectivamente, eran ocho amarillos, me faltaban dos. Busqué inútilmente un rastro, probablemente fue un gato, suspiré con fuerza, casi raspando mi garganta, no era el hecho de plantarlas de nuevo, era que arruinaban la bella imagen y dejaban solas a las demás hasta que pudiera plantar dos nuevas.

—Si pudieran hablar… como sea, traeré semillas nuevas cuando regrese, las veo en la tarde, las quiero…

Vi el campo de tulipanes una vez más. Ojalá no desaparezcan más, tal vez debería cercar el área, no era descabellado. Añadí la tarea a mi lista de pendientes del teléfono.

Pendientes.

-C̶a̶m̶b̶i̶a̶r̶ ̶l̶a̶ ̶r̶u̶e̶d̶a̶ ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶b̶i̶c̶i̶c̶l̶e̶t̶a̶.̶

-C̶o̶m̶p̶r̶a̶r̶ ̶s̶e̶m̶i̶l̶l̶a̶s̶ ̶n̶u̶e̶v̶a̶s̶ ̶p̶a̶r̶a̶ ̶e̶l̶ ̶r̶e̶p̶u̶e̶s̶t̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶r̶e̶p̶u̶e̶s̶t̶o̶.̶

-R̶e̶c̶o̶g̶e̶r̶ ̶l̶a̶s̶ ̶b̶a̶t̶a̶s̶ ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶l̶a̶v̶a̶n̶d̶e̶r̶í̶a̶

-Renovar la licencia de estudiante

-Comprar un regalo para Mary

-Averiguar precios de cercas para jardín.

Las calles de mi ciudad intentaban sacarme de mi burbuja, caminaba a la universidad, no me iba a someter al embotellamiento vehicular de las siete de la mañana.

Ignoraba las fachadas espejadas de los edificios corporativos al adentrarme a la zona central, caminaba con la calma que empezaba a invadirme como mi única compañía.

El camino se acortaba con cada paso, la universidad me recibió con el bullicio habitual de siempre. Había llegado treinta minutos antes de la primera clase, nada fuera de lo habitual.

Rápidamente antes de que pudiera pensar en algo mi espacio personal fue invadido por un par de brazos fríos que rodearon mi cuello.

Una voz familiarmente aguda me habló por la espalda—¿Muchacha usted no tiene modales? Otra vez me viste pasar y no me saludaste...

—Lo siento, Mar, estaba en otro mundo...

—Evidentemente, siempre estás en otro mundo... ¿Cuántos planetas vas explorando ya?

Mary, irradiando una energía equivalente a la de cien supernovas... era la misma de siempre... Sólo deseaba que, entre los casi doscientos temas de conversación que tenía, no mencionara su fiesta de cumpleaños.

—Por cierto... ¿Vas a venir a mi fiesta? ¿Verdad? Vendrá el equipo de básquet de Damián, e invite a todo ser viviente de la facultad...

Definitivamente tenía mala suerte, o al menos eso quería pensar. No me gustaban las fiestas... No era el ruido, ni socializar...

Es que la versión alcoholizada de mí era simplemente impresentable.

—Mary... Sabes que no me gustan las fiestas.

—Te gusta el alcohol, pero no te gustan las fiestas... ¿Quién te entiende?

No iba a decir que nadie me entendía, pero definitivamente no estaba en mis planes ir a su fiesta. No por ahora...

Terminé alejándome, antes de que encontrara algún método para chantajearme... Caminaba, esquivando a los sudorosos estudiantes de otros años, hasta llegar a la sala de prácticas en el tercer piso. Mary, me seguía los pasos camino al laboratorio.

—¡Oye no me dejes con las palabras en el aire! Escucha, si no quieres ir, está bien… solo digo que sería bueno que mi mejor amiga esté en mi celebración de cumpleaños.

Ahí estaba, su cara de cachorrito, hacía mucho que no usaba esa expresión conmigo, por un momento pensé como si yo fuera ella, con las cosas que le pasan, tal vez, solo tal vez, podría ser algo cruel de mi parte no ir, pero ¿Por qué una fiesta? Podía ser algo más tranquilo, una cena, un paseo por la playa

—¿Por qué una fiesta y no algo más tranquilo? —Pregunté, ignorando el hecho de que estaba pensando en voz alta.

—No, Amanda, tú sabes que prefiero estas cosas—Mary agachó la cabeza, mientras se cruzaba de brazos—Solo piénsalo—dijo, mientras me seguía mirando con su cara de cachorrito.

—Bueno, puede que lo piense…

No pude terminar antes de que Mary saltara hacia mí como una niñita que ve a su padre después de años. Me abrazó mientras daba brinquitos con las puntas de los pies, como si mi “puede ser” significase un sí definitivo.

Mary se me adelantó después del abrazo, ingresando al laboratorio entre saltitos, la seguí y entré también, el lugar se presentaba ante mí, impecable, tan limpio como siempre, el olor a antiséptico y formol era pesado, más no molesto.

El profesor, el Dr Leopoldo, se dedicó a explicarnos de patologías óseas, hablaba de fracturas expuestas y traumatismos craneales con la misma naturaleza con la que uno lee su lista de compras de la mañana.

Nunca entendí porqué Mary estudiaba medicina, era inteligente sí, pero no toleraba este tipo de cosas, cuando el profesor mostraba imágenes reales de traumatismos expuestos en el proyector, su rostro arrugado, como una oruga en una tundra nevada, decía que, no quería estar ahí.

Mi cerebro estaba en modo avión, solo me concentraba en recrear con mis manos el gesto para abrir el tórax que se mostraba en los videos explicativos. No era entusiasmo, era mi curiosidad.

Las siguientes horas fueron explicativas, era decepcionante que nos llevaran a un laboratorio, con batas, bombos y platillos, y que no pudiéramos disecar ni siquiera a una mosca. Esperaba que las siguientes clases fueran más prácticas. La mejor forma de aprender definitivamente es en la práctica.

La clase terminó, en un vaivén entre recordatorios y tareas, el Dr se despidió y nosotros de él. Salíamos del laboratorio junto al grupo.

—Eso fue interesante, no sabía que las costillas podían resistir tal cantidad de peso… ¿Qué opinas Mary?

—Personalmente, aún no me acostumbro a todo esto…

—Ya estamos en segundo año, Mar, no puedo imaginarte en las prácticas.

—Ni yo. Como sea, iré por algo de comer… Me escribes cualquier cuando decidas aceptar ir a mi fiesta, ¡adiós Amy!

Hacía un gesto de despedida, con una sonrisa, solo para que una voz me hiciera voltear a fuerzas.

—Hey, hola Amanda, te estaba buscando…

Volteé, solo para encontrarme con la persona que me había costado tanto evitar—¿Damián? ¿No deberías estar en clases?

El chico dio un paso hacia mí, invadiendo ligeramente mi espacio personal.

—No, tengo clases en la tarde, solo vine a verte—dijo, mientras apoyaba su hombro en la pared, sonreía mientras sus ojos verdosos no se desprendían de los míos.

—Ven, vamos a por un café—Damián extendía su mano hacia mí.

No era precisamente un “chico de revista” , no tenía la mandíbula cuadrada y los dientes perfectos, sin embargo, era simpático, sus facciones simples pero elegantes lo hacían un buen partido para básicamente cualquier chica.

—No, no gracias. Estoy bien…

—Ya veo.. —dijo mientras bajaba la mano—Sabes bien que no te obligaré, pero solo será una salida de amigos.

Fruncí el ceño

—Contigo las cosas dejaron de ser “de amigos” hace tiempo, sabes muy bien tus intenciones, y te entiendo, pero… no puedo….

—Descuida, estoy seguro que encontraré tu punto débil—Damián sonrió por un momento mientras ladeaba su cabeza.

—Mira, si realmente quieres que las cosas vuelvan a ser “como amigos” deberías dejar este tipo de interacciones enterradas en tu jardín mental.

—Amanda, fui muy claro el día que te dije lo que sentía, no me voy a rendir con facilidad.

—Como quieras…solo no espero que te sientas mal al final.

Abandoné la conversación. No podía permitirme sentirme mal por ello, no quería que mi día fuera arruinado por nada hoy, menos por la decepción, de tener que lidiar con los sentimientos de un amigo que te ve con otros ojos.

Damían era un buen chico, no por nada éramos amigos desde el año pasado, pero simplemente no sentía lo mismo que él por mí. Era como si él fuera un cálido y reconfortante té de manzanilla, pero yo solo deseaba el efervescente sabor de un refresco de cola.

Caminaba hacia la salida de la universidad, hablar de café había hecho que, por inercia se me antojara uno, pasé por la cafetería antes de seguir con mi rumbo hacia mi hogar.

El camino de regreso fue más corto de lo normal, sentía una certeza acompañarme, era la confirmación de que, pese a los inconvenientes, hoy había sido un día tranquilo, aún no acababa mi día, pero hasta ahora, no podía evitar pensar que me había sentido como si estuviera en medio de un sauna, no por el calor, si no por la sensación de calma apaciguante que sentía.

Empezaba a sonreír por instinto, pensando en lo que iba a hacer al llegar a casa. Mis tardes cotidianas se reducían a recostarme en mi jardín mientras me quedaba dormida ante el cielo y las nubes. Amaba perderme en el aroma floral y la frescura del pasto. A veces acompañada de algo de música.

Pensaba en mi jardín con la misma alegría con la que un oficinista piensa en su mujer esperándolo en casa tras una jornada de doce horas. Podría sonar ridículo, pero era lo que hacía que mi vida no se derrumbara y se enterrara entre lágrimas y fango.

Finalmente vi mi hogar a lo lejos, había comprado un par de refrescos en el camino para disfrutar de mi tarde, ignoré la fachada de mi casa por unos instantes, fui directamente a la parte trasera.

No estaba preparada para lo que iba a ver al llegar.

De todas las cosas que podían pasar, esto era definitivamente lo último que esperaría encontrarme en la parte de atrás de mi casa.

Los refrescos se me cayeron, resbalaron de mis temblorosas manos mojando mis zapatillas y rasgando el césped al fragmentarse en trozos de vidrios.

Había una chica, recostada en medio de los tulipanes.

Parecía dormir, plácidamente, mientras en sus manos estrujaba un ramo de tulipanes amarillos, como si fueran su peluche de siestas.

No era su ropa costosa a la primera vista, no era el hecho de que fuera una completa desconocida, ni el que arrancara mis preciados tulipanes.

Lo que hacía que, mi espalda se congelara y mis hombros tiritasen sin parar eran sus manos, y su rostro.

Sus manos, completamente manchadas de sangre, un rastro rojo y con un olor a hierro intenso, perceptible incluso para la distancia a la que estaba, que iba desde las uñas y se desvanecía en los codos. Su rostro, cómplice de su situación, tenía también salpicaduras de sangre.

La chica cortó su sueño placentero, y me observó fijamente, sus ojos almendrados y un poco hundidos no dejaban de mirarme.

Lo primero y lo único que hizo fue sonreír, no era una sonrisa sádica, era la sonrisa de alguien que no te veía en mucho tiempo, era tan natural que dolía verla.

Mientras ella sonreía, solo dijo una cosa al verme de pies a cabeza.

—Eres tú.