Róbame el corazón

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Summary

Atrapar criminales es la razón de vida de B22, hasta que le llega la misión de meter tras las rejas a Sombra, un ladrón escurridizo... y su ex.

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Complete
Chapters
7
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5.0 4 reviews
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18+

El segundo primer beso | B22

Cuando me asignaron el caso del ladrón de arte conocido como Sombra, imaginé varios desenlaces. En todos ellos, el tipo terminaba con las esposas puestas y refundido en la cárcel. En ninguno me robaba un beso. 

Mis pasos apresurados hacen eco en el mármol pulido del Hotel Lucerna, un lugar que en su época fue el epítome del lujo, que ahora parece una jaula decadente de paisajes pintados en las paredes y apliques dorados.

—B22, el sospechoso está escapando por los pasillos del área este.

La voz zumba por la radio de solapa, pero apenas la registro. Ya voy detrás de Sombra.

Este es nuestro tercer encuentro y la oportunidad de desempatar el marcador.

La primera vez frustré con éxito un robo a la joyería Voss. La segunda, hicimos una redada en el mercado Lirio, sin embargo él escapó de ahí.

He conseguido detener criminales de peor calaña, pero este ladrón… este ladrón siempre me la juega.

Sospecho que es un parautilitario.

Veo por fin su silueta, envuelta en una sudadera con capucha rosa neón ¡El descaro de este tipo es monumental! vestirse así es gritar a los cuatro vientos que se cree superior a la policía de Drych.

Gira en dirección a los pasillos menos transitados del hotel, donde las suites permanecen en un silencio sepulcral. La gruesa alfombra roja se frunce bajo la rapidez de sus pies. Tengo un presentimiento alojado en la boca del estómago desde que supe de él.

Pero he tratado con todas mis fuerzas de no pensarlo demasiado, porque eso significaría que Géminis sigue en malos pasos.

La persecución es un juego de resistencia. Sombra es rápido y ágil, se sabe mover dentro de esta estructura laberíntica de cuartos y candelabros de poca iluminación, como si el lujo silencioso de este viejo hotel fuera su escenario personal. Yo soy más fuerte, más metódico, pero él tiene la ventaja de la imprevisibilidad. Y parece adelantarse a mis movimientos en cada ocasión: sabe donde colocaré vigilancia, qué salidas creo que usará, qué objetos asumo que robará. Y luego va y hace lo contrario.

Los pasillos se estrechan, la luz decrece conforme nos internamos en el área más lujosa, que parece alojar un cliente por cada diez cuartos.

El tipo da una vuelta cerrada, se golpea contra la pared sin detenerse y yo le imito. Al girar en el siguiente corredor apenas y alcanzo a escuchar el click de un pestillo al cerrarse. Ubico la suite gracias al registro de mi ojo prostético.

Pateo la puerta que azota de par en par, le apunto con el arma justo cuando pisa el balcón de lujo.

—¡Manos arriba! Un movimiento y disparo —exijo.

Él berrea, exactamente como un niño de mal humor.

Llego a él en unas cuantas zancadas y le clavo la pistola en la espalda para evitarme sorpresas. El frío de invierno me pega en la cara, la ciudad duerme delante de nosotros con las luces azules y rosas resbalando por los vidrios de los edificios contiguos a los que me niego a mirar por temor a ver en el reflejo lo que vengo pensando desde que me acerqué lo suficiente a este criminal ¿?.

Sombra jadea, su pecho sube y baja rápidamente, ladea un poco la cabeza sin que la capucha caiga.

—Vaya, vaya, B22. Te has oxidado bastante —Su voz es musical, aguda y ligera, y detecto un atisbo de diversión en ella. Una diversión que me eriza la piel.

—Date la vuelta, las manos en el aire.

El corazón me late diez veces más rápido y no es por la carrera. Es porque la risita burlona con la que se niega a girar me araña la memoria, una melodía que creí haber silenciado hace años. Mi ojo biónico se enfoca en él, analiza cada rasgo que la oscuridad y la capucha permiten ver. La forma de su barbilla, la curva de sus labios, la chispa desafiante en sus ojos, que apenas se asoman.

—¿Estás seguro que quieres verme de frente? Antes me preferías de espalda, sobre el colchón.

Esa inflexión particular, ese matiz que solo una persona en el mundo posee confirma todas mis sospechas

Gem.

Su nombre me revienta en el pecho con la misma fuerza que un puñetazo. El aire se me escapa de los pulmones. No es Sombra. Es Gem. Mi Gem. El niño de ojos esmeralda al que le gustaba soñar con helados de vainilla que no nos podíamos permitir. El adolescente de sonrisa felina al que robé su primer beso, un beso con sabor a sangre y salitre. El hombre que, de manera inexplicable, me abandonó.

Mi arma, que sostenía con firmeza, baja apenas unos milímetros. Mi respiración se engancha en mi garganta.

Gem ladea el rostro, un mechón de cabello lila se escapa de su capucha, brillando a juego con las luces del exterior. Y me sonríe, una sonrisa lenta y peligrosa que me revuelve el estómago. Sabía que era yo y ha jugado conmigo.

—¿Sorprendido, B? —Trato de tomarlo por la capucha pero apenas me da tiempo a reaccionar, se gira por completo con una ligereza de aire, apenas veo el destello verde de sus ojos cuando corta la distancia. Da un paso hacia mí, su cuerpo esbelto y tenso. Mi mente grita “¡Peligro!“, pero no soy capaz de moverme cuando apoya sus manos en mi pecho. Estoy paralizado, atrapado en el torbellino de la revelación.

El tiempo se detiene. Los ruidos del hotel, las sirenas lejanas, todo se desvanece. Solo existimos él y yo en este balcón frío y expuesto.

Sus labios se posan sobre los míos. Un beso. Es fugaz y violento, un reclamo o una travesura en vez de una caricia. Sabe a sal, a sudor y a la amargura de los recuerdos distorsionados.

Mi mano se levanta, aún insegura. No sabe si esposarlo, o aferrarse a su nuca, para profundizar el beso, para sentirlo real, para asegurarme de que no es un fantasma. Pero antes de que pueda siquiera rozar los mechones largos de su cabello, Géminis se desliza fuera de mi alcance.

—Nos vemos en la próxima, B. —Su voz es apenas un susurro, y luego, con una agilidad que me desarma salta por la barandilla del balcón, desapareciendo en la noche.