Prólogo
Melody Hughes tiene dieciocho años y una elegancia que no se aprende, sino que se hereda del silencio y de las heridas bien disimuladas. Hay algo en su manera de observar el mundo —detenida, minuciosa— que la distingue de los demás estudiantes que recorren los pasillos de la universidad con prisa y ruido. Ella, en cambio, parece caminar entre páginas invisibles, como si su vida fuera una novela que solo ella sabe leer.
Su mente, aguda y profundamente reflexiva, encuentra refugio en la literatura clásica. El romance de época no es solo su género favorito, sino su forma de comprender el amor, la dignidad y la valentía emocional. Elizabeth Bennet, con su inteligencia mordaz y su orgullo delicado, se convirtió en su referente silencioso: una mujer que enseñó a Melody que amar no debía significar perderse a una misma. Su vocabulario, preciso y maduro, suele sorprender a quienes apenas comienzan a conocerla.
Pero Melody no vive únicamente entre libros. La moda es otro de sus lenguajes. Elige cada atuendo con una mezcla cuidadosa de lo vintage y lo moderno, como si a través de telas y colores pudiera construir una versión de sí misma más fuerte, más segura. El maquillaje, aplicado con calma ritual, es su armadura diaria: una forma sutil de enfrentarse al mundo sin permitir que nadie vea demasiado.
Esa es la Melody visible. La joven culta, sofisticada, con un futuro prometedor.
Sin embargo, existe una verdad que pesa sobre ella como una sombra persistente. Un error del pasado. Un amor entregado sin reservas y jamás correspondido. Una herida que no solo quebró su corazón, sino también las expectativas que sus padres tenían sobre ella. La muchacha risueña, brillante y sociable se apagó sin despedirse. Se desvaneció en el mismo instante en que entendió que amar podía doler más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Desde entonces, Melody levantó una fortaleza invisible. Se refugió en la rutina, en la soledad cuidadosamente organizada, en una burbuja de cristal hecha de libros antiguos y silencios prolongados. Sus interacciones se redujeron a lo estrictamente necesario, y su mundo se volvió pequeño, controlable, seguro. Allí, entre páginas encuadernadas y pensamientos ordenados, creyó estar a salvo.
Pero la vida rara vez respeta los muros que construimos.
Ethan Scott aparece como lo inesperado, lo inevitable. Carismático, espontáneo, con una sonrisa capaz de desarmar cualquier defensa, es todo lo que Melody ha evitado convertirse. Su presencia es ruido, luz y movimiento en un universo que ella había decidido mantener en pausa. Popular sin esfuerzo y genuino en su forma de ser, Ethan irrumpe en su burbuja con una persistencia suave, casi paciente, como si entendiera que algunas almas necesitan tiempo.
Lo más desconcertante es que Ethan no intenta cambiarla. No juzga su pasado ni exige explicaciones. Simplemente se queda. La escucha. La acompaña. Y, sin darse cuenta, la invita a redescubrir un mundo que Melody había decidido observar desde lejos. Lo que comienza como una cercanía incómoda se transforma lentamente en una amistad intensa, honesta y peligrosamente electrizante.
Por primera vez, Melody se enfrenta a un dilema que solo conocía a través de la ficción. ¿Es Ethan solo un refugio, un faro amable que la ayudará a sanar? ¿O será quien la obligue a mirar de frente sus miedos más profundos y a arriesgar, una vez más, su corazón?
Lo que ambos están a punto de descubrir es que hay conexiones que no se pueden explicar con palabras.
Y que, a veces, basta un solo encuentro con el destino para cambiarlo todo.
La conexión de nuestro beso apenas está comenzando.