Prólogo
No importaba cuántas veces Taehyung intentara encajar en su nueva vida, la condena por no pertenecer al mismo estatus social siempre iba a ser la misma; ser visto por debajo del hombro.
Desde que tenía memoria esa había sido su realidad. Y aunque siempre mantuvo la cabeza en alto fingiendo indiferencia e invulnerabilidad, lo cierto es que la resistencia tenía un límite. No culpaba a nadie, ni mucho menos a su familia, parte de él creía que se lo merecía. Pero ese día, detrás del edificio de los dormitorios del instituto, tras meses del egreso de Jungkook, no pudo soportarlo más.
—Por favor, déjenme en paz—Hincado frente a un grupo de estudiantes de cuarto año, suplicó. No lloraba, pero le temblaba el labio. Y su rostro estaba tan sucio como su alma—. Por favor...
Choi Soobin levantó su celular y sin tomar en cuenta sus palabras comenzó a grabar. El repentino flash encandiló los hinchados ojos del rubio, lo que le causó una escandalosa carcajada al peliazul frente a él.
—No desperdicies la comida TaeTae —se mofó, agachándose hasta quedar a su altura. Su mano recorrió de arriba abajo el brazo del menor, y Taehyung, ante la helada fricción, se tensó de inmediato—. Mira lo desnutrido que estás... —susurró con una mueca lejana a la lástima.
Con la cámara aún grabando frente a su cara, Soobin tomó los mechones empapados de sudor y lo estampó contra el suelo a centímetros del desperdicio. El impacto ardió como la mierda, y las lágrimas, tercas como siempre, se negaron a salir.
—Come. Necesitas comer. Este es el tipo de comida que ingieren ustedes, ¿no? –El grupo de amigos estalló en carcajadas. Soobin sonrió con orgullo, restregando la mejilla de Taehyung contra la suciedad mientras este apretaba los labios en un intento por no darles el gusto—. Suplícame que me detenga TaeTae, y lo haré. Pero come primero.
Taehyung cerró sus ojos con fuerza, intentando apartar las manos ajenas torpemente, pero fue inútil. Una patada seca en el costado le arrebató el poco aire que le quedaba, obligándolo a someterse contra el asfalto. Tosió; la garganta le quemaba. Supo que no tenía otra opción.
Lentamente abrió la boca, pasando su lengua por los restos. El sabor rancio del aceite mezclado con tierra mojada logró que el estómago se le retorciera como si un ácido quisiera trepar por su garganta. Pero el ardor en su pecho, la impotencia en los puños y las ganas de llorar, dolían más que cualquier herida física. Ese día no solo murió su paciencia, murió su dignidad. Y todo había quedado evidenciado.
"El cachorrito de Choi lame su comida"
Esa fue la frase que lo recibió al despertar al día siguiente. El video, con las pocas horas de publicado, acumulaba miles de reacciones en el foro del instituto y cientos de comentarios mofándose de su miseria. Taehyung había perdido la cuenta del tiempo que llevaba soportando aquel infierno por asistir a un lugar que, si no fuera por el señor Jeon, quien es su padrastro, jamás habría podido pagar por su cuenta.
De lo único que estaba seguro era de una cruel ironía; la única persona capaz de sacarlo de ese pozo era la misma que lo había empujado hacia a él.
Jeon Jungkook.
En el fondo, no era distinto a la escoria de Choi Soobin; arrogante, clasista y sobre todo cruel con sus palabras. Recordaba la primera vez que lo conoció, su madre, quien recién entonces se había convertido en Jeon, lo presentó como un muchacho dulce y educado. Sin embargo, bajo esa fachada impecable que le ofrecía al mundo, se escondía un maldito déspota que gozaba viéndolo de rodillas mientras lamía sus zapatos.
Jungkook, consciente de la poca valentía del rubio, abusó del desnivel.
No lo golpeaba, tampoco lo sometía a castigos, pero siempre encontraba la forma de empujarlo hasta el borde sin cruzar el límite. Suficiente era con mirarlo desde arriba para hacerlo encogerse, suficiente era con arrinconarlo en pasillos vacíos con cualquier excusa, solo para tenerlo cerca y a su disposición.
Taehyung lo odiaba, al menos eso creía.
Aun así, cuando estudiaron al mismo tiempo, cuando todos sabían que se trataba del "hermano" de Jeon, su simple presencia bastaba para que nadie se atreviese a ponerle un dedo encima. Le dolía reconocerlo, pero lo necesitaba. Ahora más que nunca.
Ese fin de semana, con las piernas flaqueando y el sudor frío bajando por su frente, paró frente a la habitación de Jungkook.
Uno, dos, tres golpes.
Al cuarto, el azabache abrió. Lo miró de arriba abajo, con los brazos cruzados sobre su pecho y esa típica expresión de fastidio adornando el tenso rostro del tatuado.
—¿Qué quieres? —preguntó seco.
Esta vez, Taehyung no bajó la mirada.
—Necesito hablar contigo. —Su voz salió ronca, cargada de una seriedad inusual.
Jungkook arqueó una ceja, extrañado ante la determinación. Taehyung, en general, solía parecer una sombra en donde quiera que convivieran, lo evitaba a toda costa como si se tratase de un peligro, y el que ahora lo buscara por voluntad propia despertó en él la curiosidad.
Se hizo a un lado, dejándolo pasar, y cerró la puerta de sí. Mientras el rubio permanecía de pie en medio de la habitación, Jungkook se dejó caer con elegancia en el sofá de terciopelo.
—Habla. No tengo todo el día.
Taehyung tardó unos segundos antes de hacerlo.
—Yo... —hizo una pausa, desviando su mirada hacia la alfombra—. Quiero que me ayudes. Choi Soobin... no deja de molestarme.
Hubo un silencio denso inundó la estancia.
No hacía falta que entrara en detalles, Jungkook estaba al tanto de la situación incluso desde antes que escalara. Taehyung nunca había sido de su interés fuera de la casa, lo que hicieran con él no podía importarle menos. Pero esa repentina vulnerabilidad, la forma en que Taehyung dejó morir el orgullo frente a él... le pinchó tan solo un poco el corazón.
—Tu papá es amigo del director... ¿no? —sonrió con amargura, ansioso ante el rostro inexpresivo del mayor taladrándole el alma—. Por favor dile que me ayude.
Jungkook procesó la petición y una risa se le escapó sin poder evitarlo. Pensó que el descaro de Taehyung era enorme. Años discutiendo, años fingiendo que la tensión entre ambos no existía, años soportando que todos lo acusaran de "colgarse" de su apellido, y ahora, justo como en el miserable video, estaba ahí, suplicándole ayuda al mismo hombre que había menospreciado a su familia desde el inicio. Al mismo hombre que lo había sepultado.
—¿Por qué debería hacerlo? —respondió tras una pausa calculada.
Taehyung apretó los puños, intentando mantener la calma.
—Es tu culpa que todo esto esté pasando Jungkook —contestó entre dientes—. Si no le hubieses dicho a todos que...
—Que eras un arrastrado —completó él.
Taehyung bufó, herido por el recuerdo.
—Nunca me aproveché de tu familia —se defendió. Jungkook pareció sonreír, atento a cada palabra—. Solo intenté... coexistir contigo.
El pelinegro soltó un resoplido leve, casi una risa, no burlona, más bien incrédula. Se levantó del sofá y caminó hacia él de manera lenta, midiendo cada paso como si fuera un depredador. Taehyung, por alguna extraña razón, no se movió. Quizá no podía. Quizá no quería. Pero el aire se volvió tan pesado, tan cargado de una electricidad difícil de explicar, que cuando Jungkook quedó frente a él y su voz bajó una octava, Taehyung no pudo evitar arrepentirse un poco de haber acudido a él.
—Dices que es mi culpa —murmuró—. Entonces... pídemelo a mí.
Taehyung frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Jungkook acarició su mejilla interna con la punta de la lengua, estudiando el rostro del menor con una calma que le erizó la piel. Era esa misma expresión que, en el pasado, le había calentado el pecho. Lo detestaba. Detestaba que su cuerpo reaccionara de esa forma tan asquerosa a quien se supone que debería mantener distancia. Y detestaba ser tan obvio para que Jungkook se diera cuenta.
—Pídeme ayuda a mí—su voz, filosa como una navaja, lo devolvió a la realidad. De pronto, sus rostros estaban a centímetros—. Pero hazlo sin escupirme veneno. Hazlo como cuando hablaste allá afuera. Como cuando estabas hincado.
Taehyung sintió el calor treparle por el cuerpo una vez más.
—Eso fue distinto —negó.
—No lo fue —corrigió Jungkook, invadiendo su espacio personal hasta que el aroma a perfume caro le recordara con quién hablaba—. Solo que ahí estabas temblando del miedo, y aquí te haces el fuerte.
Taehyung tragó saliva. El enojo le picaba la garganta.
—¿Quieres hacerme lo mismo que Choi? ¿Eso es? ¿Qué me vuelva a humillar?
—No —negó de inmediato con la cabeza—. Quiero que seas honesto, por primera vez.
Su corazón, como si se tratase de un tambor, retumbó con fuerza contra su pecho. La habitación era inmersa, pero, aun así, cada respiro se sentía asfixiante por la cercanía de los rostros.
Taehyung alzó la vista lentamente, y por primera vez en mucho tiempo, no la apartó.
—Jungkook —musitó, incapaz de terminar.
Los ojos oscuros del mayor bajaron hacia sus labios rotos que aún temblaban, antes de volver a subir su mirada. No hubo roce, ni más palabras. Solo un silencio cargante. Pero la intención estaba ahí, como todas las veces anteriores, y con eso bastaba para hacer flaquear las piernas del menor.
—Dilo bien, Kim —murmuró Jungkook—. Y veré que hago con Soobin.
Taehyung sintió el estómago contraerse. No por miedo, sino por esa culpable sensación de vértigo que Jungkook siempre le provocaba cuando decidía jugar con él. Y maldición, lo hacía muy bien.
—No entiendo... ¿qué quieres que diga? —murmuró, odiándose por sentirse tan pequeño. Tan sumiso.
Jungkook lo observó sin responder. No era necesario. Mantenía esa expresión tranquila que en él significaba cualquier cosa menos paz. Dio otro paso, acorralando a Taehyung contra la fría pared de mármol.
—No me interesa lo que digas —susurró, inclinándose hacia su oído con el aliento quemándole la piel—. Sino en cómo lo dices.
Taehyung apretó los puños hasta clavarse las uñas. Su respiración se quebró sin avisarle. Se sentía indigno, pisoteado, pero, aún con esos pensamientos perforándole la conciencia, su cuerpo traicionero respondía al cálido aliento de Jungkook contra su mejilla.
Finalmente, se sometió. De nuevo.
—Por favor... —comenzó, pero la voz se quebró.
«Patético», se maldijo.
—Eso no sonó como si de verdad quisieras mi ayuda. Hazlo bien, Taehyung. Hazlo como cuando te vi en ese video. Sin orgullo. Sin aire. Sin nada que perder.
El rubio, con el cuerpo temblando, sintió un calor subirle por la cara. ¿Era rabia? ¿Vergüenza? ¿O esa sensación que tantas veces intentó reprimir sin éxito? ¿Cómo había acabado así? ¿Por qué su cuerpo actuaba sobre su cabeza?
—J-jungkook... —Su nombre salió ahogado. Bajó la mirada, tragando en seco, como si le doliera abrir la boca—. Ayúdame, por favor.
Dicho y hecho.
Soobin y su grupo fueron expulsados del instituto a la semana siguiente. El video desapareció de las redes como si nunca hubiese existido. Y aunque los murmullos en los pasillos no cesaron, el hecho de que Jeon Jungkook hubiera apartado a los agresores de su camino le devolvió una calma que Taehyung no sentía desde hacía meses.
Pero cuando las vacaciones de verano por fin llegaron, cuando Taehyung creyó que podría retomar su rutina sin sentirse el blanco de las burlas, la calma volvió a revelarse como una promesa lejana. Porque aquel favor que Jungkook le había concedido, era más caro que su propia paz mental, una deuda que el dinero jamás podría saldar.