Carta
No sé si esta carta te llegue. El muchacho que nos trae dice que sí, que él la manda cuando crucemos la frontera, pero aquí todos dicen muchas cosas. Yo escribo igual, por si acaso.
Hoy caminamos desde que todavía estaba oscuro. El cielo se veía bonito, no sé a cuántos metros estamos de México…pero estoy seguro de que en cada paso estoy más lejos de casa, caminar bajo el cielo nocturno me hace pensar en el pasado como cuando íbamos al río y tú decías que el amanecer no le pertenece a nadie. Aquí tampoco. Aquí el amanecer solo sirve para ver mejor el polvo.
Traigo la camisa que me diste. Sigue doblada en la mochila tal y como me la diste cuando salí de casa, nunca la uso para que no se rompa. Siempre que necesito fuerzas, la huelo, porque huele a ti, a casa y todo lo que deje atrás.
No te preocupes si lees lento. Yo también escribo lento. Me tiemblan las manos, no sé si es por el cansancio o por el miedo. A veces uno no distingue.
Ayer se nos quedó un señor atrás, no dijo nada, solo cayó al suelo y dejó de respirar. Nadie dijo nada. El guía solo miró el reloj y siguió caminando. Yo quise volver, pero los otros no. Dijeron que si uno se detiene, se mueren todos. No sé si eso sea cierto, mamá, pero seguimos caminando igual. No miré atrás. Eso es lo que más me pesa.
Hay cosas que no te voy a contar. No porque no confíe en ti, sino porque no quiero que las cargues. Bastante tienes ya con rezar por mí.
Comimos una lata entre cuatro. A uno le sangraban los pies. Otro vomitó agua. El más joven lloró sin hacer ruido, como si le diera vergüenza. Nadie lo consoló porque no sabíamos cómo, sin querer me acordé de ti, siempre sabias como hacernos sentir mejor a mi y a mis hermanos.
Ayer vimos como la migra detuvo a una caravana, los detuvieron a todos, unos cuantos intentaron correr, pero les alcanzaron las balas, nosotros corrimos con suerte de no ser detenidos, me intento consolar diciéndome a mi mismo que sin ellos, tambien estariamos muertos.
Dicen que ya falta poco. Siempre dicen eso.
Anoche vi algo que no se me va a olvidar. No lo escribo porque no sé cómo ponerlo en palabras sin que se rompa algo. Solo te digo que el desierto no está vacío. Está lleno de gente que ya no puede volver a casa.
Si llego, mamá, no voy a ser el mismo. Te aviso desde ahora para que no te sorprendas. No es que no te quiera, es que aquí uno aprende a cerrar cosas por dentro para seguir avanzando.
Me acuerdo de cuando me decías que no me fuera. Tenías razón y aun así tuve que hacerlo. Aquí todos teníamos razón y aun así estamos aquí, Todas las noches le rezo a Dios y a la virgencita para que me permitan llegar a Estados Unidos con bien.
Guarda mis papeles si no regreso. Dile a la tía que no venda la casa todavía. Dile a mi hermano que estudie, Dile a—
La carta terminó ahí..
Yo la recogí del suelo cuando nos dieron la orden de patrullar la zona. Era temprano, pero el calor ya se pegaba a la piel. La hoja estaba arrugada y manchada en una esquina, como si alguien la hubiera apretado con fuerza antes de soltarla.
¿A unos metros?, un hombre muerto, cubierto por el manto cálido del desierto, cobijado por la arena. ¿Desde cuándo?, probablemente desde hacía muchos meses.
La leí porque siempre leo lo que encuentro. No por compasión. Por costumbre, una parte de mí, disfruta leyendo los últimos pensamientos de los que se quedaron en el camino.
La letra era torpe, lenta. De alguien que no escribe seguido. Pensé en mi madre sin querer. Eso pasa a veces. Uno aprende a empujar esos pensamientos al fondo y seguir.
La mochila estaba cerca. Azul. Vacía de cosas útiles. Una camisa doblada con cuidado, con un cuidado maternal, probablemente el hombre ni siquiera tuvo tiempo de desdoblarla, en estás situaciones, lo único que importa es sobrevivir hasta llegar a la frontera, donde al cruzar, muchos sentían alivio de llegar vivos después de cruzar un panteón olvidado. La botella no tenía ni una gota. La toqué. Estaba caliente.
No había documentos. Solo la carta. Ninguna dirección completa. Ningún número. Nada que sirviera para un reporte decente.
Anote lo que pude. Varón. Adulto joven. Sin identificar. Ubicación aproximada. Hora estimada. Marque la casilla correcta. La misma de siempre: “Migrante”.
Lo mismo, la misma situación.
Mientras escribía, leí otra vez la parte donde dice que no miró atrás. No sé por qué esa frase se me quedó pegada. Tal vez porque aquí todos aprendemos a no mirar atrás. Incluso nosotros.
Guardé la carta en una bolsa de evidencia. No estaba obligado. Podía haberla dejado ahí. El viento se habría encargado. Pero algo me detuvo. No fue lástima. Fue peso.
Pensé en esa madre. No en su cara, sino en sus manos. Las manos siempre dicen más. Pensé en alguien esperando una llamada que no va a llegar, pensé en los dobleces de la camisa parecían tan ligeros y cariñosos, pensé en esa madre doblando los pliegues pensando en el largo camino que su hijo estaba por recorrer y que sabía muy dentro de sí misma que ese camino podría ser el culpable de que jamás volvieran a verse madre e hijo.
El protocolo dice que estas cosas se archivan. Que no se prometen entregas. Que no se crean expectativas. El protocolo no menciona qué hacer con una carta que empieza con “Mamá”.
La bolsa quedó sobre el escritorio toda la mañana. Cada vez que pasaba, la veía. Como si pesara más que las otras.
Al final del turno, la entregué junto con el resto. Firmé donde tenía que firmar. Nadie me preguntó qué era. Nadie lo hace.
Cuando salí, el sol ya estaba bajo. Pensé en el desierto. Pensé en cómo alguien escribió hasta que el cuerpo ya no pudo, hasta que su corazón dejó de latir y su cuerpo dejó de moverse.
Pero eso no importa ahora… no importa quién fue o que hizo, porque al final, mañana no iba a ser diferente…
Mañana va a haber otra mochila.
Otra camisa doblada.
Otra carta
Otro migrante anónimo a las orillas del desierto o el río Bravo
Y yo voy a seguir recogiendo cosas
que nunca llegan a nadie.