Prólogo
JULIA
Hay personas que coleccionan sellos, otras que corren maratones o suben fotos de brunches imposibles de replicar en casa.
Yo colecciono romances.
O mejor dicho, la idea de ellos.
Nada me produce más placer que abrir una botella de vino tinto, servirme una copa y sentarme a ver cómo dos personas que juran no soportarse terminan tropezando directo en brazos del otro. Para mí, el amor es el espectáculo más entretenido del mundo.
Y si el escenario es mi comedor, con velas encendidas, pasta carbonara humeante y un buen Pinot Noir... entonces ya tenemos primera fila.
Quizá por eso soy culpable de mi vicio favorito: empujar a mis amigos hacia historias que ni ellos saben que quieren vivir.
Lo llamo “destino asistido”.
David lo llama “metiche profesional”.
Yo prefiero verlo como un talento subestimado.Esa noche, mi misión era sencilla: Harper y Noah.
Ella, mi mejor amiga: sarcasmo con piernas, una inteligencia que te desarma y esos ojos azules de escándalo que ella finge no saber que tiene.
Él, recomendado por David como si fuera una mezcla improbable entre policía con todas las de la ley y golden retriever en camisa blanca. O sea, un hombre que probablemente puede arrestar criminarles como abrir un vino con una sola mano sin despeinarse.
Yo solo tenía que ponerlos en la misma habitación.
El resto, estaba segura, se escribiría solo.
¿Mi apuesta personal?
Que el primer encuentro no iba a ser suave, ni dulce, ni romántico.
Harper y Noah estaban destinadísimos a empezar como empiezan las mejores historias: con pullas, sarcasmo y esa clase de tensión que te eriza la piel antes de que lo reconozcas como deseo.
Y yo, por supuesto, iba a estar ahí. Con copa en mano, disfrutando cada segundo.
Porque sí, lo admito: pocas cosas me apasionan tanto como el vino, las novelas románticas...y ver cómo mis amigos se enamoran.