Prólogo
Emily se miró al espejo con una sonrisa radiante en sus labios.
Radiante era la palabra que la definía en ese momento. El vestido blanco de novia caía con gracia cubriendo sus pies, en los cuales llevaba unos cómodos zapatos de taco alto elegidos con esmero.
El vestido era una obra de arte, un diseño exclusivo de Vera Wang por el cual pagó una obscena suma de dinero. El escote era de corazón, con un intrincado encaje de flores. Las largas mangas de gasa se ajustaban a sus brazos a la perfección, al igual que los cristales Swarovski esparcidos estratégicamente a lo largo de la tela. Y lo más hermoso de todo era la falda, amplia y con varias capas de enaguas para darle el volumen que ella siempre soñó.
Por fin llegó el día más esperado de su existencia. Por fin podría unir su vida a la del hombre que tanto amaba.
El 3 de julio era el cumpleaños de Emily, y también el día en que contraería matrimonio con el amor de su vida.
La imagen que el espejo de cuerpo completo le devolvió era impresionante. Su cabello rubio estilizado en un elegante recogido con delicadas trenzas enmarcaban su cara, algunos mechones sueltos le daban ese aire de naturalidad que Emily siempre quiso llevar el día de su boda.
Pasó horas en Pinterest buscando la inspiración necesaria para su gran día. Sus manos sudaban, y no podía dejar de sonreír. Temía ponerse a llorar en cualquier momento por la emoción que llenaba su pecho.
Finalmente, ella y Jason, juntos para siempre.
─No puedo creer lo hermosa que estás, hija ─dijo su padre mientras entraba a la habitación con una sonrisa en el rostro, vestido con un traje negro hecho a medida, impecable como siempre.
─No vayas a hacerme llorar, papá.
─Claro que no, tu amiga Lorna me mataría si arruino tu maquillaje ─contestó el hombre con amabilidad.
Emily miró a su padre. Los sesenta y siete años comenzaban a notarse en sus facciones, con las abundantes canas cubriendo su cabello y el bronceado de su piel por las horas diarias al sol del campo. No obstante, seguía siendo aquel hombre cariñoso y alegre de siempre; sin dolencias aparentes, con algo positivo que decir cada día.
Harold Caldwell y su esposa Diane apenas habían aterrizado en Boston por la mañana. El viaje desde Glenwood Springs era largo, con varias horas en auto y un par más de vuelo. Sin embargo, valía la pena, valía completamente la pena.
Estar en la boda de su hija no tenía precio, aunque fuese lejos de casa.
Emily extrañaba el campo, como el aroma del aire cálido inundaba sus pulmones, la sensación de la crin suave de los caballos acariciando sus dedos y los mugidos de las vacas del rancho de sus padres. Muchas veces anhelaba poder recorrer el lago en amable soledad y mojar sus pies para quitarse el pegajoso calor del verano.
Amaba su rancho, amaba lo que le hacía sentir. Aún asi, amaba mucho más el sueño de ser arquitecta en Harvard. Salió de casa, dejó el rancho de sus padres y se esforzó por cumplirlo.
Y lo hizo, por Dios que lo hizo.
A sus treinta y dos años, Emily se sentía satisfecha. Y más ahora que estaba a punto de contraer nupcias con el hombre más asombroso que conocía. Después de su padre, claro.
─¿Has visto a Jason? ─preguntó a su padre, mientras alisaba con cuidado la falda de su vestido, sin quitar la vista del espejo.
─Hace unos minutos, estaba con Daniel, iban hacia la oficina.
Daniel era el hermano de Emily. Mejor dicho, su mellizo. Tan iguales como diferentes. Él solía ser más alocado, más divertido. Se mudaron a Massachusetts a estudiar, Daniel ingresó a la Universidad de Boston, en la carrera de Negocios y Administración, con la esperanza de capacitarse para manejar el rancho de sus padres en el futuro.
Esa misma profesión ejercía su prometido, y Emily entendía por qué ambos se llevaban tan bien. Tenían un millón de cosas en común y temas de conversación para el resto de los siguientes veinte años por lo menos. Era un alivio saber que dos de los hombres más importantes de su vida congeniaran a la perfección.
─Iré a buscarlo, necesito verlo antes de que empiece la ceremonia ─confesó Emily con voz ansiosa.
─¿No es de mala suerte que el novio vea a la novia antes de la boda? ─inquirió su papá.
─Son puras tonterías, papá, meras supersticiones ─desestimó ella rodando los ojos─. Nos vemos en un rato.
Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla con cariño. Salió hacia el patio principal.
La celebración se llevaría a cabo en la mansión de los padres de Jason. Situado en el exclusivo, con amplios jardines, ideal para su día perfecto. La decoración era exquisita, con rosas y liliums blancos que embellecían la estancia. El altar impecable, con todo lo necesario para que el sacerdote bendijera su unión.
Todo saldría como Emily quería, lo había planeado por años.
Levantó con sumo cuidado la falda de su vestido, cuidando de no ensuciar el ruedo con el césped recién cortado.
Llegó a puerta de acceso estaba abierta, así que entró. La enorme casa la recibió imponente, decorada con tonos cafés y detalles rústicos hechos en roble, muy al estilo ranchero que manejaban en Glenwood Springs. Solo que sus suegros no eran de Colorado, sino que de ahí mismo en Massachusetts. Incluso, durante los seis años de relación que Emily llevaba con Jason, su familia nunca visitó el rancho familiar, lo que a ella le parecía irónico. ¿Quién no querría deleitarse con la fragancia de la hierba fresca y el canto de los pájaros por la mañana?
Recorrió con la mirada el vestíbulo con la esperanza de encontrarse a su prometido vagando por el comedor, nervioso quizá, con las manos detrás de su espalda caminando de un lado a otro, sudando.
Estaría en la oficina, sí. Probablemente sentado mirando por el gran ventanal hacia el jardín en donde daría el gran paso. Quizá pensando en los preciosos hijos que tendrían, en cómo correrían por esos mismos alrededores.
Emily avanzó hacia la oficina. Se acercó despacio, de puntillas y con una sonrisa pícara. Quería sorprender a Jason, besarlo y tal vez tocarlo un poco, subir la temperatura de esa habitación. La emoción de estar a punto de casarse tenía sus hormonas por los aires, necesitaba sentir a su hombre.
Apoyó su palma de forma suave sobre la puerta para abrirla, sin embargo, se detuvo antes de hacerlo. Afinó el oído para escuchar mejor. Algo extraño sucedía dentro de aquella oficina.
─Oh, sí, sigue, por favor. ─Eran gemidos. Gemidos de placer. Reconoció de inmediato aquella voz. Era la de su futuro esposo─. No pares, te lo ruego ─gimió Jason.
Ella tragó saliva, su corazón se detuvo. Eso no podía estar pasándole. Su prometido, engañándola. ¿Y con quién?
Por Dios, no era real.
Tenía que ser una equivocación.
Las lágrimas asomaron. Aun sin saber con quién estaba su novio, ya sabía que le destrozaría averiguarlo. La mujer que ahora estaba dándole placer a Jason podía ser cualquiera, incluso alguna de sus amigas o sus damas de honor.
Se secó rápidamente las pocas lágrimas que inundaron su rostro.
Debía descubrir quién estaba ahí, debía encarar a esos dos que en segundos estaban destruyendo sus sueños, sus ilusiones.
Inspiró hondo y de un fuerte empujón abrió la puerta, descubriendo toda la escena.
Allí estaba Jason en medio de la estancia, con los pantalones abajo. La miró con una expresión de horror y vergüenza.
No obstante, eso no fue lo que impactó a Emily, sino el hecho de que conocía a la otra persona que estaba en esa habitación, arrodillada frente a él aún sin darse cuenta de su presencia.
Daniel. Su hermano.