Capítulo 1: El Código de las Inciensos y el Silencio
La humedad de Ubud no se parecía en nada al aire acondicionado seco de mi oficina. Aquí, el aire pesaba, olía a flores de frangipani y a una devoción que se sentía en la piel. Había llegado a Bali huyendo de los balances cuadrados y de las auditorías externas, buscando que mi propio balance interno dejara de arrojar números rojos.
Me instalé en un pequeño retiro cerca de los arrozales de Jatiluwih. Fue allí, entre el verde infinito y el sonido de los gongs lejanos, donde vi por primera vez al hombre que cambiaría el rumbo de mi bitácora.
Él no vestía túnicas azafrán como los monjes locales. Llevaba una camisa de lino desgastada y unos ojos que cargaban con el peso de siglos de claustro. Se llamaba Julián. Me enteré después de que era un antiguo hermano carmelita que había pasado diez años en un monasterio en España antes de sentir que Dios le hablaba en el idioma de las olas y no en el del encierro.
La primera vez que hablamos fue en el mercado de especias. Yo intentaba explicar en mi inglés más técnico el tipo de cúrcuma que buscaba, cuando una voz profunda, con un acento que me recordó a la paz de las iglesias antiguas, intervino en español:
— “Buscas la raíz fresca, no el polvo. La raíz guarda la memoria de la tierra”, — dijo él, extendiéndome un trozo de cúrcuma como si fuera una hostia consagrada.
Lo miré y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Había algo en su postura, una rectitud de quien ha pasado horas de rodillas, pero con una suavidad en la mirada que solo da la libertad recién estrenada.
Pasamos las siguientes semanas en un ritual silencioso. Yo practicaba mis asanas de yoga frente a los arrozales al amanecer, y él, unos metros más allá, se sentaba en la posición del loto, pero con un rosario de madera de sándalo entre las manos. Éramos dos mundos colisionando: la contadora que buscaba aprender a fluir y el monje que buscaba aprender a tocar.
Una tarde, mientras la lluvia tropical caía con la fuerza de un bautismo, nos refugiamos bajo el techo de un pequeño templo abandonado. El olor a tierra mojada era embriagador.
— “¿Por qué Bali?“, — le pregunté, rompiendo el hechizo del silencio.
Julián sonrió, y fue la primera vez que vi una grieta en su armadura de santidad. — “Porque en el monasterio me enseñaron que el deseo era una distracción. Pero aquí, viendo cómo el sol toca estas montañas, entendí que el deseo es la forma en que el alma dice ‘estoy viva’. ¿Y tú? ¿Por qué una auditora busca el caos de la selva?”
— “Porque me cansé de que todo tuviera que cuadrar”, — confesé, sintiendo que mi corazón, por primera vez en años, empezaba a latir fuera de ritmo.
En ese momento, un rayo iluminó el templo y vi que él me observaba no como un hermano a una fiel, sino como un hombre que acaba de encontrar el mapa de un tesoro que creía perdido. El aire se volvió denso. Él estiró la mano, dudó un segundo —un segundo donde siglos de reglas religiosas lucharon contra el presente— y finalmente rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos.
— “A veces”, — susurró Julián cerca de mi oído, — “el milagro no es caminar sobre el agua, sino encontrar a alguien que te haga querer quedarte en la tierra”.
Esa noche, bajo la luna de Bali, el balance de mi vida cambió para siempre. Ya no buscaba la perfección; buscaba el incendio que veía en los ojos de aquel hombre que había cambiado a Dios por la verdad de un beso.
