Catarsis

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Summary

¿Serías capaz de convivir con aquellos capaces de destruir tu mundo en cualquier momento? Los mixtos son parecidos a los humanos, pero tienen un instinto salvaje que puede despertar a veces... Alas de dragón, escamas y garras afiladas. Una conexión ancestral con árboles místicos que les dan el poder de invocar "Quimeras", criaturas aladas que pueden quemar ciudades enteras en una noche. Pero del otro lado, en el Continente de los mixtos, los demonios son los humanos. ¿Y qué es lo que sucede cuando en una guerra ambos bandos creen tener la razón? Dynama y Emily son las víctimas de este mundo. Son aquellos que cargan con el destino de sus pueblos, de sus naciones. Ambos con un odio profundo hacia el otro, pero deberán tomar una decisión... Si seguir sus sentimientos o seguir sus pensamientos. ¿Qué va a quedar en ellos después de que el odio los consuma? La Catarsis.

Genre
Fantasy
Author
Carlo_90
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El eco del Genésis

El demonio destinado a salvar el mundo y el ángel destinado a destruirlo cruzaron miradas. En un conflicto sin vencedores, aquel encuentro marcaba el inicio de una lucha sin límites: la catarsis del monstruo que habita en la esencia humana.

Hace más de cien años que ningún reino humano se atrevía a pisar el llamado ‘Continente de los Demonios’, un lugar descrito como el mismo infierno. Allí habitan los mixtos: seres cuya apariencia humana se ve invadida por escamas, ojos de colores inimaginables y alas que emulan a los antiguos dragones. Poseen una fuerza sobrenatural y garras que emergen junto a un instinto salvaje; un depredador dormido que, al despertar en batalla, borra cualquier rastro de humanidad, dejando solo a una bestia sedienta de sangre.

Pero su mayor poder reside en los Árboles del Génesis. Al conectar con su espíritu, el Génesis decide si el individuo es apto para recibir un reflejo de su propia alma: una Quimera. Para los mixtos, es un símbolo sagrado de prosperidad; para los humanos, es el recordatorio de una época oscura donde estas abominaciones arrasaron pueblos enteros, obligando a la humanidad a arrodillarse.

Hoy, el silencio de un siglo se rompe. El gran reino de Baldorand ha enviado su flota hacia el Continente de los Demonios, bajo el mando del Comandante Supremo Philips Visconti. Los engranajes del mundo han comenzado a girar.

Los dichos engranajes comenzaban su marcha en un pequeño y abrumador salón de clases de la Academia Militar de Baldorand.

—Escamas en el cuerpo, ojos de matices inimaginables y salvajes como los de una bestia, garras que brotan de sus manos y alas que les permiten alcanzar el cielo... poseen un instinto voraz por devorar a los nuestros. Son demonios, aunque algunos insistan en llamarles «mixtos» —sentenció el maestro con un hilo de terror en la voz, frente a una clase que no se atrevía a parpadear.

El pavor se palpaba en el ambiente de la Academia Militar de Baldorand, donde sembrar el odio hacia los mixtos era parte del currículo.

—Entonces, nuestro salvador Miler Zarian emergió contra todo pronóstico. Con el respaldo de la Iglesia, lideró la ofensiva que desterró a esos engendros de nuestra tierra santa. Desde aquel día, la paz ha reinado en este lado del continente —continuó el docente.

Entre los alumnos, las dudas comenzaron a nublar los rostros. Emily, un joven de mirada despierta, alzó la mano con determinación.

—Yo creo que hablar con ellos ahora sería bueno —opinó con valentía—. Sería un símbolo de paz.

El maestro guardó un silencio gélido. No necesitó palabras para ordenar a Emily que callara; su mirada fue suficiente para doblegarlo. Emily era una pepita de oro perdida entre el fango y las piedras del río, demasiado puro para aquel lugar, hasta este momento.

Al atardecer, los rayos del sol se filtraban por los ventanales como cascadas de oro líquido, envolviendo el salón en una luz melancólica. Solo Emily permanecía allí, sentado en su pupitre junto al profesor. Era la rutina de siempre: su padre, el más alto mando del ejército de Baldorand, solía llegar tarde.

Cuando Philips, su padre, apareció, lo hizo con la urgencia grabada en el rostro. Tras la breve e inevitable charla con el maestro sobre la “naturaleza demoníaca” de los mixtos, Philips puso fin a la jornada. Aquel día, sin embargo, el aire pesaba más de lo normal; la próxima campaña militar de Baldorand estaba por comenzar: una expedición diplomática y comercial hacia el corazón del territorio enemigo.

Philips salió del aula y colocó sus manos sobre los hombros de su hijo, guiándolo por los pasillos de piedra.

—Ellos no son demonios, Emily. Quiero que lo grabes en tu memoria —le susurró con una seriedad que contrastaba con el caos del salón—. No permitas que ancianos amargados te convenzan de lo contrario.

—Mamá creía en ellos, ¿verdad? —preguntó el pequeño. Su voz se quebró y el brillo de las lágrimas asomó en sus ojos.

—Sí, fue la mujer más valiente que he conocido —respondió Philips—. Y su sacrificio no habrá sido en vano.

Emily esbozó una pequeña sonrisa melancólica mientras se limpiaba el rostro.

—Ella sí que se atrevía a llamarle «viejo cascarrabias» al maestro en su propia cara —recordó el niño, soltando una pequeña risa que ahogó el llanto.

Philips sonrió también.

—Oye papá y esa misión de la que hasta el viejo habla… ¿Cuál es su objetivo? ¿Realmente quieren comerciar y hacer paz con los del continente? —cuestionó en voz baja, Emily, para detenerse en su camino y mirar a los ojos a su padre.

—Pues… Es lo que yo quiero lograr como cabeza del ejército de este reino, el futuro depende de ese encuentro hijo mío, no te mentire. —pronunció Philips mientras al detenerse mantuvo la mirada con su hijo.

—Quiero ir contigo. Philips escuchó las palabras de Emily y el aire pareció escaparse de sus pulmones. —Hijo, yo… —el Comandante Supremo dudó. Miró las manos pequeñas de Emily y luego pensó en el peso del Zafiro que cargaba en su propio cinturón—. Podrás venir, pero con una condición: no te separarás de mi lado. Llevarás un arma oculta, Emily, y prométeme por lo más sagrado que no serás tú quien derrame la primera gota de sangre. ¿Entendido? —Sí, papá. Philips lo abrazó, pero su mente estaba a kilómetros de allí, en la audiencia que había tenido esa mañana.

Horas antes de recoger a su hijo, en la capital del reino de Baldorand, nos encontrábamos en una estancia muy distinta. La Reina de Baldorand no miraba mapas, miraba el fuego de la chimenea mientras sostenía una caja de terciopelo. Al abrirla, el fulgor de los Zafiros de Ceniza bañó su rostro de un rojo antinatural.

—Philips, esta misión no es solo comercial. Y estoy segura que tú más que nadie debes cargar con esto, como protector de este reino, tienes un deber en ese lugar. —le dijo ella sin mirarlo—. Vas al epicentro de su magia. Si los Árboles del Génesis comienzan a palpitar, si sientes que las Quimeras están por despertar de sus capullos... Quémalo todo. No regreses con tratados de paz si eso significa que nuestras ciudades volverán a ser pasto de sus bestias.

Philips guardó la piedra, sintiendo su calor abrasador a través del guante. —Entiendo, Majestad. Pero si hay una chispa de humanidad en ellos, sabe usted bien que lo que le traeré será únicamente una prueba de ello.—Philips. —La reina se paró de su gran sillón frente a la fogata, y arrastrando una gran capa entre la hermosa alfombra de patrones exóticos del suelo, tomó una postura firme frente al comandante supremo del ejército.

—La vida de cada maldito niño, de este lado y de posiblemente el planeta, dependen de lo que pase en esa misión. Tienes que llevar el Zafiro contigo, lo único que harás será hacer un corte en cualquier lugar del Árbol y en un parpadeo, el fuego brotara y cualquier rastro de vida se marchitara en ese lugar. No subestimes el filo del Zafiro de Ceniza. —dijo la reina, pero la mirada de Philips no expresaba una recepción de estas palabras positiva.

—Su majestad… Y podría preguntar, ¿quién pudo fabricar este artefacto?

—Ritchell… ha estado trabajando en armas para la próxima guerra —sentenció la Reina—. El vencedor es aquel que tiene el acero listo antes de que suene el primer tambor. No me arriesgaré a que uno solo de esos seres ponga un pie en mi ciudad, Philips. —El Comandante se retiró en silencio. El Zafiro de Ceniza quemaba a través del cuero de su guante, un recordatorio constante de que llevaba el fin de un mundo en la palma de su mano.

Las etiquetas de «vencedores» y «vencidos» resultan insuficientes para resumir el saldo de una guerra, y en esta crónica, la ambigüedad sería la única constante.

Más allá de las fronteras de Baldorand, en el Continente de los Demonios, el territorio mixto se fragmentaba en un mosaico de tribus y pequeños estados. El más influyente de todos era Albazar, una tierra envuelta en mitos, donde los hechiceros y las criaturas ancestrales caminaban a la par de los mixtos.

El contraste entre ambas naciones se grababa a fuego en la mirada de quien cruzara la frontera. No era necesario decir que ya habías atravesado el mar que dividía ambos Continentes, la diferencia era visible, en este el Continente maldito habitaban los últimos Árboles del Génesis y alrededor de ellos un ecosistema modificado por la magia que emanaba. Lugares que no debería ser posible que existieran, era común verlos aquí. Al igual que las criaturas que se encontraban, pero ninguna comparada a las Quimeras. La arquitectura de todo castillo de Albazar se adapta a los peculiares paisajes que el lugar les daba, lleno de islas flotantes y plantas enormes de colores de todo tipo, sería el sueño de cualquier científico humano entrar.

En el corazón de la capital de Albazar se erigía una ciudad amurallada que custodiaba el castillo real, así como el gran Árbol del Génesis. En sus calles, aquellos a quienes el mundo llamaba «demonios» recorrían el día a día con una normalidad desconcertante. Para un observador imparcial, Albazar no difería de cualquier aldea humana: personas entregadas a sus oficios, niños jugando y rutinas compartidas. Los rasgos que los hacían distintos eran sutiles; algunos apenas mostraban escamas en el cuerpo, así como pupilas de colores imposibles. La pureza de la sangre dictaba la fisonomía, y solo los linajes más antiguos conservaban el raro don de las alas.

Días después, dentro del castillo, bajo el resplandor de los ventanales que bañaban de luz la sala de armas, se desarrollaba una escena de brutalidad cotidiana. Dynama Albazar se batía en un duelo desigual contra su propio padre, el Rey Zila.

La técnica del joven era más que imperfecta aún, una danza de retrocesos ante las embestidas implacables del monarca. El cuerpo de Dynama ya acusaba el rigor del entrenamiento, marcado por hematomas y cortes que florecían bajo su ropa. Contaba con unas escamas de un rojo hermoso y brillante en su brazo derecho, así como en el abdomen y en la parte derecha de su cara, al lado de su ojo, en menor parte. Un pelo rizado de un negro profundo y unos mechones rojos pequeños, así como unos hermosos ojos amarillos.

Dynama no poseía una complexión imponente ni ventajas físicas naturales; era, en apariencia, un joven común atrapado en una exigencia que él creía que no podía llegar a cumplir. Aunque Zila moderaba sus golpes en ciertos momentos, la diferencia de fuerzas era abrumadora. Dynama apenas lograba sostener la espada de madera con sus manos temblorosas.

Dynama retrocedía, sus pies resbalando en la piedra pulida mientras el Rey Zila lanzaba embestidas que no buscaban enseñar, sino quebrar. Cuando la espada de madera golpeó el costado de Dynama, el joven se desplomó. Crim, el leal sirviente y entrenador, se apresuró a su lado, comenzando a vendar las costillas del príncipe con manos expertas pero temblorosas por la rabia contenida.

Zila ni siquiera miró a Dynama. Su mirada de acero se clavó en el siguiente.

—¡Lirio! Al centro —bramó el monarca.

El enfrentamiento fue un desastre desde el primer segundo. Lirio, el futuro heredero, era elegante pero frágil frente a la fuerza bruta de su padre. Zila no tuvo piedad. Un golpe en la boca del estómago dobló a Lirio, y antes de que pudiera recuperarse, el rey descargó un impacto en su hombro que resonó en toda la sala.

—¡¿Tú?! —Zila escupió las palabras, riendo con amargura mientras golpeaba el arma de Lirio hasta que esta salió volando—. ¡Tú eres el que debe conectar con el Génesis mañana! ¡Tú nos defenderás de los humanos cuando vuelvan a cruzar el mar! ¡Qué tontería! Eres débil, Lirio. Si el árbol ve este miedo en tus ojos, te convertirá en cenizas antes de siquiera querer darte una Quimera.

Lirio permanecía en el suelo, con el labio partido y la mirada perdida en el pavimento manchado de su sangre. Crim se acercó rápidamente para intentar curar la brecha en su frente, pero Zila pateó la espada de madera hacia un rincón y abandonó la sala sin mirar atrás.

Al fondo, sentado y encogido, el menor de los cuatro observaba la escena con un terror paralizante. Era su primer día en aquella sala de armas, y el miedo a ser el siguiente en la fila le robaba el aliento.

—¡Cuándo será el día que nos dejes en paz! ¡Y decidas dejar de reflejar tus estúpidos traumas en nosotros! ¡El día en que nos trates como tus hijos de verdad! —gritó el mayor de los cuatro hermanos, Haza. Mientras Zila seguía su camino sin mirar atrás.

—¡Cada maldita cosa que haces, todo de ti! ¡Todo me recuerda el por que rechace tu maldita y preciada corona! —término Haza, para rápidamente ayudar a Crim a cargar a su hermano Lirio herido y todos llevarlo juntos a una habitación muy cercana, llena de vendas y con un gran aroma a hierbas medicinales.

Una vez solos, la tensión comenzó a disiparse entre bromas amargas; era su único mecanismo de defensa contra la realidad. Haza asumió su papel de protector, consolando a los menores mientras los tres se esforzaban por animar al pequeño, intentando convencerlo de que el mundo no era siempre tan oscuro como aquella sala de entrenamiento.

Mientras tanto, en una gran habitación con ventanas enormes, inundada de perfumes caros y telas pesadas, Marie, la reina de Albazar, permanecía inmóvil. Dos asistentes ajustaban los cordones de su corsé con una fuerza innecesaria, mientras otra aplicaba polvos pálidos sobre sus mejillas.

—Tiene usted tanta suerte, Majestad —dijo una de las sirvientas, ajustando una joya en su cuello—. Estar al lado del gran Rey Zila, el hombre que mantiene a raya a los reinos vecinos y a los humanos... Es un honor que cualquier mujer en Albazar envidiaría.

Marie no respondió. Sus ojos estaban fijos en el espejo, pero no veía su reflejo. El vestido, de un rojo intenso como la sangre seca, le apretaba el pecho, recordando que en ese castillo ella era un adorno más, una pieza de trofeo para legitimar el linaje de un hombre que solo conocía el lenguaje del dolor.

—¡Ay por supuesto que si su Majestad! Ya díganos antes de que nosotras nos dedicáramos a estar todo el día ajustando sus vestidos, que truco uso para tener en sus garras al Rey. Digo… no creo que con sus encantadores dones lo hiciera. Fue a esa famosa caverna a que un mago le hiciera una posición de amor eterno o algo así… ¿Su majestad? —dijo con un tono juguetón y un tono final la segunda de las sirvientas.

La reina Marie, se puso en pie bruscamente, ignorando las quejas de las asistentes sobre un broche mal colocado. Salió de la habitación con el paso firme de quien va a una guerra, aunque solo portara un abanico.

Marie entró en la sala de curación justo cuando Dynama y Haza sostenían a un Lirio aguantando el dolor que le provocaba el ungüento recién hecho de plantas que le colocaba Crim. El menor de todos, Kiru, estaba encogido en un rincón, con los ojos anegados en lágrimas, temblando tras haber presenciado la carnicería.

—¡Mamá! —exclamó Dynama, señalando las heridas de Lirio—. ¡Mira lo que hizo! Mañana es su ritual y apenas puede mantenerse en pie. Ese señor se ha vuelto loco, cree que mientras más nos golpea, mejor nos irá en su tontería de ritual.

Marie no necesitó palabras para entender el caos. Se acercó a Kiru primero, envolviéndolo en sus brazos. El pequeño escondió el rostro en el vestido de su madre, manchando la seda con sus lágrimas. Marie acarició su cabello, pero su mirada estaba clavada en Lirio, quien evitaba su contacto visual por la vergüenza del fracaso.

—Él no se detendrá, ¿verdad? —susurró Dynama con amargura.

Marie se separó de Kiru y se irguió, recuperando la postura de la guerrera que alguna vez fue. Dio unos pasos y acarició ligeramente la cara de su hijo herido, la cara de Lirio.

—Mi pequeño… ¿Te duelen mucho? —preguntó la reina observando las heridas siendo ocultadas por el ungüento. Lirio pudo sostener la mirada con la de su madre y una lágrima salió de su cara.

—Perdón… Perdón a todos por ser tan débil. —dijo Lirio.

—No… No mi pequeño. Todos ustedes son unos guerreros, mucho más fuertes de lo que yo quisiera ser… Yo iré a hablar con él —sentenció con una voz fría y definitiva—. Esto termina hoy.

—¡Madre! Escucha… —dijo Haza antes de dejar a su mamá irse del lugar. —Por favor ten mucho cuidado y no dudes en venir conmigo si él… te golpea… o hace cualquier cosa.

Marie lanzó una última y cautelosa sonrisa para Haza.

Salió de la estancia con el corazón más acelerado de lo que podía controlar. Sabía que Zila no escuchaba razones, pero también sabía que, si no intervenía, el Génesis no sería lo único que terminaría devorando a sus hijos.

Zila, el padre, estaba en una reunión en la sala principal del castillo, una gran mesa y esos grandes ventanales. La familia Flama estaba presente, una familia que lideraba las tropas del ejército protegiendo a la familia real y la corona personalmente. El entrenador personal de los 4 hijos, Crim llegó a la sala junto a Zila, siendo el más cercano a él en muchos sentidos, confianza principalmente. También estuvieron presentes muchos representantes de pueblos de los alrededores. Todos reunidos hablando del mensajero que había llevado el aviso de la próxima visita de Baldorand a territorio mixto.

El silencio en la sala fue abrumador. Las miradas empezaron y con esto los susurros.

—Estaremos listos para recibirlos. Quiero que preparen cerca de los sembradíos a la proximidad de la muralla un asentamiento con comida para nuestros invitados, serán bienvenidos pero no dormirán bajo nuestro mismo techo. —Dio la orden Zila, no como aquel padre agresivo, como un rey.

—¿Negociaremos con ellos? —preguntó con una voz firme el más viejo y representante de la familia Flama: Takmaha.

—Veremos que tienen que decir. No quiero que nuestros amigos se alarmen, reduzcan la presencia de tropas visibles, quiero al ejército camuflado. Y Takmaha, manda a cinco soldados a avisar a todo el reino, que se preparen para luchar en el peor de los casos. —Con una voz más seria pronunció Zila.

La reunión se había dado por terminada.

—Crim, Takmaha y los Flama no están convencidos de hacer esto. Así solo te puedo pedir a ti y confíar en que no dejarás que ningún civil o asesino se acerque a cualquiera de Baldorand cuando los recibamos. Cualquiera que sean las intenciones de este, por favor da la orden de protegerlos. —Pronunció Zila antes de que Crim se fuera.

—¿Asesinos, señor?. —Avisar al reino entero que negociaremos con los de Baldorand fue por protección de nosotros en caso de que algo pasará, pero sabes cómo es esto. Si cualquiera de ellos muere aquí, será peor. Cualquier cosa que pase será excusa para una guerra, una excusa para quemar todo miedo de esos malditos humanos, quemar nuestro Árbol.

—Y entonces… ¿No estamos listos para enfrentarnos a ellos, señor?—preguntó Crim. Pero el silenció en la habitación no nos llevó a nada.

—Retírate Crim. Confío en ti más que en nadie. —Dijo Zila, para después Crim empezar a preparar todo para la llegada de Baldorand.

Por otro lado a la habitación entraba la madre de los 4 y esposa de Zila.

—Lo que hiciste hoy con tu propio hijo… ¿Ninguno de ellos te importa?, son tus propios hijos, nuestros hijos. —Reclamó con lágrimas en los ojos Marie.

—Los de Baldorand finalmente decidieron venir a visitarnos, para cuando la guerra comience no quiero que ninguno de los cuatro o tú muera ante uno de esos malditos bastardos. Además… El día de mañana será el ritual de Lirio y no se va a detener por más que diga que sus heridas son graves o algo, tonterías. Por eso Marie… ¡Si es necesario los seguiré golpeando hoy y mañana… porque son mis hijos! —Exclamó Zila a su esposa con un grito que retumbó a varios rincones del castillo.

—Él está grave Zila, si siquiera te importaran realmente ellos, no obligarías a Lirio a hacer el ritual… Yo no quiero que ninguno de ellos haga eso, Zila… Por favor. No quiero perder a ninguno si algo sale mal tratando de invocar una de esas cosas. –Con una voz temblorosa dijo Marie.

Zila la golpeó, Marie cayó al suelo y con lágrimas se limpió la cara.

—¡Es por eso mismo que los cuatro deben de ser fuertes! ¡Ser capaces de resistir mis golpes y más cosas aún! ¡Ninguno de mis hijos morirá de forma inútil como en el ritual para invocar una Quimera! Los cuatro sobreviven al ritual… Marie.

—Son mis hijos también. —Aseguro Marie antes de salir de la habitación.

Las paredes del castillo eran grandes, y el eco potente. A lo lejos en las sombras estaba el hijo pequeño escuchándolo todo y llorando. La carga de la situación no recae sobre los hombros del rey solamente, caía sobre todos.

Kiru corrió por los pasillos, sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre la piedra fría. Cuando encontró a Haza y le contó entre sollozos lo que había visto en la sala del trono, el aire parecía congelarse. Haza no gritó; simplemente caminó hacia los aposentos de su padre con una calma aterradora.

La puerta se abrió bruscamente y Haza entró con unas pisadas que alertaban de su presencia.

—¡Ey ey! ¿Qué demonios haces aquí niño? ¿Es que no tienes modales para tocar? —preguntó Zila mientras veía a Haza solo acercarse. El golpe fue seco, un estallido de hueso contra carne que dejó a Zila contra la pared, asimilando el impacto y el hecho de que su propio hijo lo hubiera desafiado físicamente. Sin decir una palabra, Haza se retiró, dejando a un rey silencioso y herido en su orgullo.

Haza llegó a una habitación grande y adornada por todos lados, una gran sala de colchones acogedores estaba en el centro, junto a Marie, su madre dormida con una calma forzada por el agotamiento y con las heridas notables en su cara. El único ruido que alteraba el silencio total era el del fuego de la chimenea a la distancia que calentaba la habitación llena de oro.

Con pasos lentos de nuevo, Haza salió volteando una última vez a ver a su madre. Para dejarla descansar. En uno de los pasillos Haza vió a sus tres hermanos, con Dynama ayudando sosteniendo de hombro a hombro a Lirio.

—¿Están seguros que quieren ir? Lirio… ¿Te sientes bien? —dijo Haza después de reír.

—Si, que tal si mañana en el ritual me vuelvo un amargado que ya no quiere dar paseos nocturnos como alguien que tengo enfrente. —dijo Lirio señalando con la cabeza de frente a Haza.

—Está bien, no queremos que te rompas la pierna un día antes de tu ritual ¿No? —Entre risas dijo Haza.

Los cuatro hermanos ayudaron a Lirio a ponerse en pie, sosteniéndolo por los hombros para que el dolor de sus heridas no lo venciera mientras escalaban hacia el punto más alto del castillo. Antes de llegar a este, pasaron los cuatro sobre la sala del trono, custodiada por guardias que ya los conocían y de costumbre los dejaron pasar. Dynama miraba quieto el trono atentamente, mientras Haza ayudaba a Lirio.

—¡Hey! No estes pensando en robarme mi lugar —lanzó Lirio sus palabras a Dynama, el soltó una carcajada.

—Noo, como cree mi mas grande autoridad… ¡Mi rey de Albazar y su Majestad! Cómo cree que un pobre plebeyo tendrá el coraje de desafíar al poderoso Rey Lirio. —dijo Dynama mientras daba vueltas sin sentido mientras sus manos sentían el aire entrar por el gran balcón al lado de la sala del trono. Los cuatro subieron a la torre por el gran balcón.

Sentados sobre la torre principal, bajo la bandera de los Albazar que ondeaba pesadamente con la brisa nocturna, el mundo parecía distinto. Abajo, la ciudad brillaba con un amarillo cálido que prometía una paz que ellos no conocían dentro de los muros.

—Papá no te entrena porque tiene miedo de que te hagas el más fuerte de todos y lo humilles —dijo Haza, rompiendo el hielo con una sonrisa forzada dirigida a Kiru—. Es en serio, pequeño. No te desanimes por lo de hoy.

—Cuando ese viejo ya no esté —añadió Dynama, dejando que Kiru se recostara en su hombro—, estoy seguro de que tú serás el líder que nos lleve a la victoria. Les demostraremos a esos asquerosos humanos que no somos animales. Ni unos miserables… demonios. —término Dynama.

—Aunque dudo que pueda concentrarse en las reuniones aburridas del rey, con la cara de viejo que tiene Takmaha, espero que no se te salga decirle nada ¡Eh, Kiru! —dijo Lirio. Todos rieron en un sonido tan lindo que acompañaba el paisaje.

Las risas camuflaron por un momento el miedo. Pero el silencio volvió cuando la mirada de todos cayó sobre Lirio. Mañana, a esta misma hora, su destino estaría sellado por el Génesis.

Kiru, incapaz de aguantar más, se lanzó a los brazos de Lirio, aferrándose a su túnica con desesperación. —Tengo miedo... hermanito, no lo hagas por favor —sollozó el pequeño—. No quiero que te vayas. No quiero que el árbol te lleve.

Lirio acarició la cabeza de su hermano menor, con una palidez que se acentuaba bajo la luz de las estrellas. —No seré débil, Kiru. No voy a morir —susurró Lirio, aunque sus propios ojos buscaban consuelo en Dynama y Haza—. Prometo que regresaré con una Quimera tan grande que podrás cabalgar sobre ella hasta las nubes… Y ya déjame que me lastimaras tonto. —terminó de bromear Lirio con Kiru sonriente.

Se quedaron allí, contemplando el firmamento. Dynama, Lirio y Kiru miraban las estrellas, buscando en su brillo alguna respuesta o esperanza. Ninguno de los cuatro volteaba a ver la gigantesca bandera de los Albazar que estaba detrás de ellos. Solo Haza no miraba al cielo. Con un movimiento ligero de cabeza, sus ojos se clavaron en la bandera que ondeaba. Sus ojos no tenían lágrimas, sino un odio puro y una determinación de acero.

El silencio de la noche en Albazar era denso, cargado por el aroma místico que emanaba del Árbol del Génesis, cuyas raíces de un verde esmeralda empezaban a palpitar en sintonía con el corazón de Lirio. Bajo la bandera que Haza observaba con odio, cuatro hermanos soñaban con un futuro que el destino ya les estaba arrebatando.

En los muelles de Baldorand, el caos de la preparación para partir era abrumador. Cientos de soldados subían a los navíos bajo la luz de las antorchas, sus armaduras de acero brillante con un reflejo frío. En medio del bullicio, el Comandante Philips Visconti observaba la luna parado sobre el suelo del puerto. Bajo su bolsillo, oculto estaba el Zafiro de Ceniza. El mineral vibraba levemente, un calor antinatural que parecía responder al latido del Génesis que despertaba en el horizonte.

Emily, a su lado, miraba las estrellas con curiosidad, ansioso por ver ese mundo del que tanto le habló su madre antes de morir, sin saber que su padre cargaba con el fin del mismo. Dos mundos estaban a punto de colisionar: uno buscando una chispa de humanidad y el otro tratando de sobrevivir a su propia leyenda.

Después de una noche más en el castillo, en la habitación de Lirio, los primeros rayos de la luz del Sol empezaban a atravesar las ventanas. Marie entró con sigilo y vió a su hijo unos momentos, para sentarse al lado de su cama y acariciar su cara un poco otra vez. Lirio abrió sus ojos y despertó, Marie le dio una ligera sonrisa.

—Hoy es el día de mi pequeño, ¿cómo te sientes? —preguntó Marie con un tono bajo.

—Bien mamá… —Lirio se levantó lentamente y se quedó sentado junto a su madre.

—Yo… Tengo un poco de miedo de no lograrlo. —confesó Lirio y Marie lo abrazó.

—No hijo mío… El miedo es uno de los instintos naturales. Pero yo sé que no dejarás que te derrote. Eres fuerte Lirio. —dijo Marie mientras abrazaba a su pequeño.

Kiru entró saltando a la habitación, ajeno al peso del destino. Para él, hoy era el día en que su hermano se convertiría en un dios. —¡Lirio, despierta! ¡Toda la ciudad está llena de flores! ¡Las Quimeras de los guardias están reuniéndose en el centro de la ciudad! —gritó de emoción el hermano pequeño después de azotar la puerta de emoción y saltar a la cama al lado de su hermano mayor.

—¡El festival está a punto de comenzar Lirio, vamos, todo el pueblo estará aquí para ti! —dijo Kiru mientras trataba de abrazar ligeramente a su hermano. Lirio sonrió, una mueca melancólica que Marie guardó en su memoria como un tesoro.

Escoltados por los guardias de la familia Flama, Lirio y Kiru se prepararon para salir y caminaron por las calles empedradas. El pueblo de Albazar se volcó hacia ellos; no con el miedo que les enseñaban en Baldorand, sino con una devoción absoluta. Ancianos mixtos de alas raídas le entregaron canastas de fruta, granjeros le entregaron cajas de trigo, pan y más. Poco a poco los guardias se iban llenando sus manos, y no se quedaba ahí. Los niños le entregaban flores, pequeñas cuchillas y esmeraldas hermosas, todo esto para Lirio en señal de respeto, los niños corrían a su lado tratando de tocar su túnica blanca de ritual.

—¡Serás el más grande de todos, Príncipe Lirio! —gritaban desde los balcones. Lirio cargaba a Kiru, con las piernas de él sobre sus hombros, y sus manos sujetando sus rodillas, riendo y aceptando los halagos. Por un momento, el dolor de las costillas y el recuerdo de los golpes de su padre desaparecieron bajo el calor de su gente.

—Así que tú eres Kiru… Acaso serás después de Lirio el próximo gran Rey… O acaso… ¡Te convertirás en un gran soldado que defenderá al gran Rey Lirio! —dijo con entusiasmo un vendedor.

—¡Yo seré el gran Caballero Kiru! ¡Y con mi armadura brillante de oro y mi espada de plata protegeré por siempre a mi hermano! —respondió Kiru.

Sobre el cielo en ese momento, las pláticas y risas fueron interrumpidas por las Quimeras de los guardias recorriendo el gran cielo azul y rozando las nubes. Con sus grandes alas y con una coordinación y conexión casi perfecta entre mixto y Quimera, realizaron maniobras en el aire que fueron un espectáculo para todos desde abajo.

—¡Ese será nuestro príncipe Lirio en unas horas! —dijo uno de la multitud.

—¡Si Lirio, mirá así te verás tu! —dijo Kiru. Lirio miraba el cielo y veía a las grandes bestias recorrerlo, la expresión en sus ojos ocultaba un miedo creciente.

En el castillo, Zila observaba detrás de una gran ventana a lo lejos, veía todos los festivales y la felicidad del pueblo por su hijo. Sin embargo su cara no demostraba una expresión de mínima alegría o siquiera orgullo.

Marie había vuelto a la sala en la que anoche había caído dormida. Sentada observaba el fuego de la fogata. Haza entró a la habitación y decidió acompañarla.

—¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho el golpe? —preguntó Haza.

—Estoy bien hijo, gracias… Estoy… Yo también tengo miedo por Lirio.

—No te preocupes mamá, estoy seguro que Lirio es muy capaz. Después del ritual regresará a nosotros con una Quimera, él es muy fuerte en serio. —dijo Haza.

—No quiero que cargue con el gran peso de la corona de tu padre… Y ahora con los del Continente queriendo hacer su dichosa visita… Haza… El pueblo te sigue a ti, incluso mucho más que a tu padre, te adoran completamente y no será difícil para ellos… ¿Has considerado heredar tu el trono antes de Lirio? —El silencio llenó el lugar.

—Ya hablamos de esto mamá. No voy a heredar la corona de ese señor… El… Ni siquiera lo considero mi padre… Y yo se que Lirio podrá con esto y más, Crim le ha enseñado bien, además no está solo, nos tiene a todos nosotros. —dijo Haza, se paró y se acercó a su madre para darle un abrazo.

—No te preocupes mamá, todo saldrá bien.

El atardecer llegó a dominar el cielo. Y la costumbre del pueblo empezó, todos encendían las famosas linternas flotantes, algunas ya empezaban a adornar con su gran brillo amarillo las nubes.

A su vez un canto ancestral empezaba a resonar por las calles, muchos mixtos se reúnen en grupos para cantar en sintonía en el idioma antiguo del Continente una hermosa melodía.

En los muelles de Baldorand, el atardecer también había llegado, el color naranja tan hermoso era motivo de detenerse a apreciar la belleza de este mundo para cualquiera. El gran puerto estaba lleno de soldados que empezaban a abordar los barcos, así como de familias deseándole suerte a los que partían. Emily buscaba a Mia, su mejor amiga de la infancia, entre la multitud la encontró. Se abrazaron con una fuerza que decía más que cualquier palabra. —No vayas, Emily —le suplicó Mia—. Muchas cosas pueden pasar… Podrías esperar a que esto pase y la paz esté hecha.He oído a los soldados y a mi padre… dicen que si un mixto hace algo… o si ven una quimera, el fuego lo consumirá todo. Tengo miedo de que no vuelvas. —Volveré, Mia. Y te traeré una prueba de que no son monstruos, como siempre hablamos… Como juramos ese día… bajo las estrellas—respondió Emily con una sonrisa llena de esa pureza—. Te lo prometo.

—Está bien… Te estaré esperando.

Mia lo soltó, viendo cómo Emily se alejaba entre la multitud.

—¡No olvides traerme un recuerdo! —gritó Mia y Emily al escuchar volteo para darle una sonrisa.

A lo lejos lo vio subir al barco, Emily se encontró con Philips.

—¡Ey ey ey! Ten cuidado por donde pisas niño, casi caes al mar. No quiero un soldado ahogado aquí. —dijo Philips para darle un empujón a su hijo.

—O es acaso que ese abrazo con tu novia Mia te dejó las piernas flojas… ¡Eh! ¿Aún tendré que esperar para decirle a Roger que se prepare para ser suegros o no?—dijo Philips riendo con un Emily apenado.

—¡No somos novios! —respondió devolviéndole el empujón a su padre.

—Oye y… Roger… ¿Él no vendrá con nosotros? —preguntó Emily con un tono diferente.

—No… Le fascinan estas cosas de los mixtos… es igual a tus padres. Pero él piensa que nuestro futuro es incierto… Ya sabes como es, estoy seguro que querrá venir a explorar el Continente cuando la paz esté firmada. —dijo Phillips mientras continuaban caminando subiendo al barco. Atrás de ellos estaba el pueblo de Baldorand, no dejaban de aplaudir algunos y el bullicio era fuerte.

—Y… tal vez en ese entonces puedas pedirle a Mia que sea tu novio bajo un lindo atardecer en el Continente… tal vez bajo las famosas islas flotantes o algo así. A ella también le fascinan los lugares del Continente tan dichosos. —bromeó Philips una última vez y Emily le soltó una última sonrisa.

Frente a un espejo de plata pulida estaba Lirio. Sus manos temblaban ligeramente mientras Dynama y Haza terminaban de ajustar los adornos de oro sobre su túnica blanca. El metal estaba frío, contrastando con el calor de la habitación.

—Te ves como un verdadero rey, Lirio —dijo Dynama, tratando de aligerar el ambiente mientras acomodaba una de las hombreras—. Cuando bajes de ese santuario con una Quimera a tus espaldas, ni siquiera Zila podrá decirte nada.

Lirio guardó silencio un momento, mirando su reflejo. ¿Qué era lo que Lirio veía en el reflejo? ¿Un heredero, el próximo gran Rey? O tal vez… Solo alguien cansado de fingir.

—¿Saben algo? —soltó Lirio en un susurro, sin apartar la vista del espejo—. A veces... a veces desearía todas estas cosas del linaje Albazar… La corona, los rituales y los ejércitos se acabará por un momento.

Haza dejó de apretar el cinturón de Lirio y lo miró con atención.

—Si pudiera elegir —continuó Lirio, y una pequeña sonrisa nostálgica apareció en su rostro—, nos llevaría a todos lejos de aquí. A una granja pequeña, en algún valle donde el pasto sea tan alto que Kiru pueda esconderse en él. Tendríamos animales... unos cuantos caballos. Me pasaría el día enseñándole a Kiru a montar, no un caballo destinado a cagar en la guerra, un caballo de campo, con miedo a que se caiga por distraído como siempre… En lugar de miedo a que aprenda… A que aprenda a sostener una espada y luchar en un campo de batalla. —Dynama escuchaba atento mientras bajaba la mirada.

—Zila nos pediría perdón tal vez… Aunque eso sería una gran fantasía—añadió Lirio soltando una carcajada—. Vendría a vernos y simplemente seríamos... una familia. Sin gritos. Sin entrenamientos y sin tener a Crim preocupado por las heridas que nos causa ese maldito viejo todos los días. Solo nosotros, viendo el atardecer sin pensar en quién vendrá a atacarnos mañana.

Haza puso una mano pesada y firme sobre el hombro de su hermano, apretándolo con cariño.

—Es un buen sueño, Lirio. El mejor que he escuchado —dijo Haza —. Pero ahora, el pueblo te necesita. Haz esto por ellos, y luego... quién sabe. Tal vez algún día encontremos ese valle y podamos escaparnos todos juntos. Decirle a nuestro padre lo que pensamos en su cara y enseñar a Kiru a montar ese caballo del campo.

Lirio asintió, tragándose el nudo en la garganta. Se dio una última mirada en el espejo, enderezó la espalda y trató de ocultar el miedo tras la máscara de príncipe que todos esperaban ver.

—Lo haré por ellos —sentenció—. Y por ustedes.

—Tal vez mi primer orden como Rey sea quitar todas las ventanas del castillo como dijo Kiru para que el sol no lo despierte por la mañana. —dijo Lirio mientras todos reían.

El sol se hundió bajo el mar, dando paso a un crepúsculo violeta. En Albazar, las miles de linternas flotantes ya no eran solo luces; eran un mar de fuego amarillo que competía con las estrellas. El canto ancestral se hizo más profundo, una vibración que parecía nacer del suelo mismo.

Entre las paredes del castillo, Lirio se encontró de frente con Zila. Sin decir una palabra Zila se acercó y lo abrazó.

—¿Qué... qué haces? —preguntó confundido Lirio.

El abrazo terminó y Zila simplemente se fue del lugar. Crim llegó junto a Lirio después de observar lo ocurrido.

—En el fondo también los aprecia… Son sus hijos después de todo y… No todos sabemos expresar ese cariño. —dijo Crim.

—Sobre todo el, ¿no? —respondió Lirio.

—¿Estás listo mi muchacho? —preguntó Crim.

—Si… Gracias Crim… Gracias por todo, te debo mucho a ti. Todo lo que he aprendido fue gracias a ti. —dijo Lirio y abrazó a Crim.

—Mi muchacho… Tranquilo. Es hora de partir al Árbol, todos te están esperando afuera del castillo en las grandes carrozas. Vamos… es hora. —dijo Crim mientras el abrazo terminaba y Lirio sonreía.

En el Árbol del Génesis, rodeado de su gran fauna que brillaba particularmente el día de hoy de unos colores azul más brillante que el mar y verde más brillante que cualquier esmeralda, las grandes estatuas de piedra, así como de los pilares alcanzaban casi el alto techo del lugar. Parecida a una cúpula bajo tierra, el pueblo llenando cada rincón del grande lugar, adoraba la belleza del paisaje.

Esperaban pacientes a la familia real y a Lirio. Cuando por fin la gran fila de carrozas llegó, los aplausos resonaron, había pueblerinos en todo el lugar, llenando el interior del Árbol e incluso las afueras de este.

Bajaron de la carroza Lirio junto a su familia y empezaron a caminar hacía el gran Árbol. Niños, ancianos y todos, saludan felices a Lirio.

—¡Nuestro príncipe!

—¡Lirio!

Kiru emocionado y feliz recibía como suyos los halagos.

Lirio caminaba hacia el centro del Santuario, donde el Gran Árbol del Génesis se alzaba como una torre de vida. Sus raíces verde esmeralda brillaban con una intensidad eléctrica, latiendo al compás de un tambor invisible. Todo el pueblo estaba allí, en un silencio sepulcral, esperando el milagro.

Casi frente al Árbol era hora de separarse. Haza, Dynama y Kiru se acercaron a su hermano y le dieron un abrazo. Así los tres hermanos tuvieron que tomar un rumbo distinto, caminaron hacía uno de los balcones con una vista cercana al Árbol, junto a Crim esperaban pacientes.

Lirio le dio un abrazo a sus padres, los dos juntos le devolvieron el abrazo a su hijo. Volteo a ver el Árbol del Génesis con su imponente altura y finalmente empezó a caminar hacía él con sus padres acompañando a la distancia detrás de él.

El canto ancestral comenzó. Cinco ancianos del lado izquierdo y cinco del lado derecho. Veían a Lirio acercarse a este, ellos estaban sentados alrededor del Árbol, empezaron a cantar. En el idioma antiguo del Continente, las palabras sonaban hermosas, era un canto que anunciaba el nacimiento de algo fuerte que cambiaría el destino de todos, era un canto que hacía temblar a todos los presentes.

Lirio continuaba caminando lento y a unos pocos metros de poder conectar con el Árbol se detuvo para sentarse sobre las ramas, donde las piedras del camino que habían recorrido se entrelazan con la vegetación del suelo. Marie y Zila se sentaron frente a él.

Marie tomo con sus dos manos una cazuela de madera, con finos tallados y adornos, contenía un liquído de un color negro, hecho con muchas plantas sagradas del lugar. Dejó la cazuela frente a ella y vió directamente a Lirio, le dio una sonrisa… Lirio la devolvió, mientras asentía con la cabeza.

Zila y Marie bañaron su mano en el líquido, y sobre la cara de su hijo dibujaron cada uno una línea vertical en cada mejilla, del lado derecho e izquierdo. Lirio cerro los ojos junto a sus padres por un momento y con la mano manchada de negro de ambos, tomaron las manos de él.

El canto de los ancianos se intensificó y ahora el pueblo podía empezar a replicarlo. La melodía era hermosa, replicando el canto al unísono, resonando en el gran Árbol la fauna empezaba a brillar con más intensidad. Los segundos pasaron y Lirio finalmente abrió los ojos, con ambas manos manchadas de negro, empezó su camino solo hacía el Árbol, dejando atrás a sus padres y a todos. Pasó al lado de los diez ancianos y… ya era hora.

Lirio se detuvo frente a la corteza plateada. Sus manos temblaban. Miró hacia atrás y vio a Kiru saludándolo con entusiasmo, a Haza con su mirada protectora y a Marie, cuyos labios se empezaban a mover en una oración silenciosa. Zila era una sombra gélida que solo esperaba resultados.

Lirio enfocó su mirada en el Árbol frente a él y observó el rastro de todas las huellas de los que habían tocado ese lugar para hacer el ritual antes, cerró los ojos otra vez y apoyó sus manos sobre el Árbol.

Al contacto, una energía del verde esmeralda salió brillando como nunca, del Árbol comenzaron a salir pequeñas grietas que emanaban esa energía verde. Con los ojos cerrados Lirio resistió, esta fuerza invisible trataba de empujarlo fuera del Árbol, mientras todos miraban, algunos con asombro y otros con miedo. Marie intensificaba su oración y veía a su pequeño luchar a la lejanía.

Lirio aferrado fortalecía sus pies contra la tierra y las ramas del suelo. Con fuerza mantenía sus manos en el Árbol, mientras un viento lleno el lugar, el viento quería deshacerse de Lirio, parecía que la flora del lugar comenzaba a tomar vida. Y entonces…

El mundo físico desapareció para Lirio, después de sentir como su corazón estallaba y sus venas eran recorridas por la energía del Árbol como algo electrizante, un estallido de luz blanca lo envolvió todo. Lirio sintió un dolor excesivo, era como si le hubieran hecho un corte en la piel en cada parte de su cuerpo, sentía que una parte de él salía de su boca, de lo más profundo de su alma.

El Árbol del Génesis había empezado el juicio del espíritu del joven príncipe.

Una vez el dolor culminó el estallido de energía se detuvo para Lirio y dejó de sentir el Árbol frente a él, a su vez el suelo que pisaba se sentía diferente. En la realidad Lirio seguía aferrado a no soltarse, mientras las marcas negras en su cara empezaban a brillar, una rafaga de brillo salió de su corazón y se impregnó en el Árbol recorriendolo hasta llegar a una gran rama en lo alto, el brillo absorbió la rama en la cima y esta empezó a crecer junto con la magnitud de la luz. Empezó a crecer de esta un capullo, uno enorme.

Lirio después de bajar los brazos abrió los ojos y en un instante al abrirlos, sintió como si su cuerpo hubiera sido atravesado por fantasmas, reconoció la sensación de algunos y en lo borroso del despertar observó la cara de su abuelo, como la de algunos otros desconocidos. Eran sus antepasados, la conexión había empezado y Lirio se estaba transformando en el iluminado que traería a una Quimera al mundo.

El cuerpo físico del príncipe fue empezado a ser cubierto por unas ramas crecientes que salían de la energía verde del Árbol. Marie nerviosa quiso pararse.

—Siéntate… Él lo va a lograr. —dijo Zila entre el ruido. Mientras todo el mundo miraba, Kiru guardaba silencio asombrado.

Una vez vio a todos sus antepasados pasar frente a él, Lirio observó un horizonte blanco sin fin a la vista, y frente a él, nada. A la distancia solo había un pequeño Árbol, al dar dos pasos al frente Lirio lo observó con cuidado, no era nada más que eso. Su vista se nublo y apareció en otro lugar conocido. Una habitación fría y con un olor a sangre creciente, un piso de piedra gélido.

Lirio sabía donde estaba, en un recuerdo de su infancia. Con miedo observó, un pequeño Lirio lloraba junto a un Zila sosteniendo una espada, ofreciéndosela y obligandolo a decapitar a el hombre arrodillado que tenían al frente.

—Lirio… ¡Qué demonios estás esperando inutil! Mata a este hombre ya mismo… Si no lo puedes hacer, volverás a pasar la noche con las serpientes. ¡Asesinalo Lirio, es un maldito ladrón sin honor que atormentaba a tu pueblo! —gritaba Zila. El pequeño Lirio lloraba y sudaba, el hombre arrodillado y con los ojos vendados rogaba por piedad.

Lirio sostuvo la espada finalmente.

—¡Por favor, no lo hagas! M-mi familia… ¡Ellos mueren de hambre, por eso es que hago esto! —Fueron las últimas palabras del hombre, antes de que Lirio con sus manos temblorosas cortara su cabeza y la cara pequeña del niño se llenará de sangre.

El príncipe ahora con las marcas negras del ritual miraba a la distancia. Acercándose se arrodillo frente a un Lirio pequeño tirado en el suelo llorando mientras veía la cabeza separada de un mixto que el recién acababa de matar, con el piso lleno de sangre.

—Todo estará bien… pequeño. Tu… Tu eres fuerte. —se dijo a sí mismo Lirio. En la mano de Zila apareció una espada de un acero brillante y observó a Lirio fijamente, la habitación se desvaneció y del cielo comenzaron a caer gotas de lluvia, Lirio sintió heridas salir de todo su cuerpo, de un largo combate. Mientras Zila lo empezaba a atacar… Otro recuerdo.

Lirio, el príncipe comenzó a luchar… Sobre una de las murallas del castillo, observando la ciudad a lo lejos y bajo la lluvia.

Lirio resistía todos los ataques de su padre, un corte en el brazo lo hirió, después de estar de rodillas y con sus manos en el suelo… Lirio logró levantarse y finalmente… Logró vencer a su padre. Después de un choque de espadas y acero que lanzó chispas por todos lados, Lirio cortó la ilusión de Zila.

Con esto hecho, el lugar parecía desvanecerse otra vez. El paisaje blanco volvió a aparecer y el pequeño Árbol igual, Lirio escuchó una voz.

—¡Lirio! —era la voz de su hermano pequeño Kiru. Y con alegría Lirio dirigió su mirada detrás de él.

El príncipe sintió que el Árbol empezaba a hurgar en sus recuerdos, como dedos invisibles pasando las páginas de su vida.

¿Qué es lo que más deseas, pequeño Albazar? —pareció susurrar el viento.

Ahora estaba en una colina verde, bajo un sol cálido que no quemaba. A lo lejos, vio una pequeña granja de madera y el sonido de animales pastando. No había murallas o soldados. Vio a un caballo de campo, robusto y tranquilo, y sobre él, un Kiru que reía a carcajadas mientras agitaba una mano hacia él.

—¡Lirio! ¡Mira, ya sé montar! —gritó el pequeño.

Lirio empezó a caminar hacia ellos, ya no sentía el peso de la túnica de oro ni el dolor de sus costillas, ahora sentía la tierra blanda bajo sus pies. Pero lo que hizo que su corazón se detuviera fue ver a Zila presente otra vez, salió de la casa, vestido con ropas de lino sencillas, sin corona. No era un Rey con armadura y ojos de acero o un padre que toda su vida lo golpeó; era un hombre sencillo que, al verlo, dejó sus herramientas y corrió hacia él con los brazos abiertos.

—¡Lirio! ¡Hijo mío! —gritó el hombre en la ilusión, con una voz llena de un amor que Lirio nunca había escuchado—. ¡Te estábamos esperando para cenar!

Zila frente a Lirio colocó su mano en el hombro de su hijo, por primera vez no tenía una espada en su mano.

—Lo has hecho bien Lirio. Estoy orgullosos de ti, siempre lo he estado.

Una lágrima empezaba a recorrer el rostro de Lirio. Se alejó un poco de Zila y vio a Marie salir de la casa, riendo, sin marcas de golpes en su cara. Vio a Haza y a Dynama jugando con Kiru sobre aquel caballo de campo, sin una corona que cargar.

—Es mentira.... —susurró Lirio en el mundo real, con esa lágrima en su rostro, sobre las marcas del ritual. —Se que esto… Se que es mentira.

—¡Lirio, ven aquí! —le llamó Marie desde la ilusión, extendiendo su mano—. ¡Deja de sufrir pequeño! ¡Deja todo dolor atrás y ven con tu familia! No hay más necesidad de seguir portando con el peso de tu corazón… Deja atrás tu linaje y la corona.

En el mundo real, el Árbol del Génesis comenzó a brillar con un color rojo sangre. Las raíces esmeraldas se tornaron oscuras, drenando la energía de Lirio. Su cuerpo empezó a palidecer, pero él no lo sentía. Él solo veía el cariño de su padre al lado, y el llamado de su madre a unos metros, a un Kiru feliz finalmente y a sus hermanos disfrutando.

Detrás de él una oscuridad comenzó a consumir el lugar, ahora parecía estar dividido en dos. De la creciente oscuridad escuchaba a la lejanía una tenue voz que lo llamaba.

—¡Lirio hazlo! ¡Mata a ese hombre! —la voz se convirtió en gritos. En los gritos del recuerdo de su padre.

—¡Es un ladrón! ¡Lirio, matalo! —Un eco del llamado repitiendo las palabras de Zila en bucle.

El príncipe volteo una última vez a ese recuerdo oscuro y Lirio volteo a la granja cálida.

—Odie cada entrenamiento tuyo… Odie cada golpe que me hiciste en el cuerpo y todo lo que me has obligado a hacer… Odie no poder expresar todo el dolor que sentí… Odie cada maldito segundo a tu lado… pero tu eres mi padre. Yo quería que me amaras… no de esa forma… No de la forma en la que tu orgullo sería verme portando una corona. —dijo ligeramente Lirio mientras veía directamente la ilusión de su padre.

—Pero no los odio a ellos. Madre, Haza… Dynama… Kiru —una sonrisa invadió el rostro en llanto de Lirio.

—Ustedes… ¡Gracias por hacer que nuestro infierno se sintiera más como un hogar! —Lirio gritó y con sus brazos empujo a Zila para empezar a correr a la ilusión. Mientras más corría, más joven parecía hacerse el príncipe… Ahora ya no quedaba ese príncipe. El pequeño Lirio de ocho años corría con todas sus fuerzas.

—¡Perdón por siempre haber sido un maldito débil! ¡Perdónenme! ¡Perdónenme por todo! ¡No puedo hacerlo! —gritó mientras corría sin detenerse el pequeño.

En la ilusión, el niño finalmente pudo abrazar a su madre, sus hermanos se sumaron y el príncipe cerró los ojos con una grande sonrisa en su rostro. El juicio había terminado. En la realidad, las manos de Lirio resbalaron, y soltaron el Árbol del Génesis, los brazos de Lirio cayeron al suelo, así como su cuerpo que se desplomaba, sus ojos se desvanecían y no había rastro de dolor en ellos, solo paz de alguien que finalmente había llegado a casa. Entre todas las flores que el pueblo le había regalado, rodeando el lugar… Rodeando el lugar donde el príncipe Lirio Albazar había muerto.

El Árbol del Génesis se apagó de golpe, dejando a Albazar en una oscuridad aterradora y en un silenció repentino, todos habían visto a su príncipe caer.

—¡HERMANITO! —el grito de Kiru desgarró el silencio de la noche, un eco que marcaría el inicio del fin.

Sus ojos se desvanecieron, pero no había rastro de dolor en ellos, solo la paz de quien finalmente ha llegado a casa, aunque esa casa fuera una mentira del Génesis.

Sus manos resbalaron de la madera. El cuerpo de Lirio Albazar cayó desplomado, inerte, sobre las flores del ritual.

El silencio que siguió fue el más pesado en la historia de Albazar. El Árbol del Génesis se apagó, dejando a la cúpula sumida en una penumbra fantasmal. Solo el grito desgarrador de Kiru, que resonó en cada rincón, confirmó lo que nadie quería aceptar.

Bajo la luz de la recién salida de la Luna y mientras el naranja del Sol se ocultaba, sobre las olas del mar la flota de Baldorand, ondeando las grandes banderas del reino, se acercaba cada vez más a el territorio conocido como “El Continente de los Demonios”, y en esta tierra el grito de dolor más desgarrador que cualquiera pudo haber presenciado, irrumpía el silencio de la muerte del príncipe de Albazar.

El eco del Génesis les había arrebatado a un príncipe, a un alumno, a un hermano y a un hijo.


FIN

CAPÍTULO 1: EL ECO DEL GÉNESIS


¡Muchas gracias por llegar hasta aquí querido lector! Espero poder terminar pronto el siguiente capítulo para ti.

¡Buenas noches!