camino del salvador (救世主の道)

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Summary

Ojos. Garras. Colmillos. En mi familia, si no estás en la cima, eres la presa. Yo soy Sasha. Fui la vergüenza de los Morningstar, la hija no deseada, el juguete de Azriel. Me dijeron que era débil hasta que me lo creí. Me empujaron a la muerte esperando que desapareciera. Cometieron un error. Sobreviví. Y no solo eso... descubrí que tengo un poder que ellos ni siquiera pueden imaginar. Ahora he vuelto, pero no busco venganza. Busco algo más peligroso: mi propia identidad. Renuncié a mi apellido, renuncié a mi miedo. Soy Sasha None, y esta es la historia de cómo pasé de ser nadie a ser la hechicera más temida del continente. para quienes leyeron antes de la publicacion de la escena 6 o antes del 8 de enero , seguro se confundiran un poco pero en la historia se reemplazaron varios terminos "energia maldita" , "tecnica inversa" y "tecnica maldita" seran reemplazados por "energia áurea" , "regeneración activa" y "tecnica innata" respectivamente este suceso se dio por la obviedad de igualdad con la popular serie jujutsu kaisen, con el fin de mantener originalidad se cambiaron, por su comprension y atencion gracias.

Status
Ongoing
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
16+

Introduccion & Escena 1: casa

Perfección

Eso es lo único que se ha esperado de mí desde el instante en que respiré por primera vez. En la familia Morningstar no naces para vivir: naces para cargar un apellido. Aquí no importa lo que sueñes, solo cuánto pesa tu sangre y qué tan fuerte eres para mancharte las manos en su nombre.

Te marcan desde la cuna. Si tu sangre es pura, perteneces a la élite. Los Ojos... los favoritos. Los más fuertes, los más envidiados. Encima de todos ellos, brillando como un sol cruel, está Azriel Morningstar, la cabeza de la familia: joven, implacable, perfecto. Dicen que heredó el liderazgo a los dieciséis, que su primera decisión fue ejecutar a un traidor con sus propias manos sin pestañear. No sé si es verdad, pero nadie se atreve a cuestionarlo.

Un escalón abajo están las Garras. Aún tienen suerte, porque de ahí salen futuros Ojos. Son hijos de cruces controlados, apareamientos fríamente planeados para no diluir la pureza. Respeto y expectativas los rodean como cadenas doradas. Entrenan desde que pueden caminar, y cada cicatriz que ganan es una medalla de honor.

Más abajo, casi en la penumbra, estamos los Colmillos. El error, el recordatorio de que un Morningstar alguna vez se mezcló con un cualquiera. No importas... a menos que sangres por demostrar tu valor. Aquí nací yo: débil, pequeña, demasiado frágil para un mundo que mastica a los que no encajan. Mi padre es un Ojo, mi madre una Butterfly que renunció a sus alas por seguridad. Y yo soy el precio que pagaron por ese cruce prohibido.

Y después... las Patas. Los mestizos totales. Ellos ni siquiera cargan el peso de las expectativas, porque para la familia ya están muertos desde el principio. Los veo a veces, en los rincones de la mansión, haciendo trabajos que nadie más quiere hacer. Nunca hablan. Nunca levantan la mirada. Es como si hubieran aceptado su lugar en el fondo del abismo.

Yo estoy un escalón arriba de ellos, pero siento el abismo respirándome en la nuca cada día.

____°____

Acto 1: La pureza no lo es todo

Escena 1: Casa

El espejo siempre me dice la verdad, aunque yo no quiera escucharla.

Cabello blanco azulado, como si alguien hubiera derramado luz de luna sobre mi cabeza. Ojos tan claros que parecen enfermos, descoloridos, como si la vida se hubiera filtrado de ellos antes de que yo pudiera retenerla. Me gusta mirarlos a veces, cuando estoy sola. Hay algo hipnótico en ese tono, algo que me hace sentir diferente. Pero aquí, en esta casa, ser diferente no es un regalo. Es una sentencia.

"Otra vez esos mechones," dice mamá, con la voz que usa cuando se cansa de fingir calma. Es una voz delgada, quebradiza, como cristal a punto de romperse.

No necesito verla para saber que está frunciendo el ceño, que sus manos tiemblan ligeramente mientras sostiene el frasco de tinte. Hilary Morningstar -aunque en secreto siempre será Hilary Butterfly- agarra el tinte como si fuera medicina amarga, algo necesario pero doloroso. Yo sé que no es medicina. Es pintura. Pintura para cubrirme. Pintura para que deje de ser yo.

Sus dedos son fríos cuando tocan mi cuero cabelludo. Siempre lo son. Me pregunto si es por los nervios o simplemente porque ya no hay calidez en ella. La mansión Morningstar tiene una forma de congelar a las personas desde adentro.

No la culpo. Ella siempre me repite que la familia le dio un futuro seguro, una casa con techos altos y pisos de mármol que nunca crujen, un esposo que al menos le sonríe de vez en cuando aunque sus ojos estén vacíos. Lo único que me pide es que yo también cumpla... que me parezca a los demás. Que mi cabello sea negro como carbón o rojo como fuego. Que mis ojos no llamen la atención. Que me calle cuando los adultos hablan. Que camine con la cabeza baja y los hombros encorvados, como disculpándome por existir.

Yo asiento, porque así no la decepciono. Si mi madre puede borrar sus alas de Butterfly para convertirse en Morningstar, si puede sonreír en las cenas familiares mientras la ignoran, si puede dormir al lado de un hombre que la tomó como trofeo, ¿qué derecho tengo yo a rebelarme contra un tinte?

Sus manos apartan mis mechones rebeldes, los que brillan como plata bajo la lámpara amarillenta del baño. El olor químico llena la habitación inmediatamente, acre y penetrante, y me arden los ojos. Parpadeo rápido, intentando no llorar. Llorar sería admitir que me duele, y mamá no necesita esa carga adicional.

A veces pienso que mi madre pinta mi cabello con rabia, no con cuidado. Como si cada hebra blanca fuera una herida abierta que necesita tapar antes de que la familia la vea sangrar de nuevo. Cada pasada del cepillo es un poco más brusca de lo necesario. Cada gota de tinte que cae sobre mi frente es una acusación silenciosa.

Miro hacia la ventana mientras ella trabaja. Afuera, los jardines de la mansión se extienden en una perfección geométrica que no admite maleza. Todo está controlado, podado, domado. Igual que yo.

Cierro los ojos y dejo que el tiempo pase. El tinte gotea por mi cuello y mancha la toalla que mamá puso sobre mis hombros. Huele a productos químicos y a vergüenza. Huele a todo lo que no puedo ser.

Cuando termina, me miro al espejo de nuevo. Negro intenso. Uniforme. Aceptable.

Mamá suspira, y por un momento veo algo parecido al alivio en su rostro. Pero también hay otra cosa: tristeza. Como si cada vez que me pinta el cabello, perdiera un pedazo de mí. O tal vez un pedazo de ella misma.

"Lista," dice suavemente, casi como un susurro. "Ahora sí pareces una Morningstar."

No respondo. Solo asiento.

Porque mentir con palabras es más difícil que mentir con gestos.

____°____

Afuera, los pasillos de la mansión son fríos y largos, interminables. Las paredes están cubiertas de retratos de ancestros muertos que parecen seguirme con la mirada: Morningstar de ojos rojos, de ojos dorados, de cabello negro azabache. Todos perfectos. Todos dignos. Todos muertos, pero aún más vivos que yo en la memoria de esta casa.

Los Ojos de la familia caminan erguidos por estos pasillos, como si los muros les pertenecieran, como si el mundo entero les perteneciera. Sus pasos resuenan con autoridad. Cuando pasan junto a mí, ni siquiera me miran. Soy invisible para ellos, y eso es lo mejor que puedo esperar. Porque ser vista por un Ojo significa ser juzgada, y ser juzgada significa ser encontrada insuficiente.

Yo no soy como ellos. Ni lo seré.

Pero si sonrío, si bajo la cabeza y dejo que mamá esconda mis defectos, si memorizo las reglas y las sigo sin cuestionar, quizás todo siga tranquilo. Quizás nadie note que existo. Quizás pueda deslizarme entre las sombras de esta familia como un fantasma, presente pero ignorado.

Esa es mi mejor esperanza: ser olvidada.

____°____

El aire frío me golpea apenas salimos de la habitación, como si la mansión misma exhalara un aliento gélido. Mamá toma mi mano con fuerza, pero no hay suavidad en su gesto; es un recordatorio silencioso, una orden no verbal de que me comporte, de que no haga nada que llame la atención. Sus dedos se clavan ligeramente en mi piel, y yo aprieto los labios.

Caminamos por el pasillo principal de la mansión. Los techos son tan altos que parece que el cielo mismo está atrapado sobre nuestras cabezas. Las lámparas de cristal cuelgan como gotas de hielo congeladas en el tiempo, refractando la luz en mil direcciones. Los retratos antiguos me hacen sentir diminuta, casi como si fuera un insecto atrapado entre mármol y oro, algo insignificante que puede ser aplastado sin consecuencias.

Intento no mirar a los lados, pero siempre los veo. Los Colmillos que pasan junto a nosotras... incluso ellos me miran diferente. Como si olieran algo malo en mí, algo podrido que debería ser extirpado. Sus ojos me recorren de arriba abajo, evaluando, juzgando. Algunos fruncen el ceño. Otros simplemente desvían la mirada con desprecio, como si ni siquiera valiera la pena el esfuerzo de odiarme abiertamente.

Me aprieto contra la pierna de mamá y bajo la cabeza. Mis zapatos hacen un sonido suave contra el mármol, casi como disculpas susurradas con cada paso. Sé que no soy bienvenida aquí. Nunca lo fui. Esta casa no es un hogar; es un campo de batalla donde la sangre determina tu rango, y mi sangre es una mancha que nadie quiere reconocer.

El olor a incienso y a flores frescas llena el aire. Todo está diseñado para parecer perfecto, opulento, digno de la familia Morningstar. Pero bajo esa perfección hay algo más: el olor a miedo, a competencia, a cuchillos afilándose en la oscuridad.

"Ah, Hilary, querida." Una voz estridente, demasiado alegre para ser sincera, corta el silencio como un cristal rompiéndose.

La tía Emilia sale de una esquina, con su sonrisa falsa que brilla más que cualquier joya de la mansión. Es una mujer alta, de cabello rojo brillante y ojos amarillos que parecen calcular el valor de todo lo que tocan. Sus uñas son largas, pintadas de un rojo sangre que hace juego con su vestido. Lleva demasiadas joyas, como si necesitara recordarle a todos su estatus constantemente.

Sus ojos me recorren como si yo fuera un proyecto fallido, un experimento que no salió como debía. Su sonrisa se ensancha cuando nos ve a mamá y a mí, pero no hay calidez en ella. Solo satisfacción, el placer de haber encontrado algo que criticar.

"No importa cuánta tinta negra le eches," dice, inclinándose un poco hacia mí. Su perfume es abrumador, dulce hasta la náusea. "Nunca será una Morningstar de verdad."

Mis pies se detienen por un instante y siento cómo el corazón me da un vuelco doloroso. La voz de tía Emilia es como hielo sobre mis hombros, pesada y penetrante. Sus palabras no son solo crueles, son certezas. Verdades universales que ella pronuncia con la misma facilidad con la que respira. Sus ojos buscan una reacción mía, como si esperara que llore o grite, y por un momento siento ganas de desaparecer, de hundirme en el suelo bajo mis pies y no volver a salir nunca.

Pero no puedo moverme. No puedo hablar. Solo puedo estar ahí, congelada, mientras su mirada me disecciona.

"Déjala, Emilia," responde mamá, la voz más suave, casi suplicante. Hay una nota de desesperación en su tono que me hace encoger por dentro. "Sasha quería verse como su familia. Solo... solo quería tener un poco de su mundo."

Es una mentira, y ambas lo sabemos. Yo no pedí el tinte. Nunca lo pedí. Pero mamá necesita decir algo, cualquier cosa, para suavizar el golpe.

La tía la mira, y yo sé que ve a través de la mentira. Lo sé por cómo sus labios se tensan y sus cejas se arquean, por cómo su sonrisa se vuelve aún más afilada, como una navaja escondida bajo seda. Pero por fin se aparta, como si decidiera ignorarnos fuera un triunfo, una concesión generosa de su parte.

"Está bien, Hilary," dice finalmente, como si me concediera un favor que nunca pedí. "Pero deja de gastar dinero intentando cambiar lo que nunca será. Incluso con todo ese tinte, con todos esos intentos de parecer alguien más, tu hija... no pasó ni el ritual de iniciación sin ayuda de un arma."

El comentario pesa más que un saco de piedras sobre mis hombros. El ritual de iniciación. Por supuesto que lo mencionaría. Todos lo recuerdan. El día en que fallé frente a toda la familia, el día en que confirmé todas sus sospechas sobre mí.

Desde entonces, esa daga es mi marca de vergüenza.

Respiro hondo y aprieto los puños a los lados, fingiendo que no me importa. La humillación arde en mi pecho como brasas, pero no puedo permitir que lo noten. No puedo permitir que nadie vea mis lágrimas. Llorar sería darle a tía Emilia exactamente lo que quiere.

Mamá me aprieta la mano de nuevo, más fuerte esta vez. Es su forma de decirme que me contenga, que sobreviva este momento.

"Gracias... mamá," susurro, más para mí que para ella. Las palabras salen mecánicas, vacías.

Ella asiente sin mirarme, su expresión es neutra, una máscara perfecta. Tal vez le duele tanto como a mí, o tal vez sabe que es su deber enseñarme a ser fuerte, incluso si eso significa mentir para suavizar la crueldad de otros. O tal vez ya no siente nada en absoluto.

No lo sé. Ya no sé qué piensa mi madre cuando me mira.

____°____

Continuamos caminando hacia el comedor. La mansión parece interminable, un laberinto de pasillos idénticos que se repiten una y otra vez. Cada paso resuena contra el mármol como un recordatorio de que estoy atrapada en un mundo donde pertenecer es un lujo que yo no tengo, donde cada respiración que tomo es un acto de resistencia contra una familia que preferiría que no existiera.

Intento distraerme observando los detalles a mi alrededor: la lámpara de cristal que cuelga del techo, con sus mil prismas refractando la luz en arcoíris diminutos; los retratos de generaciones anteriores, todos con esa mirada severa que parece juzgarme incluso desde el pasado. Hay uno en particular que siempre me llama la atención: una mujer joven con ojos rojos y una sonrisa apenas perceptible, como si supiera un secreto que nadie más conoce. Me pregunto quién era, si fue feliz, si también sintió el peso del apellido como una cadena.

Pero no puedo escapar de las palabras de mi tía. "Nunca será una Morningstar de verdad." Se repiten en mi mente como un mantra que no quiero aprender, pero que sé que debo memorizar si quiero sobrevivir aquí. Son palabras que definen mi existencia, que trazan los límites de lo que puedo aspirar a ser.

A cada paso, siento que el aire me pesa más. Mis pulmones trabajan más duro de lo normal, como si la atmósfera misma de esta casa fuera más densa para mí que para los demás. Pero también siento algo extraño... una curiosidad pequeña, como una chispa diminuta en mi pecho. ¿Y si hay algo en mí que, aunque no sea un Morningstar "de verdad", pueda hacer que me vea diferente? Algo que nadie más tenga...

Es un pensamiento peligroso. Un pensamiento que podría meterme en problemas. Pero no puedo evitarlo.

No tengo tiempo de explorar ese pensamiento; ya estamos llegando al comedor. Las puertas dobles se abren ante nosotras, revelando una sala enorme con una mesa larga que podría sentar a cincuenta personas fácilmente. Hoy solo hay unas veinte, pero cada una de ellas es importante, cada una tiene un lugar definido en la jerarquía familiar.

Las conversaciones se apagan un poco cuando entramos. Algunos Colmillos nos miran de reojo, evaluando, juzgando. Otros ni siquiera levantan la cabeza, demasiado absortos en sus propias conversaciones sobre política familiar, sobre territorios y alianzas. Siento que el peso de todas esas miradas cae sobre mí como una manta húmeda, sofocante.

Mamá me guía hacia nuestros asientos, en el extremo más alejado de la mesa. Por supuesto. Los Colmillos no se sientan cerca de los Ojos. Es una regla no escrita, pero todos la conocen.

Me siento con cuidado, manteniendo la espalda recta como me enseñaron. Mis manos descansan sobre mi regazo, quietas, obedientes. Miro mi plato vacío y espero. Siempre espero.

La comida llega eventualmente: platos elaborados que probablemente costaron más de lo que una familia normal gasta en un mes. Carne perfectamente cocida, vegetales dispuestos como obras de arte, salsas que huelen a especias exóticas. Pero yo apenas puedo probar nada. Mi estómago está cerrado, anudado por la tensión.

Nadie me habla directamente. Eso es normal. Pero puedo escuchar los susurros, las conversaciones que no están dirigidas a mí pero que sé que son sobre mí.

"¿Viste su cabello esta mañana? Blanco otra vez."

"Hilary debería tener más cuidado. Es vergonzoso."

"La niña es un desperdicio. Ni siquiera puede..."

Aprieto el tenedor con más fuerza de la necesaria. El metal se clava en mi palma.

Respiro. Cuento hasta diez. Sobrevivo.

Porque eso es lo único que sé hacer.

____°____

Después del comedor viene el coliseo. Siempre hay combates los días de reunión familiar, una forma de entretenimiento y entrenamiento simultáneo. Es donde los jóvenes Morningstar demuestran su valor, donde las jerarquías se refuerzan con sangre y sudor.

El aire del coliseo huele a sudor y a metal, una mezcla que me hace encogerme de miedo y fascinación a la vez. Es un olor primitivo, visceral, que me recuerda que bajo toda la opulencia y el mármol, los Morningstar siguen siendo depredadores.

Los sonidos de los golpes, los gritos y el choque de armas resuenan en mis oídos. Me siento pequeña en la grada, casi invisible, aunque sé que todos los ojos de la familia parecen encontrarme a mí también, evaluando si valgo la pena siquiera estar aquí. Mamá me sostiene la mano con fuerza, pero esta vez siento que no puede protegerme de todo. Nadie puede.

En el centro del coliseo, Gaia Morningstar y June Morningstar se enfrentan.

Gaia es enorme, una montaña de músculos perfectamente entrenados. Su piel brilla con sudor bajo las luces del coliseo. Sus ojos son como brasas cuando ataca, llenos de una ferocidad controlada que hace que mi respiración se entrecorte. Cada movimiento suyo es poder puro, fuerza bruta que podría romper huesos con facilidad.

June es diferente. Más ágil, más rápida, pero no por eso menos peligrosa. Cada movimiento suyo es calculado, un baile mortal entre velocidad y fuerza. Se mueve como el agua, fluyendo alrededor de los ataques de Gaia, buscando aperturas, esperando el momento perfecto. Hay una elegancia en su violencia que me fascina y me aterroriza a partes iguales.

Me quedo atrapada en la coreografía violenta de la pelea. No puedo apartar la mirada, aunque parte de mí quiere cerrar los ojos.

Gaia lanza un golpe que hace que el aire silbe. June retrocede justo a tiempo, el puño de Gaia pasando a centímetros de su rostro. Pero June no solo esquiva; contraataca inmediatamente, con un giro que golpea el costado de Gaia. El sonido del impacto es como un trueno, haciendo que mi corazón salte en mi pecho.

El público aplaude, grita, vitorea. Hay una energía en el aire que es casi palpable, una sed de violencia que todos comparten. Todos excepto yo. Yo solo puedo quedarme quieta, con la respiración entrecortada, mis manos apretadas sobre mis rodillas.

Mi mente lucha entre el miedo y la fascinación. Nunca he visto algo tan crudo, tan... real. En las historias, las peleas son gloriosas, heroicas. Pero aquí, veo la sangre que gotea de la nariz de June, veo cómo Gaia cojea ligeramente después de recibir una patada en la rodilla. Veo el precio real de la fuerza.

Y me pregunto si alguna vez podré ser así. Si alguna vez podré estar en ese centro del coliseo, luchando, demostrando mi valor.

La respuesta que me susurra mi mente es: No. Nunca.

De repente, alguien se levanta frente a mí. El movimiento es tan abrupto que me sobresalto.

Alto, impecable, con esa presencia que hace que todo a su alrededor parezca más pesado, más importante. Azriel Morningstar. Lo veo caminar con paso firme hacia donde estoy sentada, sus ojos claros y penetrantes posándose sobre mí como si fuera lo único que existe en este momento.

El coliseo entero parece guardar silencio. O tal vez es solo mi imaginación, mi corazón latiendo tan fuerte que ahoga todos los demás sonidos.

Azriel apenas tiene diez años más que yo, pero hay algo en él que hace que parezca mucho mayor: autoridad, peligro, control absoluto. Es el tipo de persona que no necesita levantar la voz para que todos obedezcan. Su sola presencia es suficiente.

Sin decir palabra, saca un pequeño frasco de agua de su bolsillo y se moja la mano. Mis ojos se abren más cuando, con un gesto calculado y deliberado, toma un mechón de mi cabello y lo aparta de mi rostro. Siento cómo la humedad se enfría contra mi piel, cómo el agua disuelve el tinte negro que mamá aplicó con tanto cuidado esta mañana. Sus dedos rozan mi cabello blanco, revelándolo, exponiendo lo que todos deberían ignorar.

Cada contacto hace que mi pecho se encoja y mis mejillas se enciendan. No puedo respirar. No puedo pensar. Solo puedo sentir

sus dedos contra mi piel, la frialdad del agua, el calor de la vergüenza subiendo por mi cuello.

"Hilary," dice, su voz fría, medida, pero cargada de una fuerza que no admite discusión. No la está mirando, pero sabe que ella

está escuchando. Todos están escuchando.

"Déjala. No le pintes el cabello."

Mamá se tensa a mi lado. Puedo sentir cómo su cuerpo se pone rígido, cómo su respiración se detiene por un instante. Yo siento

que todos los presentes nos miran, pero nadie se atreve a interrumpir. Nadie se atrevería a cuestionar a Azriel Morningstar.

"Tiene belleza, incluso con su sangre mestiza," continúa Azriel, sus ojos fijándose en los míos por un instante que parece durar

horas, días, eternidades. Hay algo en su mirada que no puedo descifrar: ¿Apreciación? ¿Curiosidad? ¿Crueldad disfrazada de

elogio?

"Pintarle el cabello sería como rechazar lo que es... y su parentesco contigo. Detén eso ahora."

Sus palabras son una orden, no una sugerencia. Y todos lo saben.

Mamá abre la boca, como si fuera a protestar, pero no sale ningún sonido. Finalmente, se inclina ligeramente, aceptando la orden

que no puede discutir. Sus manos tiemblan ligeramente mientras retira el frasco de tinte que llevaba en su bolso, como si

estuviera dejando ir una última línea de defensa.

Yo no puedo moverme. Mis sentidos se amplifican hasta un punto doloroso: puedo sentir el latido de mi corazón retumbando en

mis oídos, el temblor de mis piernas bajo la tela de mi vestido, el peso de cada mirada clavándose en mí como agujas. Y

también... un miedo terrible mezclado con una extraña sensación de orgullo, de reconocimiento, por muy retorcido que sea.

Azriel sabe lo que provoca. Sabe exactamente lo que está haciendo. Sabe que si permite que mi cabello permanezca blanco, todos los ojos de la familia se posarán sobre mí. Algunos con admiración, muchos con odio, pero todos me verán. Ya no podré esconderme en las sombras.

Me está exponiendo deliberadamente.

Y no sé si es un regalo o una condena.

Me quedo sentada, sin atreverme a mirar directamente su rostro. Mis pensamientos son un torbellino caótico: miedo, curiosidad, confusión, y algo más... algo que no sé cómo nombrar. Tal vez sea el primer destello de poder, de importancia, por muy aterrador

que sea. O tal vez solo la certeza de que hoy, mi vida va a cambiar de formas que no puedo predecir ni controlar.

Azriel se retira con la misma calma con la que llegó, sus pasos resonando contra el suelo del coliseo. Vuelve a su asiento en la

zona reservada para los Ojos, y el coliseo gradualmente vuelve a llenarse del ruido de la pelea. Gaia y June continúan su combate, pero nadie está realmente prestando atención ahora.

Todos me están mirando a mí.

Pero yo ya no puedo concentrarme en Gaia y June. Todo lo que siento está aquí, en mis manos temblorosas, en mi cabello intacto y expuesto, en la mirada del joven Morningstar que apenas me ha tocado pero que ha cambiado todo.

______°_______

El eco de los golpes en el coliseo no me deja respirar tranquila, pero hay algo peor que el ruido: las miradas. Cada miembro de la familia, cada Colmillo y Ojo que me cruza la vista parece calibrar cuánto "fallo" llevo encima, cuánto daño puedo causar simplemente por existir.

Azriel ya no me mira. Ha vuelto su atención a la pelea, como si lo que acaba de hacer fuera trivial, sin importancia. Pero yo sé que no lo es. Nada de lo que hace Azriel Morningstar es sin importancia.

Sus ojos fríos todavía resuenan en mi mente, esa mirada penetrante que pareció ver a través de mí, que pareció decidir mi destino en un instante. No hay alivio en su gesto, no hay piedad. Y lo sé. Lo sé perfectamente.

Mi cabello sigue blanco donde él lo tocó, brillante bajo la luz del coliseo, y siento todas las miradas posarse sobre mí como insectos arrastrándose por mi piel. Algunas son curiosas, preguntándose qué vio Azriel en mí. Otras están llenas de desprecio,

resentimiento por el hecho de que alguien como yo recibiera su atención. Y muchas más están cargadas de un odio sordo, visceral, el tipo de odio que no necesita razones para existir.

Susurros llegan hasta mis oídos, fragmentos de conversaciones que se supone no debería escuchar: "¿Viste eso? La hija de Hilary... ¿esa cosa blanca?"

"Azriel debe estar jugando con ella. No hay otra explicación."

"Escuché que ni siquiera pasó el ritual de iniciación... pobre inútil."

"¿Por qué perder el tiempo con ella? Debería estar con las Patas".

No puedo mirar directamente a nadie. Solo aprieto las manos sobre mis piernas y muerdo el labio inferior con tanta fuerza que siento el sabor metálico de la sangre. El calor sube a mis mejillas y un nudo se forma en mi garganta, apretándose más y más hasta que siento que no puedo tragar.

Mamá me aprieta la mano, pero no puede decir nada. No puede controlar lo que todos los ojos ven ahora: me convertí en el blanco perfecto. Ya no soy invisible. Ahora soy un objetivo.

La pelea entre Gaia y June continúa, sus cuerpos moviéndose en esa danza violenta que hace que el público grite y aplauda.

Pero mis ojos no pueden enfocarse en los golpes ni en los movimientos rápidos. Todo se difumina en una mancha de colores y sonidos. Solo siento la presión de estar siendo observada, evaluada y condenada antes siquiera de poder demostrar algo.

Mis uñas se clavan en la tela de mi vestido. Necesito algo a qué aferrarme, algo que me mantenga anclada a la realidad porque siento que podría flotar, deshacerme, desaparecer en este mar de juicios silenciosos.

"No llores," susurra mamá casi sin aliento, tan bajo que apenas puedo escucharla sobre el rugido del coliseo. Y yo sé que no lo dice por mí, sino para calmar su propio miedo de que mi humillación se note, de que mi debilidad refleje mal en ella. "Solo

míralos... aprende."

Aprende.

Esa es la palabra que resuena en mi mente, rebotando contra las paredes de mi cráneo. Aprender a ser fuerte, a no ser derribada,

a sobrevivir en un mundo que fue diseñado para expulsarme. Aunque nadie espere que lo logre. Aunque todos asuman que

fallaré. Aprender que mi vida, mi cuerpo, mi cabello... todo lo que soy, es un espectáculo para que otros decidan cuánto valgo.

Obligo a mis ojos a mirar hacia el centro del coliseo. Gaia acaba de derribar a June con un barrido de pierna brutal. June rueda,

esquivando el siguiente golpe por milímetros, y se lanza hacia adelante con un ataque que conecta directamente con el estómago de Gaia. El sonido del impacto hace eco en el espacio cerrado.

Sangre. Veo sangre goteando de la boca de Gaia, pero ella sonríe. Sonríe como si el dolor fuera un regalo, como si cada herida

fuera una lección que vale la pena aprender.

¿Alguna vez podré sonreír así?

¿Alguna vez podré convertir mi dolor en poder?

No lo sé. Pero algo en esa sonrisa me llama, me atrae, me hace preguntarme si hay una parte de mí que podría florecer en este

lugar terrible.

Una parte oscura, hambrienta, que quiere demostrar que todos están equivocados.

Y en ese instante, algo dentro de mí cambia. No sé cómo llamarlo todavía: miedo, ira, determinación, curiosidad. Todo mezclado

en un nudo caliente y confuso en mi pecho. Sé que hoy no será un día cualquiera. Sé que a partir de ahora, todos los ojos de la familia, y especialmente los de Azriel, seguirán cada movimiento mío.

Cada respiración.

Cada error.

Sé que no habrá descanso, ni indulgencia. Ni siquiera un respiro. No cuando Azriel Morningstar ha decidido que existo, que valgo

lo suficiente como para ser notada. Y eso, en esta familia, es más peligroso que ser invisible.

El coliseo retumba con un golpe final de Gaia contra June.

El cuerpo de June choca contra el suelo con un sonido sordo que

hace que algunos en el público hagan una mueca. Gaia levanta su puño en señal de victoria, su rostro cubierto de sudor y sangre, y todos aplauden.

Los gritos de aprobación llenan el espacio, reverberando contra las paredes de piedra.

Pero yo apenas noto el ruido. Solo puedo sentir mis propios latidos, acelerados, descontrolados, mezclados con la certeza de que, desde ahora, ser diferente no será solo un defecto... será una condena.

Seré juzgada más duramente. Seré puesta a prueba constantemente. Cada paso que dé será observado, cada palabra que diga

será pesada. Porque Azriel me ha marcado, me ha señalado frente a todos.

Y no sé si sobreviviré a la atención.

Pero aun así... una parte diminuta de mí, enterrada profundamente bajo capas de miedo y vergüenza, se siente viva. Despierta.

Como si hubiera estado durmiendo toda mi vida y ahora, de repente, mis ojos se hubieran abierto.

Tal vez el primer atisbo de lo que algún día me permitirá enfrentar todo esto.

O tal vez el principio del fin.

Mamá me aprieta la mano una última vez antes de soltarla. Su palma está fría, húmeda de sudor. Me mira de reojo, y por un

momento veo algo en sus ojos que no había visto antes: miedo. No por ella, sino por mí.

Y entiendo que ella sabe, igual que yo, que todo acaba de cambiar.

Que no hay vuelta atrás.

El coliseo comienza a vaciarse lentamente. Los Ojos se retiran primero, caminando con esa confianza natural que viene de

saberse intocables. Las Garras los siguen, hablando entre ellos sobre la pelea, analizando cada movimiento con la intensidad de

estudiantes dedicados. Los Colmillos nos levantamos al final, esperando que los demás despejen el camino primero.

Mientras camino hacia la salida, siento las miradas seguirme. Algunas son obvias, directas, sin vergüenza en su curiosidad o

desprecio. Otras son más sutiles, miradas de reojo que me evalúan como si estuvieran tratando de resolver un acertijo.

¿Qué vio Azriel en mí?

Es la pregunta que todos se están haciendo. Y yo, más que nadie, quisiera saber la respuesta.

Porque si hay algo que he aprendido hoy, es esto: en la familia Morningstar, la atención de Azriel no es un regalo.

Es una sentencia. Y ahora tendré que vivir con las consecuencias de algo que ni siquiera pedí.

Salimos del coliseo hacia el aire fresco de la noche. El cielo está oscuro, salpicado de estrellas que brillan con una indiferencia

cruel.

Son hermosas, pero inalcanzables, como todo lo que alguna vez he deseado. Mamá y yo caminamos en silencio de regreso a nuestras habitaciones. No hay nada que decir. Las palabras no cambiarían nada.

Cuando finalmente llegamos a mi cuarto, ella se detiene en el umbral. Me mira durante un largo momento, su rostro una máscara de emociones contradictorias: preocupación, resignación, tal vez un destello de orgullo oculto.

"Buenas noches, Sasha," dice finalmente, su voz apenas un susurro.

"Buenas noches, mamá."

Cierra la puerta suavemente detrás de ella, y me quedo sola.

Me acerco al espejo, ese mismo espejo que me dice la verdad aunque yo no quiera escucharla. Mi cabello es una mezcla caótica de negro teñido y blanco plateado donde el agua de Azriel lavó el tinte. Parece un campo de batalla, dos colores luchando por dominar mi cabeza.

Levanto una mano temblorosa y toco los mechones blancos. Son suaves, brillantes bajo la luz de la lámpara. Hermosos, si pudiera permitirme pensarlo.

Pero la belleza aquí no importa. Solo importa el poder. Y yo no tengo ninguno.

Todavía. Me aparto del espejo y me acuesto en mi cama, mirando el techo. Las sombras bailan en las esquinas de mi habitación, proyectadas por la luz tenue.

Parecen criaturas vivas, observándome, esperando.

Cierro los ojos y respiro profundo. Mañana será otro día. Otro día de supervivencia. Otro día de cargar este apellido que pesa más de lo que mis hombros pueden

soportar.

Pero tal vez... solo tal vez... también será el día en que empiece a encontrar mi propia forma de fuerza.

Una que no dependa de la sangre pura ni de la aprobación de nadie.

Una que sea únicamente mía.

Ese pensamiento me acompaña mientras me deslizo hacia el sueño, frágil pero persistente, como una semilla plantada en tierra

estéril.

Esperando el momento en que pueda florecer.