Capitulo 1 "La Noche Sin Aviso "
El problema no fue que algo dejará de funcionar.
Fue que empezó a funcionar distinto.
Toronto Western Hospital 19: 46
Issela no dejaba de mirar el reloj, como si insistir pudiera obligar al tiempo a avanzar más rápido. Había sido un día largo y los horarios no ayudaban en absoluto. El hospital, incluso en calma, tenía esa forma particular de hacer que los minutos pesaran más de lo normal.
—Nada va a cambiar porque lo mires todo el tiempo —dijo Arthur, ordenando unos papeles sobre el escritorio sin apartar la vista de ellos.
—Lo sé, pero… —suspiró—. Le prometí a mi madre que hoy llegaría para la cena y ya voy retrasada.
—Entonces llámala y dile que no podrás —respondió él con calma—. Seguro lo entenderá, no tienes por qué preocuparte tanto.
Issela negó con la cabeza.
—No es tan simple. Se supone que llegaría a las ocho para preparar la cena con mis hermanos. Mi madre y mi padre querían tener su noche tranquila, sin interrupciones.
Arthur soltó una risa breve.
—En ese caso sí estás en problemas. Ya sabes que en diciembre los turnos siempre se alargan. No debiste comprometerte así.
—Lo sé —respondió ella—, pero no pienso quedarme de brazos cruzados.
Sin decir más, caminó hacia el elevador.
—¿A dónde vas, Issela? —preguntó Arthur, ahora sí levantando la mirada—. Otra vez no…
El elevador la llevó un par de pisos arriba. Caminó por varios pasillos casi vacíos hasta detenerse frente a una oficina con una placa grande en la puerta: Jefe de Residentes.
Tocó dos veces.
—Adelante —respondió una voz desde el interior.
Issela entró con cuidado. Frederick estaba sentado frente a su escritorio, concentrado en la pantalla de su laptop y varios documentos esparcidos alrededor.
—Buenas noches, señor Frederick. Lamento interrumpirlo —dijo ella—. Quería pedirle un favor.
—La escucho, señorita Issela —respondió él sin levantar la vista.
—Quería saber si podría retirarme un poco antes esta noche…
—¿Retirarte antes? —la interrumpió—. Eres la octava persona que me lo pide esta noche.
Issela apretó los labios, pero no bajó la mirada.
—No se lo pediría si no fuera necesario. Mi madre y yo planeamos algo esta noche y mis hermanos pequeños están involucrados. No puedo dejarlos solos.
Frederick cerró la laptop y se puso de pie.
—Te diré lo mismo que les dije a los demás —dijo con firmeza—. Nadie está aquí por gusto. Todos quieren estar en casa planeando su víspera de Navidad, pero el personal es limitado. Le negué la salida a tus compañeros y haré lo mismo contigo.
Se detuvo un segundo antes de continuar:
—Haz lo que tengas que hacer para resolver tu problema, pero no abandones tu puesto. Además, las salas 14 y 18 necesitan atención inmediata. En breve llegarán dos ambulancias más, y una de ellas trae un caso que parece relevante. Te necesito atenta.
—Sí, señor —respondió Issela, claramente desanimada.
Salió de la oficina y volvió a bajar.
Arthur la esperaba.
—Sala 14 para ti —dijo Issela señalando el elevador—. Yo me encargo de la 18. Me daré prisa.
—De acuerdo —respondió él, entrando al elevador.
Issela caminó rápido hasta la sala 18. Dentro se encontraba una pareja junto a una camilla en la que se encontraba un niño acostado.
—Lamento la tardanza —dijo Issela mientras se acomodaba la bata—. Tenemos poco personal esta noche .
Issela se acercó a la camilla mientras los padres observaban cada uno de sus movimientos con atención contenida.
El niño no debía tener más de siete años. Estaba despierto, con los ojos abiertos, respirando despacio. Demasiado quieto para alguien rodeado de adultos nerviosos.
—Soy Issela —dijo con voz calmada—. Voy a revisarlo mientras llega el médico.
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—¿Usted es doctora?
—No —respondió Issela sin rodeos—. Soy auxiliar clínica.
El cambio fue inmediato. El hombre cruzó los brazos. La mujer miró hacia la puerta, como esperando a alguien más.
—Nos dijeron que esto era una urgencia —dijo ella—. Lleva horas con fiebre y dolor.
—Lo sé —respondió Issela mientras colocaba el oxímetro en el dedo del niño—. Por eso estoy aquí.
Tomó los signos vitales con rapidez y cuidado. Fiebre alta. Pulso acelerado. Saturación aceptable. Nada fuera de lo común… salvo por la rigidez con la que el niño mantenía el abdomen.
—¿Dónde te duele? —preguntó Issela, inclinándose un poco para quedar a su altura.
El niño señaló el costado derecho, apenas, como si el gesto le costara esfuerzo.
Issela presionó suavemente. El niño tensó la mandíbula, pero no se quejó.
Eso no le gustó.
—¿Desde cuándo empezó el dolor? —preguntó al padre.
—Desde la tarde —respondió—. Pensamos que era algo que comió.
Issela asintió y anotó mentalmente. Dio un paso atrás justo cuando un residente entró a la sala, revisando una tableta sin mirar a nadie.
—¿Qué tenemos? —preguntó.
—Fiebre y dolor abdominal —respondió Issela—. Rigidez en el costado derecho. Creo que deberíamos—
—Probablemente una infección leve —interrumpió el residente—. Analgésico, líquidos y observación.
Issela dudó un segundo.
—La rigidez no es normal —dijo—. Y el dolor no coincide del todo con—
—Ya lo vi —respondió él, sin levantar la vista—. Sigue el protocolo.
Issela apretó los labios, pero no discutió. Repitió la medición de temperatura. Luego el pulso. Algo no encajaba del todo. No era grave aún, pero iba en esa dirección.
—Voy a tomarle otra muestra —dijo.
—No hace falta —respondió el residente—. El médico titular lo verá cuando llegue.
Issela no respondió. Tomó la muestra de todos modos.
Minutos después, los resultados preliminares aparecieron en el sistema.
—Doctor —dijo, extendiéndole la tableta—. Los niveles están subiendo rápido.
El residente miró la pantalla. Esta vez con atención.
Guardó silencio un segundo más de lo necesario.
—Llama al cirujano de guardia —dijo al fin.
La madre soltó el aire que llevaba rato conteniendo.
Issela se apartó de la camilla, dejándole espacio al equipo que empezaba a entrar. Nadie le dijo nada. Nadie la felicitó. Nadie se disculpó.
Pero cuando salió de la sala, la enfermera que había estado observando todo le dedicó una breve mirada y asintió apenas.
Issela se permitió respirar.
Sólo entonces recordó la hora.
Issela permaneció de pie junto al mostrador, esperando nuevas instrucciones, en silencio. Durante unos segundos, el hospital pareció acompasar su respiración con la suya: el murmullo lejano de pasos, el pitido constante de los monitores, el zumbido suave de las luces.
Entonces, su celular vibró.
Lo sacó casi de inmediato.
—¿Ian?
—Issela… me alegra que hayas contestado. No sabía nada de ti desde hace más de una hora. No respondías los mensajes y empecé a preocuparme.
—Lo siento —respondió ella en voz baja—. Está siendo una noche larga, y apenas he tenido un momento para descansar.
—Lo imaginé. Supuse que los horarios se extendieron —dijo él, con un tono más tranquilo—. Por eso compré comida china. Voy a pasar a dejarla. Estoy seguro de que aún no has comido nada.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Issela sin que pudiera evitarlo.
—Ian… me estoy muriendo de hambre —admitió—. Siempre sabes exactamente lo que necesito. Pero esta vez… necesito pedirte un favor.
—Dime —respondió él sin dudar—. Sabes que no puedo quedarme tranquilo hasta saber que estás bien.
Issela se sonrojó ligeramente y comenzó a caminar despacio por el pasillo. El personal del hospital pasaba a su lado con prisa, sin notar la pequeña burbuja de calma que se había formado alrededor de ella.
—No me gusta dejarte preocupado —dijo—, pero necesito que vayas a mi casa y cuides a mis hermanos pequeños. Yo iré en cuanto pueda salir.
—No digas más —respondió Ian—. Voy de inmediato. Tú no te estreses y concéntrate en tu trabajo, ¿de acuerdo?
Issela exhaló, aliviada.
—Gracias, Ian. Estaba muy preocupada… sentía que pronto iba a desconcentrarme.
—Para eso estoy —dijo él con suavidad—. Te amo. Y cuidaré de tus hermanos… igual que cuido de ti.
—Yo también te amo —respondió ella—. Espero verte hoy, aunque sea un momento.
—Así será, Ise…
La llamada se cortó de golpe.
Issela bajó lentamente el teléfono, con el ceño fruncido. El silencio que quedó fue distinto. Más pesado.
Issela miró la pantalla, confundida.
En ese instante, las luces del hospital comenzaron a parpadear de forma agresiva.
—¿Qué está pasando…? —murmuró para sí misma.
Su celular también empezó a fallar, encendiéndose y apagándose sin control.
El ambiente cambió de inmediato. El personal reaccionó sin perder tiempo, moviéndose hacia las salas donde los pacientes dependían de equipos electrónicos.
Issela subió corriendo por las escaleras y se encontró con varios de sus compañeros.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
—No lo sabemos —respondió uno de ellos—. Dicen que es una falla grave. Los generadores de emergencia no están respondiendo.
Issela sintió un nudo en el estómago.
Y entonces, la luz se fue por completo. El personal intentó encender las linternas de sus celulares, pero la mayoría no respondió y las pocas que lo hicieron apenas parpadearon antes de apagarse. El ambiente quedó sumido en una oscuridad total. Issela hizo lo que pudo por localizar a los pacientes más pequeños, pero eso era todo lo que estaba a su alcance por el momento.
Pasaron alrededor de diez minutos antes de que la energía regresara. El incidente dejó a todos confundidos, aunque el personal retomó rápidamente sus labores, como si nada hubiera ocurrido.
Minutos después, el jefe de residentes bajó apresuradamente casi hasta la recepción y convocó a una junta rápida.
El jefe de residentes se aclaró la garganta antes de hablar. Tenía el ceño fruncido y sostenía una tableta apagada entre las manos, como si aún esperara que reaccionara.
—Acabamos de recibir información oficial —dijo finalmente—. El apagón no fue solo aquí.
Un murmullo recorrió la sala.
—Afectó a toda la ciudad. Toronto completa. Hospitales, estaciones, negocios, zonas residenciales… todo perdió energía al mismo tiempo.
Algunos intercambiaron miradas incrédulas.
—Lo extraño —continuó, bajando ligeramente la voz— es que los generadores de emergencia también fallaron. No solo los de los hospitales. Casas, plantas industriales, centros de datos… ningún sistema de respaldo funcionó como debía.
Hizo una pausa, como si eligiera cuidadosamente sus palabras.
—No hay reportes de explosiones, sobrecargas ni sabotaje. Simplemente… dejaron de responder.
El silencio se volvió incómodo.
—La energía ya fue restablecida, pero nos pidieron no registrar el incidente en los informes habituales hasta nuevo aviso. Cualquier anomalía médica ocurrida durante el apagón debe reportarse directamente a mi oficina.
Issela y el resto del personal asintieron y retomaron sus actividades con la normalidad de siempre. Pasaron unos minutos hasta que finalmente se indicó la salida de los auxiliares clínicos.
—¿Ya era hora? —dijo Arthur con apuro, recogiendo sus cosas y guardándolas en la mochila—. Pensé que no nos soltarían hoy.
—Tranquilo, Arthur, no hay prisa —respondió Olivia con tono burlón—. Tu casa seguirá ahí cuando llegues.
—¿Sí? —replicó él—. Cuando tienes cuatro mascotas, cualquier cosa puede pasar. Cosas extrañas… y catastróficas.
Olivia soltó una breve risa, pero luego negó con la cabeza.
—Considerando lo que pasó hoy, no creo que pueda haber algo más extraño. Que los generadores de emergencia fallen en todos lados, cuando precisamente existen para estas situaciones… eso no es normal.
—No lo sé —dijo Arthur encogiéndose de hombros—. Tal vez los técnicos no son tan buenos como creemos.
Olivia lo miró con escepticismo.
—Dudo mucho que sea solo eso, Arthur. Apuesto a que Issela estaría de acuerdo conmigo, ¿no es así? ¿Issela?
Issela, que había permanecido en silencio, levantó la vista. Tardó un segundo en responder, como si aún estuviera ordenando sus pensamientos.
—Definitivamente el apagón no fue normal —dijo al fin—. Quizá las autoridades nos den más información más adelante… pero hasta entonces, lo único que podemos hacer es esperar.
El silencio que siguió fue breve, pero incómodo. Nadie discutió su respuesta.
Issela salió del hospital poco después de que terminara su turno. El aire frío de diciembre la golpeó apenas cruzó las puertas automáticas, recordándole lo tarde que era. La ciudad seguía en movimiento, pero algo en ella se sentía distinto: el tráfico era más silencioso de lo habitual y las luces parecían demasiado estables, como si alguien hubiera intentado compensar el apagón con exceso de normalidad.
Durante el trayecto a casa, observó a las personas en las paradas de autobús, a los conductores detenidos en los semáforos, a los edificios iluminados como si nada hubiera pasado. Nadie hablaba del apagón. Nadie parecía alterado. Y, aun así, Issela no podía sacarse de la cabeza la sensación de que algo había quedado mal ajustado, como una nota fuera de lugar en una melodía conocida.
Cuando por fin llegó a su calle, las luces de las casas estaban encendidas y todo parecía en calma. Demasiado en calma. Se detuvo un segundo antes de entrar, respiró hondo y empujó la puerta.
El olor a comida y las voces familiares la recibieron de inmediato.
—¡Issela, llegaste! —dijo el pequeño Noah, sujetándole la mano y jalándola con entusiasmo—. Ian nos preparó galletas y una cena deliciosa.
—¿Ah, sí? —respondió ella con una sonrisa cargada de sarcasmo—. No sabía que él estaba aquí.
—¡Sí, sí! —intervino Alexander—. Y también nos enseñó sobre su bio… te… bio…
Frunció el ceño, esforzándose por completar la palabra.
—Biotecnología, pequeño —dijo Ian, apareciendo desde la cocina. Sostenía un plato recién lavado que secaba con un trapo.
Issela lo miró con ternura y, al mismo tiempo, con alivio.
Issela se acercó a él sin decir nada. Ian dejó el plato a un lado antes de que ella apoyara la frente en su hombro, cerrando los ojos por un instante. No fue un abrazo largo ni necesario. Solo lo suficiente para recordarse que estaban ahí.
Ian apoyó una mano en su espalda, con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
—Llegaste tarde —murmuró.
—Sí —respondió ella en voz baja—. Fue una noche extraña.
Él no preguntó más. No todavía.
—Bien, campeones —dijo Ian con voz suave pero firme—. Ya saben, suban a su cuarto, cepíllense los dientes y prepárense para dormir, ¿de acuerdo?
Los niños obedecieron sin hacer el más mínimo berrinche. Subieron las escaleras incluso emocionados. Issela los observó en silencio, asegurándose de que llegaran bien antes de apartar la mirada.
—Ven —dijo Ian—. Ya es algo tarde, pero te guardé un poco de la cena.
—No sabes cuánto lo necesito —respondió ella, siguiéndolo hacia la cocina—. Me estoy muriendo de hambre desde las cinco de la tarde.
Ian soltó una pequeña risa.
—Lo sé. Por eso te guardé un poco. Y no te preocupes, nos la pasamos bien.
—Ian, de verdad te lo agradezco —dijo ella con cansancio evidente—. Frederick es muy estricto con los horarios y no me permitió salir antes.
—Lo importante es que ya estás aquí —respondió él—. Y no tengo ningún inconveniente en venir si tus hermanos están solos.
Issela sonrió, aliviada.
Minutos después, ambos se sentaron en el sofá. Issela dejó caer la cabeza sobre el hombro de Ian. Frente a ellos, la televisión permanecía encendida, llenando la sala con una luz suave y constante.
La voz del presentador llenó la sala con un tono demasiado tranquilo para la hora.
—…las autoridades confirmaron que el apagón ocurrido esta noche afectó a gran parte de la ciudad de Toronto durante aproximadamente quince minutos.
Issela levantó un poco la cabeza, apoyando el mentón en el hombro de Ian.
—¿Quince minutos? —murmuró—. En el hospital se sintió eterno.
—No dicen mucho —respondió Ian, frunciendo ligeramente el ceño mientras observaba la pantalla.
En el noticiero aparecían imágenes de calles iluminándose de nuevo, semáforos reiniciándose, personas saliendo de sus casas con el celular en la mano.
—Según los primeros reportes, la interrupción no se debió a una falla convencional en la red eléctrica —continuó el presentador—. Técnicos aún investigan el origen del problema.
Issela se incorporó un poco más.
—Eso no tiene sentido —dijo—. Los generadores de emergencia también fallaron. No solo en el hospital.
Ian la miró de reojo.
—¿Fallaron todos?
—Todos —respondió ella—. Como si… —se detuvo un segundo—. Como si nada hubiera querido encender.
En la pantalla, un gráfico simple mostraba un mapa de la ciudad con varias zonas marcadas al mismo tiempo.
—Las autoridades aseguraron que no hubo daños estructurales ni víctimas reportadas
—añadió el presentador—. Se recomienda a la población mantener la calma.
Ian soltó una risa breve, sin humor.
—Siempre dicen eso cuando no saben qué pasó.
Issela asintió lentamente. No era miedo lo que sentía. Era otra cosa. Una incomodidad sorda, difícil de nombrar.
La imagen cambió a una entrevista grabada. Un técnico hablaba frente a una planta eléctrica.
—Nunca había visto algo así —decía—. Los sistemas estaban intactos. Simplemente no respondieron.
Issela volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Ian, pero ya no estaba relajada.
—Esto no fue normal —dijo en voz baja.
Ian no respondió de inmediato. Luego apagó la televisión.
El silencio que quedó fue más pesado que el ruido.
—Mañana lo explicarán —dijo él, intentando sonar tranquilo—. Siempre lo hacen.
Issela cerró los ojos.
—Eso espero.
Pero, por primera vez, no estaba segura de querer escuchar la explicación.
Issela abrió los ojos y giró ligeramente el rostro hacia él.
—Ian… —dijo—. ¿Dónde estabas tú cuando pasó todo?
Él tardó un segundo en responder, como ordenando los recuerdos.
—Justo cuando hablábamos por teléfono —dijo al fin—. Ya iba camino a tu casa. Pensé que si el apagón duraba más, tus hermanos se quedarían solos y a oscuras.
Issela se incorporó un poco.
—¿Y el camino? ¿Todo estaba igual?
—No exactamente —respondió Ian—. Mi teléfono seguía funcionando… pero lento. Como si le costara reaccionar. Los mensajes tardaban en enviarse y el mapa se congelaba por momentos.
Hizo una pausa.
—Y había coches detenidos —añadió—. No por tráfico. Simplemente… parados. Algunos con las luces apagadas en medio de la calle.
Issela frunció el ceño.
—¿Fallaron también?
—Iba manejando despacio, así que no quise quedarme a averiguarlo —dijo—. Lo único que pensé fue en llegar rápido. En tus hermanos.
Issela bajó la mirada, apretando los dedos entre sí.
—Gracias por venir tan rápido.
Ian apoyó su mano sobre la de ella.
—No iba a quedarme esperando.
Issela asintió en silencio. La imagen de los autos detenidos se le quedó grabada en la mente, demasiado parecida a otras cosas que había visto esa noche.
Issela levantó la mirada de pronto.
—¿Y después? —preguntó—. Cuando se cortó la llamada… ¿por qué no volviste a llamar? Pensé que algo te había pasado.
Ian suspiró despacio.
—Lo intenté —dijo—. Pero algunas líneas no estaban respondiendo e incluso ahora siguen caída s. Las llamadas no entraban o se quedaban cargando sin conectar.
Frunció ligeramente el ceño.
—Supuse que en el hospital estabas ocupada… y luego pensé que quizá por eso tampoco han llamado tus padres. Puede que su línea siga caída.
Issela asintió lentamente.
—Tiene sentido —murmuró.
El silencio volvió a asentarse en la sala.
Issela permaneció unos segundos con la mirada fija en un punto cualquiera del suelo. Pensó en sus padres, en la hora, en lo tarde que era ya. Normalmente, a esa altura de la noche, alguno de los dos habría llamado para avisar que estaban de regreso.
—Tal vez… —empezó a decir, pero se detuvo.
Ian la observó con atención.
—Seguramente están en camino —dijo—. Si las líneas siguen fallando, es normal que no hayan podido llamar aún.
Issela asintió, aunque la sensación de inquietud no se disipó del todo. Se acomodó un poco más cerca de él, buscando algo de calma en la cercanía.
La televisión seguía apagada. La casa estaba en silencio, rota solo por el tic-tac del reloj en la pared.
Entonces, lejos de ahí—
—
La carretera se extendía casi vacía bajo las luces regulares de los postes. Peter conducía con tranquilidad, una mano apoyada en el volante, la otra descansando cerca del cambio. El tráfico era escaso y el camino despejado.
—Deberíamos llegar en unos veinte minutos
—dijo—. Quizá menos.
Rose asintió, mirando por la ventana.
—Issela debe estar agotada —comentó—. Me alegra que haya podido quedarse con los niños.
—Sí —respondió Peter—. Nos quitó un peso de encima.
El auto avanzaba sin sobresaltos. El asfalto estaba ligeramente húmedo y reflejaba las luces como una cinta continua. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Peter redujo un poco la velocidad al acercarse a un tramo más oscuro del camino. No había autos delante. Ninguno detrás.
Y entonces—
El impacto fue seco.
No hubo aviso. No hubo tiempo de reacción. Solo una resistencia súbita, invisible, que detuvo el avance del vehículo de golpe. El cuerpo de ambos se fue hacia adelante y los cinturones los devolvieron a sus asientos con un tirón brusco.
Peter pisó el freno instintivamente.
—¿Qué fue eso? —preguntó Rose, con la voz tensa.
—No lo sé —respondió él, mirando fijamente al frente—. No vi nada.
El auto quedó detenido en medio de la carretera.
El motor seguía encendido. Las luces funcionaban con normalidad.
Peter bajó del vehículo. El frío le recorrió los brazos mientras caminaba alrededor, observando el asfalto, los costados del camino, el frente del auto.
Nada.
Se inclinó frente al parachoques. Había una marca leve. Un hundimiento pequeño, como si algo sólido hubiera estado ahí durante una fracción de segundo.
—¿Peter? —llamó Rose desde dentro—. ¿Qué pasa?
—El auto está golpeado —respondió él—. Pero no hay nada. No hay absolutamente nada.
Rose bajó también. Miró alrededor con cautela, como esperando que algo apareciera si lo observaba lo suficiente.
La carretera seguía vacía.
—¿Un animal? —preguntó ella.
—No —dijo Peter—. Lo habría visto.
Durante unos segundos, ninguno habló. El único sonido era el del motor y su propia respiración.
—Tal vez deberíamos… —empezó Rose, pero se detuvo.
Peter volvió a subir al auto. Rose lo siguió. Cerraron las puertas casi al mismo tiempo.
Antes de arrancar, Peter miró una vez más al frente.
La carretera estaba despejada.
No había nada.
Y aun así, algo los había detenido.