El café de siempre
El agua comenzaba a hervir; de líquido pasaba a un vapor que subía y desaparecía. A veces se sentía muy ñoño al ver cómo el agua cambiaba de estado, y siempre se sorprendía con el aroma del primer café. Las teteras tenían un nuevo aditamento: un silbato que emitía un pequeño ruido que indicaba que el agua estaba hirviendo.
En unos minutos, el café estaría listo. Ya habían comenzado a usar las estufas desde hacía un par de horas; siempre empezaban temprano y se iban tarde. Los clientes mandaban sobre su horario laboral, y él no se quejaba.
El humo y el calor eran constantes detrás de la barra. La campana de la puerta indicaba que los clientes llegaban, y el sonido de los bancos de madera arrastrándose por el piso lo confirmaba.
Muchos caballeros de traje entraban y pedían su café de la mañana. Algunos habían escapado de casa diciéndoles a sus esposas que tenían que llegar temprano al trabajo y, sin embargo, estaban ahí, observando a las mujeres de uniforme que servían el café.
Su trabajo era muy gratificante.
El cocinero gordo escupía dentro de sus emparedados para molestarlos. Una vez fue atrapado por alguien, pero al ver su tamaño, olvidaron el incidente. Era respetado por ser quien preparaba la comida, y era odiado hasta por el jefe.
—Es un excelente cocinero, así que no podemos despedirlo —era lo que siempre decía en las reuniones con sus trabajadores.
Todos odiaban a Manolo, pero no podían hablar mal de él o se vengaba.
—Recuerda, hijo, nunca deben enojarse con la persona que cocina.
Aunque solía quejarse con su madre, el camarero era un eslabón bajo en esa cadena de mando.
Se acercaba con respeto, tomaba los alimentos e intentaba no mirarlo por más de diez segundos. El único día en que podía evitarlo era los miércoles: a media semana lo mandaban a servir café a todos los clientes.
Así que suspiró aliviado y dejó de mirar hacia la cocina. Notó que el cocinero intentaba encender la radio y fumaba cerca de la estufa.
—Ese hombre no aprenderá jamás —pensó.
Las tazas salían una a una y la sed de los clientes era saciada. El periódico descansaba en las mesas, junto a los platos. Como siempre, se hablaba de las revueltas, de los soldados y de los detenidos anónimos. Joaquín suspiró y llegó hasta otra mesa donde tomó la orden de una familia completa.
Tenía que admitir que en ese lugar todo funcionaba... cuando no tenían que atender a alguna celebridad.
Porque sí, por esa cafetería de Granada habían pasado muchos artistas famosos. Las fotografías de la pared eran la prueba irrefutable de aquello. Sin embargo, esa cafetería también era frecuentada por personas que escondían secretos y figuras públicas que adoraban la privacidad.
Así como ese escritor cuya fama era más pequeña que su reputación. Todos hablaban de sus aventuras, de sus amantes, y poco se sabía de su obra durante el día. El famoso Gran Café Granada era uno de los sitios más frecuentados por ese hombre que salía con otros hombres, que tomaba la mano de un joven entre las suyas y, a veces, limpiaba sus labios con una servilleta.
Ese hombre era querido en ese establecimiento. Federico solía apoyarlos a todos; a veces escribía poemas, otras veces solo charlaba largo y tendido. Era un hombre especial. Todos los empleados conocían de memoria su orden y la mesa en la que se sentaba.
Ahí era más que un poeta: era el vecino que leía el periódico, que platicaba con las señoras mayores y se sentaba a escuchar la radio con los caballeros. Fumaba mientras leía, escribía en las servilletas y declamaba al aire.
Federico amaba a su familia, a su hogar, a Granada... y amaba el café con leche hirviendo. Hacía un rostro muy gracioso cuando se quemaba, y cuando la espuma adornaba sus labios, imitaba el bigote de Dalí.
Lorca era ese amigo con el que te podías sentar a platicar por horas, aunque estuvieras en el turno matutino. Siempre llegaba arreglado, con sus zapatos boleados y la corbata con un nudo de principiante. Siempre oliendo a pasto y con uno de los tres trajes que solo quedaban en la casa de sus viejos.
Todos los días era puntual. Por eso, era extraño que ese día aún no hubiera atravesado la puerta. Otros empleados también lo buscaban con la mirada. No había señales del poeta. Lo último que supieron de él era que volvía a casa después de una pequeña gira con el grupo de teatro universitario al que dirigía.
Decían que estuvo unas semanas en Madrid y que se reencontró con Salvador. Que los vieron sonriendo y caminando a una distancia prudente en el parque. Joaquín no trabajaba en el café en esos tiempos, pero por las anécdotas de sus compañeros sabe que Salvador y Federico se tomaban de la mano por debajo de la mesa mientras esperaban su café; que compartían las servilletas de vez en cuando y que, cuando el pintor acompañaba al poeta, siempre llegaban usando la ropa del día anterior.
Muchos creen que esa fue la relación menos discreta de ambos. Todos en el pueblo sabían que algo ocurría entre ellos. Su cuerpo lo gritaba y su corazón ardía por el otro. Sin embargo, muchas veces los sueños no se alinean, así que ellos se dejaron.
Pero Lorca siempre lo recordaba: escribía sobre él, dibujaba su rostro en la servilleta que no usaba, leía en voz alta las cartas que le mandaba cuando el café cerraba y nunca dejó de mencionarlo en sus pláticas. Así que no era sorpresa escuchar que se habían reencontrado, que el arte los llevó al mismo lugar y que pudieron darle un cierre a su historia.
Joaquín tuvo la oportunidad de platicar varias veces con Federico. Era un hombre muy sonriente y cálido. Entendía por qué tenía éxito con los chicos. La campanita de la puerta sonó, indicando la llegada de quien decían era el “último amante del poeta”.
Era casi un niño, no obstante, había tenido que crecer muy rápido y comenzó a tomar decisiones muy importantes. Algunos sabían que estaba dispuesto a dejar a su familia si no lo aceptaban. Pensaba seguir al poeta hasta México y desaparecer para siempre.
—Lo que hacen el amor y el arte... —murmuró Joaquín.
La cafetera indicó que era momento de quitarla de la parrilla y seguir sirviendo a todos los caballeros que levantaban la mano. Joaquín odiaba a esos hombres que no despegaban los ojos del periódico y no se inmutaban al escuchar la palabra “guerra”.
En esas últimas semanas, muchos soldados habían entrado a tomar café. En sus propias palabras, decían que comer les ayudaba a olvidar el sonido de los disparos. Todos aseguraban que la cafetería despejaba su mente. A los que llamaban “los más débiles”, se les escapaban lágrimas sobre la barra al ver su fotografía en el periódico de ese día. Muchos le habían confesado al camarero que no querían hacerlo, que habían sido obligados, que sabían que jamás serían perdonados. Pero los soldados no podían llorar; solo ignoraban la forma en que los miraban. Mientras usaran el uniforme, eran hombres firmes que recibían abucheos e insultos.
Joaquín se acercó a otro uniformado para llenar su taza. El chico lucía exhausto y un poco perdido. Tomaba la cuchara con nervios.
Joaco notó que sus manos tenían sangre seca y que su uniforme estaba sucio. De nuevo habían matado a alguien. Ya conocía ese escenario. Apretó los labios para no decir nada. Decidió seguir su camino a otra mesa, pero fue detenido por una voz baja y seria.
—Deja aquí la tetera.
—No puedo, señor. Esto no es un bar y usted no ha pagado por nada.
—Bien, entonces lo haré.
El soldado metió la mano en su bolsillo y sacó billetes grandes. Clavó su mirada en el mesero y continuó:
—¿Con eso es suficiente?
—Más que suficiente.
Joaquín se acercó y, aunque las reglas del lugar estaban implícitamente escritas y nunca debía dejar una tetera con un cliente, él era firme con sus promesas, y el señor había pagado.
—¿Con esto también me alcanza para hablar contigo un momento?
Joaco volvió detrás de la barra, pensando qué responder. Su mente estaba nublada al escuchar una propuesta un tanto indecorosa.
—Señor...
—Necesito hablarlo con alguien, porque siento que me asfixio.
El puño del hombre chocó contra la madera de la barra. Varios voltearon a verlo, pero no pudieron sostener la mirada al notar el uniforme. El soldado pareció herido por las acciones de la gente.
—¡Maldita guerra!
Los otros comensales lo ignoraron. Ya sabían lo viscerales que eran esos hombres, y nadie quería problemas tan temprano. Un chico que estaba en una mesa solo se consolaba con el sabor del tocino y bajaba la cabeza como se lo habían enseñado.
Joaco suspiró y llamó la atención del hombre:
—Dime lo que pasó, solo no quiero que asustes a los clientes.
El mayor suspiró y conectó su mirada con el camarero.
—Me tocó patrulla en Víznar. Nos llamaron al barranco. Subimos con varios detenidos. Pensé que solo nos tocaría vigilar, pero...
—Los mataron.
El camarero ya había visto ese rastro de culpa varias veces: la forma en que los puños se apretaban, la voz temblaba y las miradas estaban vacías.
—Me llamaron al pelotón de fusilamiento. Yo no quería disparar.
—¿Quiénes eran?
—Un maestro, un vociferador y...
El silbido de la cafetera logró llenar el silencio que se instaló entre los dos hombres que hablaban en la barra.
—Él no era un criminal. Era un artista. Un vecino, un amigo. Hablaba de teatro, recitaba versos y la gente lo escuchaba. ¿Por qué?
—Solo nos dijeron que era peligroso. Que agitaba a la gente con sus obras. Otros nos dijeron que era amigo de comunistas. Alguien lo denunció de forma anónima. Nosotros solo seguimos órdenes.
—¿Tú eres de aquí?
El soldado negó con la cabeza.
—Por eso no lo entiendes. Federico era un símbolo. Cuando lo sepan, el lugar arderá. O al menos, sus amigos más cercanos lo buscarán. Harán una fiesta. Definitivamente, este lugar tendrá varias tertulias en su honor.
—¿No lo olvidarán?
—Federico era un hombre de Granada. El pueblo no lo olvidará. Sus vecinos tampoco. Y ese chico que ves ahí —el soldado ubicó a un joven arreglado— lo estaba esperando, y llorará su muerte todos los días. No ganaron. No mientras alguien muestre su obra, mientras lean sus versos.
—Yo...
—Federico escribió una vez en una de nuestras servilletas —se la señaló, estaba enmarcada en la pared— que el crimen más grande era matar a quien no tiene defensa, y que la poesía no puede ser fusilada. Qué ironía.
Joaco tenía que volver al trabajo, pero no podía. Su mente aún se negaba a aceptar lo que el uniformado le había contado. Se imaginó el miedo que Lorca pudo haber sentido. Sabía que despreciaba ese barranco; una vez los llevó a todos a gritar en ese lugar y a sacar sus frustraciones.
—Todos mis gritos te los regalo, Federico. Llega con bien al paraíso.
—¿Y cómo fue?
—No hubo juicio. Solo llegaron y los pusieron al frente. Llevaba su chamarra de lino, caminó sin temblar. Cuando estaban haciendo la corta presentación y les cubrían los ojos, no lloró. Le dijo algo al capitán, pero no lo escuché claramente. Algo sobre Granada. Sobre la muerte.
—Ese era Lorca, siempre pensando en la vida y en la muerte.
Joaco recordaba que García le había pedido espacio para debatir acerca de la muerte. Prometió hacerlo cuando regresara; la fecha ya estaba marcada en su calendario, pero ahora el poeta no volvería. Suspiró y miró al soldado.
—¿Qué vas a hacer? Si la gente se entera de que tú fuiste uno de los que disparó...
—No lo digas. Me iré y jamás volverán a verme.
—Espero que puedas vivir con esta culpa.
—Honestamente, camarero, no creo lograrlo.
El hombre tomó de nuevo su gorra y la colocó sobre su cabeza.
—El café ya se enfrió, y alguien podría venir a dar la noticia.
—¿De qué hablas?
En lugar de responder, el uniformado señaló la puerta. Por ahí entraba Don Rafael, otro de los amantes. Joaco iba a responder algo más, no obstante, así como el sonido de la bala que mató al poeta, el soldado se esfumó.
Joaco intentó volver a la normalidad. Sabía que era momento de afrontar la verdad: una donde Lorca ya no estaba, y ahora tendría que atender a un par de hombres que lo amaron en vida.
De nuevo tomó su cafetera, sirvió el café y decidió caminar a la mesa donde Juan estaba. Su mano temblaba un poco, su rostro estaba serio. Puso sobre la mesa la taza y fue recibido por un “gracias”.
—De... de na... na... nada.
El camarero tartamudeaba. El hombre al que siempre veía entrar por la puerta... había muerto.
Ahora debía entregar el café de siempre y una mala noticia. El joven de diecinueve años seguramente se enfrentaría a su primera pérdida, y él odiaba ser el portador de las malas noticias.
El chico tenía una mirada seria. Nunca se le veía mal vestido y, en esa ocasión, parecía celebrar, porque llevaba la camisa arremangada.
El camarero ya conocía lo que Federico ordenaba para él, por lo que solamente llevó un café. Esperaba lograr comunicar su mensaje con esa acción. No quería hablar. No podía hacerlo.
Era un camarero, no un terapeuta.
Se acercó un poco inseguro y fue recibido por esa preciosa sonrisa: la sonrisa de la que el poeta se había enamorado, la que le daba a todos, y la que nunca se iba de su rostro.
—Bu... bu... buen día, se... ñor Juan.
—Por favor, no seas tan formal conmigo. Incluso soy más joven que tú.
—Lo si... sie... siento.
—Venga, hombre, puedes sentarte.
—Yo tengo al... algo que... que decir...le.
—Veo que solo trajiste un café, así que supongo que Fede llegará más tarde. Seguramente sigue en casa. Lo voy a esperar.
La sonrisa en el rostro del chico definitivamente no era la de un amigo, sino la de una persona a la que esperas ver entrar, a la que llamas en sueños, una persona que conoce todos los rincones de tu alma.
Al parecer, Federico y Juan eran almas enlazadas, separadas por la tragedia, las clases sociales y la edad. Era una relación casi imposible y, sin embargo, en cada suspiro del joven, una promesa silenciosa se hacía presente.
—¿Qué tenías que decirme?
Joaco no sabía cómo empezar. No sabía si era correcto, o si solamente lo pondría peor.
Es un niño, no puedes romper su corazón.
Al parecer él no lo haría. Alguien que entendía mejor el asunto se acercó y observó la escena.
—Yo le voy a decir. Creo que deberías traer otra taza.
El camarero, al notar quién le había hablado, se levantó. Sabía lo que venía a continuación, así que decidió hacer un poco de tiempo para escuchar.
—Sí, se... se... señor Ra... Ra... fael.
Juan veía con dudas a ese señor, pero como era respetuoso, le dio permiso de sentarse y tomó con cortesía la mano que le ofrecían.
—Tú debes ser Juan.
El chico miró al hombre mayor e intentó reconocerlo de algún lado.
—¿Cómo me conoces?
—Antes de retirarme del teatro escuché tu nombre. La forma en que hablaba de ti... Yo acompañé a Federico por los pueblos.
Juan lo observó de arriba a abajo y se tensó al reconocerlo. Joaco decidió ir a buscar una taza más para el señor Rafael. Necesitaba escuchar todo.
—¿Para qué vienes a buscarme? ¿Para decirme que fuiste primero?
—¿Sabes quién soy?
—Rafael —con molestia en la voz terminó su oración—. Quien se fue sin decir nada.
—¿Fede te lo dijo? ¿Habló de mí?
—No con nombre, decía cosas de ti con dolor y ternura. —Rafael sintió algo y sonrió—, pero también te reconozco por lo que no decía. Sus silencios me hablaron más de ti.
—Eso suena a Federico. A veces el amor no necesita nombres ni palabras.
—Eres su última cicatriz.
—Y tú su última esperanza.
Silencio. Joaco fingió limpiar la mesa de atrás para seguir escuchando.
—¿Qué sabes de mí?
—Que estabas dispuesto a escapar con él, que se irían a México. —El hombre recargó su mano en su mejilla—. Sonreía cada vez que hablaba de su futuro.
—Lo intenté, le pedí permiso a mi padre. Me lo negó y me encerró en casa. Apenas logré escapar y vine a buscarlo —confesó—. ¿Tú qué haces aquí?
—Supe que su siguiente presentación sería aquí en Granada, esperaba verlo y explicarle.
—Me dijo que estaría con los Rosales.
Rafael rascó su nuca e intentó buscar las palabras para hacerle entender a ese joven.
—Ya no está.
Juan lo miró con desconfianza. Por suerte, Joaquín interrumpió el momento entregando el café.
—¿Qué sabes?
—La familia me dijo que se lo llevaron anoche, a donde llevan a todos, al barranco, sin defensa. Lo mataron. Como a un perro.
Juan tragó con dificultad.
—¿Es cierto?
—No tengo por qué mentirte, no gano nada. Es más, esto es tuyo.
Rafael metió la mano en su abrigo y sacó un sobre. Se lo entregó al menor.
—¿Qué es esto? —El chico seguía desconfiando de su mayor.
—La última carta que te escribió. No tiene sello, pero está tu nombre.
—¿Cuándo?
—Me la entregaron en casa de los Rosales. Me dijeron que Federico pidió que te la diera si algo pasaba. Te amaba.
—Nos amó.
—¿Crees que lo hizo de la misma manera?
Ambos hombres se observaron de nuevo. Joaquín había tenido la oportunidad de escuchar los Sonetos del amor oscuro y definitivamente sabía que ambos hombres estaban en ellos.
—No lo sé, pero los últimos versos que dejó... tenían espacio para los dos.
—El rubio de Albacete.
—Y tú eres el rubio de las minas.
El silencio se instaló entre ambos. Decidieron seguir tomando café, tal vez el calor de ese líquido ayudaría a su corazón, y el olor amargo haría que su mente olvidara un poco el dolor de la partida de su gran amor.
—Lo amaba con todo lo que tenía. ¿Y tú?
—Con todo lo que no me dejaron tener. Si tan solo hubiera llegado antes.
De nuevo silencio. El camarero rellenó las tazas.
—¿Por qué no me mandó la carta? ¿Por qué no fui el último en verlo?
—Porque tú podías salvarlo, porque él quería caminar a tu lado —de nuevo los ojos de Rafael se perdieron en los movimientos del camarero—. Yo solo me fui.
—Y ahora estamos aquí, tú con tus culpas, yo con las mías, y él... bajo tierra.
—Creo que deberías leer la carta e intentar seguir —el mayor tenía tanto que decir, pero no podía—. Tienes toda la vida por delante, tenemos otra oportunidad.
—¿Y tú qué harás?
—Iré al norte, al frente. Quiero que este dolor sirva para algo.
—Ten cuidado.
—No debes preocuparte por mí. Seguramente Federico también te lo dijo.
Le dio un guiño que para ambos fue incómodo. Los dos últimos amantes del poeta se conocieron en una circunstancia atípica.
—¡Salud!
Juan levantó su taza, observó cómo Rafael lo imitaba, y ambos chocaron la porcelana.
—Por él.
—Por él.
—No lo dejes morir.
—Tú tampoco.
Rafael se levantó, dejó unas monedas y billetes en la mesa. Suficiente para pagar por los dos. Era lo que podía hacer. Caminó hacia la salida, tomó su sombrero del perchero y no volteó hacia atrás. Seguramente dejaría Granada; ya no tenía nada más allí.
Joaco lo observó, suspiró y, sin querer, fue notado por Juan.
—¿Por eso no querías hablar conmigo?
—No podía.
—Hiciste bien, eres profesional, Joaco.
—No quise escuchar más de lo necesario, Juan. Lo siento.
—No me preocupa. Sé que también lo estimabas. —Invitó al camarero a sentarse frente a él, pero Joaquín rechazó la invitación—. Nunca nos hiciste una mala cara cuando nos traías el café —recuerda el joven—. En muchos lugares nuestra relación era un secreto, pero aquí, contigo, podíamos ser nosotros mismos.
Joaquín sabía que la homosexualidad era mal vista y que, además de la censura a sus escritos y a su persona, el poeta tenía que vivir con miedo a amar libremente.
—¿Quieres más café?
—No, necesito que me digas dónde puedo estar a solas. Quiero leer esto.
Joaco pareció pensarlo.
—¿Qué lugar podría ser bueno para reparar un corazón roto?
—Detrás del almacén hay una pequeña sala. Casi nadie va ahí. Está limpia, con luz. Él solía escribir ahí cuando necesitaba silencio.
—Ese era mi Fede.
Juan asintió, pegó el sobre a su pecho y miró hacia la puerta buscándolo de nuevo.
—Siempre lo será. Federico no está muerto. —Tal vez Joaco se negaba a aceptar la verdad, pero Juan necesitaba seguir teniendo esperanza—. Vivirá siempre en nuestro corazón y cuando estés listo, puedes volver. —El menor lo miró sin entender—. Haremos una tertulia en su honor, varios días leyendo y actuando. Lo merece.
—Eres un buen hombre, Joaco. Deseo que tengas una buena vida.
—Lo mismo deseo para ti.
Los hombres se dieron la mano. Juan se levantó decidido a partir. Al llegar a la puerta se despidió del camarero con su sonrisa de siempre, arrancó de la puerta el cartel de la presentación de Federico y su grupo de teatro. Se llevaría con él una de las últimas fotografías de su amado.
Joaquín sonrió de vuelta, observó la propina sobre la mesa. La tetera silbó de nuevo. La vida debía seguir. El mesero limpió la mesa, volteó hacia la puerta trasera, suspiró porque sabía que desde ese momento en la cafetería se servirían un par de tazas menos. A pesar de eso, se hizo una promesa a sí mismo:
No dejaré morir al poeta.