Chapter 1
Nadie es culpable de enamorarse. Y menos aún, de quién nos enamoramos. Porque enamorarse es un sentimiento incontrolable. Una atracción emocional feroz que convierte lo ordinario en mágico, lo prohibido en irresistible y lo incierto en inevitable.
A sus cuarenta y siete años, Jeon Jungkook era, sin exagerar, el hombre más atractivo que yo había conocido nunca. Y no hablo solo de su físico —que, por cierto, era impecable—: alto, de hombros amplios y espalda recta, con ese cuerpo trabajado no para lucirse, sino para sostener el mundo. El cabello, con algunas canas en las sienes, le daba un aire de autoridad que no necesitaba reforzar. Siempre perfectamente afeitado, con las camisas impecables, los relojes discretos pero carísimos, y esa voz grave, pausada, construida para dar órdenes sin necesidad de alzarse.
Pero lo que más me atraía de él no era eso. Era su forma de habitar el mundo. Como si todo lo que hiciera —desde servir el vino hasta cerrar una puerta— respondiera a un propósito invisible. Siendo de esos hombres que no necesitan hablar mucho, porque ya lo dicen todo con una sola mirada. Con una inteligencia afilada que jamás utilizaba para imponerse. Sabía escuchar. Y lo peor de todo: sabía hacerse desear sin proponérselo.
Todo habría sido perfecto… si no fuera porque Jeon Jungkook era un hombre casado, yo solo tenía dieciocho años y, además, él era padre de tres hijos.
El menor de ellos, Taehyung, era —por si fuera poco— mi mejor amigo.
Tae y yo cursábamos el último año de instituto y, la mayoría de las tardes, acabábamos en su casa para merendar, estudiar o hacer deberes juntos. Éramos buenos alumnos, responsables y cumplidores. Pero, si he de ser sincero, mi verdadera motivación para ir allí no tenía nada que ver con la escuela. Era su padre. Jungkook.
Había algo en su presencia que me atrapaba sin remedio. Su manera de caminar por la casa, de servir el café, de hablar con ese tono pausado y seguro. No importaba si iba en traje o en ropa deportiva: todo en él me resultaba magnético. Y esa atracción, al principio silenciosa, fue creciendo… hasta volverse obsesiva.
Me costaba concentrarme con él cerca. A veces me bastaba oírlo subir las escaleras o entrar en la cocina para que todo mi cuerpo reaccionara. Me sorprendía a mí mismo mirándolo desde el pasillo, desde el reflejo de una ventana. Y por las noches... ya no podía evitarlo.
Cada noche me masturbaba pensando en él. Me abrazaba a la almohada como si fuera su cuerpo, me la enrollaba entre las piernas, imaginando que era Jungkook el que me tocaba, el que me lamía, el que me abría en dos. Y lo peor —o tal vez lo mejor— es que no sentía culpa. Solo un deseo rabioso y creciente. Una urgencia húmeda que no me dejaba en paz.
Aquella noche, Jennie —la madre de Tae— hablaba desde la cocina mientras preparaba la cena. Jungkook estaba en el salón, hojeando el periódico, con las gafas de lectura apoyadas en la punta de la nariz y una copa de vino entre los dedos.
Como siempre, irradiaba esa calma elegante, esa apariencia de hombre relajado, tranquilo... e inofensivo. Pero no lo era. Al menos, no para mí.
Después de cenar, Taehyung subió a su habitación con el portátil en brazos. Dijo que tenía que entregar un trabajo para el día siguiente. Pero yo sabía que lo único que le importaba era curiosear en las redes sociales: revisar las fotos, contar los “me gusta” que había recibido Min Yoongi —según el, el chico más guapo de la clase—, y alimentar esa ilusión efervescente que tenía por él.
Yo asentí con una sonrisa mientras lo veia subir los escalones de dos en dos. Pero en mi interior… solo pensaba en su padre. En cómo me había rozado los dedos al servirme el postre. En esa frase que aún me ardía detrás de la oreja: “Hueles muy bien.”
Jennie seguía en la cocina, guardando los platos en el lavavajillas, mientras, como cada noche, hablaba por teléfono con su hermana.
—Yo recojo lo que falta de la mesa —me ofrecí, aunque ya era mi hora de volver a casa. Pero hice lo posible por retrasarla un poco más.
La mamá de Tae sonrió, agradecida.
Fui al comedor por los platos que quedaban. Jungkook estaba allí, viendo la televisión. Comencé a recoger los restos de la cena, concentrada en no hacer ruido.
—Siempre tan servicial, Jimin —dijo, con ese tono que nunca termina de ser un halago completo.
—Es lo menos que puedo hacer… —respondí sin mirarlo, concentrándome en no volcar los vasos, en mantener el control. En respirar. En que no se me notara la humedad que empezaba a sentir entre las piernas.
Y entonces lo sentí.
No lo vi, pero lo supe. Reconocí el ritmo exacto de sus pasos. La forma en la que se movía por la casa, como si no pesara. Como si el suelo mismo le hiciera sitio. Se detuvo justo detrás de mí. Lo bastante cerca como para envolverme con su presencia, sin tocarme.
—Deja, ya lo hago yo —dijo en voz baja, al borde de mi oído—. Eres demasiado bonito para hacer de criada.
Al escucharlo, un temblor me recorrió el vientre. Su voz, tan cerca, tan baja, me erizó la piel. Como si, con una sola frase, me hubiera desnudado por dentro.
—No… en serio, no es molestia —respondí, aunque las palabras me salieron más ahogadas de lo que habría querido.
Jungkook se inclinó, pasando el brazo por mi lado para tomar una copa. Su antebrazo rozó el mío. No fue un gesto torpe ni accidental. Fue preciso. Medido. Como todo lo que hacía. Me quedé inmóvil, helado por fuera y ardiendo por dentro.
—Me encanta que vengas a casa —confesó, sin moverse, con la boca demasiado cerca de mi cuello. Sentía su aliento rozarme—. Siempre es un placer tenerte aquí.
Y esa palabra… placer. Dicha en ese tono, con esa pausa, me erizó la piel.
No contesté. No me atreví. Me quedé ahí, respirando con dificultad, temblando en los muslos, sintiendo el pulso entre las piernas como un golpe sordo. Y, de pronto, maldigo por estar vestido con el uniforme del instituto. Esa falda de cuadros escoceses que siempre odié. La camisa blanca, insípida. Los calcetines verdes hasta la rodilla. Me siento ridiculo. Expuesto. Pero sobre todo… excitado.
Como si el simple hecho de estar delante de él me redujera a esa versión ingenua de mí mismo… y al mismo tiempo me desnudara por dentro, sin tocarme. Él se aparta entonces. Lento. Como si me dejara con la idea, con el hueco de su cuerpo aún caliente detrás de mí.
—¿Supongo que ya tienes novio? —pregunta de repente.
Me detengo y me giro. Jungkook está apoyado en el marco de la estantería, con un libro abierto en una mano y la otra en el bolsillo. Me observa. Y por primera vez, no disimula.
No es la mirada amable del padre de una amigo. Ni la cortesía educada del anfitrión de una cena. Es otra cosa. Es la mirada de un hombre que sabe exactamente lo que provoca.
—No —respondo, después de un segundo demasiado largo—. Todavía no tengo novio.
Él asiente, como si solo confirmara algo que ya intuía. Cierra el libro con lentitud, lo deja sobre la mesa… y no aparta los ojos de mí ni un instante.
—Curioso… —dice.
—¿El qué? —pregunto, con una sonrisa tan torpe que apenas me cabe en la cara.
—Que alguien como tú no tenga novio.
El calor me sube por el pecho como una marea lenta. Quiero decir algo. Un chiste, una frase ingeniosa. Algo. Pero no me sale. «Joder, soy un tonto. «En mis fantasías todo era más fácil».
Solo lo miro. Y él… da un paso. Uno solo. Pero suficiente.
—¿Estás bien? —pregunta con esa voz suya que parece tocarte por dentro.
Asiento, con miedo a que la voz no me salga del cuerpo.
—¿Seguro?
—Sí… —Susurro.
La distancia entre nosotros es mínima. El deseo, insoportable. Y el silencio… casi obsceno. No me toca. No se acerca más. Solo espera.
—Seguro que la mitad de tu clase están locos por ti —dice con una media sonrisa. No es una pregunta. Es una afirmación disfrazada.
Me encojo de hombros, como si no supiera qué contestar. Como si no me temblaran las piernas. Como si no llevara meses imaginando este momento. Si sumara todas las palabras que he cruzado con él en el último año, esta noche habría batido el récord.
Él alza apenas las cejas, como si me leyera por dentro. Como si nada de lo que digo pudiera sorprenderlo.
—Ya no eres un niño, podemos hablar de estas cosas, ¿verdad?
Tampoco es una pregunta. Es una certeza. Un diagnóstico leve. Me muerdo el labio sin querer. Siento cómo se me eriza la piel.
—No… —respondí.
Él se apoya en el borde de la mesa, cruza los brazos. Su postura es relajada, pero hay tensión en su mandíbula. Como si contuviera algo.
—¿Y qué te interesa a ti?
La pregunta queda flotando. No la responde mi voz. La responde mi cuerpo. Mi forma de mirarlo. Mi respiración entrecortada. El leve movimiento de mis piernas, como si intentara anclarme al suelo.
—No sé… Otras cosas… —Susurró.
Y entonces, por primera vez, no bajó la mirada. No se contiene. Se queda ahí, viéndome, respirando conmigo. Como si supiera que estamos en el borde. Y que con un solo gesto todo puede cambiar.
—Eres muy maduro para tu edad —dice en voz baja, como si me hablara al oído, aunque aún no se ha movido—. La mayoría de los amigos de Taehyung no hablan como tú. No se mueven como tú.
Sus palabras me recorren como un dedo invisible. Siento el pulso en la garganta, en el vientre, entre las piernas. Y no apartó la mirada.
—¿Y cómo me muevo yo? —pregunto, con voz baja, quebrada, valiente. No sé de dónde saco el valor. Estoy casi temblando.
Él deja que la pregunta flote. Luego se incorpora. Camina despacio. Y cuando se detiene frente a mí, estamos tan cerca que si me inclinara podría rozarlo.
—Como un hombre que sabe lo que quiere… y está a punto de pedirlo.
Su aliento roza el mío. Yo ya no pienso. No respiro. Solo ardo.
—¿Pedirlo? —preguntó, fingiendo no entender.
Él me mira con esa mezcla peligrosa de paciencia y deseo contenido. Como si supiera que estoy jugando. Como si le excitara esa falsa inocencia que ya no cuela.
—Sí —responde—. Pide lo que quieres. Sin rodeos.
Su voz no sube de tono. No hay dureza. Solo ese control férreo, elegante, que me enciende más que cualquier grito.
Nos separan apenas unos centímetros. Y en ese espacio —mínimo y ardiente— se concentra todo lo que todavía no ha sucedido. Sostengo su mirada. Y entonces lo hago. Doy un paso. Solo uno. Pero suficiente para que mi cuerpo roce el suyo. Mi pecho toca levemente su torso. Mi respiración es cálida y acelerada. Él no se aparta. No se mueve.
—No sé cómo se pide —susurré con absoluta timidez.
—Sí lo sabes —respondió, sin dudar.
Y por un segundo… nadie respira.
Entonces me lleva la mano a la cintura. Despacio. Con firmeza. Y por fin, me toca. No como se toca al amigo de un hijo. No como se toca a un niño. Sino como se toca a un hombre que acabas de aceptar que deseas.
Desde la cocina se oye la voz de Jennie. Habla por teléfono con su hermana, como si nada ocurriera al otro lado del pasillo. Ríe, comenta algo sobre una receta, pregunta si el sobrino ya terminó las clases. Su tono es ligero, distraído, perfectamente familiar.
Pero aquí, en este lado del mundo, todo es distinto.
Jungkook me sujeta de la cintura. No se mueve, pero tampoco me suelta. Solo espera. Me mira y respira conmigo. El corazón me late tan fuerte que estoy seguro de que puede oírlo.
—Bésame… —Susurro.
No lo digo como una orden. Tampoco como una súplica. Lo digo como quien se rinde.
Él no responde con palabras. Alza la mano, lentamente… y con el dorso del dedo índice, me roza los labios. Despacio. Como si los dibujara. Lo desliza por la comisura, suave, preciso. Como si necesitara memorizar su forma antes de tomarlos.
El gesto me corta la respiración.
—Eres peligrosamente precioso.
Sus ojos no se apartan de los míos ni un segundo. Y cuando el dedo termina su recorrido por mi labio inferior, lo lleva hasta mi boca. Lo detiene apenas frente a ella, sin empujarlo. No es una invitación. Es una orden muda.
Yo abro la boca. Sumiso . Ansioso. Lo recibo. Lo chupó despacio, como si fuera otra cosa. Paso la lengua por el contorno, por la yema. Lo succiono con una mezcla de reverencia y hambre. Lo miro a los ojos mientras lo hago. Quiero que lo vea. Quiero que entienda que esto es una promesa.
Él exhala muy despacio. No dice nada, pero su respiración ha cambiado. Siento su otra mano en mi nuca. Firme. Dueña.
El dedo sale de mi boca, cubierto de mi saliva. Lo baja lento, por mi barbilla. Un hilo húmedo se estira hasta que se rompe. Sigue por mi cuello. Más abajo. Entre los botones de la camisa. Hasta rozar el nacimiento de mi pecho.
Y yo, por dentro, ya estoy temblando.
Baja el rostro. El primer contacto de sus labios es apenas un aliento. Pero lo siento en los huesos. Su boca es cálida, suave y firme. Besa como habla: sin prisa, sin permiso. No entra de golpe. Se insinúa, se afirma, se apodera.
Su mano se desliza por encima de la camisa, entreabierta. No busca los botones. No deshace nada. Solo recorre. Acaricia el contorno de mis pezones por encima del uniforme. Presiona lo justo para que el pezón arda bajo la camisa.
—Siempre me han vuelto loco tu pecho.
Y yo dejo de pensar y de existir. Solo me dejó besar. Me dejó tocar.
Mi cuerpo se arquea contra el suyo. Las piernas me tiemblan. El calor me sube desde el vientre, húmedo y desbocado. No es un beso adolescente. No es una fantasía. Es real.
Sus labios regresan a los míos, rozándolos como una advertencia. Pero ya no se detiene. Me absorben. Primero con suavidad. Luego con hambre. Luego con una excitación que no intenta disimular.
Su boca se apodera de la mía como si me hubiera estado esperando desde siempre. Me muerde el labio inferior y tira de él. Yo suspiro. Él gruñe. Entonces nuestras lenguas se encuentran. Se reconocen. Se entrelazan. Me chupa con una mezcla de deseo y autoridad.
Y mientras su boca me devora, su mano busca la mía. La toma con firmeza y, sin una palabra, la lleva hasta su entrepierna. La presión es directa. Siento el bulto. La forma exacta. El calor que emana desde dentro del pantalón. Está duro. Muy duro.
—¿Has visto que dura me la pones? —murmura entre beso y beso, con voz ronca, cargada de virilidad.
Yo no respondo. Solo aprieto. Siento su forma bajo la tela. Su tamaño. Su pulso. Y todo mi cuerpo reacciona. Una oleada de humedad me empapa entre las piernas. Las bragas se me pegan y me aprietan. «Me está besando como si quisiera tragarse mi aliento».
Y entonces, la voz de su esposa irrumpe desde la cocina como un balde de agua helada.
—Bueno, Rosie. Mañana hablamos. Dale un beso a los niños.
Él se aparta de golpe, como si recuperara la conciencia. Sus ojos me esquivan. Yo me quedo quieto, con los labios aún húmedos y el cuerpo tembloroso. Por un instante, me siento culpable. Como si lo hubiera provocado. Como si el deseo fuera solo mío.
—Dile que no te encuentras bien —susurra—. Que estás mareado. Que te duele la cabeza.
No entiendo qué pretende. No comprendo por qué inventar una excusa… pero asiento. Obedezco. Yo soy así de disciplinado. Mientras los pasos de Jennie se acercan por el pasillo, siento que todo en mí tiembla. No de miedo, siento vértigo.
Él retrocede un paso más. Se recompone. Se pasa la mano por el cabello. Yo me acomodo la falda y la camisa con dedos temblorosos. Intento tragar saliva. El sabor de su lengua sigue ahí, entre la mía.
Jennie entra en el salón con el móvil aún en la mano y una sonrisa amable, porque no sabe —ni debe— lo que acaba de ocurrir entre su esposo y yo.
Jennie es una mujer muy atractiva, de esas que nunca parecen estar fuera de sitio. A sus cuarenta y cinco años mantiene el cuerpo firme, el pelo siempre cuidado, las uñas esmaltadas con buen gusto, sin exagerar. Es el tipo de mujer que va al gimnasio tres veces por semana y no olvida su dosis de colágeno por las mañanas. Tiene el pecho algo caído, como un símbolo discreto —y bello— de haber amamantado a tres hijos.
Siempre ha sido dulce conmigo. Cercana. Y, sin embargo, siempre la he sentido como una rival, porque, sin saberlo, ella ocupaba el lugar que yo deseaba.
—¿Todo bien por aquí?
—Sí, claro —responde Jungkook, con esa voz grave que no titubea ni cuando el mundo arde—. Pero me comentaba Jimin que no se encuentra bien.
Yo asiento en silencio. Aprieto las piernas. La humedad entre ellas es un secreto que solo él conoce.
—¿Te pasa algo, cariño? —pregunta ella, mirándome, tratándome con un tono maternal…
—Nada… Es que me duele un poco la cabeza. —miento, bajando la vista.
Jennie frunce los labios en un gesto preocupado.
—¿Quieres un ibuprofeno?
—No, gracias —respondo, forzando una sonrisa—. Mejor me voy ya. Me vendrá bien el aire.
—¿Quieres que te acerque a casa? —preguntó Jungkook, antes de que nadie más dijera nada.
Jennie mira con orgullo a su esposo, siempre por ser tan atento con todo el mundo.
—Claro, cariño. Llevalo en el coche. Ya es tarde.
La puerta del coche se cierra con ese sonido opaco que encierra secretos. Me ajusto el cinturón. No por seguridad. Solo para evitar mirar cómo sus manos se aferran al volante: tensas, masculinas, con un leve temblor que solo percibe quien conoce el incendio que acaba de provocar.
Jungkook . No pone la radio. No dice nada. Durante unos segundos, solo se escucha el motor… y mi respiración, que sigue desbocada.
—¿Sabes lo que me estás haciendo? —dice al fin, con la voz más ronca que nunca.
Me giro hacia él. No sé si está enfadado o excitado. O las dos cosas.
—Tienes una forma de mirar… —Continúa—. Como si me suplicaras que te empotrara contra una mesa. Que te folle hasta que no sepas cómo te llamas.
Mi pecho sube y baja. Quiero decir algo, pero no puedo. No encuentro aire.
—Esa maldita falda… —Murmura, sin apartar los ojos de la carretera—. No sabes las veces que me he hecho pajas pensando en quitártela a tirones.
Sus palabras me golpean. No son dulces. No son lo que imaginaba. No son las frases bonitas que había puesto en su boca en mis fantasías. Son sucias, crudas y obscenas Y, aun así… me empapo con cada una.
—¿Te mojas cuando te hablo así? —pregunta sin mirarme, como si supiera la respuesta.
No contesto. Solo aprieto los muslos.
—Claro que sí… —Susurra. Los putitas como tú nacen para esto. Para calentarle la polla a hombres casados. Para sentarse en su regazo y hacer que se olviden de que tienen esposa e hijos.
Me arde el rostro. Me arden las entrañas. Siento la humedad deslizarse por mi piel como un hilo de fuego.
Entonces, detiene el coche en seco en una calle sin salida. Apaga el motor. Me mira.
—Abre las piernas —ordena.
No hay duda en su tono. No hay cariño. Solo sexo.
—Jungkook… —Susurro. Pero ya lo estoy haciendo.
Lentamente. Como si cada centímetro me costara. Como si mi cuerpo supiera lo que está por venir.
Su mano derecha se desliza con una urgencia contenida. Sabe adónde va. Atraviesa mi muslo, sube por la falda y me roza por encima de las bragas.
—Qué piel tan suave tienes… Estás empapado… joder —gruñe, entre lujuria y rabia—. Estás que te derrites. ¿Tantas ganas tenías de que te tocara?
Me muerdo el labio para no gemir. No quiero que acabe. No quiero que pare nunca.
—¿Sabes lo que mereces, zorrita? Que te folle aquí mismo. En este asiento. Con la puerta abierta y la falda levantada. Que te corras con medio barrio escuchando cómo gimes mi nombre.
Y entonces, me besa. Con esa boca suya de hombre que sabe cuándo tiene que hacerlo. Me muerde el labio. Me lo chupa. Me lame los dientes, la lengua, el paladar. Me besa como si quisiera vaciarme.
—Enséñame lo que tienes —susurra al separarse. Su voz es ronca, grave. Más gruesa que nunca.
Me abre la camisa con un tirón suave, como si despejara el camino. Con las dos manos me toma de las caderas y me ladea sobre el asiento. Obedezco. Me subo la falda. Siento el aire frío sobre las nalgas. Las bragas blancas —ya empapadas— se deslizan por mis muslos sin ofrecer resistencia, quedándose enganchadas en mis tobillos. Él las recoge… y las guarda en la guantera con un gesto rápido, como quien guarda un trofeo.
Me siento desnudo, como nunca de expuesto. No por el cuerpo. Sino por la forma en que él me mira.
—Abre las piernas —repite, sin elevar la voz.
Y yo obedezco. Despacio. Temblando. Abro las piernas dejando mi sexo exhibido. Brillante y palpitante. Esperando su sentencia. Se inclina. Siento su aliento caliente.
—Dios… —murmura—. Qué polla más bonita tienes.
Nos movemos al asiento de atrás. Según él, allí estaremos más cómodos.
Sus dedos vuelven. Esta vez los percibo con un contacto preciso. Mucho más firmes y decididos. Me separa las nalgas con deseo contenido. Siento cómo todo mi cuerpo se estremece al notarlo.
—¿Sabes cuántas veces he pensado en esto? —me dice—. En bajarte las bragas con los dientes. En probarte. En hacerte gritar mientras mi lengua te rompe en dos.
Yo no respondo. No puedo. Solo me muerdo el labio y echo la cabeza hacia atrás, casi recostado sobre el asiento, entregado, abierto, rendido . Él se hunde entre mis piernas y su lengua me roza. Primero con un trazo lento, de abajo arriba. Luego insiste. En el centro. Con la punta. Con la boca entera. Me succiona con hambre. Con esa forma suya de devorar, como si todo lo demás le diera igual. Hasta que siento que mi sexo entero está dentro de su boca. Preso, abierto y dócil.
Me lame como si quisiera memorizarme. Como si fuera suyo desde antes de haberme probado. Como si dentro de mí estuviera todo lo que alguna vez deseó.
Y yo… Yo me derrito.
—¡Ahhhh…! —Gemí, sin control, sin vergüenza.
Casi no puedo jadear. La respiración se me queda atrapada en la garganta cuando atrapa mi glande con los labios. Chupa. Con fuerza. Con hambre.
Su lengua se mueve con esa mezcla perfecta de experiencia y deseo. Me lame como si llevara años soñando con este momento. Como si se estuviera cobrando cada mirada, cada silencio, cada gesto de deseo contenido.
Mis caderas se arquean, instintivas. Una de sus manos me sujeta por el vientre, firme, inmovilizándome. La otra se clava en mi muslo, como anclándome a su boca. Me devora. Literalmente. Su lengua dibuja círculos, luego un vaivén profundo. Se detiene solo para soplar con suavidad… y luego vuelve con más fuerza.
—Dios… —lancé un susurro, apenas audible.
El orgasmo no avisa. Me parte por dentro. Estalla en mi pelvis, se irradia por mis piernas, me aprieta los pezones desde dentro. Me corro en su boca. Temblando. Abierto. Gimiendo bajito. Él no se detiene. Me lame mientras me muero. Me bebe
Cuando por fin se aparta, tengo los muslos temblorosos, el asiento empapado y la garganta seca. Me mira con la boca brillante y los ojos encendidos como faros de luz.
—Sabía que sabías a cielo —dice, relamiéndose.
Y entonces, sin cambiar el tono, lanza la pregunta como un disparo:
—¿Te han follado muchos?
Me quedo en silencio. No sé si lo pregunta por celos, por morbo… o por ambas cosas.
Sus manos bajan la tela de la camisa con una naturalidad antigua, hasta dejar mis pezones la vista. Mis pezones se tensan al contacto con el aire. Aún están húmedos de su boca.
—No. —respondo al fin—. Solo he estado con dos chicos.
Él sonríe. No por ternura. Por dominio.
—Tienes unos pezones muy bonitos que dan ganas de correrse en ellos
Se inclina y me chupa un pezón con fuerza, con hambre. Me lo muerde, lo succiona, lo lame hasta que gimo sin querer. Luego cambia al otro, mientras sus manos bajan por mi cuerpo, por mi vientre, hasta el borde de la falda.
—¿Sabes lo que voy a hacerte ahora?
Niego con la cabeza, aunque mi cuerpo ya lo sabe. Ya lo quiere.
—Voy a follarte aquí mismo. Justo al lado de tu casa. Con las piernas bien abiertas. Voy a empujarte tan hondo que no vas a poder mirarme a la cara sin mojarte.
Se arrodilló sobre el asiento y se bajó los pantalones hasta las rodillas. Su polla quedó expuesta: erecta, gruesa, palpitante, brillando de deseo. La sostuvo con la mano y me la mostró, desafiante. —Mírala. ¿Ves cómo se pone por ti?
Yo la miro. Me muerdo el labio. Asiento.
—Pues prepárate, Jimin… porque te voy a romper en dos.
Jungkook se sienta en medio del asiento, echándose hacia atrás. Sus pantalones caen por sus rodillas, su polla erecta apunta hacia mí como una orden.
—Súbete —dice—. Demuéstrame que ya eres un hombre.
No hay duda, ni ternura, ni permiso. Solo esa voz que me enciende más que cualquier caricia.
Me acomodo sobre él con las piernas abiertas, las bragas recogidas en la guantera. La falda del uniforme escolar doblada en mi cintura. Me sujeta de las caderas con fuerza, como si temiera que pudiera arrepentirme. Pero no lo haré.
Tomo su polla con una mano. Siento su calor, su pulso. La coloco en mi entrada. Está tan mojada, tan dilatada, que resbala con facilidad.
—Ponte un condón —le exijo, con la respiración entrecortada.
—No tengo —responde, sin apartar los ojos de mí.
—Está bien… —susurro, tragando saliva—. Pero prométeme que te correrás fuera.
Él me mira con una mezcla de lujuria y rabia contenida.
—No pienso preñarte, si es lo que temes. Pero voy a dejarte tan lleno de mí, que no vas a olvidarme nunca
Y entonces, tira de mí, bajándome con fuerza. La cabeza de su polla entra de golpe. El resto, lo absorbo de forma lenta, intensa, sintiendo cómo me llena, cómo me parte.
Gimo. No puedo evitarlo. Mis uñas se clavan en sus hombros. Su polla es demasiado. Ancha, firme, perfecta. Me presiona en cada rincón. Mi ano se tensa.
Empiezo a moverme. Primero suave. Luego más rápido. Cabalgo sobre él como si llevara años esperándolo. Mis pezones rozando frente a su boca. Él los muerde, los chupa, me lame con la lengua caliente y hambrienta. Me agarra con ambas manos de las nalgas. Siento como sus uñas se clavan en mi piel. Yo marco el ritmo, pero él marca la intensidad.
—Eso es… así. Móntame como una buena puta. Como si esto fuera solo mío.
Su polla me atraviesa, siento como si me fuera a partir con cada embestida. Me roza el punto exacto, hondo, firme, insaciable. Cada vez que me siento por completo, percibo cómo la punta me presiona por dentro, como si quisiera dejarme marcado.
—Eres perfecto… —jadea entre dientes—. Estás hecho para follar. Para cabalgarme hasta que te tiemblen las piernas.
Sus palabras me empujan. Su voz me acaricia por dentro. Siento el fuego crecer en mi vientre, en mis muslos, en el centro exacto de mí.
—No pares… —susurro—. No pares, Jungkook , por favor… Me gusta mucho… Me corro.
—Dame todo, Jimin. Dámelo todo.
Y entonces me corro. Con un grito ahogado. Con el cuerpo encogido sobre el suyo y las uñas clavadas en su pecho. Con la pelvis golpeando contra la suya en un espasmo dulce y feroz. Estallo de placer empapándolo, sintiéndolo dentro, sintiendo cómo mi interior se contrae una y otra vez sobre su carne dura.
—Joder… así… apriétame así, putito —murmura él, con la voz rota—. Me vas a hacer reventar dentro de ti.
Estoy temblando, hundido sobre él, con el aliento roto y el alma flotando. Y aún no ha terminado.
—Mírate… —gruñe—. Un niñato caliente, montando al padre de su mejor amigo. Ya hay que ser puta, Jimin. Tu ano me abraza como si no quisiera soltarme.
Su polla entra y sale de mí con un sonido húmedo, pegajoso, que se mezcla con mis jadeos y sus gruñidos.
—Joder, Jimin… —Susurra con los dientes apretados—. No aguanto mucho más…
—Salte, fuera… —grité entre gemidos—. Prometiste correrte fuera…
—Si sigues apretándome así… no voy a poder.
—Jungkook, por favor…
Entonces me agarra de las caderas con ambas manos. Me levanta bruscamente, la saca justo a tiempo y, en una sacudida desesperada, se corre entre mis muslos, manchándome de calor, de semen, de él.
Gime con la frente apoyada en mi pecho, con su cuerpo temblando. Lo siento aún, casi dentro. Yo me dejo caer sobre él. Exhausto. Temblando. Sonriendo como un idiota.
Un rato después, detiene el coche frente al portal de mi casa. Aún llevamos el deseo pegado a la piel. Frente a la puerta, me besó otra vez. Lento. Hondo. Como si quisiera memorizar mis labios antes de dejarme ir. Me sujetó por la nuca y me besó como se besa a una amante, no a un niño. Sin pudor. Sin prisa. Con la boca aún marcada por mi sabor.
—Mañana salgo antes del trabajo —me susurró al oído—. Te espero al salir de clase.
Asentí, todavía sin aliento. Le dije que inventaría una excusa. Le diría a Taehyung que no podría ir a su casa porque he quedado con mamá para ir de compras.
—Te voy a llevar a un hotel —añadió—. Uno discreto. Bonito. Quiero verte tranquilo. Que nadie te moleste. Te mereces eso y mucho más.
Luego me acarició la cara con el dorso de la mano. Me dijo que le gusto mucho. Que va a cuidar de mí. Que no me va a faltar de nada. Y entonces se fue, dejándome solo frente a la puerta, con la boca aún húmeda y el corazón a punto de salirse del pecho.
Diez minutos más tarde, ya en mi cuarto, me encierro en el baño. No me he limpiado. No quiero. Llevo sus restos entre las piernas como un recuerdo vivo. Me miro al espejo: tengo los labios hinchados, el pelo revuelto, los pezones duros bajo la camisa, la falda manchada de hombre.
Ya no hay rastro del chico que fantaseaba con el padre de su mejor amigo. Porque ya no es una fantasía. Ahora es real. El papá de Taehyung y yo somos amantes.
