Lo Suficiente Para Seguir Vivo

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Summary

Continuación de la historia "Huesos Bajo la Piel". Una historia que te cuenta la consecuencia de "La Caída de la Esperanza", un suceso que marco un antes y después en la historia del protagonista.

Genre
Action
Author
DiegoG
Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
13+

Umbral

“Hay heridas que no duelen porque el dolor ya se volvió identidad”

La historia que voy a contar ahora no ocurrió durante la batalla, ni en el instante exacto en que el cielo se partió en dos. Ocurrió varios días después de lo que todos terminaron llamando La Caída de la Esperanza. No porque la explosión fuera el momento más importante, no lo fue, sino porque fue ahí cuando entendí que sobrevivir no siempre significa seguir vivo. Hay derrotas que no te matan el cuerpo, pero te dejan caminando con algo muerto dentro.

Desperté sin saber en qué día estaba. La noción del tiempo había desaparecido, disuelta entre anestesia improvisada, regeneración forzada y un cansancio que no pertenecía solo a los músculos. Lo primero que sentí fue el peso. No dolor todavía, no del todo, sino esa presión interna que antecede a la memoria del sufrimiento. Mi cuerpo estaba cubierto de vendas, algunas ya empapadas de sangre vieja, otras endurecidas por la costra de heridas que comenzaban a cerrarse solas, obedeciendo a un instinto que ya no me pertenecía del todo.

Respiré hondo. El aire entró con dificultad, como si mis pulmones también dudaran de merecer oxígeno.

Cada inhalación arrastraba un eco: concreto cayendo, metal deformándose, gritos que no logré distinguir si eran ajenos o míos. Sentía el latido de mi corazón demasiado claro, demasiado presente, como un tambor marcando un ritmo que nadie más escuchaba. Intenté mover la mano derecha y una descarga de ardor recorrió el antebrazo, recordándome que aún estaba aquí… y que aún tenía un cuerpo capaz de sentir.

La habitación era pequeña. Desnuda. Un refugio temporal, improvisado con lo que quedaba de un edificio que había tenido otro propósito antes de convertirse en escondite. Las paredes estaban manchadas de hollín, y el olor a medicamentos baratos se mezclaba con el de polvo antiguo. Había una ventana al fondo, parcialmente rota, cubierta con una lámina translúcida que dejaba pasar una luz gris, enferma.

Frente a esa ventana estaba ella.

Poison permanecía de espaldas, inmóvil, observando algo que yo no podía ver desde la cama. Su silueta recortada contra la luz parecía una sombra que hubiera aprendido a respirar. El cabello caía suelto sobre su espalda y, por un momento, pensé que ni siquiera estaba despierta… que tal vez era otra ilusión nacida de mi mente cansada.

Es bueno que hayas despertado, dijo sin girarse. Después de una explosión así, no muchos vuelven.

Su voz era tranquila. Demasiado.

Tragué saliva. Sentí cómo la garganta protestaba, seca, raspada por días de inconsciencia.

¿Cuánto tiempo…?, intenté preguntar, pero la frase murió antes de tomar forma.

Suficiente, respondió. Más del que pensabas. Menos del que merecían otros.

Giró lentamente y sus ojos se encontraron con los míos. No había burla en ellos. Tampoco compasión. Solo una claridad incómoda, como la de alguien que ya aceptó lo inevitable y no ve sentido en adornarlo.

Quise incorporarme, pero el cuerpo se negó. Mis músculos temblaron y un dolor sordo se extendió por el torso, como una advertencia silenciosa. Poison se acercó un paso, no para ayudarme, sino para asegurarse de que no lo intentara otra vez.

No te muevas, dijo. Tu regeneración hizo su parte, pero no eres invencible. Nunca lo fuiste.

Cerré los ojos un segundo. No para descansar, sino para reunir lo que quedaba de mí antes de preguntar lo que ya sabía.

Ellos…, mi voz salió rota. Los demás.

Poison no respondió de inmediato. Caminó hasta una mesa improvisada, tomó un recipiente metálico con agua y lo dejó cerca de mi mano. Luego volvió a la ventana. Solo entonces habló.

No hubo sobrevivientes.

La frase cayó sin peso aparente, pero dentro de mí algo se rompió de manera limpia, silenciosa, como un hueso que cede sin hacer ruido.

La base de los rebeldes fue destruida por completo, continuó. La explosión principal y la secundaria. Todos los que estaban allí murieron. Los que pelearon contigo. Los que creyeron que podían cambiar algo.

Esperé. No porque quisiera más detalles, sino porque el silencio era peor.

Lyra también, añadió.

No sentí nada de inmediato. Ni rabia, ni dolor, ni sorpresa. Solo una quietud absoluta, como si mi mente hubiera decidido desconectarse para no colapsar. Imágenes comenzaron a surgir sin orden: su mirada firme sobre los mapas, la manera en que daba órdenes sin levantar la voz, el cansancio que nunca dejaba que otros vieran.

¿Y los Maestros?, pregunté, casi por reflejo.

Muertos, respondió Poison. El de las Armas, el de la Fuerza y el Animal. Las explosiones no distinguieron rangos. Solo cuerpos.

Asentí lentamente. Tres enemigos menos. Y ningún alivio.

Entonces…, murmuré, solo quedé yo.

Poison no lo negó.

El silencio que siguió fue espeso, insoportable. Mi pecho subía y bajaba, pero cada respiración parecía una tarea inútil. Sentía el peso de cada ausencia acumulándose sobre mí, como si mi cuerpo fuera el único contenedor que quedó para cargar con todos los muertos.

No lloré.

No grité.

No golpeé nada.

La tristeza no llegó como una ola, sino como una marea constante que subía sin prisa, llenando cada espacio vacío. Era una tristeza densa, sin dramatismo, sin forma. Una que no pide permiso ni ofrece salida. Simplemente se instala.

Pensé en Kael. En Lyra. En los rebeldes cuyos nombres nunca aprendí, pero cuyos rostros aún podía recordar. Pensé en cómo creyeron que resistir era suficiente. En cómo yo también lo creí, alguna vez.

Poison se acercó otra vez. Esta vez no habló enseguida. Dejó algo sobre mi pecho con cuidado, como si temiera que incluso el papel pudiera romperme.

Ella escribió esto antes de la batalla, dijo. Me pidió que te lo entregara… si no regresaba.

Mis dedos temblaron al tomar la carta. Estaba doblada varias veces, manchada en una esquina, quizás de sangre, quizás de humo. Reconocí la letra de inmediato.

Por un instante dudé. No porque no quisiera leerla, sino porque sabía que hacerlo significaba cruzar un umbral del que no podría volver.

No sé si voy a tener el valor de entregarte esto en persona, así que escribirlo me parece más fácil. Tal vez más honesto.

Esta batalla… todo lo que estamos viviendo… es demasiado pesado incluso para alguien como yo, que aprendió a planear con frialdad. A veces me pregunto cuándo dejamos de ser personas y nos convertimos solo en funciones dentro de una guerra.

Cuando te conocí, yo amaba a Kael. No era un amor perfecto ni idealizado, pero era real. Creíamos, de verdad lo creíamos, que podíamos salvar nuestra ciudad. Que resistir era suficiente.

Cuando Kael murió, perdí algo más que a él. Perdí una parte de esa certeza. La esperanza se volvió frágil, casi ofensiva.

Y entonces seguiste peleando.

No por discursos. No por promesas. Solo porque no sabías hacer otra cosa que avanzar.

No sé en qué momento empecé a mirarte distinto. No sé si fue admiración, apego o algo que podría llamarse amor. Solo sé que verte seguir, incluso cuando todo parecía perdido, me recordó el sueño de Kael… y me dio fuerzas para continuar por él.

Si estás leyendo esto, significa que no regresé.

No quiero que te entristezcas por mí. No como lo hiciste por otros. No te detengas. No te culpes. Sigue adelante, incluso si ya no sabes por qué.

Pero si puedes… cumple una promesa.

Derrota a la Orden. Libera la ciudad. Haz que todo este dolor signifique algo.

Eso será suficiente.

Lyra

La carta cayó lentamente sobre mi pecho.

Y entonces… por primera vez desde que desperté, algo cedió.

Una sola lágrima escapó de mis ojos, silenciosa, pesada, recorriendo el costado de mi rostro antes de perderse entre las vendas. No fue un sollozo. No fue un llanto. Fue una rendición mínima, necesaria.

Poison me observó sin decir nada.

Yo cerré los ojos.

Y supe que ya no había vuelta atrás.