Luna menguante
MILDRITH
EL RECUERDO de media-noche; aquel del cual no he podido liberarme me atormenta incluso años después de lo ocurrido. El recuerdo de un bestia sanguinaria, deseosa de poder y riqueza, capaz de destruir casas, aldeas y castillos con sus propias garras, con alas gigantes cuya fuerza de aleteo lo suficientemente fuerte para mandar a volar a cualquiera que se atreviera a enfrentarla directamente.
Hablamos de dragones.
Ver cómo aquella bestia arrasaba con mi ciudad, escuchando los gritos de los pueblerinos pidiendo clemencia, rezándole a dioses que no atendían a sus plegarias. Casas cayéndose a pedazos, madres buscando a sus hijas, caballos corriendo y perros ladrando. El color rojo inundaba mi vista, además del humo.
Lo último que recuerdo era el dolor en mi garganta y mis ojos vidriosos, perdiendo completamente mis sentidos, dejándome llevar por la pesadez de mi debilidad y mirando fijamente al cielo mientras estaba en el barro.
Ver la luna me dio tranquilidad en esos últimos minutos de conciencia, rodeada de fuego y con los harapos que usaba de ropa completamente chamuscados y adheridos a mí piel.
Aquella luna, seguida por figura de un dragón.
Doy un brinco en mi cama, regresando a la realidad para poco después tranquilizarme. Solo fue un sueño. Uno de muchos. Respiro hondo, desviando la mirada hacia mis manos.
Mi cuerpo está caliente, un calor febril desagradable. Mis manos están empapadas, el sudor entra en mis heridas más recientes.
Miro hacia la ventana que queda a un lado de mi cama, observando los alrededores del castillo de Amerlington, desviando nuevamente la mirada hacia el cielo en busca de la luna.
Tan radiante.
Rápidamente decidí salir de la alcoba compartida donde duermen los demás guardias del castillo, asegurándome de no hacer ruido al cerrar la puerta.
Entro al pasillo de paredes de piedra y piso de madera, observando las demás habitaciones a cada lado del gran pasillo que lentamente tomaba una forma circular hacia la derecha, topándome con las escaleras en espiral que daban a la planta baja y, por lo tanto, al patio de entrenamiento.
Inhalo el olor a tierra mojada y miro al cielo. La luna ilumina el patio, irradiando su luz sobre mi rostro. Aunque mi paz no duraría mucho.
—¿No crees que es muy temprano para entrenar? —habló Herward, mi hermano de armas y actualmente caballero del duque de Amerlington, el señor Theodric.
No respondo, me limito a tomar una de las espadas pesadas de entrenamiento, dirigiéndome hacia una de las esquinas del patio, blandiendo la espada entre mis manos para acostumbrarme a su peso.
—Si no descansas adecuadamente, tu cuerpo volverá a enfermarse ¿Acaso no escuchaste al curandero? —dijo él, recostando su espalda contra un pilar de piedra.
Continúo blandiendo mi espada, sintiendo como mi cuerpo se calienta más debido al esfuerzo.
—…Eres un caso aparte —se respondió a sí mismo mientras tomaba una lanza de práctica, dirigiéndose al centro del patio.
En el centro había un círculo marcado con piedras, era un campo de pelea cuerpo a cuerpo o con armas.
Decidí aceptar la invitación silenciosa de Herward y me adentré al círculo, pero al otro lado de él.
—Veamos si una tuerta puede contra mí —comentó Herward con soberbia, riendo mientras empuñaba su lanza con orgullo.
—Adhe-la-n-te —respondí en un hilo de voz carrasposa y casi inaudible, pero con una sonrisa mientras empuñaba mi espada sobre mi hombro.
…
El sonido contundente del metal contra el metal llenaba el patio; como una danza finamente pulida entre un punteador y una espadachina.
Me he criado junto a Herward desde que fui rescatada por un orfanato manejado por militares bajo el mando del duque Theodoric. Fui amaestrada a seguir órdenes y no desobedecer, a ser el caballero perfecto; como un lobo salvaje al que se le dio una correa y un propósito para seguir viviendo.
Mismos entrenamientos, misma educación, pero diferente pasado y diferentes ambiciones. El sueño de Herward es ser ascendido a “Guardia de la Corte Imperial”, un paladín, ser la mano derecha del rey y ayudando al pueblo que lo vio crecer.
Tiene un sueño.
¿Yo tengo un sueño?
El sonido agudo de su lanza rompiendo el aire me saca de mis pensamientos, moviendo mi cuerpo hacia un lado para poder esquivarla. No desperdicié la oportunidad; logré patear la lanza para clavarla en el suelo, obligándolo a bajar su postura y permitiéndome atacar.
Me subí a su lanza y, en el segundo en que Herward sacó la lanza de la tierra para alzarla junto conmigo, di un salto gracias al impulso, aterrizando detrás de él y dándome el tiempo suficiente para patearlo desde atrás, empujándolo.
—Uhg… Maldita tramposa. —exclamó él, tosiendo un poco mientras recuperaba el aire. Herward es más fornido y alto que yo, derrumbarlo sería complicado, aunque no imposible.
Me acerque a él para darle una palmada en la espalda, aunque cometí un error, baje mi guardia.
Rápidamente me apuntó a los ojos con su lanza, y por mi parte no pude reaccionar a tiempo, había perdido el enfrentamiento.
—¡Ja! No subestimes a tu contrincante ¡Nunca sabrás con qué sucia artimaña podría atacarte! —espetó Herward, con una sonrisa iluminada en su rostro, sus dientes blancos resaltaban sobre su rostro pálido y cabello corto de color castaño.
Bajaría su lanza para después cruzar sus brazos sobre su pecho en forma de X, en señal de que el enfrentamiento había acabado.
Repliqué el mismo gesto, junto con un suspiro de derrota. Pero ver a mi hermano de armas tan feliz por una simple victoria en una práctica me causó algo de gracia, casi compartiendo su alegría.
—Ha sido suficiente entrenamiento, no falta mucho para que el sol salga, deberías regresar a dormir —comentó él mientras tomaba mi espada y regresaba a colocar las armas en su lugar.
Negué con la cabeza mientras lo seguía de regreso a la estantería de armas.
—Casi te di mientras entrenábamos. Nunca bajas la guardia a la hora de pelea —soltó un bufido mientras me miraba, posando su mano sobre mi cabeza para revolver mi cabello.
—…Y deberías tomarte un baño, apestas a búfalo —Herward hizo un gesto de desagrado totalmente fingido, para luego reírse y darme unas palmadas en el hombro—. Mañana se nos asignará una misión, debes estar presentable ante el duque, recuérdalo —volvió a hablar.
Más tarde que pronto Herward se marchó entre la oscuridad de las escaleras en forma de espiral.
…
La mitad de mi cuerpo estaba sumergido en el estanque principal del baño. El sonido de las gotas de agua cayendo sobre un balde de madera a mi costado era todo lo que podía escuchar.
El agua fría causaba que mi piel se erizara con cada movimiento que hacía bajo el agua, causando que mis extremidades se engarrotaran por el frío, pero debía ser capaz de aguantar más tiempo en este estanque de agua, ser capaz de soportar el frío.
“Ser capaz”
¿Por qué debo ser capaz de soportar las cosas?
Este tipo de preguntas extrañas han rondado por mi cabeza estas últimas lunas, quitándome en parte las ganas de dormir.
Junté mis manos en forma de cuenco, las sumergí en el agua y, posteriormente, me lancé el agua en la cara, frotando con fuerza para refrescar mi mente y mis pensamientos, como una forma de quitarme aquellas ideas.
Por un segundo, toqué mejor mi rostro en busca de detalles, pasando la mano sobre una vieja cicatriz en la parte derecha de cara, marcando el inicio por mi ceja y terminando sobre mi mejilla.
Tuerta. Ese ha sido el apodo que me ha dado Herward desde que éramos pequeños, casi desde cuando nos conocimos. No recuerdo por qué perdí la vista de mi ojo izquierdo.
Hay muchas cosas de mi pasado que no logro rememorar.
De las pocas cosas que aún viven en mi cabeza fue haber visto a aquel dragón surcando los cielos, el humo, los gritos de las personas y el inmenso calor del fuego abrazador y… La luna, una luna menguante.
Perdí mi voz luego de ese incidente, como también perdí una parte de mí.
El lobo tuerto.
Otro de los apodos de Herward que rápidamente escalaron en el orfanato.
Los demás niños me tenían miedo por mi apariencia, hubo burlas, como también hubo respeto. Aprendí a imponer respeto después de comenzar a entrenar junto con los soldados, me esforcé día y noche; sangre, sudor y lágrimas fue lo que más derramé durante mi juventud.
Un suave suspiro salió de mi boca, formando una pequeña nube de vapor provocada por el cambio de temperatura. Bajé la mirada hacia el estanque, mirando mi rostro distorsionado por el reflejo del agua ondulante.
Un monstruo.
Rápidamente, mis pensamientos fueron cortados por el sonido de la gran puerta de madera que separa el baño comunitario del pasillo trasero del castillo, donde se encuentra la zona de entrenamiento.
Me levanto lentamente del estanque para poder ver bien quien acaba de entrar.
—¡A-ah! —se escucha un pequeño grito ahogado por parte del desconocido.
— Disculpa… Creí que no había nadie—volvió a hablar.
Lentamente vislumbro un vestido de un azul celeste completamente limpio, junto con lo que parece ser una capa de color marrón y un bastón de forma curvada, como una espiral que en el centro contiene una piedra levitando.
Es la curandera que me atendió recientemente cuando llegué al castillo Amerlington. Su cabello blanquecino es lo que me hizo reconocerla al instante, seguido de su joven rostro delicado y su piel color canela.
—¿Caballero Mildrith? Gracias a los dioses que es usted —exclama la mujer mientras camina hacia mí, el sonido de sus tacones resuena en el cuarto de baño.
— Ma-hil-dah…—. Respondí, en un intento de habla que resulto más bien en un ruido sin sentido y entrecortado.
Al estar a cierta distancia de mí, agaché ligeramente mi cabeza en señal de respeto, mi cabello corto de color azabache caía sobre mi cara, adhiriéndose sobre la misma.
—Por favor, no es necesario que se agache ante mi —respondió Matilda, La Curandera Bondadosa. Ese título le hace justicia a su personalidad, aunque no le gusta ser llamada de tal forma.
Sólo respondí con una pequeña sonrisa al ver su cara ligeramente sonrojada por mi gesto. Levanté mi mano, señalándola delicadamente para luego señalar nuestro alrededor, alzando suavemente los hombros en señal de pregunta.
—O-oh, vine a cambiar el agua del estanque. Cada noche vengo a agregar hierbas y recito algunos cánticos para darle al agua ciertas características curativas y relajantes —comentó la joven mujer, explicando todo con mucho entusiasmo.
No conozco a Matilda lo suficiente, pero se nota que su gusto por su profesión es de las cosas que más le encanta explicar.
Ella tiene un sueño. A ella le encanta ayudar.
¿Qué me gusta a mí?
Sacudí mi cabeza un poco mientras salía del estanque, dándole el espacio necesario a la curandera para que comenzara con su trabajo.
—¿Cómo ha estado sus heridas, joven caballero? —preguntó Matilda, dándome la espalda y de frente al estanque, agachándose a una orilla para comenzar a lanzar hierbas dentro del mismo. Miró sobre su hombro para ver mi respuesta.
Había olvidado ese detalle. Bajé la mirada hacia mi cuerpo desnudo, notando las viejas y nuevas cicatrices sobre mi abdomen, pecho, muslos y brazos.
Algunas eran pequeñas, otras más grandes y profundas. Unas eran arañazos de bestias, otras de haber peleado contra enemigos armados, aunque mi atención se fue a una, al costado de mi abdomen, una quemadura antigua, no recuerdo cuando ni donde me la hice.
Paso mis dedos sobre los moretones, notando que algunos no duelen tanto como otros. Tensé mis músculos, flexionándolos para sentir mejor el dolor de los moretones.
Levanto la mirada hasta coincidir con los ojos de la curandera, observando con calidez la forma de su cuerpo, cubierto por las telas de su vestido. Sus brazos delicados, su rostro fino y sin cicatrices e imperfecciones, comparando su cuerpo con el mío.
Ella es delicada, yo soy rustica. Ambas somos mujeres, deberíamos ser iguales, ¿no?
Mis pensamientos se derrumban al recordar la pregunta que Matilda formuló para mí, afirmando la cabeza y así dándole una respuesta a su pregunta.
—¿Por qué no mejor vuelve a bañarse una vez termine de encantar el agua? Sus moretones no se han terminado de curar porque el agua ya no tenía ningún tipo de efecto —comentó Matilda, ahora mezclando el agua con su bastón, usando la parte del cristal y emitiendo un sonido casi hipnótico.
Negué con la cabeza en respuesta a su ofrecimiento. Una vez vio mi respuesta, continuó con su hechizo curativo totalmente concentrada.
Tomé mis ropas de tela, vistiéndome con aquella camisa que alguna vez fue blanca, seguido de mis pantalones de cuero y mis botas del mismo material.
Me despedí de Matilda, nuevamente agachando la cabeza para salir por la puerta de madera.
—N-nos vemos mañana en el salón principal con el duque. Recuerda descansar y dormir antes de su próxima misión—exclamó Matilda, con una notable preocupación en voz.
Luego de una última mirada de despedida, cerré la puerta detrás de mí, adentrándome al oscuro pasillo del castillo, de camino a los cuartos comunitarios y esperando poder dormir al menos hasta que salga el sol.