The art of forgetting

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Summary

Hace diez años, la vida de Elliot Roswell se desmoronó. La trágica muerte de su hermana gemela, Eleanor, no solo destruyó a su familia, sino que lo convirtió en un fantasma de culpa. Consumido por la depresión y la cruel sentencia de sus padres , Elliot lleva una existencia sin color, acatando órdenes y usando el arte como su único escape. Pero el tormento de Elliot no vive solo en el pasado. Una figura anónima lo ha acosado sin descanso, sembrando el miedo y arruinando cada intento de conexión. Cartas amenazantes y regalos inquietantes son un recordatorio constante de que su pesadilla está lejos de terminar. Está completamente solo, hasta que conoce a Aiden Blodwyn. La galería de Aiden no es solo una oportunidad para dedicarse a la pintura, es un nuevo comienzo. Un lugar donde Elliot podría, quizás, encontrar la energía para romper las cadenas de su trágico pasado y sanar. ¿Podrá Elliot permitirse amar cuando la verdad es una sombra que lo persigue? "Like an eclipse, their worlds align, their souls meet, and their hearts, in perfect rhythm, merge into a perfect shadow. " Adéntrate en esta novela de misterio con romance donde la obsesión y el amor se encuentran en el lado más oscuro del arte.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

The art of forgetting

El día se había deslizado sobre la mansión Roswell como un susurro, perfecto y sin fisuras. El aire de la tarde era suave, y la luz del sol se derramaba sobre el jardín, pintando cada hoja y cada rosa con un brillo dorado. Era una calma absoluta, una de esas tardes que se sienten eternas en su perfección, casi oníricas. La familia Roswell, conocida en los círculos más elitistas no solo por su vasto imperio legal, sino por su infalible fachada de armonía, parecía ser la encarnación misma de esa paz. La mansión, un faro de opulencia neoclásica, brillaba con una luz que prometía seguridad y un orden inquebrantable, un refugio inexpugnable del caos del mundo exterior. Los susurros de los sirvientes, apenas audibles, sólo confirmaban la imagen de un hogar impecable.

Parece que el señor y la señora han salido ya al jardín – comentó la ama de llaves, a un joven lacayo mientras ajustaba un florero de lirios. –Asegúrate de que el té esté listo a las cuatro en punto, sin falta. Ya sabes lo particular que es la señora con su Earl Grey

Sí, Sra. Gable – respondió el lacayo, con una reverencia pulcra.

Pero la perfección es un espejismo, y el orden un castillo de naipes. Sin previo aviso, el cielo se rompió. Las nubes se tiñeron de un gris tormentoso y el aire se cargó de una electricidad agria que erizó los pequeños cabellos de la nuca. Un trueno resonó como una advertencia lejana, un tambor fúnebre que anunciaba el cambio, y la lluvia comenzó a caer, al principio con una delicadeza casi melancólica, para luego convertirse en un diluvio implacable que azotó la mansión. La paz se desvaneció, arrastrada por la tormenta, revelando las grietas en el pulido exterior de la familia.

Dentro de la mansión, el personal se movía con una prisa contenida, cerrando ventanas y asegurando puertas. – ¡Rápido, George, cierra las ventanas del estudio – exclamó la Sra. Gable, con una nota de urgencia en su voz. –¡Y asegúrate de que no haya ni una gota de agua en el suelo de mármol!

La lluvia golpeaba la mansión Roswell como un castigo divino, una cortina fría y densa que envolvía la noche en una oscuridad casi total. Afuera, la figura de un joven Elliot, corría descalzo en el lodo del jardín, sus pulmones ardiendo con cada bocanada de aire frío. No era una búsqueda, sino una carrera desesperada, como si el propio terror de sus padres, encerrados en los lamentos y gritos ahogados que flotaban desde la casa, lo persiguiera como un espectro.

Sus gritos se unían a los de ellos, una sinfonía de pánico en la que su voz –¡Eleanor! ¡Eleanor!– se sentía desgarrada y sola, una frágil vela en medio del huracán.

Detrás de él, un coro de sirvientes, empapados hasta los huesos, lo seguía con linternas que bailaban erráticamente en la penumbra. Sus súplicas se perdían en el diluvio, insignificantes ante la magnitud de la tormenta y la angustia del niño.

¡Joven amo Elliot, espere! ¡Por favor, regrese! – gritaba su tutora Emma, su voz teñida de desesperación, mientras intentaba abrirse paso entre los arbustos batidos por el viento. –¡No podemos ver nada en esta oscuridad!

¡Cuidado con los rosales, señor Elliot! – advirtió un jardinero, tropezando en el barro. –¡Podría hacerse daño!

El rastro los condujo al invernadero, el santuario acristalado que ahora parecía una cámara sellada contra el mundo, sus paneles de vidrio tintineando bajo el azote de la lluvia. La sirvienta al frente, una joven pálida y temblorosa llamada Clara, se detuvo bruscamente en la entrada. Su linterna, que había sido su única guía, se estrelló contra el suelo, su luz rota en mil pedazos. El primer grito de horror se desgarró desde lo más profundo de su ser, un sonido agudo y animal que resonó en el cristal del invernadero, traspasando el estruendo de la tormenta.

¡Dios mío! – balbuceó otra sirvienta, llevándose las manos a la boca. –¡No puede ser!

Elliot se lanzó hacia la puerta abierta, un huracán de terror y desesperación. El aire dentro del invernadero se sentía denso, pesado, con el dulzor metálico e inconfundible de la sangre. Allí, entre el denso follaje de rosas exóticas y helechos, la encontró. Eleanor. Su cuerpo inmóvil yacía en el suelo de terracota, una visión que se grabará para siempre en la retina de su memoria.

Un ángel caído en un lecho de verdor. Sus cabellos, normalmente brillantes, se extendían como algas en un charco oscuro, su rostro juvenil pálido, casi translúcido. Elliot sintió que el mundo se inclinaba, que las paredes se cerraban sobre él.

A su alrededor, un paisaje de horror gótico. Un jarrón de cristal, antes elegante, ahora estaba destrozado en mil fragmentos, brillando macabramente bajo la escasa luz. Uno de esos pedazos, afilado y traicionero, aún lo sostenía Eleanor, inerte en su mano derecha. Pero fue la muñeca izquierda de su hermana, la delicada curva de su piel, lo que le robó el aliento. Una herida profunda, de un rojo oscuro y casi negro bajo la luz escasa, manchaba su piel con un terrible carmín.

Las rosas blancas, las favoritas de Eleanor, que florecían con inocencia virginal, ahora estaban salpicadas de ese mismo color, transformadas en flores de un funeral cruel, cada pétalo inmaculado teñido de un horror escarlata.

Elliot se arrodilló, el lodo del jardín manchando sus rodillas, suplicando a un dios que parecía haber abandonado el mundo. –¡Eleanor, no! ¡Por favor, despierta! ¡Despierta! ¡Por favor... Ely... abre tus ojos, te necesito... no me dejes... tú eres mi mitad y yo la tuya...– Las lágrimas se mezclaban con el agua de la lluvia en su rostro, haciendo que cada sollozo fuera un arroyo salado. Se giró, con los ojos inyectados en sangre, hacia los espectadores petrificados en la entrada. –¡Ayuda! ¡Necesito ayuda! ¡Por favor...Emma, llama a la ambulancia... ¡Emma!– Por más que su voz sonara más fuerte, por más que llamara , todos se habían quedado inmóviles, congelados por el terror de la escena, como estatuas de sal.

¡Alguien haga algo! – gritó Emma, finalmente saliendo de su estupor, con lágrimas corriendo por sus mejillas. –¡No se queden ahí parados!

Fue en ese momento que sus padres llegaron, el Sr. y la Sra. Roswell, sus figuras imponentes ahora encorvadas por el dolor. El grito de su madre fue diferente; un sonido de agonía pura, que parecía arrancar el alma de su cuerpo. Sus llantos se ahogaban en sollozos, un lamento gutural que Elliot jamás olvidaría, una melodía macabra que resonará en sus sueños por años.

Su padre se alzó como una figura en la oscuridad, una máscara de control luchando por mantenerse, incluso cuando el mundo se desmoronaba a sus pies. –Una ambulancia. Ahora mismo. – Ordenó directamente al mayordomo, con su voz quebrada, un eco fantasmal de su habitual autoridad.

Elliot se quedó inmóvil, sus ojos fijos en la escena. En su mente, el mundo se silenció. Los gritos, la lluvia, el sonido de su propio corazón galopando… todo se desvaneció, reemplazado por un agudo y constante zumbido que llenaba sus oídos. El aire se sentía pesado, como agua que no podía atravesar, y luchó por tomar una bocanada de aliento, una necesidad tan básica que ahora le era imposible.

La escena frente a sus ojos se volvió borrosa, los colores se fusionaron en una mancha informe y sin sentido, hasta que todo se disolvió en una oscuridad total. En ese instante, no solo perdió a su hermana, su otra mitad, su confidente, sino que también nació en él la culpa. La culpa que, diez años más tarde, era una sombra constante, un parásito aferrado a su alma, susurrándole al oído que él era el responsable.