la primera herida
La lluvia golpeaba los ventanales del club clandestino, como si quisiera arrancar las sombras que se escondían dentro.
Elena nunca había estado allí, pero algo en su pecho la empujaba hacia lo prohibido. El aire olía a tabaco, whisky y secretos.
—No perteneces a este lugar —dijo una voz grave detrás de ella.
Giró y lo vio. Adrian.
Su mirada era un filo, oscura y peligrosa, pero había un destello que la atrapó: un dolor que reconocía demasiado bien.
—Quizás no —respondió Elena, con un temblor que no quiso ocultar—. Pero tampoco pertenezco a ningún otro.
Adrian sonrió, una sonrisa rota, como quien sabe que el mundo no ofrece refugios.
Se acercó, tan cerca que el latido de Elena se confundió con el suyo.
—Entonces quédate —susurró—. Pero recuerda: las sombras siempre cobran su precio.
Y en ese instante, Elena entendió que su vida estaba a punto de cambiar. No hacia la luz, sino hacia un abismo que, por primera vez, no le daba miedo.