Cicatrices《KookMin》+21

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Summary

Historia inspirada en la película de cicatrices, pero escrita y narrada a mi manera. •One Shot• #Kookmin #Jimin #Jungkook #BTS #Mpreng #Violencia #Gay #LGTB #Romance

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

ÚNICO

⚠️ ADVERTENCIAS: ⚠

Lo que se narra a continuación no es la típica historia romántica que están acostumbrados a leer en mi perfil, por lo que les pido discreción y respeto hacía todos los personajes de la historia, sin excepción.

Aquí nadie es víctima, todos están mal y necesitan ayuda, por lo que pido traten de ser empaticos.

Esta historia es para que tomemos conciencia de que situaciones así suceden día a día en muchos matrimonios, más de lo que nos imaginamos.

CONTENIDO:

#EscenasExplicitas

#ViolenciaDomestica

#LenguajeGrafico

#LenguajeOfensivo

#MaltratoPsicologico

#DañosMentales

#Muerte

#TemasParaAdultos

#Escenas+21

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#Reflexión

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#Mpreng

#RomanceGay

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⚠️ SI ERES MENOR DE EDAD O SENSIBLE A ESTOS TEMAS, NO LO LEAS, EVITATE UN MAL RATO, NO TOLERARE INSULTOS A LOS PERSONAJES, NI MUCHO MENOS HACÍA MI PERSONA, LO QUE SUCEDE AQUI NO ES REAL ⚠️

¡ESTAN ADVERTIDAS!





La casa de la calle Álamos, número 42, era una cárcel de líneas modernas y aire enrarecido. En la sala, donde el polvo se posaba sobre los muebles de diseño como una segunda piel, Park Jimin sostenía el teléfono de Jeon Jungkook.

Su pulso, sin embargo, no latía por los nervios, si no por la rabia concentrada de quien cree haber encontrado, por fin, la prueba definitiva de su propia pesadilla.

— ¿Y este mensaje de tu jefe, Jungkook? — Le preguntó, con su voz áspera por la rabia. — "Gran trabajo en equipo". ¿Qué equipo, dime? ¿El de tu cama o el de la oficina?

El pelinegro, aún con la chaqueta de trabajo puesta, exhaló un suspiro que recorrió toda la distancia entre la exasperación y el desprecio.

— Es el jefe, Jimin. — Espetó. — El hombre de sesenta años que conoces. — Le recordó. — Deja de buscar fantasmas donde solo está tu puta obsesión.

— ¡Mi obsesión la alimentas tú con tu hedor a mentira! — Gritó el rubio y el teléfono estrelló contra la pared, estallando en un mosaico de grietas. — No puedes ni mirar a nadie sin pensar en tirártelo. — Rugió. — Eres un asco.

La palabra, pesada y afilada, floto en el aire, Jungkook se enderezó, y su mirada, antes solo cansada, se transformó en algo gélido y peligroso.

— Cierra la boca. — Le ordenó. — Cierra la maldita boca ahora mismo. — Le advirtió, en voz baja.

— ¿O qué? — Preguntó. — ¿Otro golpe? Adelante, animal. — Le reto. — Es lo único que sabes hacer bien. — Bufó. — Eres justo lo que tu madre metiche predijo: un fracaso con músculos. — Escupió, plantándose a centímetros de su rostro, agitado.

Fue el comentario sobre su madre lo que quebró el último ápice de cordura, el puño de Jungkook salió disparado e empactó en la boca de Jimin con un sonido seco; fue la absorción brutal de la fuerza en un punto.

Jimin retrocedió contra el respaldo del sofá, aturdido, un hilo de sangre espesa y oscura comenzó a deslizarse desde su labio inferior, que se inflamó al instante, pero en sus ojos no hubo dolor, si no un brillo de furia triunfante.

Escupió un coágulo de sangre al suelo y se abalanzó, no con los puños, si no con las manos convertidas en garras hacia él. Sus uñas, afiladas, buscaron el rostro de Jungkook, rasgando tres líneas paralelas y sangrantes en su mejilla.

— ¡Estas demente! — Rugió el pelinegro, atrapando sus muñecas con una fuerza que le hizo crujir los huesos.

La pelea que siguió no tuvo coreografía.

Fue la colisión de dos tormentas en una habitación cerrada.

Se empujaron contra la estantería, una estructura de madera clara que cedió con un quejido, lanzando libros y figuras de porcelana al suelo en un diluvio de destrucción.

Los golpes sonaban a carne magullándose, un puñetazo en las costillas de Jimin que le arrancó un jadeo seco, una rodilla en el muslo de Jungkook que resonó como un tronco quebrándose.

El rubio, ágil y desesperado, liberó una mano y abofeteó el oído del azabache con la palma abierta, un impacto sordo y aturdidor que hizo zumbar el cerebro del hombre más grande.

Jungkook respondió con un gancho a la sien, Jimin vio un destello de luz blanca, un estallido de dolor que nubló su visión por un segundo.

Fue el tiempo que Jungkook necesitó para derribarlo.

Cayeron al suelo entre los escombros de un jarrón, rodando sobre esquirlas de cerámica, el pelinegro terminó encima, usando su peso para inmovilizar al rubio, cuya respiración era ahora entrecortada.

— ¿Satisfecho? — Le escupió Jungkook, su boca a centímetros de la ensangrentada de Jimin, una gota de sangre de su propia mejilla cayó sobre el labio partido del otro.

La respuesta fue un escupitajo carmesí que aterrizó en la frente de Jungkook.

Fue la cerilla en la pólvora.

Los puños de Jungkook, ya sin la intención de contenerse, comenzaron a descender, no eran golpes al azar; eran medidas disciplinarias, administradas con frialdad.

Uno, dos, tres impactos en el rostro del doncel, en el pómulo ya amoratado, en el labio ya destrozado, en el arco de la ceja.

Jimin, atrapado, intentaba cubrirse con los brazos, pero un golpe se coló y conectó directamente con su ojo derecho, un dolor brillante, agudo y profundo le atravesó el cráneo.

Finalmente, la furia de Jungkook se apagó, quizás ahogada por la visión del ojo de Jimin, que se cerraba rápidamente bajo una hinchazón violácea y brillante.

Se levantó, tambaleándose.

Su camisa estaba rasgada, su rostro un mapa de arañazos y sangre, Jimin permaneció en el suelo, jadeando, con un ojo completamente sellado, el labio partido en dos lugares y la barbilla manchada de rojo seco.

Dos ruinas humanas, respirando el mismo aire envenenado.

En el umbral de la puerta, inmóvil y silencioso, estaba MinJung.

Sus siete años no comprendían las palabras "Infiel" u "Obsesión", pero el lenguaje del miedo, del puño cerrado, del cuerpo que cae, lo hablaba con fluidez.

Una lágrima caliente recorrió su mejilla, trazando un camino limpio en el polvo del miedo de su corazón.

La cocina olía a chocolate quemado y a derrota, MinJung, con su camisa de fiesta, estaba sentado frente a la torta, las siete velas, ya apagadas hace horas, parecían pequeños cadáveres de cera.

Jimin, apoyado contra el marco de la ventana, observaba la calle vacía, el moretón bajo su ojo había mutado a un verde amarillento.

— Papá… ¿Va a venir? — Preguntó MinJung, en un susurró entristecido.

— Claro que vendrá. — Le mintió Jimin, sin girarse. —. Estará demasiado ocupado lamiendo las suelas de ese jefe maricón o más probablemente, hundido en un motel de mala muerte con el primer desgraciado que le haya sonreído. — Bocifero. — La paternidad es un chiste para él.

— Jimin, por el amor de Dios, cállate.— La voz de Jungkook surgió desde la entrada, lucía agotado, con el traje arrugado.

— ¡Ah, mira! — Exclamó. — ¡El progenitor ilustre se digna en aparecer! — Jimin se giró, con sonrisa torcida en los labios. — Cuatro horas, Jungkook. — Gruñó. — Cuatro putas horas tu hijo te ha esperado. — Bufó. — Tu existencia es una falta de respeto.

— Hubo una crisis en el proyecto. — Murmuró, agotado. — No es algo que pueda controlar.

— Nunca puedes nada. — Espeto. — Eres un cobarde, un despojo que no merece la familia que tiene.

MinJung bajó la cabeza hasta casi tocar el plato, una lágrima salada cayó sobre el glaseado.

Jungkook sintió la quemazón de la verguenza, pero al ver el destello de amargo triunfo en los ojos de Jimin, se transformó en lava.

— ¿Y tú? — Espetó, avanzando como un toro herido. — Parásito de los celos. — Le acusó. — Has convertido esta casa en un vertedero de tu basura mental. — Gruñó. — Tu boca no para de vomitar sospechas y mierda, me das asco.

Jimin le clavó un dedo en el pecho con fuerza, apartándolo.

— A mí me das asco tú. — Contraataco. — Hueles a engaño barato y a sudor. — Bramo. — Tu aliento apesta a culpa. ¿En qué cloaca te has entretenido?

— ¡En la maldita oficina! — Chilló. — ¡Intentando salvar el culo de un incompetente para que este nido de víboras en el que vives no se venga abajo! — Rugi, apartando el dedo de su pecho con un manotazo brusco.

El contacto fue la chispa.

La palma de Jimin voló y estalló con un chasquido seco, casi profesional, contra la mejilla de Jungkook.

El sonido fue tan nítido que cortó la respiración de MinJung.

— ¿Me… golpeaste? — Preguntó Jungkook, en un gruñido bajo y amenazante.

— Te escupiría en la cara mil veces si pudiera, desgraciado.

La respuesta del pelinegro fue un puñetazo directo, el labio del rubio, mal curado, se reabrió contra sus dientes con un crujido, Jimin se tambaleó, escupió un nuevo coágulo, esta vez a los pies de Jungkook.

— ¿Eso es todo lo que tiene el golpeador de pacotilla? — Bufó, la voz distorsionada por la sangre. — Tu padre alcóholico te entrenó bien. — Se burló, con una risa seca. — A ser un miedoso que solo es valiente con los que no pueden defenderse.

La mención de su padre fue el detonante final.

Jungkook lo agarró por el cuello de la camisa y con un solo movimiento de torsión, lo proyectó sobre la mesa del comedor.

Fue un cataclismo en cámara lenta.

Los platos, los vasos, la torta de chocolate de MinJung, todo se elevó en el aire antes de estrellarse contra el suelo de porcelanato en una sinfonía de destrucción. MinJung lanzó un grito, un sonido animal de puro terror, y se refugió detrás del sofá, encogido, tapándose los oídos con tanta fuerza que le dolieron las manos.

Jimin yacía sobre la mesa, sobre los restos de la celebración de su hijo.

Jungkook se subió encima, arrodillándose sobre su diafragma, y comenzó la paliza.

Los golpes eran salvajes; uno en el costado, otro en el hombro, un tercero que buscó la cara. El rubio atrapado bajo el peso, se retorcía, arañaba el aire, logró conectar un codazo en la mandíbula de Jungkook que hizo rechinar sus dientes.

— ¡Animal! ¡Bestia sin cerebro! — Gritaba Jimin entre impacto e impacto.

Jungkook, con el labio sangrando de nuevo, le agarró la cara con una mano, apretando hasta deformar sus rasgos.

— ¡Tú haces esto! — Le grito. — Eres el cáncer de esta casa, Jimin. — Aseguró. — Tu locura repugnante nos está matando a los tres.

— ¡Acábame! — Escupió Jimin, manchando la cara de Jungkook con sangre fresca. — Mátame, como matas todo lo que tocas, escoria.

El pelinegro lo soltó de golpe, como si su piel quemara, se levantó, con el pecho agitado. El rubio se incorporó a medias, escupiendo más sangre, su ojo izquierdo era ya una hendidura hinchada entre párpados morados, tenía cortes de cristal en antebrazos y mejillas.

Jungkook jadeaba, con el labio partido y un arañazo profundo que le cruzaba el cuello.

Dos gladiadores exhaustos en una arena llena de los restos de su propio hijo.

MinJung, desde su escondite, solo escuchaba los jadeos, con sollozos ahogados saliendo se su boca que eran peores que los gritos.

La mañana después del cumpleaños, el silencio era más denso que nunca, Jungkook encontró a Jimin en el recibidor, ya vestido, con una carpeta de cartón en las manos.

— Firma. — Sentenció, deslizando un documento sobre la consola, las palabras DEMANDA DE DIVORCIO, gritaban desde la portada.

Jungkook lo miró, luego a Jimin.

No vio dolor, solo un desprecio en los ojos de su esposo.

— ¿De qué hablas ahora?

— De libertad. — Se cruzó de brazos. — De dejar de respirar el aire viciado que exhalas, eres tóxico en estado puro, eres un peligro y tus patéticas escapadas infieles son lo de menos. — Hizo un gesto con la mano, restando importancia. — Lo peor es que goteas veneno sobre mi hijo solo con existir.

— Nuestro hijo. — Le corrigió Jungkook, la amargura agriándole la voz. — No tienes razón, solo tienes bilis. — Le acusó. — Te has construido un infierno de mentiras y ahora obligas a todos a vivir en él, eres una plaga.

— Firma. — Demandó. — MinJung y yo nos iremos donde tu pestilencia de infidelidad barata no nos alcance.

Jungkook tomó la carpeta.

No la abrió.

Con las dos manos, la rasgó de arriba a abajo con un sonido seco y satisfactorio.

Los pedazos cayeron a sus pies.

— No. — Sentenció. — No te vas a ninguna parte y no te llevarás a mi hijo a tu madriguera de paranoias. — Gruñó. — Si quieres fuego, arderemos aquí, en el infierno que tú mismo encendiste.

Jimin no replicó.

Solo sostuvo su mirada el tiempo suficiente para que Jungkook entendiera que la guerra había escalado a un nuevo nivel, uno donde los golpes serían papeles sellados y las heridas, órdenes judiciales.

Las visitas de Doña HyeJin, la madre de Jungkook, eran como caer en territorio enemigo.

Llegaba sin aviso, su perfume cargado precediéndola como una nube de gas.

— Este aire es escaso. — Anunció, pasando un dedo enguantado por el marco de la puerta. — No circula la energía. — Bufó. — Claro, cuando el corazón del hogar está podrido, todo se corrompe.

Jimin, con el moretón ahora disimulado bajo una capa de corrector, apretaba los dientes hasta dolerle la mandíbula.

— ¡Limpia este lugar! — Le ordenó.

— Sí mamá. — Murmuró entre dientes.

— Mi Jungkook parece un espectro. — Continuó quejandose. acomodándose en el sofá como si fuera su trono. — Se desloma por mantener este… ¿Capricho? Y tú aquí, sin saber ni siquiera calentarle la comida. — Le acusó. — Un hombre necesita un fundamento, no un lastre que solo sabe drenar.

En su habitación, MinJung apretaba contra el pecho su peluche favorito, un dinosaurio desgastado, las palabras, bajas y cortantes, traspasaban la puerta, cada una era un clavo en el ataúd de su seguridad.

Más tarde la hermana de Jimin, Sooah, era un espejo distorsionado, sus visitas eran sesiones de envenenamiento.

— Todos son iguales. — Decía, mientras bebía su tercer café en la cocina de Jimin. — Anoche llegó después de la una. ¿Te imaginas? Con la excusa del trabajo. — Comentó. — Yo le solté cuatro verdades que lo dejaron temblando, aprende, Jimin, no seas su pendejo.

Sooah no usaba los puños; su arsenal eran las puñaladas verbales, precisas y envenenadas, que dejaban a su marido sangrando emociones.

Jimin la observaba, y en su ferocidad a veces veía no un monstruo, si no una versión fuerte de sí mismo que no se dejaba pisotrear.

Ella agitaba las aguas, asegurándose de que Jimin nunca olvidara que la traición era la norma, nunca la excepción.

La única presencia que no emitía hostilidad era Eunji, la mujer que ayudaba con la limpieza. Con movimientos pausados, con una mirada que había visto demasiado, un día, mientras recogía los fragmentos de otro jarrón sacrificado, habló sin dirigirse a nadie.

— El niño pequeño, MinJung, me preguntó ayer si el amor es un dolor que nunca termina. — Murmuró suavemente. — No supe qué contestarle. — Reconoció. — Los adultos nos acostumbramos al susto, como a un ruido de fondo, pero los oídos de los niños son nuevos. — Susurró. — Ellos oyen el grito que queda después, el que a nosotros ya no nos despierta.

Jimin, que se aplicaba una bolsa de guisantes congelados en las costillas adoloridas se quedó inmóvil.

Las palabras de Eunji no eran un reproche, si no la simple constatación de un daño colateral.

Hablaban del miedo que MinJung estaba aprendiendo a respirar como si fuera aire.

El contraparte del pelinegro era Minho, su único amigo, en el bar, después de que Jungkook hubiera dejado la máquina de remo hecha añicos en el gimnasio, Minho observó sus nudillos agrietados.

— Esto es un bucle de mierda, hermano. — Le dijo, sin rodeos. — Físicamente eres el tipo más fuerte que conozco. — Aseguró. — Mentalmente estás atrapado en un sótano sin salida, él provoca, tú explotas, la tensión sube, y vuelven a empezar. — Mascullo. — Es una celda.

— No lo entiendes. — Gruñó. — Él tiene un talento… me saca de quicio como nadie.

— ¿Y eso te da un pase libre para partirle la cara? — Minho señaló su propia sien con el dedo. — Mira, te lo digo claro, como en el ring; si no controlas lo que hay aquí, tu fuerza se convertirá en la herramienta que te mate. — Le dio un goloecito en la frente. — A ti y a todo lo que hay a tu alrededor. — Aseguró. — Busca ayuda, no de un cura o de tu mamá. — Espetó. — De alguien que te enseñe a desarmar la bomba que llevas dentro antes de que todos vuelen por los aires.

Jungkook miró su vaso.

Las palabras de Minho, prácticas y libres de sermones, resonaron de un modo nuevo.

No hablaban de culpa, si no de consecuencias.

No de redención, si no de control.

Era un idioma que su mente, entrenada para la acción, podía empezar a descifrar.

La discusión final no empezó con un grito, si no con un susurro cargado de hielo. Jimin había pasado el día rebuscando en el pasado, alimentando sus fantasmas con migajas de conversaciones antiguas.

Cuando Jungkook llegó, agotado por un día que parecía no terminar, la acusación lo esperaba en la penumbra del recibidor.

— ¿Quién era la voz de mujer en tu coche hoy a las cinco? — Le preguntó el rubio.

— La radio, Jimin. — Respondió con fastidio. — Un programa de entrevistas. ¿Quieres que llame a la emisora?

— Mientes. — Le acusó. — Era una voz joven, riéndose. ¿De qué te reías con ella, Jungkook? ¿De lo patético que soy esperándote aquí?

— Déjalo ya... — Murmuró el pelinegro pasando de largo, buscando el silencio del dormitorio como un náufrago la orilla.

— ¡No me ignores, cobarde! — Jimin lo siguió, su voz subiendo de tono, agrietándose. — ¿Cuántas más hay en tu lista? — Preguntó. — ¿Cuándo vas a tener los huevos de traer aquí tu porquería y plantarme cara?

Jungkook se detuvo.

Se volvió lentamente.

La fatiga, la frustración acumulada de miles de días iguales, se condensó en una nube negra que anuló todo pensamiento.

No hubo advertencia.

Solo el puño, impulsado por un instinto más antiguo que la razón.

Jimin lo esquivó por milímetros, el aire del golpe le azotó el rostro y respondió, no con un puño, si no con una patada baja, precisa y sucia, que conectó con la rótula de Jungkook.

El dolor fue eléctrico, incapacitante.

El pelinegro gruñó, y la pelea se convirtió en algo distinto: un combate a muerte sin armas.

Jungkook, cojeando, atrapó a Jimin contra la pared del pasillo y empezó a golpear su estómago, una y otra vez, brutal, hasta que los jadeos del rubio se convirtieron en gemidos ahogados, en la promesa del vómito.

Jimin, al borde del desmayo, logró clavar los pulgares en los ojos del pelinegro, una presión cegadora y salvaje que lo obligó a retroceder chillando de dolor.

En la sala, MinJung soltó el lápiz.

Había estado dibujando una casa con tres figuras sonrientes, los sonidos llegaron a través de las paredes, los impactos sordos, los jadeos, los gruñidos animales.

El miedo, un viejo conocido, se apoderó de él, pero esta vez traía consigo un impulso nuevo y primario, huir.

Corrió hacia la puerta principal, pero el pestillo de seguridad, instalado después de que Jimin amenazara con irse una noche, estaba echado.

Sus pequeñas manos no podían moverlo.

Giró, desesperado, sus ojos buscaron una salida y se fijaron en la puerta corredera de la terraza, su refugio secreto, el lugar con las macetas grandes donde a veces jugaba a esconderse de los gritos.

La deslizó y salió.

El aire nocturno era frío y sin pensar, impulsado solo por el pánico sordo que quería poner distancia entre él y los sonidos, trepó a la maceta de cerámica más grande, la que tenía el limonero.

Quería ver por encima de la barandilla, quizá, o simplemente estar más alto, lejos.

La maceta, pesada e inestable, se balanceó bajo su peso, desde dentro, un último golpe particularmente violento retumbó.

MinJung perdió el equilibrio.

No hubo un grito largo.

Solo un breve sonido de sorpresa, un suspiro cortado, luego, el estruendo de la cerámica al quebrarse contra el suelo de la terraza, y segundos después, un impacto amortiguado y profundo, definitivo, desde el jardín comunitario tres pisos más abajo.

Dentro del apartamento, el silencio cayó de golpe.

Fue un silencio físico, tangible, que pesó más que todos los gritos juntos.

Jungkook y Jimin se separaron, jadeando, sangrando, alertados por el sonido anómalo, por la ausencia repentina de cualquier ruido, incluso del propio miedo. Algo en la calidad de ese silencio les heló la sangre de un solo golpe.

Corrieron a la sala, vieron la puerta de la terraza abierta, dejando entrar una bocanada de aire gélido, vieron la maceta volcada, la tierra esparcida.

Lo que se encontraron al asomarse juntos, apoyándose en la barandilla para no caer, les arrancó el alma de cuerpo.

El pequeño cuerpo de MinJung, vestido con su pijama de dinosaurios, yacía en una posición dolorosa, rodeado de tierra negra y fragmentos de cerámica como estrellas rotas, el liquido carmesí brotaba de su cabecita.

El tiempo se fracturó.

Luego, el universo entero se colapsó en un solo sonidoV

El grito que salió de la garganta de Jimin.

No era un grito de dolor, era el sonido de un planeta desgarrándose, de una ley fundamental del universo rompiéndose.

Jungkook retrocedió como si la barandilla estuviera al rojo vivo, su rostro, un instante antes una máscara de furia, se descompuso en una mueca de incredulidad absoluta, de un horror tan puro que borró toda humanidad de sus ojos.

La ambulancia, la sala de urgencias, los murmullos de los médicos… todo fue un sueño borroso y blanco.

"Traumatismo craneoencefálico severo", "Hemorragia interna masiva", "Coma inducido".

MinJung nunca despertó.

Cuarenta y ocho horas después, en una habitación iluminada por la luz fría de las máquinas, una línea plana en un monitor comenzó a emitir un tono continuo, agudo, infinito.

Un sonido que, para Jimin y Jungkook, significaba el final.

Y días despues, el pequeño ataúd blanco fue bajado a la tierra bajo un cielo plomizo.

Ni Jimin ni Jungkook lloraron.

Estaban secos por dentro, vaciados, habitando un territorio nuevo donde ni el odio ni el amor podían echar raíces.

Solo existía la culpa, un desierto infinito y árido bajo un sol negro.

La casa de la calle Álamos, número 42, se convirtió en un mausoleo de sonidos ausentes, el silencio ya no era la pausa entre gritos; era una entidad sólida, pesada, que llenaba cada habitación, cada rincón donde antes había resonado la risa de un niño.

MinJung estaba en todas partes.

En el juguete olvidado bajo el sofá, en el dibujo pegado con imán en la nevera, en el espacio vacío en la mesa para cuatro, su ausencia era un agujero negro que devoraba la luz.

Jimin vagaba por las habitaciones como un fantasma sin misión.

Se detenía durante largos minutos frente a la cama pequeña, acariciaba la funda de la almohada que aún conservaba el tenue olor a champú infantil.

La culpa no era un sentimiento; era un órgano nuevo, pesado y canceroso que había crecido dentro de su pecho, apretándole los pulmones, envenenando cada pensamiento.

Una tarde, después de una semana de este deambular silencioso, encontró en el botiquín del baño el frasco de pastillas de Jungkook, recetado por un médico de urgencias la noche del funeral, para "Dormir, al menos unas horas". El frasco estaba casi lleno, el pelinegro, en su estupor de dolor, apenas las había tocado.

Jimin tomó el frasco, lo sostuvo en la palma de la mano, las pastillas, pequeñas y ovaladas, hicieron un sonido suave al agitarlas. No había drama en el gesto.

No hubo llanto final, ni mirada al pasado.

Solo una fatiga terminal, un deseo inmenso de que el ruido blanco de la culpa en su cabeza se detuviera para siempre.

Se sirvió un vaso de agua del grifo.

Con la misma calma con la que alguien toma una vitamina, volcó el contenido del frasco en su mano y se llevó los somníferos a la boca, un puñado, luego otro, los tragó con largos sorbos de agua y sintió cómo se deslizaban por su garganta, una caravana de pequeñas promesas de olvido.

Luego, se dirigió al dormitorio que ya no compartía con nadie.

Se acostó en su lado de la cama, se arropó y cerró los ojos.

Esperó la paz con los brazos cruzados sobre el pecho, como un cuerpo en su ataúd.

No fue un acto de valentía.

Fue la rendición total.

Jungkook lo encontró horas más tarde.

Había salido a caminar sin rumbo, incapaz de soportar el peso de las paredes.

Al regresar, el silencio era aún más denso, llamó a Jimin, pero no hubo respuesta.

Lo encontró en la cama, pálido como la cera de una vela apagada, su respiración tan superficial que apenas levantaba la sábana, sobre la mesa de noche, el frasco vacío y el vaso de agua eran la única explicación necesaria.

El pánico que sintió el pelinegro entonces fue de una especie completamente nueva.

No era la rabia caliente y explosiva que lo consumía antes.

Era un frío penetrante, un terror absoluto y silencioso que le heló la sangre y le paralizó el pensamiento por un instante eterno.

Luego, el instinto tomó el control.

Llamó a la ambulancia, su voz sonó quebrada dando la dirección y mientras esperaba, intentó, con torpeza desesperada, mantener a Jimin consciente, sacudiéndolo suavemente, gritándole al oído.

— ¡No, no, no! — Sollozo. — ¡Jimin, mi amor no te atrevas! — Le reclamó. — ¡No te atrevas a dejarme solo en esto!

Pero Jimin ya no estaba allí para escucharlo.

En el hospital, bajo las luces fluorescentes, el rubio fue sometido a un lavado gástrico. Jungkook esperó en el pasillo, encogido en un incómodo banco de plástico verde, el olor a desinfectante le quemaba la nariz.

Cada minuto era un siglo.

Un médico salió finalmente, con el rostro impasible.

— Está estable. — Murmuró. — Llegaron a tiempo. — Asintió. — Físicamente, se recuperará.

Físicamente.

La palabra resonó en el vacío de Jungkook.

No había médico que pudiera extraer el veneno del alma, el tumor de la culpa.

Esa noche, sentado en ese mismo banco, mientras Jimin dormía un sueño inducido y artificial en la habitación continua, Jungkook se rompió.

No fue un llanto suave o contenido.

Fue una convulsión en todo su cuerpo, un torrente de sollozos guturales que lo doblaron por la mitad, que le hicieron agarrarse el pecho como si el corazón fuera a salírsele.

Ahogado en sal y desesperación, vio pasar ante sus ojos, con una claridad atroz e insoportable, la secuencia completa, sus puños apretados, las palabras venenosas de Jimin, el portazo de la discusión final, la imagen de MinJung corriendo asustado, la puerta de la terraza abierta, el cuerpo pequeño e inmóvil en la tierra.

La cadena causal era irrefutable, y él era un eslabón fundamental.

No el único, pero sí el que había proporcionado la chispa final, el terror que empujó a su hijo hacia el vacío.

La revelación fue un peso tan colosal que sintió que sus huesos crujían bajo él.

Al amanecer, con los ojos hinchados y la voz convertida en un ronquido, sacó su teléfono, buscó entre los contactos y marcó el número que Minho le había dado meses atrás, como quien lanza un salvavidas desde un barco que ya se ha hundido.

— ¿Do-doctora Kang? — Tartamudeó. — Soy Jeon Jungkook el amigo de Min-ho… — Murmuró. — Necesito ayuda. — Suplicó. — No puedo… no puedo con esto.

La doctora Kang no tenía una oficina acogedora con sofás mullidos, tenía un espacio funcional, con sillas cómodas y una ventana grande por la que entraba la luz fría de la mañana.

En la primera sesión, Jungkook no supo cómo empezar.

Luego, las palabras salieron como una cascada, desordenadas, culpa, rabia contra sí mismo, imágenes recurrentes del jardín, la sensación de tener las manos manchadas para siempre.

No hubo rodeos.

— Siento que lo maté. — Reconoció al final, con el rostro enterrado entre las manos.

La doctora Kang no se apresuró a dar consuelo, solo tomó notas.

— No está aquí para que yo lo consuele, Jungkook. — Murmuró. — Está aquí para aprender a vivir con lo que pasó y para aprender a desactivar la bomba que lleva dentro, antes de que termine lo que empezó. — Mascullo, su voz era calmada pero no dulce. — La ira que usaba como un mazo es una herramienta. — Le comentó. — Una herramienta peligrosa y estúpida, pero una herramienta al fin. — Solto un pesado suspiró. — Vamos a aprender a guardarla, y a usar otras.

Le dio herramientas concretas, físicas.

Le enseñó a identificar los detonantes corporales, el calor súbito en la nuca, la tensión que se acumulaba en sus hombros, el puño que se le cerraba solo.

"Cuando sienta el calor, pare, no actúe, respire, cuatro segundos inhalando, siete sosteniendo, ocho exhalando y cuente los latidos de su corazón, la ola de ira es como una marea, sube, llega a un pico, y luego baja. Su trabajo es no ahogarse en ella, si no flotar hasta que pase."

Le habló del duelo no como una montaña que escalar, si no como un paisaje árido por el que tendría que caminar, para siempre, cargando con su propia agua.

Jimin, por su parte, llegó a terapia con la doctora Kim como un sonámbulo, una concha vacía a la que habían devuelto a la orilla contra su voluntad.

Durante semanas, la doctora Kim trabajó solo en lograr que hablara de MinJung sin "Disociarse", una palabra que Jimin aprendió a nombrar, esa sensación de flotar fuera de su cuerpo, de ver la escena desde el techo.

Le ayudó a diseccionar sus celos no como amor, si no como un mecanismo de defensa patológico.

"Uno ataca primero, inventa la traición, porque es menos aterrador que el terror verdadero — Le comentó. — La posibilidad de ser abandonado, convirtió a Jungkook en el monstruo de su historia para sentirse en control, pero el control era una ilusión, y el monstruo real era el miedo que lo devoraba por dentro."

Le asignó una tarea diaria.

Escribir una memoria de MinJung.

Solo una.

Al principio, las páginas se llenaban de culpa: "Lo olvidé en la escuela una vez", "Le grité por romper un vaso", poco a poco, forzado por el ejercicio, una línea titubeante se colaba derrepente.

"Le gustaba el yogur de fresa y se reía cuando se le manchaba la nariz". Escribirlo era doloroso, pero un dolor distinto, más limpio.

Era el dolor de recordar, no el de acusarse.

El proceso no fue una línea recta hacía la luz, fue un camino lleno de recaídas oscuras y pozos repentinos.

Un mes después de comenzar la terapia, Jungkook dejó un plato sucio en el fregadero.

Un plato.

Jimin, que había pasado el día sintiendo la ansiedad subir sin motivo, lo vio y algo se quebró dentro de él.

— ¿Tan difícil es lavar tu propio plato? — Dijo, su voz sonando extrañamente como la de antes, pero más gastada.

— Lo olvidé. — Gruñó el pelinegro, sintiendo el calor familiar subir por su nuca.

— Siempre olvidas. — Le acusó. — Olvidas platos, olvidas promesas, olvidas que tenías un hijo. — La palabra fue un látigo, intencional y cruel.

Jungkook giró sobre sus talones.

El viejo yo rugía, pidiendo a gritos agarrarlo, sacudirlo.

Pero en su mente resonó la voz de la doctora Kang: "La ola sube, llega a un pico, y baja, solo flote." En lugar de avanzar, dio un paso atrás, su respiración se volvió profunda y pesada.

Cuatro, cinco, seis, siete, ocho...

Miró a Jimin, no con rabia, si no con una especie de doloroso reconocimiento.

— Esto… — Murmuró. — Esto es lo viejo, Jimin y no voy a alimentarlo hoy. — Le aseguró. — Necesito salir. — Murmuró. — Volveré en una hora.

Y salió.

Caminó hasta el gimnasio de las 24 horas, donde pidió la llave del cuarto del saco de boxeo y allí, solo bajo la luz neón, se descargó no sobre un fantasma, sino sobre el cuero pesado, golpeó hasta que sus nudillos, protegidos por los vendajes, sangraron igualmente, hasta que el calor de su nuca se disipó, reemplazado por la fatiga muscular y un llanto silencioso y catártico que le brotó del pecho.

Jimin, por su parte, tuvo una noche de vigilia digital.

Rebusco en un teléfono viejo de Jungkook, buscando conversaciones, fotos, cualquier sombra de la infidelidad, pero no encontró nada, y por primera vez, la falta de pruebas no le trajo alivio, si no una vergüenza profunda y nauseabunda.

Se dio cuenta de que no buscaba la verdad, si no la familiaridad tóxica de la sospecha de siempre, que nunca tenía respuestas.

Era como un adicto buscando su dosis de veneno.

Dejó el teléfono y se sentó en el suelo, abrazándose las piernas, hasta que amaneció.

Estas recaídas, sin embargo, tenían un nuevo final.

Ya no eran el preludio de otra espiral destructiva, eran tropiezos en un camino difícil y cada vez que ocurrían, la sombra de MinJung se alzaba entre ellos, no como un fantasma acusador, si no como el recordatorio más doloroso y eficaz de a dónde conducía ese camino viejo.

Comenzaron, con la torpeza de quienes aprenden un idioma nuevo, a hablar, no a discutir.

En las sesiones de terapia conjunta, la Doctora Kang los guiaba.

— Jimin, en lugar de "Tú nunca escuchas", intenta "Yo me siento invisible cuando hablo y no hay respuesta". — Le ordenó.

— Jungkook, en lugar de "Tú siempre exageras", prueba "Me abruma cuando la conversación sube de tono tan rápido, necesito una pausa". — Le señaló.

Aprendieron a pedir esa pausa.

Era una palabra clave: "Alto".

No era un grito, era una declaración.

Cuando uno la decía, significaba quince minutos de separación obligatoria, quince minutos para respirar, para que la ola de ira pasara.

Al principio, era forzado, artificial.

Pero funcionaba.

Fue en medio de esta frágil y nueva tregua, unos cinco meses después del funeral, cuando Jungkook intentó algo nuevo.

No fue una idea de la terapia, si no un impulso que surgió de un lugar distinto, aún confuso, dentro de él.

Pasó por una floristería y vio los lirios blancos, los lirios que Jimin amaba, y que él no le compraba desde el primer año de casados.

Sintió un pánico súbito, un eco del pasado.

Pero también una necesidad terca de crear un recuerdo nuevo, uno que no estuviera manchado.

Compró el ramo, pequeño.

No era grandioso.

Llegó a casa con él, sintiéndose ridículamente vulnerable, el rubio estaba en el sofá, leyendo uno de los libros de autoayuda que ahora llenaban la estantería.

El pelinegro se detuvo en el umbral de la sala, con el ramo a la vista. — No es…no es para pedir perdón — Empezó, tropezando con las palabras. — El perdón es demasiado grande. — Murmuró. — Es… es un gesto nuevo. — Le aseguró. — Para no tener solo gestos viejos entre nosotros.

Jimin bajó el libro.

Lo miró a él, luego a las flores.

Su rostro no mostró ira, ni siquiera escepticismo inmediato, mostró una fatiga y una cautela profunda, como la de un animal que ha sido golpeado muchas veces.

— Las flores se mueren, Jungkook... — Murmuró finalmente con voz neutra. — Se marchitan, como se marchitó todo lo demás.

— Lo sé... — Asintió el pelinegro, sin acercarse. — Pero mientras están vivas… no hacen daño. — Se encogió de hombros. — Y huelen a algo que no es odio. — Se relamió los labios. — Es… es lo único que sé ofrecer ahora. — Murmuró. — Algo que no duele.

Jimin dejó el libro a un lado.

Se levantó y se acercó lentamente, tomó el ramo de las manos de Jungkook, sus dedos, aquellos que solían estar cerrados en puños o arañando, se cerraron con suavidad alrededor de los tallos.

Acercó los lirios a su rostro y respiró su aroma, por un instante fugaz, algo se suavizó en la tensión de su mirada y luego, la sombra del recuerdo pasó por sus ojos.

— La última vez que me trajiste flores... — Murmuró, no con acusación, si no los recuerdos saliendo a flote. — Fue antes de la primera vez que me golpeaste, después de discutir por un mensaje de tu hermana. — Lo miró a los ojos.. — Las rosas cayeron al suelo cuando me empujaste contra la nevera.

— Lo sé... — Susurró Jungkook, manteniendo la mirada. — Lo recuerdo todos los días. — Aseguró. — Esto no es para borrar eso. — Prometió. — Es un… juramento tonto, de que no quiero que el próximo recuerdo importante contigo sea otro golpe. — Se relamió los labios. — Aunque solo sea el recuerdo de unas flores que no tiraste a la basura.

Jimin no sonrió.

No dio las gracias.

Pero tampoco estrelló el ramo contra su pecho, solo sostuvo con delicadeza.

— Ponlos en agua, entonces. — Dijo, volviendo al sofá y fijando la vista en un punto lejano. — A ver cuánto duran esta vez.

No era un perdón.

No era amor.

Era un experimento.

Una prueba de si algo frágil y bello podía sobrevivir, aunque fuera unos días, en el desierto árido que habían creado.

Jungkook puso los lirios en un jarrón de cristal con agua fresca, los colocó en el centro de la mesa del comedor, donde antes estuvo la torta de cumpleaños destrozada.

Los lirios vivieron exactamente seis días.

Cada mañana, el pelinegro cambiaba el agua, el rubio los observaba en silencio mientras desayunaba.

Cuando el último pétalo se curvó y cayó al mantel, fue Jimin quien, en silencio, lo recogió y lo depositó en el bote de la basura.

Un ciclo completo.

Nacimiento, vida, muerte.

Pacífica.

Sin violencia.

Era el ciclo más saludable que habían completado juntos en años.

La sanación no borró las cicatrices.

Las físicas se desvanecieron en manchas amarillas y luego en memoria de la piel.

Las del alma eran permanentes, relieves dolorosos al tacto en la penumbra.

Jimin ya no veía a Jungkook como el monstruo infiel de su historia, si no como otra ruina humana, tan dañada y culpable como él.

Jungkook ya no veía a Jimin como el provocador insufrible, si no como un herido que había aprendido a atacar porque era el único lenguaje que creía conocer.

La reconciliación no fue un perdón solemne.

Fue una tregua cansada que, día a día, se fue solidificando en un nuevo contrato, un contrato basado no en la pasión, si no en el respeto cauteloso, en la vigilancia constante de los propios demonios.

Empezaron a compartir el espacio sin que el aire se volviera irrespirable.

Una noche, Jimin despertó ahogándose, gritando el nombre de MinJung, Jungkook, en lugar de gruñir por ser despertado, se sentó a su lado en la cama.

No lo abrazó.

Solo puso una mano sobre la suya, en la oscuridad, y la dejó allí, firme y quieta, hasta que los temblores cesaron y la respiración de Jimin se acompasó con la suya.

La mañana del cambio empezó con una náusea, no era la náusea del asco o del miedo, si no una familiar, lejana. El rubio se levantó rápido y corrió al baño donde vómito todo lo de la noche anterior, se apoyó en el lavabo, confundido, el recuerdo de cuatro semanas atrás donde se entregó de nuevo a los brazos de su esposo, lo golpeó.

No había sentido eso desde antes de MinJung.

Compró la prueba con manos temblorosas, en una farmacia lejos de la casa, esperó los tres minutos en el baño, con la puerta cerrada, mirando el pequeño artefacto de plástico como si fuera una granada.

Cuando las dos líneas rosadas aparecieron, inequívocas, el mundo no se llenó de luz, se llenó de un silencio absoluto y de un vértigo monumental.

Salió del baño y encontró a Jungkook en la cocina, preparando café, sin decir nada, puso la prueba positiva sobre la encimera, al lado de la taza.

Jungkook la miró y luego miró a Jimin.

Su rostro pasó por el asombro, por un destello de alegría salvaje que fue inmediatamente ahogado por una ola de terror puro.

No hubo gritos, ni abrazos.

Hubo un mutuo reconocimiento del abismo que acababan de asomarse a mirar de nuevo.

Se sentaron en el borde de la bañera, en el baño, hombro con hombro, mirando la pared de azulejos blancos.

Y por primera vez desde la muerte de MinJung, lloraron juntos.

No eran lágrimas de felicidad.

Eran lágrimas de un miedo abismal, de una responsabilidad aterradora, y de una esperanza tan frágil que daba miedo nombrarla.

Este embarazo fue un territorio nuevo, con las herramientas que les había costado tanto aprender, hubo citas médicas a las que Jungkook asistía puntualmente, con una libreta donde anotaba las instrucciones del doctor.

Hubo noches en que Jimin, abrumado por las hormonas y los fantasmas del pasado, sufría ataques de pánico que lo dejaban temblando en un rincón.

El pelinegro ya no se sentía impotente o irritado, envolvía a su esposo en una manta pesada, se sentaba a su lado en el suelo y hablaba con voz baja y constante, guiándolo en los ejercicios de respiración: "Cuatro, cinco, seis siete, ocho, estoy aquí contigo cariño, cuenta conmigo."

Hubo discusiones, por supuesto.

Sobre si pintar la habitación de amarillo o verde, sobre nombres, sobre estilos de crianza, pero ahora tenían un protocolo.

Una palabra "Alto", una pausa y la búsqueda de un compromiso.

La sombra de MinJung no era un fantasma que alejar; era una lección dolorosa que los mantenía alerta, este hijo no era un reemplazo, era una posibilidad distinta, una oportunidad de hacerlo sin el veneno.

La noche antes del parto, Jimin no podía dormir.

El miedo era una bola de plomo en su estómago, Jungkook se sentó a su lado en la cama y comenzó a masajearle la espalda con un aceite de almendras, sus manos, aquellas que habían causado tanto daño, eran ahora firmes, seguras y suaves en sus movimientos.

— Tengo un miedo… que no me cabe en el cuerpo — Confesó en un susurro.

— Yo también — Admitió el pelinegro, sin dejar de masajear la zona lumbar. — Pero es nuestro miedo, lo compartimos y no estamos ciegos. — Le aseguró. — Ya no vamos a tropezar con la misma piedra.

Al día siguiente, nació una niña.

Cuando la enfermera colocó ese pequeño paquete de vida, quejumbroso y enfadado, en los brazos de Jimin, él levantó la vista y buscó a Jungkook.

En los ojos de su esposo vio reflejado exactamente el mismo asombro, la misma promesa muda y feroz de cuando nació MinJung.

No había una felicidad eufórica e ingenua.

Había una paz profunda, tallada a base del dolor.

Había una determinación de acero, forjada en el fuego de la pérdida.

Era la felicidad de los náufragos, de aquellos que, tras haber sobrevivido al naufragio más devastador, aferrándose a tablas rotas en medio de la tormenta, logran por fin llegar una costa lejana.

Saben que la tierra aún está a kilómetros, que el mar sigue siendo traicionero y sus fuerzas escasas.

Pero ahora, por primera vez, tienen un mapa, tienen las manos llenas de callos por remar en la oscuridad, y lo más importante, reman en la misma dirección, con el mismo ritmo pausado y constante, mirando hacia el mismo horizonte.

La casa de la calle Álamos, número 42, nunca recuperaría su inocencia.

El aire, sin embargo, había perdido para siempre el olor metálico a guerra, a veces, en los días de lluvia, parecía aún cargarse con el eco de un grito ahogado o el sonido de un cristal al romperse.

Las cicatrices, en las paredes y en sus almas, seguían allí, visibles al tacto en la penumbra.

Pero ya no supuraban.

Solo recordaban, con un dolor sordo que se había integrado en ellos, el precio exorbitante de la paz a la que, contra todo pronóstico y guiados por las manos de terapeutas y su propio agotamiento, habían logrado llegar.







FIN.










El amor, no es violento, no lastima, no rompe, no destruye y esta dispuesto a cambiar, mejorar, por ese ser preciado en nuestro corazón.

Si estas pasando por esta situación, estas a tiempo de buscar una salida, y si la pasaste quiero que sepas que eres la persona más fuerte y valiente que conozco.

Tomemos conciencia.

Las amo ♡


~Bye.