La diosa perdida

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Summary

Nerissa siente que no encaja en la corte del mar, desde pequeña ha sentido una conexión inexplicable con la luna. Wansarat, por otro lado, ha viajado mucho y nunca se ha atado a nada ni nadie, no obstante, cuando conoce a la Nayede no puede evitar querer protegerla. Tal vez las respuestas de Nerissa pronto lleguen y Wansarat va a ayudarle a encontrarlas

Genre
Fantasy
Author
Lau
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

─⋆˖⁺‧₊☽ 1 ☾₊‧⁺˖⋆─

Nerissa había crecido en la corte del mar envuelta en un misterio que nadie lograba descifrar. No era como las demás. Su piel no tenía el tono cálido de las náyades ni la transparencia cristalina de las hijas del océano: parecía hecha de luz retenida, como si la luna la hubiera reclamado al nacer. Aquella rareza no la debilitó; al contrario, la volvió un enigma. Y los enigmas, en el mundo divino, son poderosos.

Sumado a eso, tenía otros dones que no eran solo físicos. Tenía palabras que calmaban tormentas y movimientos que parecían coreografías de las olas. Esa gracia, sumada a su voz persuasiva, la llevó a convertirse en emisaria del dios del mar. Fue él quien la puso bajo la tutela de Eirene.

Eirene, diosa de la paz, moldeó su carácter y la convirtió en portavoz de equilibrio entre dioses y mortales. Pero ambas sabían que no era tarea sencilla: los dioses se hundían cada vez más en el exceso y la opulencia, y el mundo humano, aunque frágil, parecía latir con una energía que el Olimpo había olvidado.

Por eso Nerissa viajó durante su adolescencia. Conoció costas, templos y puertos; escuchó los susurros de los hombres y la arrogancia de los dioses. Observaba todo, siempre desde cierta distancia. El mundo humano le fascinaba por su caos y su vulnerabilidad, pero había decidido algo: jamás se ataría a nadie. Su vida era deber, no deseo.

Hasta que la conoció.

La llegada de Wansarat no estaba prevista. Era una náyade de río, visitante ocasional de la isla donde Nerissa vivía. Aquella mañana, el agua cambió de color: un resplandor dorado se extendió sobre la superficie, anunciando que alguien importante se acercaba. Eirene fue la primera en percibir el aroma fresco, diferente, como el borde de un río que nunca probó la sal.

Siempre hace una entrada triunfal.

La figura emergió del agua con la suavidad de una corriente tranquila. Su piel parecía recoger la luz, y en su cabello oscuro descansaban lirios húmedos, gotas que brillaban como perlas. El vestido, teñido en azules y verdes, se movía con el viento como si también flotara.

-No esperaba que el agua trajera esto -murmuró Eirene, con una sonrisa que pocas veces regalaba.

-Ha sido temporada de pesca, he tenido que estar así mucho tiempo -respondió Wansarat, con voz firme y un dejo de cansancio que no le restaba encanto.

Wansarat tenía inseguridades con su forma humana, en el pasado había sido fuertemente juzgada por sus rasgos femeninos y su personalidad cambiante

-Luces bien, Rat

-Lo mismo digo, profesora.

Con una seña Eirene le señaló el camino que ambas conocían. Tenía un porte seguro, casi arrogante, y sin embargo había algo suave en ella.

Las ninfas que estaban cerca lo notaron enseguida y por eso un chorro de agua voló en dirección a Eirene, mojando las telas finas. Risas cómplices siguieron al acto.

-¿Eso fue lo mejor que se les ocurrió? -preguntó Eirene, seca, con la mirada clavada en el grupo.

Una de ellas tomó valor y se acercó siendo seguida por las demás.

-Lo siento maestra, queremos conocer a su amiga

-¿Y eso fue lo mejor que se les ocurrió?- la profesora era conocida por su poca paciencia

-Son aprendices, todos nos mojamos alguna vez, Ren -intervino Wansarat, con esa calma que doblegaba hasta a la diosa más severa-. Soy Wansarat, un gusto.

Hubo sonrisas nerviosas, miradas que no sabían dónde posarse. Todas querían tocarla, escucharla. Todas menos Nerissa.

Ella estaba en la terraza, practicando movimientos de equilibrio cuando oyó las voces. Se acercó. Cuando los ojos de ambas se encontraron, algo cambió. No en el aire, sino en Nerissa misma: una corriente eléctrica le recorrió la espalda.

Wansarat realizó una reverencia elegante que ninguna de las ninfas respondió. Un silencio incómodo se extendió entre el grupo, hasta que, con una valentía inesperada, Nerissa se abrió paso entre el círculo y devolvió el gesto con la misma solemnidad.

-Nerissa -la voz de Eirene rompió el aire, cálida y firme-. Te presento a Wansarat, guardiana de los ríos orientales. Se quedará con nosotras por un tiempo para coordinar asuntos relacionados con los caudales.

La náyade inclinó suavemente la cabeza. Al hacerlo, una gota resbaló desde un lirio en su cabello hasta su clavícula. Nerissa siguió ese recorrido sin poder evitarlo, sintiendo cómo algo en su interior se desmoronaba.

-Es un honor -respondió con el tono neutro que había aprendido en audiencias. Sin embargo, su voz tembló apenas, lo suficiente para que Wansarat lo notara.

Por puro impulso, la recién llegada tomó la mano de la muchacha.-El honor es mío -dijo con una sonrisa tranquila, aunque había en ella algo más, algo que Nerissa no supo descifrar: una curiosidad peligrosa.

-Ella es una de mis aprendices más avanzadas -añadió Eirene.

-Se nota. Es una chica muy linda... y, si soporta tu carácter, debe ser fuerte -bromeó Wansarat antes de recibir un golpe amistoso en el brazo. -¡Auch!

Las ninfas se cubrieron la boca para contener la risa, pero tras aquel cumplido Nerissa sintió algo extraño: un tirón en el pecho, una tensión que le recorrió la espalda, como si la luna misma la hubiera llamado por su nombre.

-Deberías conocerla entonces, deja que ella te lleve al lugar donde sueles quedarte

Wansarat asintió y de nuevo miró a Nerissa.

Las mujeres mayores retomaron el paso, seguidas por un grupo de ninfas que miraban con descaro a la invitada. Había algo en ella que las atraía sobremanera; quizá su aura de misterio o la sensación de que conocía el mundo más allá de aquella academia.

-Gracias, me gustaría descansar un poco -respondió Wansarat, amable.

-¿Podremos platicar con usted? -preguntó una ninfa con curiosidad.

-Wansarat no vino aquí a trabajar. Está tomando unos días libres antes de asumir sus nuevas tareas -intervino Eirene.

-Entonces sí podemos hablar con ella -insistieron, revoloteando a su alrededor.

Todas parecían ansiosas, todas menos Nerissa, que caminaba en silencio junto a su maestra, mirando el cielo nocturno como si intentara escapar de aquella escena. Wansarat lo notó.

Fascinante.

-Me gustaría quedarme a charlar, señoritas, pero mi viaje fue largo -dijo Wansarat con suavidad. El desánimo se dibujó en los rostros jóvenes-. Tal vez podamos recargar energías durante la noche.

Nerissa suspiró. Quería estar allí, compartir con ellas, pero sabía que la luna llena se acercaba, y esa fase siempre la alteraba de un modo que no comprendía.

-Yo puedo llevarla a su habitación, mi señora -intervino al fin, desviando la conversación.

-Lamento que no puedas acompañarnos, Nerissa -dijo Eirene.

-Está bien, será en otra ocasión -contestó, ocultando la punzada de frustración.

Entre las risas y murmullos, la frase quedó grabada en la mente de Wansarat. Cuando las miradas se cruzaron, la náyade sonrió con una calma que parecía peligrosa.

-Te sigo, Nerissa.

La muchacha agachó la mirada y avanzó con paso constante. Escuchó los murmullos de desaprobación detrás y supo que, si pudiera leer pensamientos, no le agradaría nada de lo que oiría.

El crujido del pasto quedó atrás. Ahora caminaban sobre las pequeñas piedras, entre jardines bañados por la luz tenue. Nerissa aceleró un poco. Wansarat, con pasos largos y seguros, no tardó en alcanzarla.

-Estamos lejos. Lamento el paso -dijo la aprendiz, apenas girando el rostro.

-Puedo seguirte -respondió la otra con una media sonrisa-. Estoy acostumbrada a corrientes más salvajes.

El comentario arrancó una risa baja de Nerissa, y Wansarat lo sintió como una victoria.

La cabaña apareció entre los árboles, sencilla y silenciosa, con un estanque reflejando la luna. Nerissa abrió la puerta y dejó las pertenencias de Wansarat sobre el suelo. Cuando alzó la vista, la náyade estaba más cerca de lo que imaginaba.

-Si necesita algo, cualquiera de las ninfas está disponible -murmuró, intentando sonar formal.

-¿Y usted, señorita Nerissa? ¿También lo está? -preguntó Wansarat, bajando la voz.

Nerissa se quedó helada. Su mente gritaba prudencia, pero su boca traicionó:-Lo estoy... solo intente no llamar.

Wansarat sonrió con un brillo distinto en los ojos. La tensión era un hilo a punto de romperse. Y entonces ocurrió: la náyade se inclinó un poco, estudiando la piel de Nerissa con la misma devoción con la que otros miran reliquias.

-Tu piel... -susurró, sin pudor-. No brilla como el agua. Es otra cosa.

El aire se hizo pesado. Nerissa tragó saliva, sintiendo un calor inédito en las mejillas.-Es... luz -improvisó, apartando la mirada.

-Luz -repitió Wansarat, probando la palabra como si fuera un secreto-. Interesante.

Y allí, bajo la luna, ocurrió algo intangible. El hilo rojo del destino se tensó, uniendo dos almas que aún no lo sabían, pero que ya estaban perdidas la una en la otra.

-Bien, creo que debería irme

-Está bien señorita Nerissa, espero encontrarla de nuevo

La menor no dijo nada, solo hizo una reverencia, comenzó a sentir algo en su estómago y en su cabeza, esa punzada que solía sentir cuando la luna llena llegaba

-Hasta luego, Wansarat

La chica salió corriendo de ahí, dejando a la náyede confundida. Wansarat sabía que las ninfas tenían una mala reputación por ser poco serias y muy seductoras así que no pudo evitar preguntarse si había hecho algo mal.

Al ya no querer darle vueltas al asunto, recordó que tenía una reunión en unas horas y supo que allí tal vez podría encontrar las respuestas que buscaba.