Carroñero
Tres cuarenta y siete de la mañana. Pablo apenas estaba recobrando el sueño cuando escuchó su teléfono sonar. Gruñó y se levantó, sin abrir los ojos ni encender las lámparas. Una rutina ya aprendida que hacía que todo fuera mas rápido, más efectivo, con tal de volver a su sagrada cama. El timbre de su teléfono se apagó como si fuera una alarma programada.
Mientras se vestía, empezó a tararear una canción de la que no recuerda al cantante, pero es de esas que siempre ponen en la radio, hablan de rupturas, desamores, sexo, infidelidad. Era un hombre solitario, apenas y había tenido un par de novias en su juventud, y para ser honesto, disfrutaba mejor su vida así. Además, le daba demasiada flojera tener que lidiar con una esposa que se quejara de sus salidas en la madrugada.
Fue a la pequeña cocina y se preparó un termo con café caliente. Esperó a que la máquina calentara mientras se rascaba la panza. Contempló en llevarse ese Torres que le habían regalado en su cumpleaños pero se arrepintió a último momento y se puso su gorra, saliendo de su departamento.
Afuera lo esperaba una furgoneta blanca. Pablo siempre había agradecido las letras grandes de SRA, si no las tuviera, pensaría que lo estarían secuestrando. El conductor, un hombre corpulento que apestaba a cigarro, lo miró con una sonrisa torcida. Era su compañero de trabajo, Octavio.
—Buenas noches, pedido por parte de la Secretaría de Reubicación Animal.
Pablo entró a la furgoneta, sentándose en el asiento de copiloto. Tomó un sorbo de su termo e hizo una mueca al saborear el café aguado.
—Necesito una nueva cafetera.
—Pronto será quincena.
—Una quincena jugosa para mi médico y mi contador— Pablo dijo con frustración.— no me puedo dar ni el lujo de beber un buen café, ni en la mañana, tarde y noche.
Octavio se encogió de hombros como si se librara de alguna culpa.
—Así es como están las cosas. Bendito Dios tenemos un techo donde dormir, comida para poner en la mesa y salud.
Salud. Claro que si. Todos la tenemos.
—¿Qué es lo que sabemos de ahora?
—Unos jóvenes que estaban en plena fiesta, una graduación o algo así, dijeron que vieron a dos carroñeros. Uno grande y otro pequeño. Madre y cría quizás. Se debieron haber desviado del camino en busca de comida.
Pablo asintió instintivamente, mirando por la ventanilla. Las calles estaban desiertas. Desde que empezaron los primeros avistamientos de carroñeros en la ciudad, algunos empezaron a llegar mas temprano a sus casas. Los carroñeros desprendían una peste terrible y debían aguantarse para no cazarlos. Se quedó divagando un par de segundos.
—¿Crees que tengan rostros?
Octavio frunció el ceño y apretó el volante con fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Rezo que no.
Tras un rato conduciendo por las calles, finalmente la vieron. Una hembra, mas grande que un perro pero mas pequeña que una vaca. Estaba tumbada en el suelo, inmóvil. Octavio maldijo y se estacionó frente a un terreno baldío.
Cuando ambos salieron, detectaron un terrible olor ácido y metálico y se pusieron las mascarillas al instante. Con guantes y lazos de captura en mano, se acercaron con cautela al cadáver.
—Dios me ampare. Es la madre— Octavio dijo en voz baja, con un tono de tristeza.
La cabeza estaba aplastada y una masa viscosa de sesos sobresalía del cráneo rojizo, parecía mas de modo que la hubieran golpeado con algo a que la hubieran atropellado. Estaba extendida sobre el suelo, de forma relajada, como si tomara una siesta. Octavio se persignó y se acercó.
—Ve a buscar la cría.
Pablo empezó a caminar, en busca de la cría carroñera. La encontró detrás de una pila de basura. Era del tamaño de un pitbull, tenía pelaje negro y brillante. A Pablo siempre le habían dado ternura las crías carroñeras. Ingenuas, indefensas. Desde el momento en que nacen, aprenden a tener que sostenerse por si solas. En algún momento, se pensaba que los carroñeros podían ser domesticados, pero su dieta exigente iba a causar problemas sanitarios.
Alzó el lazo de captura y se acercó, escuchando los sonidos de masticación y tragos de comida. Pablo se tensó y sintió su corazón latir mas rápido. La criatura se detuvo y se volteó, mirándolo fijamente.
El cachorro tenía puesto un rostro. De una chica, joven quizás. Pablo caminó un poco mas hasta que la vio. Un cadáver sobre un lago de sangre que le salía de entre las piernas. No vio nada mas. No vio el vestido, las sandalias plateadas, las pulseras. No vio el rostro en carne viva que desprendía un grito silencioso por piedad.
Pablo se tambaleó hacia atrás, mirando como la cría se seguía alimentando de la desdichada. Sintió arcadas que sofocó y con un inmenso esfuerzo, se acercó nuevamente, agarrando a la cría con el lazo, jalando suavemente. Nunca con fuerza por qué podrían alterarse y hacer un desastre.
—Ven aquí... no te haré daño. No hiciste esto— Pablo balbuceó.
La cría se resistió un poco, pero luego se dejó llevar por Pablo hasta la furgoneta. Octavio ya se había encargado del cadáver de la madre, y cuando miró a la cría, palideció.
—Llama a la fiscalía, Octavio. Nosotros ya terminamos.
Ninguno habló durante el viaje de regreso. Eran los minutos de silencio para la víctima. Y para la madre carroñera.
Cuando llegaron a las oficinas de la secretaría, Octavio llevó el cadáver de la madre a cremación y Pablo llevó a la cría a las jaulas. El animal siguió a Pablo dócilmente, como una mascota que se aferra a su dueño. El rostro fue llevado al departamento forense para investigación y posteriormente sería procesado para que la familia lo recoja en una bonita cajita con adornos. Lo encerró en una jaula y la cría se recostó automáticamente en el montón de cobijas sucias, ocultándose la cara enrojecida con sus patas delanteras. Ajeno a la muerte de su madre y a todo lo demás.
Octavio se apareció mas tarde, mirándolo atentamente.
—¿Estas bien, cabrón?
Pablo no respondió. Miraba fijamente a la cría. Tras unos momentos, se recompuso y se levantó.
—Si, solo estoy exhausto. Haré el papeleo y luego iré a casa.
Octavio asintió y ambos salieron de las jaulas. En la televisión del lobby, había un exagerado e infantil anuncio en bucle de una mujer explicando los pasos para denunciar los avistamientos de anomalías, tales como los carroñeros y los territoriales. Lo mismo de siempre. No te acerques a ellos. No invadas sus territorios. No los mates. Si buscas extremidades faltantes de un familiar o conocido, llama a tal número y agenda una cita para recogerlas.