CAPITULO 1. SPENCER
Dos horas y media.
Dos horas y media atrapado en mi auto para llegar a Rosehill, un pueblo del que apenas había escuchado hasta hace un par de semanas, cuando mis socios decidieron que “expandir el portafolio inmobiliario en zonas rurales emergentes” era el siguiente gran movimiento estratégico. Aparentemente, invertir en terrenos alejados de la civilización ahora era “visionario”.
Mi empresa, Reeves Development, se dedica a comprar propiedades, transformarlas en proyectos residenciales y convertir cualquier zona “con potencial” en un nuevos proyectos; y justamente ahora, buscamos terrenos para expandirnos. Aún así, alguno de mis socios había añadido la palabra “sostenible” a nuestras propuestas para que sonara más amigable con el planeta. Todavía no sabía si realmente creían en eso o si solo lucía bien en las presentaciones para inversionistas… aunque, para ser honesto, la idea no me desagradaba del todo.
El GPS marcaba veinte minutos para llegar y tuve que forzarme a enfocarme. En teoría, este viaje era importante para la compañía. “Oportunidad de expansión”, lo llamaron. “Conexiones con nuevas zonas”, “el campo está creciendo”, “hay potencial”.
A medida que avanzaba, todo se hacía más verde y… ¿esas son vacas?
Si este viaje terminaba siendo una pérdida de tiempo, alguien iba a escucharme el lunes, aunque… parte de mí tenía curiosidad. Algo sobre este pueblo había llamado la atención de demasiadas personas últimamente. Turismo en crecimiento, ferias anuales. "Lugar con encanto", lo llamaron. Aunque la verdadera razón de escoger este lugar son sus amplios campos, lo que significa: espacios dónde construir los nuevos edificios de mi empresa.
—Encanto… ya veremos qué tan encantador es —murmuré, ajustando mis manos al volante mientras el letrero “Bienvenidos a Rosehill” aparecía frente a mí, decorado con flores pintadas a mano alrededor de las letras.
El paisaje comenzó a cambiar frente a mí al cruzar el límite del pueblo. Los edificios quedaron atrás, sustituidos por campos amplios, calles angostas y empedradas en algunos tramos, árboles bordeando el camino y casas dispersas pintadas en tonos cálidos. Había flores a los lados de la carretera, llenando de color en todas partes.
Rosehill no era un destino turístico lleno de gente tomando fotos para redes sociales, ni un pueblo detenido en el tiempo sin señal de progreso. Era… algo en medio. Auténtico, pero pintoresco, debía admitirlo.
Me acomodé en el asiento, intentando convencerme de que esto no sería tan terrible. Podía llegar, hablar con quien tenía que hablar, ser educado, cerrar el acuerdo y regresar a la ciudad para estar en casa antes de que el sol se ocultara.
Al bajar del auto extrañé inmediatamente el fresco de mi auto, recordandome que podría estar en mi oficina —con aire acondicionado, silencio y café decente— en lugar de estar aquí, viendo terrenos, cerrando tratos y tomando notas. Mi reloj marcaba la 1:27pm, el sol estaba en su punto. Hubiera enviado a alguien más, pero según mis socios, “es mejor que vaya uno de los fundadores. Demuestra compromiso”. Claro. Compromiso... No podía esperar para terminar y volver a mi BMW.
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Terminé con lo que vine a hacer, ví a una persona dueña de unos campos, platicamos, quedamos con que volvería a recibirnos a mí y a mis socios para cerrar el trato la próxima vez, y comencé a caminar de regreso a mi auto. Comenzaba a correr aire, haciendo que el día ya no se sintiera tan caluroso. Se sentía… bien. Más ligero, como si aquí la vida tuviera otro ritmo. En la ciudad todos caminaban deprisa, aquí, la gente… paseaba.
Más que nada por curiosidad personal y ya no tanto por negocios, decidí caminar un poco para ver el pueblo. En el corto trayecto al centro, pasé junto a una panadería con puertas abiertas, de donde salía un olor a pan recién horneado. Afuera, una mujer mayor atendía una mesa con buñuelos espolvoreados con azúcar, y al verme pasar, levantó la mano con una sonrisa amable, como si me conociera de toda la vida.
—Buenos días, joven —me dijo, como si fuera perfectamente normal saludar a completos desconocidos.
Asentí con una sonrisa cordial en respuesta.
Aquí la gente habla. Inicia conversación. Sin intenciones ocultas y sin intentar venderte nada, era extraño… pero no desagradable.
Seguí avanzando a lo que parecía ser la calle principal y mientras caminaba por la acera, el viento atrajo a mí un aroma dulce que despertó algo en mi memoria, algo agradable, por una fracción de segundo vino a mi mente una imagen de un jardín. Me detuve un momento para identificar el olor y de dónde provenía. ¿Tal vez era a perfume? ¿a flores? Al seguir caminando, me topé con un establecimiento pintado de blanco y verde salvia, cestas con flores afuera, macetas colgando del toldo, y con ventanales tan limpios que dejaban ver el interior. Y justo en el centro, un letrero de madera pintado a mano, adornado con pequeñas ilustraciones de —por supuesto— flores.
“Arden Floral Studio”.
El olor a perfume que había sentido salía justo de ahí. Había flores por todos lados; ramos, canastas, macetas, texturas, colores, aromas.
Me acerqué un poco más y por el cristal, pude ver claramente una figura femenina de pie detrás del mostrador, inclinada ligeramente hacia un ramo que terminaba de atar, con una concentración tan dedicada y armoniosa. Tenía el pelo recogido con algunos mechones sueltos cayendo cerca de su rostro y un overol puesto con algunas hojas adheridas.
No sé por qué me quedé ahí, solo observando desde afuera como tonto. Me fijé en sus manos mientras trabajaba, y la expresión tan serena hasta que terminó, lo levantó para mirarlo con atención y… fue ahí cuando sonrió. Apenas curvando los labios, pero llena de satisfacción por su propia obra.
Esa sonrisa era para ella, para su trabajo, para ese pequeño ramo que parecía haberle salido justo como quería.
Algo, en mi interior, se movió, y sin darme cuenta había sonreído también, pero mi sonrisa se desvaneció cuando reaccioné. Parpadeé y aparté la mirada de ella, aunque ella aún no se había dado cuenta de que estaba alguien afuera de esa tienda.
“Y tú de qué sonríes? Concéntrate, no viniste aquí para esto.”
Vine por trabajo. Información. Terrenos. No para… lo que sea que acababa de sentir.
Respiré hondo, sacudí mi cabeza como para dejar de pensar en eso y saqué la llave de mi auto para regresar a él, pero no pude evitar volver a mirar por el cristal y fue entonces cuando, ella —como si hubiese sentido mi presencia— levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron a través del vidrio.