la cazadora de cubos
Escena 1: El Calor del Miedo
El calor era un látigo constante sobre mi piel. El sudor brotaba a borbotones, empapando mi ropa y nublando mi visión. No era el calor común de un día de verano; era el calor del miedo, frío y paralizante, que se aferraba a mis huesos. Daya... espécimen 60. Ese era el nombre que me habían dado los científicos, uno de los pocos recuerdos que conservaba de mi vida antes de convertirme en un conejillo de indias. Cada paso era un eco de los horrores vividos en esa base infernal, un laberinto de gritos y experimentos inhumanos. Un incendio, provocado por las propias criaturas que torturaban, me había dado la oportunidad de escapar, pero la libertad era una jaula invisible. Sabía que los mercenarios, sombras despiadadas con ojos de hielo, no tardarían en seguirme el rastro. Y a pesar de la ventaja inicial, sentía su presencia fantasmal, como susurros en la oscuridad, acechando cada uno de mis movimientos. El miedo era mi única compañía, y la noche, mi peor enemiga.
Escena 2: La Figura en el Horizonte
Tras correr y tropezar varias veces, sintiendo cómo cada paso me acercaba más a mi final, me convencí de que no había escapatoria en este desierto inclemente. A lo lejos, los motores de las motocicletas de los mercenarios rugían como bestias hambrientas, acercándose cada vez más. Cada segundo era una puñalada de pánico. No sabía qué hacer ni dónde esconderme; a mi alrededor solo se extendía un desierto árido y vacío, un cementerio a cielo abierto. Pero entonces, cuando ya me daba por vencida, una figura surgió de la nada, danzando en el horizonte. Al principio pensé que era una alucinación, una cruel burla del destino, pero no... era una persona. Cuanto más me acercaba, más se difuminaba su imagen, como si la arena misma la estuviera devorando. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Era un espejismo? ¿Un nuevo tipo de trampa? Mis piernas temblaban, el calor me consumía y la garganta me ardía. A pesar del temor, la desesperación me impulsó a seguir adelante. Esa figura era mi única esperanza, y también, mi mayor misterio.
Escena 3: El Primer Disparo
Al llegar al lado del sujeto, la visión borrosa por el calor se aclaró, revelando un ser envuelto en harapos. Sus ropas, si es que podían llamarse así, eran jirones de telas viejas y negras, cubriendo una figura imponente. Su altura era sobrecogedora, casi dos metros, y una extraña energía emanaba de él. Con el corazón latiendo a mil por hora, le pregunté si podía ayudarme, explicándole que estaba siendo perseguida por unos mercenarios. El sujeto me miró fijamente, sin decir una palabra. Sus ojos, ocultos en las sombras de su rostro, parecían escudriñar mi alma. Pero antes de que pudiera agregar algo más, un grito desgarrador rompió el silencio, seguido del rugido ensordecedor de unas motos. Estaban a menos de diez metros. Presa del pánico, me lancé tras el sujeto para cubrirme de los disparos. Sabía que era injusto que él recibiera la primera ráfaga, pero la desesperación me había cegado.
Escena 4: La Intervención
Tras la lluvia de balas, una barrera de luz surgió de la nada, protegiendo al estoico sujeto y a mí. Era un escudo de energía, de una naturaleza tan extraña que desafiaba todo lo que creía saber. Un velo protector que me libró de la ráfaga implacable de los mercenarios.
El tiempo se distorsionó, los segundos se estiraron como horas, hasta que el fuego cesó. El líder de los mercenarios, con una calma inquietante, descendió de su moto. Su voz, amplificada por el silencio del desierto, resonó amenazante:
—¿Quién eres? Responde. ¿Has venido por la chica, o tus motivos son otros?
La pregunta pendió en el aire, cargada de veneno. Fue entonces cuando el ser al que me aferraba habló. No fue una voz, sino un sonido gutural, metálico, como si una máquina intentara imitar el habla.
—Yo soy Controlador.
La revelación me erizó la piel. ¿Controlador de qué? ¿De quién? La incertidumbre era una sombra que se extendía a mi alrededor.
El mercenario, imperturbable, prosiguió:
—Bien, Controlador. Entrégame a la chica. La necesitamos, viva o muerta. A cambio, te ofreceremos una generosa recompensa.
Con un gesto displicente, ordenó a uno de sus hombres exhibir una tarjeta de transferencia.
—Cien mil dragmas. Suficiente para una vida de lujos en cualquier asentamiento. Mujeres, bebida, lo que desees. Solo tienes que entregarnos a la chica.
La oferta era tentadora, una salida fácil a mi pesadilla. Mis ojos se clavaron en Controlador, buscando una señal, una pista de su decisión. Pero su rostro permanecía inescrutable, una máscara de frialdad que ocultaba sus pensamientos.
El silencio se prolongó, denso y opresivo. La paciencia del mercenario se agotó. Con una sonrisa cruel, hizo una seña. De un contenedor surgió un arma grotesca, un cañón de artillería adaptado para ser portátil.
—Disparad —ordenó con voz gélida.
Un rayo de energía pura se abalanzó sobre Controlador. El escudo parpadeó, luchando por resistir, pero la potencia era abrumadora. La barrera se resquebrajó, y el impacto desató una explosión cegadora. Fui lanzada por los aires, mientras una columna de fuego y humo envolvía a Controlador.
Los mercenarios celebraron con gritos salvajes.
—Te lo buscaste, imbécil. Por hacerte el héroe —bramó uno de ellos, con una risa estridente.
Pero en medio del caos, una duda persistía en mi mente. ¿Había sido realmente destruido Controlador? ¿O había algo más, oculto tras esa fachada enigmática?
Escena 5: El Despertar de la Máquina
Mientras los mercenarios celebraban su aparente victoria, yo yacía herida y cubierta de polvo, con la desesperación y tristeza apoderándose de mí. La entidad que me había protegido parecía destruida, consumida por la explosión. Creí que no habría escape, que mi destino era regresar como trofeo a su base, para ser ultrajada por aquellos hombres sin piedad. En ese momento, me rendí.
Pero entonces, entre las llamas y el humo, un movimiento mecánico llamó mi atención. Un brazo metálico emergió lentamente, desprendiéndose de los restos quemados con una precisión fría y calculada, como si se despojara de una capa inútil. Cada fragmento caía al suelo con un sonido seco, mientras la maquinaria interna comenzaba a activarse.
Lo que surgió no era un ser humano ni un fantasma: era una máquina asesina. Su estructura estaba compuesta por placas rojas y negras, con un diseño angular y amenazante. En su rostro, un solo ojo brillante como un rubí azul emitía una luz penetrante, fría y calculadora, que escudriñaba a los mercenarios con la implacable lógica de un depredador mecánico.
El jefe de los mercenarios, un veterano curtido en incontables guerras, ordenó disparar contra esa criatura llamada Controlador, como si pronunciara su propia sentencia de muerte.
Pero Controlador ya había terminado de desprenderse de sus restos quemados. Caminaba con paso lento y firme, como una máquina imparable. De repente, sin previo aviso, apareció en medio de ellos y lanzó una ventisca de viento a alta velocidad, producto de un sistema interno que rompía la barrera del sonido. La fuerza del impacto arrojó a los cinco mercenarios de sus motos, lanzándolos varios metros atrás.
El caos y el miedo se desataron en el instante. No había nada humano en Controlador, solo una máquina asesina despiadada, programada para eliminar cualquier amenaza sin piedad.
Escena 6: Halcón Negro - La Pesadilla
(Perspectiva del Líder Mercenario) A lo largo de mi vida, he estado al frente de innumerables guerrillas. Mi visión estratégica me valió el apodo de “Halcón Negro”. El último trabajo que acepté parecía sencillo: proteger una base secreta. Pero ahora, mientras observo la figura imponente que se alza frente a nosotros, sé que es mi fin . Esa cosa robótica, con su mirada fría y calculadora, nos observa como si fuéramos insignificantes insectos. Su presencia irradia una amenaza palpable, un poderío que nos empequeñece. Ahora entiendo que la paga no valía la pena. Estamos condenados yo y mishombres .