El pacto que no nombramos

All Rights Reserved ©

Summary

Ella se enamoró primero, creyendo que el amor podía aprenderse con cuidado. Él tardó más, pero cuando lo hizo, amó con una intensidad que parecía una despedida. En un mundo donde existen criaturas que se alimentan de vínculos humanos y donde el amor deja marcas invisibles en la realidad, su relación comienza a rodearse de presagios, sueños inquietantes y silencios que esconden verdades antiguas. Todo parece señalarlo a él: las sombras lo reconocen, las profecías lo nombran sin decir su nombre, y el horror del mundo parece reclamarlo como propio. Mientras ella ama con miedo a perder, él ama como si ya supiera que no va a quedarse. Entre bosques que observan, pactos sellados sin palabras y fuerzas que despiertan cuando alguien ama demasiado, ambos quedan atrapados en una historia donde el amor no es refugio, sino un precio. El pacto que no nombramos no es una historia sobre un final feliz. Es una historia sobre el error de creer que siempre sabemos a quién viene a buscar la muerte. Y sobre lo que queda cuando el amor decide no irse, sino quedarse.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
16+

La arboleda antes del nombre

El otoño llegó antes de que yo estuviera lista.

No fue una fecha ni un cambio brusco. Fue una sensación. El aire empezó a pesar más de lo normal, las hojas crujían bajo mis pasos como si el suelo quisiera hacerse escuchar, y el cielo adquirió ese tono apagado que no anuncia tormenta, pero tampoco calma.

La Arboleda del Ocaso siempre había estado ahí. Crecí cerca de ella, la vi cambiar de colores año tras año, perder hojas, quedarse desnuda, volver a cubrirse. Nunca me dio miedo. Hasta ese otoño.

Entré sin pensar, como quien vuelve a un lugar conocido para comprobar que sigue existiendo. El sendero estaba cubierto de hojas marrones y naranjas, húmedas, pegadas entre sí. Cada paso era un sonido nuevo, distinto, como si el bosque respondiera.

Sentí que no estaba sola.

No era una presencia clara. No había pasos detrás de mí ni voces. Era algo más sutil, más incómodo: la certeza de que el aire se había vuelto atento. Como si la arboleda estuviera recordando algo… o a alguien.

—Elara —escuché decir.

Me detuve en seco.

No supe de dónde venía la voz. No fue un llamado fuerte, ni una advertencia. Fue apenas un susurro, dicho con una familiaridad que me erizó la piel. Di media vuelta, el corazón acelerado, pero no había nadie.

Seguí caminando.

A veces el miedo no te pide permiso. A veces se instala despacio, como una idea que preferís no terminar de pensar.

Al salir del bosque, Maura estaba sentada en el banco de siempre, frente a su casa. Parecía formar parte del paisaje: envuelta en su abrigo oscuro, el cabello gris recogido con descuido, los ojos atentos a todo y a nada.

—Volviste a entrar —dijo, sin saludarme.

Asentí.

—El otoño ya empezó —agregó—. Y vos también.

No supe qué responder. Nunca lo sabía con Maura. Ella hablaba como si las palabras no le pertenecieran del todo.

—Tené cuidado —dijo, mirándome por primera vez—. No todos los caminos devuelven lo que se llevan.

Seguí caminando antes de que pudiera explicarse.

Iria me esperaba en casa, con una taza de algo caliente entre las manos y esa expresión de quien intenta fingir normalidad.

—Tenés hojas en el pelo —me dijo, señalándome—. Otra vez fuiste ahí, ¿no?

—Solo caminé —respondí.

Iria me observó en silencio. No era desconfianza. Era preocupación.

—Desde que empezó el otoño hablás menos —dijo—. Como si escucharas algo que yo no.

No supe cómo explicarle que tenía razón.

Esa noche dormí mal. Soñé con raíces enredándose en mis tobillos, con árboles inclinándose para oír mejor. Soñé con una marca ardiendo en la oscuridad, aunque todavía no sabía a quién pertenecía.

Al despertar, encontré algo extraño en la mesa de la cocina.

Un abrigo.

No era mío.

Era oscuro, gastado en los bordes, y olía a bosque húmedo. Lo toqué con cuidado, como si pudiera desvanecerse. Sentí una calma extraña, una certeza sin forma.

Alguien había estado ahí.

No sentí miedo.

Sentí que algo, finalmente, me había encontrado.

Y todavía no sabía su nombre.