Caos de cristales

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Summary

La codicia por el poder ha sumido al Reino de Belsa en una guerra interminable contra la Alianza, una coalición de estados decididos a dominar las minas de cristales de maná. Estos cristales, capaces de alimentar armas y máquinas de inmenso poder, se han convertido en la clave para expandir su dominio más allá de los reinos y los mares. Sin embargo, mientras los hombres se destruyen entre sí por ambición y conquista, ignoran que su guerra es solo una sombra frente a lo que está por venir. Algo antiguo despierta tras tres milenios de silencio: una amenaza nacida de un conflicto olvidado entre dioses y seres inimaginables. Que la llama de Flamelia proteja a los humanos... porque pronto, la necesitarán.

Status
Ongoing
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30
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18+

Prólogo

Hace 4727 años, mucho antes de la era del primer santo, los jholin sometieron al mundo humano a una guerra devastadora que se prolongó por siglos. Aunque las naciones se unieron y surgieron héroes, la alianza era insuficiente. La humanidad perdía terreno año tras año. Uno a uno, los reinos del este cayeron, y sus habitantes, desesperados, huyeron en busca de refugio hacia las fronteras que aún se mantenían seguras. Allí, no fueron bienvenidos. La comida escaseaba, el agua ni se diga. El comercio murió y algunos reyes desperdiciaron su tiempo en fiestas y drogas, intentando olvidar el día en que su caída sería inminente.

Claro, eso habría pasado de no ser por Flamelia, la Hija del Fuego, bendecida por el espíritu del ciclo. Una mujer de siglos de antigüedad que enseñaba el arte de la gemalurgia, como los antiguos maestros lo hacían.

Al principio no mostró interés en unirse a la alianza, pero dos siglos y medio después, el rey Kirwen Ba’kal la convenció de alzarse en armas junto con su ejército, el único que mantenía en pie los juramentos de los antiguos reinos. Y, justamente en ese lugar, se encontró con el grupo al que luego llamarían: las Espadas de la Humanidad. Hombres y mujeres poderosos que se unieron a la lucha junto con ella: Sholgi Mhe’kwel, Sitdeus Dia’blut, Horacio Norte, Lunario Villareal y Micaela Norwin-dag.

Incontables batallas se libraron en nombre de la humanidad. Los hombres alzaron la bandera corazón, símbolo de su resistencia, y avanzaron entre las líneas enemigas. Muchos caballeros murieron, pero conseguían su cometido: matar a esos malditos. La moral subió. Las Espadas ganaban cada día una reputación divina, gracias al aura mística de aquella mujer que los guiaba hacia la victoria. “Por todos los espíritus, ella tiene que ser una diosa”, se grababa en las memorias de los pueblos que salvaban.

Ciegos por la admiración y veneración, muchos hombres se alistaron y la siguieron. Y así, en cada pueblo, el ejército de las Espadas se volvió incluso más grande que el del rey Kirwen, a quien el paso del tiempo sí lastimaba; ya habían pasado unos cincuenta años desde el inicio de su cruzada. Incluso entre sus filas, desde hace unos pocos meses, se unieron gróulers, lobos antropomórficos de inteligencia igual o superior a la humana que llegaron por una puerta escondida en las cordilleras de Yimir. El Sabio Protector, el superior de su raza, mostró interés en aliarse con los humanos para enfrentar la amenaza jholin.

Eso sí, Flamelia aún no se fiaba del todo de aquellas promesas, por lo que exigió un encuentro formal en su mundo. Pirsu, el enviado por el Sabio Protector, dudó. Le resultaba incómodo que los humanos conocieran la ubicación del Gran Aurelth, el dios de su raza.

—Podría llevarlos al bosque Rengja —sugirió Pirsu, con la característica voz profunda y ronca de su raza—. Luego llamar al Sabio Protector.

Flamelia no se opuso y cruzó la puerta de los gróulers. Del otro lado, solo parecía esperar otra oscura cueva. O eso pensaban los Espadas, hasta que sus ojos se adaptaron y descubrieron una caverna bien iluminada por esferas y un comercio bullicioso. Las miradas de aquellos seres se posaron en el grupo de humanos.

La luz de la puerta se extinguió a sus espaldas. Ahora estaba sellada. Había sido Pirsu, utilizando unas gemas amarillas, de forma pentagonal, que ahora palidecían, consumidas por la energía del hechizo. En ese instante, la verdad golpeó a Flamelia con la fuerza de un rayo: Por los santos espíritus... esa es la clave. La forma de derrotar a los jholin no era matarlos en el campo de batalla, sino cerrar sus puertas y condenarlos a la inanición, ya que ningún alimento de este mundo les resultaba nutritivo.

—¿Maestra, no es sospechoso que nos cierren la puerta? —preguntó Micaela, preocupada.

—Si nos quisieran muertos, ya lo habrían intentado —respondió Flamelia, con una calma que solo dan los siglos de experiencia.

Pirsu guio a las espadas hasta la fortaleza del bosque Rengja. Era una simple torre que se alzaba al lado del tronco del gigante árbol que cuidaban; las ramas cubrían el oscuro cielo, por centenares de metros, de aquella ciudad que se alzaba entre árboles altos y frondosos, y que se conectaban por medio de puentes colgantes entre los árboles. La ciudad era iluminada por las mismas esferas que vieron en la cueva y que pronto descubrieron que se trataba de los frutos del gigante árbol, que llamaban de nombre Aurelth Rengja, pues estas colgaban de las ramas.

Al entrar a la fortaleza, se encontraron con un cuarto decorado con diversos metales preciosos y alfombras de las presas que cazaban. Eso sí, el grupo solo supo reconocer el pelaje parecido al de un conejo.

Lunario, quien todo el viaje estuvo callado, tomó el brazo del gróuler y lo confrontó con la mirada.

—¿A dónde crees que nos llevas?

Flamelia intentó separar a su amado de la criatura. No pudo. Su poder era el espiritual, no el físico, y en eso, Lunario le ganaba por mucho.

—Hablaremos con el Sabio Protector en la sala de comunicaciones —explicó Pirsu, tratando de no sonar agresivo, pues era consciente de lo dura que era su voz, incluso para los de su raza.

—Esto no me gusta nada, maestra —dijo Sitdeus, sacando unas lurgo, pequeñas gemas azules ovaladas, de una bolsa.

Eran las gemas que usaban los hombres sin bendición para manipular las aguas.

Flamelia lo detuvo con una llama de advertencia.

—Suéltalo —ordenó a Lunario—, y no hagas nada —dijo, ahora dirigiéndose a Sitdeus.

Pirsu logró liberarse del agarre del humano. Suspiro y retomo su camino, guiando a las espadas por la laberíntica fortaleza.

La sala de comunicaciones era una habitación pequeña, donde un anciano gróuler controlaba una especie de tablilla con otras pequeñas tablillas en donde apretaba para realizar alguna función desconocida para los espadas. Y, arriba de ella, había una gema gigante, que aparentaba ser una lágrima blanquecina, que palpitaba luz con cada tablilla que el anciano oprimía. La luz salía de la punta y viajaba para algún lado.

χùʁu ŋe ka ʀōʔo ʃāʁo


—dijo Pirsu.

Ninguno entendió lo que decía, pero sí pudieron identificar la pronunciación: júru nge ka ró’o sháro, con las jotas muy guturales y ásperas como las erres.

El anciano gróuler tomó la indicación desconocida por los espadas y tocó unas cuantas pequeñas tablillas. La gema palpitó y de repente una voz se escuchó.

—Aar-ro —la voz tenía una especie de interferencia.

—Arro —respondió Pirsu, al acercarse a una especie de barra de metal que se doblaba por la punta hacia adelante.

Sholgi murmuró junto con Horacio sobre aquel instrumento. Hablando sobre la utilidad que tendría y cómo esta funcionaría. Ambos eran artesanos, de diferentes materiales, pero indiscutiblemente sus mentes eran capaces de comprender términos complejos y su curiosidad siempre los llevaba a inventar algo nuevo y esa cosa de allí les alteraba los impulsos. Querían desarmarlo para conocer su interior, querían comprenderlo.

Flamelia les reprochó el estar irrespetando el espacio de los gróulers. Fue entonces, que el anciano los sorprendió a todos hablando la lengua humana:

—Pirsu está hablando con el Sabio Protector.

—¿Cómo es eso posible? —inquirió Horacio.

El anciano apuntó a la gema palpitante.

—Es la gema receptora; con ella podemos enviar señales a distintas gemas repartidas por todos los bosques para comunicarnos entre nosotros.

Sholgi, ahora con todo el interés del mundo, se sentó en el piso en señal de respeto para seguir escuchando su sabiduría.

—¿Qué tan lejos estamos del Sabio Protector?

—Unos 305 aullidos. —El anciano gróuler notó las caras de confusión de los humanos y aclaró: —. Un aullido son 1,716 estadios, aproximadamente.

Los espadas por fin entendieron, pero se sorprendieron al comprender la distancia. 1,716 estadios era la misma que había entre la capital del reino Ba’kal y la puerta de los gróuler, un viaje que les tomó varios días para llegar.

—¿Cómo funciona ese aparato? —pregunto Horacio, mientras Pirsu seguía hablando con el Sabio Protector en ese idioma extraño y gutural.

El anciano no quiso responder.

—Te podemos dar jarrones enteros de agua, centenares si así lo deseas —chantajeó Sholgi, tratando de usar el recurso más valioso para la raza visitante: el agua.

Literalmente, su comercio se basaba en cuánta agua acumulaban las personas en sus pozos y se intercambiaban objetos dependiendo de cuántas cuartillas de agua podían llenar sus pozos. Cada hogar tenía uno, sea antiguo o recién construido. Y los que no tenían pozo, debían recurrir a las pequeñas tazas que regalaba la religión Aurelthiana. Veneradores de los Aurelth, árboles gigantes que les protegían de la fauna salvaje, de la eterna noche y que les hidrataban por medio de ríos subterráneos que se conectaban entre todos los Aurelth.

—Solo las aguas de los Aurelth tienen valor aquí, niña —reprochó el anciano, verdaderamente molesto—. Sin embargo, si tantas ganas tienen de saber, se los puedo contar.

Pirsu lo interrumpió al dar un ligero golpe en la mesa de la gran máquina. Había tocado una tecla.

—El Sabio Protector ha hablado —dijo, tomándose su tiempo para sentarse en una silla de piedra desocupada—. Me ha mandado a decirles que el punto de reunión será en el bosque Jorungah.

El anciano parecía contento.

—Shirras, qué buena noticia.

Las espadas han escuchado esa expresión un montón de veces por parte de los gróulers. Sitdeus ha mencionado que probablemente sea un nombre propio. Sin embargo, por el momento ninguno sabe su significado, solo que parecen venerar a algún otro dios. O eso suponen.

—¿Cuándo nos podemos ver con ellos? —pregunto Lunario, impacientado por salir del mundo gróuler.

—El Sabio Protector ha dicho que podemos ir ahora mismo.

La cara de Lunario se tranquilizó.

—Espadas —dijo Flamelia, luego de respirar hondo—, nos vam…

Un viento violento tumbó a los gróulers y despeinó a los espadas. Fue una fuerte explosión la que provocó aquella corriente, y vaya que los humanos sabían, y reconocían de sobra, quiénes eran capaces de hacer tal hazaña: los jholin.

Si, estaban allí, Sitdeus lo corroboro al mirar por la ventana de piedra y encontrar el distinguible humo rojo que los jholin dejaban al usar su poder espiritual. Eso sí, estaban muy al sur, casi a los extremos del bosque.

Los gróulers apenas pudieron pararse cuando las espadas ya corrían a las afueras de la fortaleza. No era de extrañar; los humanos odiaban a los jholin. Si toda la humanidad tuviera el poder de ellos, muy seguramente los castigarían de las maneras más atroces, de la misma forma que esos seres rocosos torturaban a sus víctimas, gente inocente.

Los civiles del bosque salieron de sus casas y corrieron hacia la fortaleza. Una costumbre, muy sabia, que tomaron para resguardarse del ataque jholin, ya que allí podían usar el poder espiritual de la tierra para crear muros casi infinitos que protegían a los civiles, hasta que la guardia de honor se encargaba del enemigo. Claro está que los gróulers más cercanos a la fortaleza eran los más pudientes. Los pobres se tenían que apañárselas en los árboles del exterior.

Los ojos de Flamelia se prendieron en llamas, dejando solo entrever cómo la cola de las llamas se meneaba con el viento, mientras corría hacia su enemigo.

—Sitdeus, Micaela —vocifero, sin perder de vista el humo rojo—. Rodeen el humo por el sur; quiero rodearlos, no dejarlo huir.

Los malditos jholin tenían por costumbre hacer pequeños ataques a los pueblos humanos por pura diversión. Cuando se aburrían o se notaban en peligro, huían como ratas recién descubiertas tocando el pan de la mesa.

—Horacio, Sholgi —vociferó Flamelia—. Lo mismo, pero del otro lado.

Ambos asintieron y se separaron del grupo, quedando solo Flamelia y Lunario al frente, esperando chocar con los desgraciados que…

Otra explosión se sintió; esta vez un poco al este de donde se encontraban. Humo rojo. Los malditos atacaron dos puntos de la ciudad.

Otra explosión. Ahora al oeste. Humo rojo. El bosque comenzó a quemarse. Un grupo de guardia de honor, con sus gemas azules, hexagonales, incrustadas en el pecho de su armadura, las opacaron para generar corrientes de agua para apagar el incendio.

Al lado de Flamelia se le unió Pirsu, quien venía de usar una Runare, una gema ovalada de color blanco, que le permite tener mejoras físicas por un determinado tiempo, hasta que expulse el poder espiritual por los pulmones.

—Iré al oeste, ustedes vayan al del frente. —Pirsu se separó del dúo con algunos guardias de honor que le seguían.

Era admirable la rapidez con la que actuaron. Claro, las espadas lo hicieron mejor, pero es porque ellos eran seres fuera de lo común.

—Lunario —dijo Flamelia, apresurando el paso entre el camino del enorme bosque—, prepara el hechizo.

Lunario asintió. No hacía falta otra palabra más para que comprendiera lo que su amada pedía. Sus ojos se iluminaron de color azulado y de sus manos salieron incontables tubérculos de agua. Al dar unos pasos, unos inhumanos pasos, vieron al primer Jholin. Llevaba la característica armadura de roca ancha, con el símbolo de un diamante brillante en el pecho. La armadura, por alguna extraña razón, nunca protegía la cabeza, ni las manos, ni los pies. Dejándolos expuestos a un ataque directo a esos lugares. Bueno, siempre y cuando pudieras atinarles. Por los santos espíritus, esos desgraciados eran rápidos. Flamelia intuía que era por las gemas blanquecinas y rojas que incrustaban alrededor del cuello de la armadura.

Eso sí, otro motivo por el cual era difícil ganarles era por las llamas que sus cuerpos originales desprendían. Con solo estar unos pocos minutos a unos codos de ellos, podrías perder toda el agua de tu cuerpo, dejándote como una pasa. Y esa es la razón por la que Lunario es tan importante, pues sus tubérculos ayudaban a hidratar a sus hombres para que siguieran luchando. Aunque en este caso, tocaba hidratar a los valientes gróulers que les plantaban cara a los jholin sin protección.

—NO SE DEJEN LLEVAR POR EL CALOR —vociferó Lunario a los gróulers, luego de imbuirlos con sus tubérculos de agua, generando una capa protectora que resistía unos cuantos minutos.

El jholin parecía reconocer aquel hechizo. Dio una manotada fuerte, empujando a los gróulers hacia los árboles. El impacto los dejó inconscientes. Luego, cambio de vista hacia Lunario, quien ya preparaba su siguiente hechizo. Sin embargo, unos látigos de fuego le interrumpieron. Era el hechizo de Flamelia, un poderoso ataque capaz de atravesar la dura armadura de los jholin.

Un látigo, su brazo derecho, rodeó el cuerpo del jholin, y con el otro, su brazo izquierdo, dio golpes potentes, agrietando la armadura y revelando la piel oscura.El jholin no titubeó, tomó el látigo que lo inmovilizaba y lo cortó con las llamas de su mano. Las gemas rojizas se quebraron de su armadura, dejando un hueco con su forma. El hechizo le costó muchos recursos; no podía dejarse atrapar otra vez o sería su perdición. Lamentablemente para él, ella ya lo sabía.

Una pared de fuego se elevó desde Flamelia y persiguió al asustado jholin, quien ya había empezado la huida. No fue suficiente; las llamas lo alcanzaron y derritieron con facilidad las capas de roca que llevaba por armadura. La gema blanquecina explotó, dejando al infeliz jholin tirado en el suelo, gritando del dolor de las llamas divinas.

Por eso Flamelia era tan temida. Nadie, ni siquiera seres hechos de fuego, resistían el calor de su llama. Era aterrador, pero a su vez, increíble.

—Protégelos con el hechizo —ordeno Flamelia a Lunario.

Los tubérculos de agua encontraron a los gróulers y les otorgaron varias capas de agua, para que siguieran luchando, para que siguieran protegiendo y para que siguieran matando. Un gróuler, con una maza hecha de acero, asestó un golpe al diamante blanquecino, agrietándolo y opacándolo.Y, como todos esos infelices, intento huir al perder poder espiritual. Aunque, sin el diamante, apenas pudo dar unos pasos antes de caer ante la pesada armadura. Los gróulers aprovecharon el momento y lo remataron con una lanza en su cabeza.

—Vámonos —exclamó Flamelia, luego de ver cómo el cuerpo del jholin se apagaba.

Los gritos guiaron al dúo hasta una plaza pequeña, donde yacían cuerpos calcinados de gróulers. Algunos aún corrían, mientras otros eran apresados y apilados en jaulas de roca.

—Ese maldito —dijo Lunario, al reconocer a Dik’shen, el general y líder jholin.

Dik’shen portaba una armadura de roca azulada, signo de la realeza entre los suyos. Eso sí, lo que más lo distinguía era su corona, de roca, con diamantes incrustados. No obstante, lo verdaderamente impresionante era ver a otros dos nobles en el campo de batalla. Uno de ellos parecía ser más joven por su tamaño, mientras que al otro le relucía una figura femenina.

—DIK’SHEN —vociferó Flamelia, atrayendo la atención de los nobles rocosos—. TE VOY A MATAR.

Sin pensarlo, Flamelia se filtró por los soldados enemigos y se plantó cara a cara con el general. Ambos se odiaban mutuamente; sus rostros lo dejaban bien claro. Dik’shen alzó su espada de roca negra afilada y dio un corte veloz. Flamelia lo esquivó con un gran salto, propulsada por potentes llamas.

La jholin atacó de sorpresa; estuvo a nada de tocar la espalda de la hija del fuego. Sin embargo, fue detenida por una corriente de agua, como la de un río en creciente, y lo empujó, dejando al maldito desconcertado. Flamelia no dudó; una bola de fuego se formó en su mano, una que simulaba casi al sol, y la terminó por clavar en el pecho. Milagrosamente, la armadura resistió, permitiéndole a la jholin reaccionar y liberarse del ataque con un gran empujón. Eso sí, le costó unas cuentas gemas rojas y una primera grieta a su diamante.

Guardias de honor, junto con Sholgi y Horacio, llegaron por la retaguardia. Justo como lo había planeado Flamelia. Ahora no tenían oportunidad de huir, tenían que pelear sí o sí.

Sholgi sonrió a su maestra y se lanzó de una vez al ataque con un salto que agrietó el suelo de roca. Se dirigió al joven noble y asestó un puño a su armadura. Dos gemas rojas cayeron, pero el joven apenas se inmutó. Sholgi terminó por caer al lado de Flamelia.

—Es un joven duro —comentó Sholgi divertida—. Ese debe ser Gilk’shen, el hijo del general. Mis muchachos me han hablado de él.

—¿Y la otra? —preguntó Flamelia—. Nunca la había visto.

—Debe ser su esposa, pero no sé su nombre, maestra.

Flamelia asintió y preparó otra vez la bola de fuego. Sus ojos se iluminaron, al igual que los de Sholgi al ver a su maestra en acción.

La jholin gritó y apuntó con su espada a la hija del fuego. El combate ya era algo personal entre ellas dos. Los dientes apretaban del esfuerzo y de la rabia que ambas sentían.

En menos de un segundo, después de haber conjurado el hechizo, ya estaban frente a frente. Flamelia esquivaba las estocadas con una precisión sobrehumana, mientras intentaba asestar las bolas de fuego al monstruo que tenía enfrente. El diamante aún seguía emanando luz, por lo que apenas las bolas de fuego la rozaban o las bloqueaba con su espada de piedra.

Un empujón hizo retroceder a Flamelia, quien ahora conjuraba otro hechizo. Tenía que ser uno diferente; podía usar los látigos para retenerla, pero hacerlo a las espaldas de Dik’shen e hijo sería un error. No se equivocó; Dik’shen aprovechó el momento y la atacó con un corte amplio, obligándola a retroceder.

—Maldición —murmuró Flamelia al reconocer que estaba al frente de la jholin. Dio un pequeño salto, esquivando el ataque que venía de su espalda.

Lunario no tardó en entrar en la pelea, usando sus corrientes para desestabilizar y apagar las llamas de los jholin. Lastimosamente, su poder no servía contra dichos seres; sus llamas le impedían ahogarlos. No obstante, en algo sí era bueno: para los golpes. Saco unas runares y las opaco para absorber su poder.

Los músculos se le hicieron más fuertes, su piel más dura y sus huesos resistentes. Sus sentidos, mejorados. Ese era el poder de las runares. Gemas abundantes y valiosas que le permitían a un ser, un humano normal, pelear con monstruos como esos.

Horacio gritó.

Su grito no era fácil de describir, pues era una combinación de su voz con otras voces más agudas que lo acompañaban al unísono. Claro que nada se comparaba a la luz verde que emanaba su cuerpo. Mientras las espadas peleaban, él estaba conjurando un complejo hechizo para amontonar las nubes de los cielos. Cargándolas, chocándolas, hasta crear una tormenta.

Gotas, luego chorros de agua cayeron sobre todo el bosque Rengja. Las llamas se apagaron, al igual que las cabezas y extremidades de los jholin. Bueno, de todos, menos de los tres nobles que portaban la armadura azulada.

Lunario se abalanzó y de un puño agrietó aún más el peto de la jholin. Por los santos espíritus, sí que era una hazaña. Ningún hombre, por más runares que consuma, podría ser capaz de hacerle daño a esas armaduras. Menos el dejar a un jholin de rodillas de un solo golpe.

—ATRÁS —vociferó Sholgi, al ver cómo Dik’shen cargaba otro ataque a su maestra.

De otro salto, que dejó grieta, empujó la espada del general con un gran bloque de roca que formó y sacó desde el suelo. Ella lo sostenía con sus manos y, al notar que desvió la espada, soltó el bloque, el cual terminó por caer en una de las casas. Gilk’shen no abandonó a su padre y también cargó contra Flamelia.

Ellos sabían que debían matarla a ella primero, pues era el único ser humano capaz de quemarlos. La única con el poder del plasma. Aunque la hija del fuego no lo sabía.

Por poco y no la cuenta. Las piernas de Flamelia casi le fallan, pues el corte amplio logró cortarle un mecho grande de pelo. Se reincorporó y lanzó una pared de llamas gigantes, igual de calientes que sus bolas de fuego. Los jholin retrocedieron, permitiéndole a Sholgi destruir el diamante de Gilk’shen de una patada.

Ahora la armadura le pesaba al joven noble. Sus pasos le costaban horrores y sus movimientos eran lentos. Sholgi conjuró unos tubérculos de piedra que salían del suelo y tomó las extremidades de Gilk’shen.

La madre, horrorizada, cruzó la pared de fuego, quemándose en el proceso, y protegió a su pequeño del golpe final que le iba a dar la maestra de la tierra. La armadura resistió. Dik’shen usó las gemas rojas de su armadura y creó un lanzallamas para alejar a las espadas de su familia.

—Malditos —dijo Lunario, mientras rodeaba las llamas, intentando encontrar una brecha para atacar.

Flamelia empezó a conjurar un hechi…

Un dardo, con una gema verde incrustada, se clavó en el cuello de la hija del fuego. El mundo, por primera vez en mucho tiempo, le fue confuso a Flamelia. Todo le mareaba, sus piernas no le respondían y perdía el conocimiento por cada respiración. Su amado se percató de su caída e ignoró a los jholin para ir en su ayuda.

—Maestra —Sholgi corrió también tras ella. No obstante, vio cómo los nobles escapaban junto con sus soldados—. Horacio, detenlos, por favor.

El hechizo para crear la tormenta era tan demandante que, todo el tiempo que duró la pelea, el pobre Horacio debía quedarse quieto, con las manos alzadas, controlando los cielos. Y, al salir de su trance por la voz de su compañera, ya era demasiado tarde. Su cuerpo no aguantó y cayó de rodillas por toda la energía que había usado, por todo el maná y poder espiritual que había gastado.

—R

ecuerda, hija, te estaré cuidando por toda la eternidad —dijo Yeir, el padre de Flamelia.



Una bocanada de aire la despertó. Por alguna razón le faltaba el aire y su corazón comenzó a latir con mucha fuerza. Esta sensación le resultaba familiar, pues la había sentido justo después de que su padre dijera esas palabras. Eso le dolía. Desde entonces nunca más lo volvió a ver. La única razón por la que se unió a esta lucha fue para tener una oportunidad de verlo. De poder abrazarlo…

—Amor —dijo Lunario, aliviado de verla abrir los ojos. Un cálido abrazo sorprendió a la hija del fuego.

—¿Qué sucedió?

—Caíste y los jholin escaparon, otra vez.

Flamelia intentó pegar un golpe a la cama, sorprendiéndose al notar que no tenía nada de fuerza. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió tan débil? Por los santos espíritus, fue hace tanto tiempo que nunca se imaginó estar en esta posición.

—¿Y las espadas?

La única respuesta fue una mirada evasiva.

—Cariño —exclamó Flamelia preocupada—, ¿qué sucedió?, te lo exijo. ¿Están ellos bien? —los ojos comenzaron a lagrimear.

—Micaela murió —dijo Sholgi, sentada al otro lado de la cama.

—¿Qué?

—Y Sitdeus está desaparecido; el resto estamos bien.

Maldición. Flamelia estaba acostumbrada a perder soldados, a perder caballeros. Sin embargo, esta vez no perdió nada de eso; esta vez, perdió amigos. El dolor la consumió; por primera vez sus compañeros la vieron llorar como una niña, la vieron enrojecerse del enojo y la frustración de no haberlos salvado.

—Amor, nunca te había visto así. —Lunario la abrazó y la apegó a su pecho, tratando de calmarla.

Flamelia trató de ahogar su llanto, fallando en cada intento, pues los recuerdos de ellos la atormentaron. Micaela tenía una hermana. ¿Qué se suponía que le iba a decir a ella? Sitdeus fue un fiel seguidor. Nunca titubeaba ni preguntaba el porqué de sus decisiones. Él era huérfano, y fue de los niños que Flamelia había salvado en la época de la reconquista.

—Los mataré a todos —murmuró la hija del fuego entre los dientes.

—¿Maestra?

—LOS MATARÉ A TODOS —gritó Flamelia, haciendo retroceder a su amado y compañera.

—¿Amor?

Flamelia tomó el cuello de la camisa de Lunario y lo obligó a mirarla a los ojos; acto seguido, volteó a ver a Sholgi, con una mirada determinada.

—Los mataré a todos.