Crisálida

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Summary

Un chico siguiendo su destino , pero al mismo tiempo su mayor perdición . Un juego de guerra donde el amor y la guerra se unen dejando a los corazones confundidos pero las mentes pensándose constantemente. A ella la carcome un pasado lleno de destrucción , sangre e injusticia y un presente vengador , cruel e invasivo. A el , un reino , politica y leyes que ociltan la verdad a su pueblo. Pero los corazones no haben de razón , no saben de pasado y no saben de la verdad detrás de un simple sueño.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Había llegado la hora de la tan esperada reunión: la elección de quién sería la futura prometida del futuro rey de Valmira. Tharin, sin mucho entusiasmo, decidió asistir. No quería faltarle el respeto a sus padres, y pensaba que sería una buena oportunidad para hablar sobre ese tema tan temido, casi prohibido.

*Quisieran o no, el destino no se puede evitar. Puede suceder de manera natural o tan brusca como una bofetada de la pura verdad*, pensó mientras se colocaba la camisa. Era consciente de ello, y por eso prefería enfrentarlo en lugar de evitarlo durante años y sufrir las consecuencias más adelante.

Se pasó los dedos con nerviosismo por el cabello. Decidió que era hora de ir al salón real.

Recorrió el largo pasillo. Su respiración era pesada, y la tensión en su cuerpo hacía que sus pensamientos se volvieran cada vez más abruptos y desordenados. Tocó la puerta dos veces seguidas y colocó las manos detrás de la espalda, esperando a que le abrieran.

Las dos puertas de eucalipto, bien cuidadas, se abrieron lentamente, dándole paso dentro de la habitación. El crujido de la madera al rozar el suelo solo aumentaba su ansiedad… o quizás su miedo.

Tal vez me entienda…, pensó en un intento de darse ánimos. O tal vez me dé una buena cachetada para que aprenda a cerrar la boca…, se dijo, soltando un suspiro que evidenciaba aún más su frustración interna.

Avanzó dentro del salón. La mesa de roble, bien estilizada, y las sillas con almohadones verde oscuro le daban un toque más eléctrico a la estancia.

Su padre, Zorun, estaba sentado en la cabecera de la mesa. Se lo veía serio: postura rígida, traje bien planchado y acomodado, brazos cruzados sobre el pecho, y un gran ventanal de cristal detrás de él, dejando pasar una fuerte luz que delineaba su silueta con suavidad y precisión. Todo en él transmitía misterio y poder, pensaba Tharin.

Tragando saliva, hizo lo posible por calmarse.

—Lo siento si llegué tarde… —dijo, sentándose con cuidado en una silla, apretando los puños para intentar liberar la tensión.

—No te preocupes, hijo… Tu madre y yo queríamos que vieras unos documentos, ya sabes… —comenzó su padre con voz ronca y áspera, mientras tomaba un folio lleno de cartas.

¿Serán las propuestas?, se preguntó Tharin.

—Entiendo. ¿Qué tipo de documentos? —preguntó, intentando parecer interesado, aunque no lo estaba en lo más mínimo. Sabía que pronto tendría que decirle la verdad a su padre. No esperaba una buena reacción, pero necesitaba ser sincero.

—Propuestas de casamiento. Tienes unas pretendientes muy lindas, me atrevería a decir: rubias, morenas, pelirrojas… hasta de cabello plateado —añadió Zorun con un tono de entusiasmo, mientras le entregaba las cartas.

—Sí… ah… Papá, sobre eso, quería comentarte algo… —empezó, sin mucho entusiasmo, pero decidido—. Yo no…

—No quiero excusas ahora, hijo —interrumpió su padre, irritado—. Estas propuestas son muy valiosas: variedad de reinos, de territorios… No es una tontería lo que estamos discutiendo aquí —dejó caer las cartas sobre la mesa con fuerza.

—Creo que sabés muy bien de lo que estoy hablando —replicó Tharin con seriedad—. No está bien tentar a la suerte ni enojar al destino, papá…

—¡Me importa una mierda el destino, Tharin! —exclamó su padre, mirándolo con dureza—. Yo vivo por el reino y para este reino, y ni la suerte ni eso que llamás "destino" va a cambiarlo —sentenció, poniéndose de pie de golpe—. Pensá en la barbaridad de tus palabras. Estás poniendo en juego la vida de todo el reino… la vida de tu familia…

Sin más, dio media vuelta y salió del salón con pasos que resonaron en el pasillo.

Al menos no me dio una bofetada…, pensó Tharin.

Tomó el manojo de cartas y caminó directo a su habitación. Cansado de las peleas y del peso que llevaba sobre los hombros, se tiró a la cama de un salto y soltó un largo suspiro. Sintió cómo su cuerpo se relajaba… más y más… hasta que se quedó

Atrapado en lo más profundo de sus sueños, se encontraba en un lago, con la vista borrosa y el cuerpo cansado. Intentó levantarse, pero un intenso dolor en el abdomen lo hizo caer nuevamente sobre la arena fría. Sentía cómo unas suaves manos se acercaban a él: manos femeninas.

Un rostro joven, de unos diecinueve años, se inclinaba para observarlo. Tenía expresión preocupada y confundida. Sus ojos marrones brillaban con una luz cautivante, y su cabello ondulado castaño se movía al ritmo del viento. La joven le tocó la frente y luego la mejilla, probablemente para comprobar su estado.

Ella miró hacia el frente, con ansiedad, y luego volvió a posar su vista sobre él.

De pronto, todo se volvió negro.

Con una respiración entrecortada, Tharin abrió los ojos bruscamente, encontrándose de nuevo en su habitación. Hiperventilaba, con una mano sobre el pecho. Miró a los costados, confundido y abrumado.

¿Qué carajos…?, pensó, mientras su pecho subía y bajaba con rapidez, intentando recuperar el control de su respiración.

Escuchó un llamado a la puerta. Era, probablemente, una de las mucamas.

—Joven Tharin, debe bajar a desayunar —dijo una voz femenina al otro lado. Segundos después, oyó los pasos alejándose.

Con desgano y pasos lentos, se bajó de la cama y apoyó los pies en el suelo.

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Las horas pasaron, pero él no podía dejar de pensar en ese sueño: la belleza cautivante de la joven, sí, pero también la extraña situación en la que se encontraba. El recuerdo lo dejó pensativo por tanto tiempo que no notó la presencia de su padre… hasta que este dejó caer los tenedores con fuerza para llamar su atención.

—Oh… lo siento —dijo Tharin, sobresaltado por el estruendo metálico.

—Hijo, debés estar más atento —le reprochó su padre con una mirada seria—. Pronto habrá una guerra, y si estás así de distraído, será muy fácil perderte.

—Lo sé… y prometo que, a la hora de pelear, estaré más atento —respondió Tharin, apretando el tenedor con tensión.

—Entiendo que todo esto es difícil… —comenzó su padre, con la intención de suavizar el ambiente—. Pero esta es la realidad. Entiendo que estés asustado y con miedo. Pero… son cosas que se deben enfrentar, hijo —añadió, dándole una mirada más comprensiva, a pesar de ese toque de culpa que se escondía en sus ojos.

Tharin tenía más que claro que su padre solo pensaba en el poder y cómo incrementarlo, generación tras generación.

—Soñé de nuevo con la chica… —soltó Tharin, como si lanzara una piedra y quisiera esconder la mano. Pero no dio paso atrás y mantuvo la postura firme.

—Hijo… Debes olvidarla. Si sabes lo que es mejor para el reino, ya sabés qué hacer —repuso su padre. A pesar de lo duras que fueron sus palabras, Tharin se mantuvo firme. Zorun soltó el tenedor y lo dejó a un costado del plato. Sus movimientos eran algo ansiosos, como si quisiera terminar la conversación lo antes posible. Sin decir más, dio la vuelta y se fue del comedor.

Tharin, algo paralizado, no sabía qué decir. Se quedó callado unos momentos. No quería provocar que todo se volviera más tenso que hace unos días, así que se limitó a asentir.

Horas más tarde, cansado del ambiente pesado y rígido del castillo, decidió dar un paseo por el campo.

Mientras caminaba con las manos en los bolsillos, sentía el aire fresco golpear de manera gentil su rostro. El cielo, de un color gris claro, y los rayos de luz filtrándose entre los espacios de las nubes le daban una vista perfecta del bosque: tan pacífico, relajante y libre de preocupaciones. Siguió caminando, sus zapatos elegantes se ensuciaban con algo de barro que había quedado de una lluvia reciente. A lo lejos, veía personas cazando.

Una actividad atroz y sin sentido alguno, pensó Tharin con el ceño fruncido, observando cómo disparaban a un indefenso ciervo que solo olía unas flores blancas. Un poco más allá, unas mujeres tendían sábanas mientras charlaban entre ellas, sonrientes y felices.

Cada persona con vidas distintas, prioridades distintas, valores distintos…

A su lado se posó su abuelo, Leandro, quien vestía un traje gris con una corbata azul. Tharin no pudo evitar pensar que se veía algo ridículo, pero apartó rápidamente ese pensamiento.

Leandro, con las manos en los bolsillos y la mirada sumida en el paisaje poético, dejaba que sus mechones grises se sacudieran con la brisa. Su expresión, fruncida, anunciaba algún tipo de sermón o regaño, algo a lo que Tharin ya estaba acostumbrado.

—Sabés… A tu mamá le encantaban los animales. Por eso, mientras ella vivía, no permitió la caza por diversión en el reino —dijo Leandro, casi como soltando un dato al azar, sin mirarlo directamente.

—No puedo estar más de acuerdo. No le veo la diversión a lastimar a un pobre animal —agregó Tharin, soltando un suspiro. No sabía por qué, pero sentía que eso no era lo único que su abuelo quería decirle.

—Ella… siempre pensó que habías nacido para más. Solo que tu padre está lleno de ambición y deseo de poder, cegado por todos los beneficios que le da su posición como rey… —dijo su abuelo con voz algo dura, como si se enojara al recordarlo. Luego suspiró, bajó la cabeza y volvió a mirar a su nieto—. No dejes que él te infecte. Yo sé que por tus venas corre algo más que valentía y deseo de ganar —le dijo, con un gesto comprensivo y cariñoso. Sus palabras se pronunciaron casi en un susurro, como si temiera que alguien más escuchara sus pensamientos.

—No es así, abuelo… Solo que es difícil evadir las órdenes de mi padre siendo solo el príncipe de Valmira… —respondió Tharin. Un gesto de frustración clara cruzó su rostro. Soltó un suspiro, tratando de vaciar su pecho de cualquier miedo o duda sobre sus futuras decisiones… cosa que le fue claramente imposible.

—Te conozco. Eres igual a tu madre. Solo… sigue tu intuición. Tus sueños te guiarán por el camino correcto y te enseñarán las maravillas de vivir con emoción… Lo sé. Solo tienes que confiar —pronunció su abuelo. Sus palabras fueron suaves, como una caricia al corazón, y lograron que Tharin sintiera menos presión sobre sus hombros.

Sin embargo…

¿Cómo sabía su abuelo, Leandro, sobre sus sueños? ¿Y por qué le aconsejaba a Tharin seguirlos?