Capítulo 1
Darío se inclinó sobre el lavabo. Abrió el grifo y dejó que el agua helada golpeara su rostro con fuerza, como si quisiera borrarlo todo. Cuando alzó la vista al espejo, no se vio a sí mismo, sino a ese día.
Aquel en el que algo dentro de él se rompió sin posibilidad de arreglo.
Sus ojos —oscuros, abismales— devolvieron la imagen del hombre en el que se convirtió después:
Duro, distante, inaccesible.
Había jurado no volver a amar.
No volver a sentir.
La culpa era una prisión.
El miedo, el carcelero.
—No mereces nada —se había repetido tantas veces, que dejó de sonar como pensamiento y se convirtió en verdad.
Tomó una toalla y se secó el rostro con brusquedad, como si quisiera arrancarse el pasado de la piel.
—Darío… ¿estás bien? —preguntó la voz de su hermana desde el otro lado de la puerta.
Ese tono
Preocupación disfrazada de calma.
Respiró hondo, tragándose las emociones como hacía siempre.
—Sí, gitanita. Ahora bajo.
Los escalones crujieron bajo sus zapatos, como si cada uno reclamara un recuerdo. Al llegar a la cocina, el aroma a café recién hecho lo rodeó. Pan tostado, mantequilla y ese toque de hogar que hacía años se había vuelto raro para él.
Daniela —su Gitanita— servía el desayuno mientras fingía que no lo observaba.
—¿Pesadillas otra vez? —preguntó, dejando la taza frente a él sin mirarlo.
Darío rodeó la taza con ambas manos sin beber. El vapor ascendió lento, formando figuras que se esfumaban en el aire… igual que los recuerdos que él desearía destruir.
—No fue una pesadilla —dijo finalmente—. Fue un recuerdo. Uno que nunca me deja en paz.
Daniela apretó los labios. No insistió. Sabía que insistir con Darío era como intentar abrir una puerta blindada a golpes.
—Hoy regresa mamá —soltó, con una chispa de esperanza en los ojos.
Eso sí logró que él alzara la mirada.
Ella sonrió un poco más, como si creyera que esa noticia pudiera arreglarlo todo.
—Podríamos organizar algo grande. Una bienvenida. Invitemos a los nuevos socios. ¿Qué dices?
Darío arqueó una ceja. Conocía esa mirada. Cuando Daniela decía algo grande, quería decir fiesta, música, luces… caos.
—Hazlo —respondió.
Una sola palabra.
Seca.
Pero, por dentro, agradecía que ella insistiera en prender luces donde él solo veía oscuridad.
—¡Perfecto! —aplaudió, pero su alegría se detuvo cuando él no la acompañó con una sonrisa.
Darío se acercó a la ventana. A través del cristal, el jardín estaba cubierto de hojas secas.
El otoño había llegado antes de tiempo.
Como tantas cosas en su vida.
—¿Crees que mamá realmente quiera volver aquí? —preguntó sin apartar la mirada del exterior.
Daniela respiró hondo.
—No lo sé. Pero vuelve. Y eso ya es algo.
Silencio.
Darío volvió a la mesa, pero ya no se sentó. Tomó el saco del respaldo de la silla.
—Debo irme. Tengo que firmar unos documentos.
La joven sonrió de forma traviesa.
—Dicen que esa familia es muy unida… y que tienen una hija preciosa. Quizás…
Darío levantó una mano para frenarla.
—Detente, gitana. No necesito que me busques pareja. Mucho menos la hija de un socio.
Ella bajó la mirada, dolida.
Su mayor deseo era verlo enamorado. Libre. Vivo.
—Está bien, lo siento —susurró. Se acercó, lo besó en la mejilla—. Me voy a organizar todo. Y tú… sonríe un poco, que tienes cara de trasero.
Él dejó escapar algo parecido a una risa.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Solo su hermana y su madre lograban arrancarle esa tregua.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenarlo.
Y la realidad también.
Los negocios no esperaban.
. . .
El edificio de cristal se alzaba frente a él como una promesa y una advertencia.
Cielo gris reflejado en cada ventanal.
Darío avanzó con paso firme por el pasillo que llevaba a la sala de juntas. Los abogados ya tenían los contratos listos, alineados con precisión sobre la mesa.
Frente a él, Maximiliano Brambille.
Porte imponente.
Mirada que pesaba.
Un hombre acostumbrado a obtener respuestas sin pedirlas.
—Todo está en orden —dijo Maximiliano, revisando las últimas páginas.
Darío sacó un bolígrafo de plata del interior de su saco. El mismo que su madre le entregó el día en que tomó la empresa en sus manos.
Su símbolo de mando.
De responsabilidad.
Firmó sin titubear.
Maximiliano lo imitó.
Ambos se pusieron de pie.
Se estrecharon la mano.
Un apretón firme.
Decidido.
Una alianza que podía cambiarlo todo.
—Será un placer trabajar contigo —dijo Maximiliano.
Darío sostuvo su mirada.
No lo supo en ese momento.
Pero ese hombre —tan controlado y seguro— muy pronto marcaría la vida de alguien a quien Darío protegería con todo lo que le quedaba de corazón.
