Los Buenos Malos Tiempos

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Summary

Hay historias que marcan para siempre, amores que se sienten eternos hasta que se desvanecen como un eco en la distancia. Esta es una historia sobre la intensidad de los sentimientos, sobre aferrarse a lo imposible y luchar contra los fantasmas del pasado. Cuando el amor se mezcla con la incertidumbre, la pasión con la soledad y los recuerdos con el dolor, la vida se convierte en un vaivén de emociones difíciles de comprender. Entre noches inolvidables y silencios que pesan más que las palabras, nace un relato de nostalgia, cicatrices y una amistad inquebrantable que el tiempo no borra. Pero entre la melancolía y el anhelo, también hay risas en medio de la tormenta y momentos que, aunque breves, significan el mundo. Porque incluso en los tiempos más oscuros, siempre hay algo que vale la pena recordar. 'Los Buenos Malos Tiempos' es un viaje a través de los sentimientos más profundos, una carta abierta a aquellos que han amado sin ser correspondidos y han encontrado en la amistad la fuerza para seguir adelante.

Status
Complete
Chapters
29
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

Todo comenzó el día que decidí salir a comprar un aguacate.

Bueno, dicen que todas las grandes historias tienen un inicio emocionante, intrigante e incluso increíble… pero esta no. Era un día común y corriente. Las mejores travesías comienzan de la nada, ¿no? De pronto ocurre el llamado del héroe para que tenga su recorrido de superación o redención. No me considero un héroe ni mucho menos, pero esta mierda tenía que comenzar de una manera. Basta de pendejadas.

Continuando con el principio; sí, soy un completo raro. Me gusta ponerles aguacate a las sopas instantáneas. Sí, a esas que sólo les echas agua caliente en su recipiente de unicel y esperas tres minutos para poder comenzar a comerla. De camarón, si se preguntan mi sabor favorito, y eso que no me gustan los pequeños camarones que tienen en el interior… ni los camarones de verdad, sólo su sazón…

Carajo, sigamos.

Fui por mi condenado aguacate a la tienda. Afortunadamente había una de abarrotes tan sólo cruzando la calle frente a mi casa. Llegué, comencé a menear un par de pequeñas bolas negras arrugadas con las manos y al final me decidí por uno; ni tan aguado ni tan duro, en el punto perfecto. Tras pagarlo, me devolví a mi casa feliz de que ahora mi almuerzo estaría completo. Terminé de tomar mis sagrados alimentos y me dispuse a dormir un rato… porque sí, para mi desgracia, trabajo en el turno nocturno en una empresa de mala muerte donde no valoran mi trabajo y sólo me explotan más y más, aunque bueno, eso suena a cualquier empresa de trabajo, para ser sinceros.

Así está la cosa, les contaré cómo llegué ahí; bueno, es que realmente no saben ni quién soy ni dónde estoy. Mierda, recapitulemos:

Me llamo Moisés, no creo que haga falta saber más, pero si después menciono algún apellido mío en caso de ser necesario no tendré de otra… bueno, me apellido Flores, ya para quitarnos de pendejadas. Para cuando empieza esta historia tenía veintiún años, y vivo solo en un pequeño pueblo alejado de mis padres. La razón es la universidad, no son necesarias más explicaciones. En el ranchito donde viven mis papás no hay universidades, así que tuve que dejar el nido para “cumplir mi sueño” de ser un ingeniero informático. Ja, suena gracioso cuando lo digo así. Puta carrera, me tiene como animal arrastrándome por los suelos, hasta parece que me tiene coraje, es increíble.

Bueno, en este pueblito en el que vivo (llamado San Martín), no vivo exactamente solo, sino con unos cuantos roomies, y, cómo no mencionarlo; mi mejor amigo. Un hijo de perra llamado Alberto. Para serles sincero a veces ni siquiera sé si realmente es mi amigo o mi peor enemigo, pero cómo quiero a ese cabrón.

Para el punto en el que inicio a relatarles esto iba ya cursando séptimo semestre de la carrera (que es de ocho), y recién llevaba un par de meses trabajando en esta susodicha empresa. ¿Cómo llegué ahí? Pues Alberto tiene mucho que ver.

Conocer a este cabrón fue toda una casualidad, un cúmulo de situaciones que llevaron a que ahora seamos mejores amigos. Les cuento: El pendejo hizo trámites para entrar a la universidad en la capital del estado, sin embargo, su puntaje no fue suficiente para ingresar, ja. Por lo que hizo revalidación de puntos para intentar entrar a la misma carrera, pero en otra sede. Adivinaron; a la mía, a la que yo hice mi admisión y, para mi fortuna, sí quedé sin problemas.

Ahora, como este wey entró un par de semanas después, tuvo que mandarle mensaje al jefe de grupo de la generación para que lo metiera en todos los grupos de las clases y esas cosas… y vaya sorpresa; el jefe de grupo era yo. (Bueno, realmente me autoproclamé jefe de grupo ya que ninguno de mis compañeros dijo nada el día que nos preguntaron… y tampoco se opusieron, ja).

No pasó ni una semana desde que nos mandamos mensaje para cosas escolares y este wey ya andaba en mi casa, invadiendo mi espacio personal (yo lo invité), y, vaya puta casualidad, justo había una habitación disponible en mi humilde casa de foráneos. Lo demás es historia; se vino a vivir a la misma casa que yo y a partir de ahí somos uña y carne.

Las familias de ambos no son de dinero ni mucho menos, así que siempre estuvimos batallando para sobrevivir la semana; él tuvo que buscarse un trabajo de medio tiempo para poder sustentar su universidad y yo tazar el dinero que una de mis hermanas me daba para sobrevivir de lunes a viernes. Porque llegando el fin de semana volvíamos a casa de nuestros padres, al menos a veces, para visitarlos.

Lo que vivimos en esos tiempos fue algo trágico, pero a la vez sirvió para demostrarnos que estaríamos ahí el uno para el otro cuando las cosas se pusieran difíciles; desde hacer la despensa juntos, hasta quedarnos con hambre juntos. Nunca faltaba el día en el que llegaba yo de la universidad y decía:

—¿Qué tenemos para comer, wey?

—Creo que en mi parte del refrigerador tengo un par de tortillas y queso, toca sobrevivir con eso.

Y viceversa.

Codo a codo sobrevivimos así durante más de dos años.

Llevábamos ya más de la mitad de la carrera hecha, obviamente con una que otra materia y asignatura atrasada… pero ya estábamos más afuera que adentro. Hasta que llegó ese terrible día… mi amigo conoció a un tipo en una clase de la universidad, y este sujeto le habló acerca de una empresa de tecnología que contrataba personal para puestos de técnicos e incluso ingenieros jr. Sin necesidad de haber concluido la carrera… y ofrecía turno nocturno.

Así que ya saben, ¿no? Jamón más pan es igual a sándwich.

Se le hizo fácil decir que trabajaría en la noche, con un buen sueldo, competente para ser un estudiante a mitad de carrera, y que durante el día asistiría a la universidad. Sí, ja, pasó lo que creen que pasó. Qué pendejo, ¿no? Bueno, ahí va uno más pendejo y decide entrar al trabajo junto con él. Sí, yo, por si no entendieron. Puta madre.

Creo que ahora que lo pienso, ese puto trabajo me ha traído más desgracias que cosas buenas; estoy endeudado hasta el cuello, me hizo un vicioso por el tabaco y parece que envejecí veinte años en tan sólo veinticuatro meses. De hecho, por ahí va la historia, carajo, es que me revuelvo todo. Es tanto por contar, y a la vez tan difícil de explicar.

Para el día en el que fui a buscar ese perro aguacate yo llevaba ya alrededor de cinco meses trabajando, ¿está bien? ¿Ya los puse mejor en contexto? No hace falta explicar mucho; mis calificaciones se fueron a la mierda por culpa mía y haber entrado a ese trabajo. Prefería llegar a dormir que ir a clases. Es que era tan obvio, pero empezaba a ganar mucho dinero… o bueno, mucho para un estudiante que no era sobresaliente y que no tenía beca o alguna de esas cosas. Y yo, que nunca antes había trabajado en mi vida (afortunadamente), me sentía millonario.

Así que hice lo que todo ambicioso hijo de perra haría; no me salí del trabajo y preferí descuidar mis estudios.

El día que fui por ese puto aguacate (la fruta no tiene la culpa, pero me da coraje), recién empezaba el que se supone sería mi séptimo semestre (y el de mi mejor amigo también), pero con lo atrasados que íbamos, realmente seguíamos en quinto, JAJAJA. ¿Se puede reír uno textualmente así? No lo sé, pero es que es inevitable, me quiero dar un tiro. JAJAJA.

Puta madre, la esquizofrenia cada vez va ganando más terreno en mi mente. Empiezo a creer que es gracias a llevar casi dos años trabajando en el turno nocturno.

Mierda, sigamos.

Ese maldito día, que fui por el condenado y perro aguacate, ocurrió algo que hizo que mi vida diera un giro de ciento ochenta grados, algo que me cambió por completo y que, para bien o para mal, me hizo ver la vida de otra manera.

Ah, no, aún no, falta mencionar algo más: Mi mejor amigo, Alberto, sí, ese pendejo; terminó con su novia en agosto de ese año. Grábense esa mierda bien en la mente y no la olviden.

Está bien, sigamos: cuando fui por el puto aguacate eran finales de septiembre. Por eso les digo que recién íbamos empezando el semestre, por lo general en mi universidad éstos comienzan en agosto. Ahora; ese día me sentía fatal, era uno de esos días que no quieres hacer nada más que estar acostado o dormido. Pero aquí hay una razón superior: Alberto.

Unan las piezas: Recién había terminado a su pareja, nos estaba yendo mal en la universidad, ganábamos casi como egresados y vivíamos juntos… exacto; foco. No, no mamen, ja, ja; alcohol.

Llevábamos más de un mes bebiendo todos los días… todos los putos días. De lunes a viernes, llegando del trabajo, A LAS NUEVE DE LA MAÑANA, era casi obligatorio llegar a la tienda por cervezas y tequila. Este pendejo estaba dolido, nos sentíamos unos fracasados porque veíamos a nuestros compañeros de generación casi a punto de graduarse, y vivíamos juntos. Es que no se necesita más. La verdad es que yo nunca he sido mucho de tomar alcohol, de hecho, para ese punto jamás me había emborrachado antes, pero no podía dejar tomando solo a mi mejor amigo. Le había dicho que estaríamos en las buenas y en las malas… y ahora él estaba en unas muy malas. Tocaba darle soporte, era necesario beber con él. ¿Pero diario? ¿Todos los putos días?

Esto se vuelve más interesante. Retomando el punto del aguacate pendejo. Ese día ocurrió un milagro; no quiso beber. Yo le di gracias a papá Dios y rápido me hice algo de almorzar para subir a dormir. Por fin podría descansar como se debía; sin alcohol en la sangre y a la hora. Porque no tomábamos sólo un par de horas, no, claro que no, era casi todo el día. Nuestro horario laboral es de diez treinta de la noche hasta las siete de la mañana, sin embargo, como la empresa quedaba en la capital del estado, hacíamos una hora y media de camino desde San Martín. ¿Eso qué significaba? Que teníamos que estar listos a las ocho treinta de la noche para esperar el transporte empresarial que nos llevaba hasta el trabajo… y que llegábamos de regreso a San Martín, al salir de la chamba, casi a las nueve la mañana. ¿Entendieron los horarios? Eso espero. Al caso: llegábamos a casa a las nueve y nos desvelábamos tomando alcohol y cantando canciones de dolidos hasta las dos o tres de la tarde. Yo no estaba dolido, pero él sí, así que yo también lo estaba.

Volviendo al día del chingado aguacate: ese día dormí como niño recién nacido después de echarse dos onzas de leche materna. Carajo, ¿quién no dormiría así de bien después de chupar una teta?

Pero no nos desviemos más: el aguacate.

Desperté súper a gusto, sí, por fin después de más de un mes pude dormir bien. Dormí mis ocho hermosas horas y desperté súper listo para ducharme e ir a tomar el transporte para otra hermosa noche de trabajo. El semestre recién iba empezando, y ya habíamos faltado a todas las clases por dos claras razones: por tener sueño y por beber. Pero el remordimiento nunca nos pudo, ojalá lo hubiera hecho.

Alberto también se terminó de duchar y arreglar y juntos nos fuimos a tomar el camión de la empresa. Iba a ser un día estupendo: Dormí bien, tenía dinerito, llevaba lonche para el trabajo y al menos yo no tenía el corazón roto, la vida era buena…

Hasta ese puto día. O noche. Lo que sea, puto aguacate.

Llegué a mi trabajo. Para mi desgracia había tareas por hacer. Y estaba ahí yo; felizmente reparando un robot de alguna falla que la verdad no recuerdo ni de qué trataba… cuando, sí, señores, ocurrió lo inesperado.

La vi.