El Chico del hospital

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Summary

La realidad puede ser una rutina difícil de sostener, sobre todo cuando todo parece salir mal y el universo se empeña en jugar con tu mente. O quizá no sea el universo, sino tu propia mente, intentando protegerse refugiándose en la rutina. A Carlos le ocurre algo así. Vive atrapado en la monotonía y el duelo, hasta que, cuando comienza a ahogarse en su propia vida, una mujer llamada Esperanza irrumpe para darle un giro inesperado y lo empuja a cuestionar aquello que lo mantiene atado a su realidad. El chico del hospital es un relato corto que explora el lazo entre dos almas que, a pesar de la adversidad y del paso del tiempo, no logran soltarse... y descubren que aferrarse también puede ser una forma de perderse.

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18+

El Chico del hospital


¿Me dirás tu nombre?


Los transeúntes caminan y lo rebasan mientras él arrastra los pies. La jornada laboral es siempre la misma, y ya no sabe en qué momento se volvió tan monótona. Su mente sigue atada a los informes de la oficina, como si se resistiera a abandonarlos, mientras sus pasos continúan lentos.

No quiere llegar a casa, abrir la puerta y encontrarla vacía, como cada día.

Milagros lo dejó. No sabe nada de ella desde hace un año, y eso lo atormenta. En su corazón se siente abandonado y dolido. Ni una carta, ni una llamada, ni un adiós.


Sin darse cuenta, llega al viejo bar donde se conocieron tantos años atrás.

—Una copa no le hace mal a nadie —murmura al entrar.

Al levantar la mirada, el bartender le sonríe animado.

—¿Lo de siempre?

«¿Cómo que lo de siempre? ¿Acaso me conoce?», piensa unos segundos. Al afinar la vista, recuerda a aquel joven: es el mismo que solía atenderlos a él y a su novia.

—Sí... —duda, pero acepta. Sabe que dolerá recordar, pero ya no importa.

—Un vodka con limón y dos hielos —anuncia el joven, sonriendo mientras, tras servirlo, vuelve a sus quehaceres.


El lugar ya no es el mismo. Es más frío, con luces de neón, y en lugar de una banda hay un DJ. La música comienza suave, un vocal trance que da paso al inicio de la noche. La canción habla de ángeles que abandonan el cielo y del dolor de un alma perdida. En algún momento, sin notarlo, la melodía lo invita a bailar, como un vals tenue.

Guiado por la música —o tal vez por el alcohol—, termina en la pista. Su alma se energiza poco a poco, distendiéndose con cada bajón. El parpadeo de las luces que lo ciegan por instantes intensifica sus sensaciones al latir al unísono con la música... y con su corazón.

Unos breves instantes que lo alejan de la realidad para dar paso solo al sentir, en una frecuencia que por un momento se siente ajena a este plano, aunque en su mente sabe que solo es un efecto placebo que pronto terminará.


Alguien lo acompaña. Siente su presencia. Abre los ojos y, como si fuera una coincidencia del destino —o de la canción—, todo parece detenerse. La música baja su ritmo, la voz de la cantante se apaga, y el órgano marca unas notas lentas. Las luces se mueven despacio, y su mirada se pierde en ella.


Está frente a él, riendo, tan cerca y tan alegre como la primera vez que salieron.

Aquel vestido blanco, ajustado al cuerpo, de espalda descubierta; su melena cobriza y ondulada, que tanto le gustaba agitar en los conciertos...

La voz de la cantante estalla, y todo parece volver a su curso. Pero ella sigue allí, frente a él, danzando frenética, como si nada hubiera pasado.

No da crédito a lo que sus ojos le permiten ver. Furia, dolor y un torrente de preguntas se amotinan en su pecho. Sin pensarlo dos veces, toma a la chica del brazo y la arrastra fuera. Ella sonríe, animada, sin entender qué le ocurre al joven.


—¿Por qué?

—¿Disculpa? —ella lo mira de arriba abajo, acomodándose la melena mientras lo observa con desconcierto.

—¡Te fuiste! ¡No dijiste nada! No sabía si te había pasado algo, si estabas bien o... ¡no sé!

Él suelta todo lo que su corazón venía conteniendo. Las lágrimas se le escapan sin poder detenerlas, y no puede dejar de mirarla.

—No te conozco... —murmura ella, ahora visiblemente asustada.

—¿Vivimos tres años juntos y no me conoces? —reclama—. ¡Milagros! ¿Por qué?

Aquel nombre la hace abrir los ojos, sorprendida. Empieza a entender lo que ocurre: la han confundido.

—Lo siento, pero mi nombre es Esperanza... —dice, mientras mete la mano en su cartera y saca su documento.

Esperanza Luxna figura junto a su foto. Y él se desmorona.

—Lo... sien... —no logra articular palabra.


Ella comienza a temblar de frío mientras se frota los brazos. Él la mira con los ojos rojos; aquella mujer es idéntica a su Milagros: el mismo cabello, los mismos ojos grises, el mismo vestido.

«No puedo estar tan loco», piensa, y por instinto se quita la chaqueta, colocándosela sobre los hombros.

—Mira, siento no ser quien buscas, pero al menos déjame invitarte algo por el mal rato...

—No tienes la culpa —responde él, sacudiendo la cabeza.

—Vamos, solo será una cerveza... o qué tal una hamburguesa... ya a esta hora se me antoja una.

Su voz, sus gestos, sus expresiones... todo es igual. Y eso lo hace dudar de su razón.

Al ver que él no responde, ella toma la iniciativa: lo agarra de la mano y lo arrastra hasta un local de comida rápida, a dos cuadras de donde estaban.


No sabe si es el frío, la nostalgia o el cansancio, pero aunque ella no sea quien él extraña, su tacto se siente extrañamente cálido, y el olor a un perfume floral que no logra identificar por unos segundos hace que su corazón se acelere.

Al entrar a la cafetería, el tintinear de un llamador de ángeles como aviso en la puerta lo hace voltear. A Milagros le gustaban esas cosas, y había colgado uno en la ventana del dormitorio.


—¡Ven, sentémonos allí! —exclama ella, señalando la última mesa al fondo.

—Sí... —vacila, pero la sigue, dejándose llevar de la mano. Aquella chica no lo suelta y, por un instante, él se siente feliz.

Un camarero con un extraño uniforme blanco recibe el pedido. Le parece familiar, pero no recuerda a quién se asemeja.


Entre risas y charlas, ella le cuenta que adora las hamburguesas y el refresco sabor naranja.

«Naranjas», piensa un segundo, porque de naranja era el pastel que había comprado la noche en que ella desapareció. Aquella noche pensaba pedirle matrimonio.

Ella sigue hablando, con una alegría singular, y él solo puede mirarla.

—¿Podemos vernos en unos días? —pregunta, sacándolo de sus pensamientos.

—Claro... —traga saliva, porque siente que esto podría ser doloroso.

—Bien... —hace una pausa—. Y ahora que estás más tranquilo, ¿me dirás tu nombre?

Él abre los ojos de par en par; tiene razón, jamás se había presentado.

—¡Carlos! —exclama—. Mi nombre es Carlos.


Pompa de Jabón.



La alarma suena de forma extraña, como esos pitidos molestos que usan para llamar a las enfermeras. Al apagarla, marca las 06:30. Es temprano.

La noche anterior aún le parece un sueño.

«¿Tanto tomé anoche?», se pregunta mientras se levanta con una sensación ligera, como si algo dentro de él pesara menos.

Aún en penumbras, camina descalzo hacia el baño y pisa sin querer un charco de agua. Al mirar, nota que su gato ha volcado un florero, así que simplemente lo endereza. Apenas lo toca, una sensación extraña lo recorre: como si ese florero ya se hubiera roto antes, como si no debiera estar allí.


—¡Pompa, mira lo que haces! —reclama entre broma y bostezo—. Has roto tantos jarrones que ya hasta imagino este.

El felino solo maúlla, salta al mueble y lo observa, buscando atención. Carlos le sonríe un segundo, pero enseguida se interna en el baño.


La mañana apenas ilumina el lugar. Aún hace frío, y por un instante le da pereza desvestirse. La rutina retoma su ciclo tétrico y él debe alistarse: cepillarse los dientes, afeitarse y practicar frente al espejo una sonrisa amable para el trabajo.

Ya no reconoce el reflejo.

Ya no hay rastro de alegría ni de esperanza.

—¿Cuánto tiempo más la vas a esperar? —se pregunta, mirando al reflejo, y recuerda la sonrisa de la chica.

—¿Cuántas posibilidades hay en el mundo de que existan dos mujeres iguales? Y justo frente a mí, el destino decide burlarse... —suspira y se quita la ropa para meterse en la ducha.


Al hacerlo, nota varios hematomas. No recuerda haberse golpeado, pero ahí están, y apenas los toca, duelen. «Me habré caído ayer borracho... si hasta vi a una chica parecida y la confundí», se justifica mientras deja que el agua corra.


Bajo el agua siente cómo su cuerpo se relaja, pero su mente divaga entre recuerdos: todo lo que quería vivir, lo que había planeado... y el anillo que había comprado.

—¿Dónde dejé ese anillo? —murmura.

Recuerda haber ahorrado mucho para comprarlo, haber trabajado horas extra solo para lograr el ascenso que le permitiría entregarlo esa noche.

—Luego lo buscaré... —dice, cerrando el grifo.


Ya vestido, en la cocina, la rutina continúa: un café cargado y un trozo de pan.

La pila de platos en el fregadero y la mesa desordenada son testigos de su soledad.

Ya no hay panqueques, ni batidos raros.

Ya no se escuchan las risas de su amada ni los regaños a Pompa cuando intentaba beber la leche que tanto le gusta y tanto le hace mal.


Corre al autobús, llega al trabajo, saluda al portero y, al abrir la puerta de la oficina, se encuentra con la pila de papeles por supervisar. Nada cambia. Todo sigue igual.

Primer café: revisar el correo.

Segundo café: organizar la agenda.

Tercer café: corregir informes y sellar los que están listos para enviar. Un día, dos días, tres días, y la rutina sigue igual.

La foto en su escritorio se ve manchada; al limpiarla, nota que el vidrio está astillado.

«Qué raro... ¿Cuándo se me cayó?», piensa un segundo, hasta que un correo nuevo aparece en pantalla.



De: [email protected] (ID usuario: 0x0F8A) Asunto: ¿Recuerdas la noche naranja?

[Mensaje firmado digitalmente — EtMail Labs]

Carlos,

No sé si puedo explicarlo bien. Hay fragmentos que vuelven y se sienten reales, aunque no encajan del todo. Si quieres, tomamos un café y me cuentas.

18:30 — Café Llama.

X-Ether-Residue: 0.0031 X-Origin-Archive: DeepArchive/sector-07

— E.L.



La chica del bar lo espera esa tarde para tomar un café.

Algo se remueve dentro de él, pero está decidido a despejarse.

Observa el último informe del día y le parece idéntico al de ayer. Quizás lo haya rebotado por error, así que lo revisa rápido y lo coloca en la bandeja de entregas.


Por instinto mira su muñeca, pero no lleva puesto el reloj. «Qué raro...», piensa unos instantes, pues nunca olvida colocárselo. Vacila unos segundos intentando recordar si se lo puso o si quizás se le rompió la malla. El reloj es muy preciado, pues fue lo primero que le regaló Milagros cuando decidieron ir a vivir juntos.


Su corazón se contrae, pues su mente comienza a dudar si sería buena idea ir a ese café, aunque ya había dado su palabra. No estaba preparado para soltar su pasado, pero tampoco podía negar que debía retomar su vida.

Luego de una guerra interna y una bocanada de aire, se coloca la chaqueta y se retira rumbo al café. Hacía un calor extraño, con humedad, de esa que amenaza con que pronto lloverá.


—¡Que no! Aún me queda ver a dos pacientes más —protesta un hombre a una chica al salir de la cafetería.

—Otro más atado a su trabajo —murmura mientras aguarda para poder entrar.

Alguien lo toma del brazo y tira de él hacia dentro. Al mirar, es ella, con una gran sonrisa de oreja a oreja y llena de entusiasmo.

—¡Al fin viniste! —le da un beso en la mejilla y le señala una mesa—. Por un instante pensé que no vendrías.


Su comentario le trae a la mente las dudas previas que había tenido antes de resignarse a venir. La culpa de sentir que traiciona lo que sentía le camina por el pecho como arañas tejiendo sus dudosas telas. En su mente no puede evitar comparar a esta chica con su Milagros, desde el parecido hasta la ironía de sus nombres.

—Yo me pediré un batido de pistachos con jugo de jamaica —comenta ella, haciendo que a su mente regrese la imagen de su amada preparando esos jugos en la cocina.

—Para mí solo un café —afirma él, mientras la moza toma la orden.


En el momento en que quedan solos, el silencio los envuelve. Una vieja canción suena: Hold Me in Your Arms, de Helloween. Él sigue perdido en su mirada mientras ella se sonroja. Por unos minutos, vuelve a sus recuerdos, a su lugar seguro.

Ella comienza a hablar. Todo parece una mala broma del universo al repetirse palabra a palabra cuando habla de su gusto culposo por la pintura y de su amado gato Pompa.


—¿Pompa? —aquel nombre le resuena, pues a su mente vuelve Pompa, el de su casa.


—¡Sí! Es mi adoración. Es una pequeña bola de pelos de color blanco —levanta su índice haciendo un círculo delante de él—, ¡como una pompa de jabón!


Ella sonríe y a él se le acelera el corazón. Por unos instantes se deja llevar por el momento; sabe que no es ella, pero solo por hoy dejará que el mundo gire como quiera. ¿Qué más podría pasar? Nada podría romperle el alma más de lo que ya está.

El batido extraño de color verde llega junto con el café y unas galletitas, cortesía de la casa.

—Buen provecho —dice la moza con una gran sonrisa.


Reanudan su charla hasta que ella comenta que tuvo un accidente hace un tiempo y que el corte en su frente le quitó algo de su confianza. Le muestra una cicatriz que él no había percibido hasta ese momento, y por un instante su mente imagina la herida abierta.

—¿Duele? —pregunta al tocarla, mientras en su dedo cree sentir la sangre y su estómago se contrae.

—Ya no... —comenta ella antes de tomar la mano de él y acercarla a su rostro.

Carlos traga saliva al sentir el calor de la piel de la chica. Una extraña sensación de déjà vu vuelve a apoderarse de él mientras siente unas ganas desesperadas de llorar.

—Creo que debo irme... —comenta ahogado, mientras deja el dinero en la mesa por las bebidas.


Sale como puede; el aire no llega a sus pulmones y un trueno retumba. Está por comenzar a llover y, mientras mira a todos lados, ella abre un paraguas sobre él.

—Perdón, creo que te ofendí... —Esperanza lo mira preocupada.

—No es eso, es... —se pasa la mano por el cabello, como si intentara ordenar las ideas—. No puedo corresponderte porque...

—Porque te aferras al pasado —indica, tensando los labios—. Déjame despertarte para el presente...


La propuesta es tentadora y, sin cruzar muchas palabras, caminan hacia el apartamento de Carlos. Mientras comienza a caer una llovizna suave, pero a medida que se acercan al edificio esta se intensifica. El cielo parece llorar a Milagros mientras Esperanza le arrastra al cambio.


Nos veremos de nuevo



Al entrar al departamento no pueden evitar reírse. El viento les ha arrebatado el paraguas y la última cuadra ha sido como atravesar un diluvio.


Él le ofrece una toalla seca, aunque no puede evitar desviar la mirada al ver la remera blanca de ella transparentarse. Es solo un fogonazo en su mente, un recuerdo fugaz de aquellas veces en que regresaban a casa bajo la tormenta... y un beso lo devuelve a la realidad.

Piensa en Milagros, pero está besando a Esperanza. Ella no se aparta; al contrario, tira de su cuello para corresponderle.


Un maullido los separa por un segundo. Es Pompa, reclamando su dosis de atención. Ella se agacha y juega con él, alborotándole el pelaje.

«Ese estúpido gato nunca se deja tocar...».


Solo su amada podía acariciarlo, y ahí está ahora, dejándose conquistar por la invitada.

—Pompa... qué bonita —comenta ella con naturalidad.

En la cabeza de él comienza a formarse una duda inquietante. Se pregunta si está enloqueciendo. Ha visto su identificación... o quizás todo sea una broma cruel del destino.

—¿Quieres... ducharte? —carraspea—. Puedo poner tu ropa a lavar y luego en la secadora...

—Sí...


No hay temor en su voz, pero su mirada es intensa. Una mirada que lo invita a olvidarlo todo y seguirla. Él se acerca despacio; ella sonríe y se abalanza, desprendiendo su camisa con un deseo apenas contenido. Él toma sus labios, y sus manos comienzan a recorrer el cuerpo delicado de la mujer que sostiene.


Tira de su remera y luego lucha con el sujetador.

«Cómo odio estas cosas...», piensa, mientras ella se ríe contra sus labios por su torpeza.

—¿No me digas que mi sostén te está ganando?

—Si quieres mantenerlo sano, despréndelo, por favor...

Ella sonríe y le muestra cómo hacerlo. La prenda se suelta por delante y él queda hipnotizado, un poco por su pecho, otro poco por aquel invento que le parece una trampa engañosa y maldita.


Aun así, su mano se desliza con cuidado, con una delicadeza casi reverente. Su mente empieza a perderse entre el pasado y el presente. Todo parece un sueño confuso, pero no se detiene. Sus labios recorren con ternura aquello que el universo le concede, sin saber si se trata de un comienzo, un cierre o una nueva realidad.

La piel de ella le resulta conocida y ajena a la vez; su respiración acompasada lo envuelve mientras sus manos continúan el viaje hasta la cintura, buscando deshacerse de la falda que estorba.

Ella no se queda atrás. Para cuando él termina de liberar las prendas, Esperanza ya ha soltado su pantalón y su mano se ha colado con decisión, arrancándole un suspiro.


La tensión en su cuerpo le confirma que puede seguir avanzando.

Entre besos y pequeños empujones, guiados más por el instinto que por la razón, llegan al baño. Entran a la ducha y abren el grifo sin mirar. El agua fría los golpea con fuerza, obligándolos a detenerse un instante para regular la temperatura.

La respiración agitada delata la ráfaga de besos y caricias compartidas. Tras unos segundos, el agua finalmente cae tibia.

Sus cuerpos, bajo la fina capa de agua cálida, se acarician y recorren, reconociéndose, olvidando cualquier realidad. El vapor oculta el calor de la piel y el sonido de la ducha disimula los jadeos de aquella unión que alimenta sus almas.


Ambos pierden la noción del tiempo hasta que el agua fría les recuerda que deben salir de allí. Aun así, nada contiene las ganas que sienten el uno por el otro. Se secan mutuamente hasta llegar a la habitación, donde pierden el resto del control que les quedaba.

Él besa con vehemencia y ella responde a cada beso y caricia. Su espalda se arquea a medida que ambos se acercan peligrosamente a ese punto de no retorno. Sin darse cuenta, a los dos se les escapan lágrimas que delatan un encuentro largamente deseado.


—Despierta para mí, Carlos —murmura ella contra sus labios antes de volver a besarlo, justo antes de que ambos se desplomen por el cansancio.

Él la abraza contra su pecho y ella se apega sin prejuicios. La lluvia ha cesado y, en aquella tranquilidad, Pompa sube a la ventana para hacer sonar el llamador de ángeles, que brilla con los últimos rayos del sol.

«¿Acaso estoy soñando?», piensa un instante antes de sumergirse en un sueño profundo.

Sueña algo extraño: un ángel de ojos tristes, con las alas lastimadas y el cuerpo golpeado. Él solo puede observarla mientras ella se disculpa en silencio y continúa su camino.


No pasa mucho tiempo —o eso parece— cuando un ruido molesto lo despierta. Hay algo que le presiona el rostro. Siente que su cuerpo no responde; no puede mover brazos ni piernas. Una luz blanca lo encandila hasta que logra enfocar.

A su lado hay un tanque de oxígeno. En su brazo, una vía intravenosa. Del otro lado, un monitor.


«¿Dónde estoy?», piensa, antes de que los recuerdos caigan en cascada.

Había regresado a casa y vio a Milagros en la cocina, preparando uno de esos jugos verdes raros de siempre. Llevaba una camiseta de su banda favorita, Helloween, y unos pantalones cortos rosados.


—Ven, le puse semillas de chía... —comentó sonriente, mientras luchaba con Pompa para que no bebiera la leche.

Él dejó un pastel de naranja sobre la mesa antes de arrodillarse y hacer la gran propuesta. El grito del «si» y los besos alocados llenaron la cocina mientras comenzaban a servir la cena.

La felicidad duró poco.


Un golpe desató el infierno. Unos hombres armados entraron al departamento. El olor a alcohol y tabaco invadió el lugar. Un florero cayó. Un disparo resonó. Uno de ellos disparó a Pompa mientras el otro golpeaba brutalmente a Milagros.


Él ya estaba en el suelo, recibiendo patadas. El sabor metálico de la sangre le recorría la boca mientras no podía moverse.

Se turnaron para abusar de ella. Su mirada estaba perdida hasta que alguien dio el golpe final en su cabeza. Todo se oscureció, acompañado por risas... y el sonido de un llamador de ángeles.


—Está volviendo en sí... —dice una voz.

Parpadea. Reconoce esa voz. La había escuchado en la cafetería, el hombre que hablaba por telefono.


Mira a un costado: es el chico del bar, acomodando la vía.

—Bien, doctor. Continuamos con lo de siempre. ¿Quiere que llamemos a un psicólogo?

—Sí, será lo mejor...

La luz de la linterna lo obliga a cerrar los ojos. Intentan hacerle preguntas, pero él solo puede llorar en silencio. Esperanza había sido un refugio de su mente. La realidad es insoportable.

Lo dejan solo. La habitación queda en penumbra.


Otra vez el sonido de un llamador de ángeles lo hace girar la cabeza. Ya es de noche. Una brisa cálida entra por la ventana. Siente algo subir a la cama: Pompa ronronea. Luego Milagros la toma en brazos. Lleva aquella remera de siempre. No hay sangre. No hay heridas.

—Se negaron a cruzar...

La voz áspera lo obliga a girar. Es el mozo de la cafetería, vestido con una túnica blanca.


—Tenía la esperanza de que despertaras.

Se sienta a su lado, apartándose el cabello largo detrás de la oreja.


—¿Por qué...? —balbucea Carlos.

—Estabas muy cómodo en el limbo —responde—. Y ella te trajo de vuelta. El amor es una fuerza que forja vínculos Inquebrantables.


Carlos no puede contener las lágrimas. Ahora entiende: Milagros fue también Esperanza. No la suya... la de ella.


—Te amo... —susurra ella, dejando ver el anillo en su mano.

—Vive —le dice la parca—. Aprovecha la oportunidad que te regaló. Cuando tu tiempo termine, la verás de nuevo. Pero no hagas trampa.


Milagros se inclina y besa su frente antes de desvanecerse. Dos pequeñas luces rodean a la figura de la parca mientras se retira.

—Nos veremos de nuevo, Carlos…


Al salir, se cruza con otro de los suyos.

—No deberías involucrarte con las almas.

—¿Y tú no tienes trabajo hoy?

—Azrael quiere un informe.


Ambos observan la habitación una última vez. El hilo dorado se apaga lentamente. El alma recupera su brillo antes de regresar al gran pozo.


—Pronto se verán de nuevo...

—Pronto…


El corredor queda vacío. Una luz parpadea. El lamento de Carlos persiste, porque aunque su cuerpo sana, su alma sigue sangrando.


FIN.