"Vos sos la razón".

All Rights Reserved ©

Summary

¿Quién va a entender a Luka Benson? Luka sufre bullying todos los días. En el colegio camina como una sombra: invisible para el mundo, pero nunca para sus agresores. Cada pasillo, cada clase y cada silencio van desgastándolo un poco más, hasta que la soledad parece volverse su único refugio. Todo cambia cuando aparece alguien inesperado, como la vida misma. Porque el amor no siempre llega en forma de romance. A veces se manifiesta como amistad, como compañía silenciosa, como una mano extendida cuando todo parece perdido. Y aunque el amor puede sanar, también puede doler. Inspirada en la idea de que es posible amar, perder y volver a amar de otra manera, esta novela aborda la adolescencia desde sus heridas más profundas: el bullying, la soledad, la identidad y la búsqueda de sentido. Luka Benson deberá atravesar el dolor para descubrir que renacer no siempre significa olvidar, sino aprender a reconstruirse. Como un ave fénix, Luka arde, se rompe y cae. Pero tal vez, entre las cecinas, encuentre la fuerza para volver a existir.

Status
Complete
Chapters
72
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo.

Todos creían que yo era el pibe de los ojos azules felices.

Así me describían cuando tenía trece. El nene lindo, educado, el que siempre sonreía para la foto. Y sí, dicho así suena hasta tierno... pero nadie se preguntó nunca si esa sonrisa era real o si era apenas una careta, una máscara barata para tapar todo lo que se estaba pudriendo por dentro.

Nadie sabía lo que me pasaba.

Nadie tenía la menor idea de lo que vivía en la escuela. Y muchos menos de lo que pasaba cuando se cerraban las puertas de casa y el silencio se volvía pesado, espeso, casi violento. Ni hablar del baño del colegio. Ese lugar chico, frío, con olor a humedad, donde nadie mira dos veces.

Ahí tampoco había testigo.

Nadie, ni una sola alma, sabía lo que hacía conmigo mi ex mejor amigo, Connor.

Después de lo que pasó con él, hice una promesa.

No fue en voz alta. No fue delante de nadie. Fue de esas promesas que se hacen mirando al techo, como si hubiera algo allá arriba capaz de escuchar. Me juré que no iba a volver a confiar en nadie. Nunca más. Ni amistades, ni lazos, ni vínculos. Nada.

Y si tenía que ponerme la máscara todos los días, lo iba a hacer. Sonreír, asentir, hacerme el normal. Porque ya había aprendido que bajar la guardia era sinónimo de salir lastimado.

Durante un tiempo, lo cumplí. Hasta que apareció él. Alex.

El pibe de los rulos rebeldes, dos años más grandes, con esa sonrisa que no pedía permiso y te rompía las defensas de un solo golpe. Intenté evitarlo, de verdad que sí. Cambié de pasillo, miré para otro lado, me hice el boludo. Pero algo dentro mío empezó a moverse, como si despertara después de mucho tiempo dormido. Lo nuestro crecía en silencio. Sin nombre. Sin permiso. Y por más que yo fingiera que no pasaba nada, no lo podía frenar. Se hacía más grande, más intenso, más real.

En esas madrugadas heladas de invierno, cuando el silencio pesa más que cualquier grito, me lo preguntaba una y otra vez:

¿Vamos a terminar enamorados?

¿Cómo en esas novelas que prometen finales felices?

¿Vamos a tener una vida juntos o vamos a destruirnos en el intento?

¿Vamos a saber pedir perdón cuando nos equivoquemos?

No tenía respuestas.

Y eso me desesperaba, porque siempre quise tener el control de todo. De mis gestos, de mis palabras, de mis emociones. Pero esta vez era distintos. Esta vez tenía miedo. Miedo de sentir. Miedo de perder.

Y, aun así... había una parte de mí que quería creer.

Yo creía que sí.

Que a pesar de todo podíamos. Que íbamos a salir adelante, que íbamos a ser felices. Porque lo sentía en el cuerpo, en la sangre en los huesos: él era mi razón para seguir respirando.

Mi viejo, Andrew Benson, es alcohólico. No de esos funcionales. Alcohólico de verdad.

Y cada vez que se emborrachaba —o incluso cuando estaba sobrio — descargaba toda su mierda contra mi vieja, Liz, contra mi hermano Ben... y especialmente contra mí.

¿La diferencia? Ben es heterosexual. Yo no.

Y eso, para Andrew era motivo suficiente para pegarme más fuerte.

La primera vez que me cagó a palos tenía trece.

Hoy tengo dieciséis.

Y desde entonces me sé de memoria sus frases, sus excusas, su odio disfrazado de moral. Decía que me lo merecía. Que tenía que curarme. Que lo hacía por mi bien. La "enfermedad" que él veía en mí era, simplemente, mi forma de amar.

Y sí, me marcó.

No solo con golpes visibles, moretones que se iban con el tiempo, sino con heridas que nadie veía. Esas que se meten en los sueños, que se te quedan pegadas a la piel, que te rompen el alma en silencio.

Esas son peores.

Porque, aunque intente perdonarlo, no puedo. Se supone que un padre te tiene que cuidar, ¿no? Decirte "te amo", taparte cuando tenés frío, asegurarse de que duermas tranquilo.

No dejarte tirado en el piso de la cocina, temblando, deseando no despertarte nunca más.

No tenía un lugar seguro.

Ni en casa, ni en la escuela.

Y muchas veces me lo pregunté llorando, con los ojos hinchados de tanto fingir que estaba bien;

¿Alguien me extrañaría si me muero?

La respuesta la sabía.

Era un "no" disfrazado de silencio.

Pero por un segundo... me gustaba pensar que tal vez sí. Que alguien, en algún rincón del mundo, me recordaría con cariño. Que alguien, aunque fuera uno solo, lloraría por mí.

Y cuando lo conocí a él...

Cuando me hizo reír por primera vez en mucho tiempo, pensé que tal vez Alex sí me iba a extrañar. Que había encontrado mi refugio.

Mi lugar seguro.

Mi paz.

Pero claro...

Eso era lo que yo creía.