EMMA, BILLY & PATRICK

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Summary

Tres corazones perversos y una última esperanza… Para los hermanos Foster, la casa de la abuela a las afueras de Victoria es una oportunidad tentadora para comenzar de nuevo. Al mudarse, la abuela los recibe encantada y los invita a ser parte de la casa junto a ella. Sin embargo, un día los tres limpian una de sus reliquias, que los lleva a un lugar desconocido donde una tragedia los espera y sacude cada uno de sus deseos más ocultos. ¿De qué se tratará esa tragedia? ¿Los hermanos Foster podrán rehacer su vida en la casa de la abuela? ¿O la casa será el motivo de su perdición? En Emma, Billy & Patrick la memoria, la locura y el deseo construyen cada página.

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

Victoria, 1867

La casa de la abuela me aterraba. La casa rodeada de un jardín con flores de colores, de fachada grisácea y ventanas alargadas en sus paredes, los vidrios percudidos, la madera rechinante en las escaleras de la entrada y esa puerta… esa puerta principal, resistente a todo maleficio y chismarajo de la ciudad, debido al gato de afilados colmillos en un profundo sueño como cerrojo: a mí me aterraba. Hacía tiempo que no ponía un pie en ella. Años, años que no sentía escalofríos y esa sensación terrible de que el corazón pronto saldría de mi pecho.

La estación de tren estaba cerca y el sudor debajo de mis guantes con encaje era sofocante. El aire salía de mi boca como si se tratara de la respiración de un ciervo que se rehusaba a ser cazado, y solo me limitaba a distraerme con el diseño del juego de té en nuestra mesa. Tan delicado y a la vez sin chiste, repleto de nada y carente de todo.

—La tetera es linda. —Patrick interrumpió mis pensamientos—. Tan linda como para ser observada durante todo el viaje. ¿Por qué no observas a través de la ventana? Te sentirás mejor si ahora te enfocas en el paisaje. —Me sonrió, con esa sonrisa suya que no sabía cómo describir. Me daba calma cuando me hacía falta.

—Toma una taza de té, Emma. —Billy me acercó una—. Esto también te ayudará.

Llevé mis manos acaloradas al regazo y la mirada también. No quería una taza de té, tampoco observar algo nuevo. No quería volver. Lo sabían bien, pero sus soluciones siempre carecían de razón. Traté de regular mi respiración y de concentrarme nuevamente en la tetera.

—Eres una niñita bastante malhumorada —sentenció Billy, con esa voz molesta que para nada me gustaba—. Es una pena que no bebas una taza del delicioso té de esa tetera, que miras como si fuera la de la misma reina.

—Billy, déjala tranquila. —Patrick leía un libro de filosofía, como solía hacer cuando viajábamos en tren—. Si no quiere beberla, no la obligues.

—Es increíble que salgas en su defensa cuando hace algún berrinche. A estas alturas de nuestras vidas, increíble es poco.

—Entonces no deberías quejarte.

—Ella es la que no debería quejarse. Se aferra a esa estúpida tetera porque no tiene ninguna escapatoria. Sabe que ningún berrinche la salvará de esto y aun así se atreve… ¡Ah, vamos! Es algo que tuvimos que hacer a causa de esa maldita…

—Billy, no te atrevas —lo interrumpió Patrick, mirándolo con seriedad y dejando el libro en su asiento.

Una lágrima rodó por mi mejilla. Crucé una mirada con Patrick y lo noté desesperado.

—No te atrevas a decirlo. Por el bien de…

—¡Aquí vamos de nuevo! —exclamó— ¡La defenderás otra vez! Dime, Patrick, ¿qué harás el día que se case? ¿La defenderás de su esposo hasta su casa solo porque no quiso ir a visitar a su madre? ¿O porque no quiso complacerlo en la cama?

Patrick dejó caer su puño sobre la mesa y se levantó en un abrir y cerrar de ojos, furioso. Enseguida se acercó a Billy y lo tomó por el cuello de la camisa:

—Escúchame bien, Billy: la defiendo porque es una Foster al igual que tú. Haría cualquier cosa por ella y por ti con tal de que estén bien. Por favor, no digas tonterías y no vuelvas a sacar ese tema. ¿Entendiste? Tus palabras están fuera de lugar. No quiero excusas. —Lo soltó y volvió a su lugar—. Ya sabes qué hay que hacer después de una cosa tan repugnante como esta.

Billy puso los ojos en blanco y me acercó una nueva taza de té, que recibí en señal de disculpa. Los miré a ambos. Había compartido mi vida con ellos desde mi llegada a este mundo, así que era tan fácil descifrar todo: pensamientos, temperamento, fortalezas y debilidades. A esto estaba acostumbrada, pero a lo que me esperaba ya no.

Pasé las últimas dos horas del viaje en coche contemplando los rostros perdidos de mis hermanos. Billy dormía con la boca abierta, esperando que algún mosquito se adentrara en su garganta y le quitara la habilidad para decir tonterías. En cambio, Patrick se recargaba en su hombro, de brazos cruzados y el ceño fruncido, como si aún siguiera molesto. Su expresión me hizo reír, pues era curiosa la forma en que se preocupaba por sus seres queridos. Su rostro era angelical.

Un fuerte viento me estremeció al bajar del coche y sostener la mano de Patrick. Las flores del jardín también se estremecieron, a punto de desprenderse de la tierra, mientras que las ramas de los árboles empezaron a crujir por aquella fuerza invencible, entonando una melodía junto a las avecillas que yacían ahí. Mi hermano me protegió colocándose frente a mí sin soltarme, como si el viento fuera a hacerme un daño irreparable. A veces creía que me protegía exageradamente.

—¿Estás bien? —preguntó, preocupado.

Asentí con la cabeza.

—También huele a tierra mojada. No hay marcha atrás, hermanita —dijo Billy. Tomó los baúles y se acercó a la puerta, decidido a llamar mediante aquel horrible gato.

Patrick y yo también nos acercamos. Me percaté de que la bestia tenía los ojos abiertos. Me la quedé mirando y traté de recordarla de esa forma. Estaba segura de que siempre había permanecido dormida.

—No vas a esquivar la situación mirando esa cosa. —Billy llamó por segunda vez a la puerta tocando el gato, que abría más los ojos cuando sentía su mano—. Nada puedes resolver contemplando las cosas.

La puerta abrió de inmediato. La frialdad y la humedad de la casa nos recibieron, ninguna persona se nos apareció enfrente. El vestíbulo estaba en penumbra gracias a unos candelabros que apenas iluminaban el espejo del ancho de una pared y unos cuantos cuadros carcomidos de las orillas. Mientras avanzábamos, una especie de miedo volvió a mi cuerpo. Observé todo a mi alrededor: los muebles eran antiquísimos, de la misma manera que las cortinas de terciopelo y los manteles del comedor. Los candelabros apenas tenían velas nuevas para alumbrar los espacios de la casa, el polvo se respiraba aquí y allá, y el piano del pequeño salón de baile estaba olvidado en el rincón. Todo era extraño, inquietante. La realidad se sentía peor que la memoria.

—La casa ha cambiado mucho desde su última visita. Está más vieja y deteriorada por culpa del tiempo. ¿Qué se puede hacer con las cosas que no podemos controlar?

Una voz ronca y casi apagada se escuchó desde lo alto. Nos giramos y encontramos a la abuela al final de las escaleras. Era una misma con las sombras.

—Yo también estoy más vieja. Y débil, y enferma. Es una pena que nos encuentren en estas condiciones —suspiró, agotada—. Patrick, querido, ¿ayudas a tu abuela?

Patrick se apresuró a ayudarla. Pronto los cuatro nos reunimos en la sala y tuvimos la oportunidad de verla cara a cara. Lucía lánguida, con aquel vestido negro y esa piel arrugada y manchada por la vejez. Las gafas no le hacían bien, pues sus ojos parecían unas habichuelas en lugar de unas bellas perlas, y el bastón solo le robaba una buena parte de su espalda. Aun así, la resignación que sus palabras habían mostrado segundos atrás me inspiraba una especie de vitalidad.

—Bienvenidos sean, hermanos Foster. Bienvenidos sean de nuevo. —Se giró hacia mí luego de observar a mis hermanos de arriba abajo—: Bienvenida a casa, Emma Foster. Esta casa es suya.

Me brindó una sonrisa cómplice sin dejar de clavar sus ojos grisáceos en los míos. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo. Hacía frío, pero las ventanas y las puertas estaban cerradas, hechizadas por aquella mirada gentil que acrecentaba el ambiente perturbador de toda la casa. Me abracé y lamenté haber dejado mi abrigo en la entrada. Una vez más, haber obedecido los estúpidos códigos de etiqueta.

—Adentro es más frío que afuera —dijo la abuela—. Siempre ha sido así. Acaso, ¿no lo recuerdas, querida Emma?

Negué con la cabeza. ¿Cómo le decía que me había obligado a borrar mis recuerdos de este lugar? En efecto, aunque no me había sido posible del todo, este era uno de ellos.

—Una pena. —Se lamentó, meneando la cabeza—. Y también que no hables. No concibo la idea de que una chica tan hermosa como tú no sea capaz siquiera de pronunciar la letra A.

Billy chasqueó la lengua, burlón.

—¿La letra A? Te equivocas, abuela. Esta niña es capaz de pronunciar el abecedario al derecho y al revés. Es solo que ahora está en medio de un berrinche.

—¿Un berrinche?

—Así es.

—¿De qué se trata tal…?

—Abuela, ¿crees que podamos pasar a nuestras habitaciones? Nos gustaría descansar después de nuestro largo viaje hasta Victoria. Además, no tarda en caer la noche —intervino Patrick, mirando hacia una de las ventanas.

—Por supuesto. —La abuela se giró en dirección hacia las escaleras, apoyándose en su bastón—: Por aquí.

Mis hermanos y yo la seguimos. Las escaleras rechinaban en cada paso que dábamos, aunque eso no parecía importarle. Ese molesto rechinar era como melodía para sus oídos, incluso podía jurar que tarareaba para amenizar el pequeño trayecto hacia nuestras habitaciones, y así deshacerse de la soledad que hasta ese momento había tenido como única compañía.

Al llegar al segundo piso, un olor a humedad llegó a nuestras narices. Olía a tierra mojada, abandono y profundidad. La sala era el centro del piso que conectaba las tres habitaciones de la casa. A simple vista, estas eran anchas y extensas, tenían las paredes cubiertas de tapices de flores, así como los muebles y las cortinas de terciopelo, empolvados. Las camas eran amplias, cubiertas con sábanas de seda y en lo alto con cortinas doradas, para propiciar calidad en el sueño. Yo escogí la habitación frente a un librero de la sala, la única con un ventanal enorme desde el cual se podía ver el pequeño lago de la parte trasera de la casa. El agua cristalina junto con el verde césped de sus alrededores hacía del paisaje una maravilla para deleitarse todas las mañanas. Mis hermanos se quedaron con la habitación que tenía dos ventanas del tamaño de sus cabezas.

La cena se había cancelado. A petición de Patrick, la cena había pasado a ningún término para que los tres pudiéramos descansar. La abuela nos había llevado té hasta nuestras habitaciones para descansar plenamente en cuanto nos echáramos a la cama. No sabía si aquello también había sido decisión de Patrick o solo de la abuela, pero de cualquier modo me sentía agradecida de no volver a poner un pie en la entrada de la casa. Mi habitación no se escapaba de la extrañeza de todo, pero al menos me daba un poco de espacio. Estaba lejos del tren a Victoria, de la agitación que el viaje había suscitado en mí, de Billy, de los ojos grisáceos de la abuela.

La cama era acogedora para sobrevivir a la frialdad de las paredes, acompañada de la oscuridad de la noche que se interrumpía con los fuertes truenos y relámpagos de una tormenta infernal. El viento golpeaba el ventanal con la fuerza de una bestia, mientras que las gotas corrían por todo el vidrio formando círculos de diversos tamaños, u ojos espeluznantes que me daban la impresión de cuán depredadores podían llegar a ser con cualquiera que se topara con ellos. Traté de cerrar los míos, pero de pronto escuché el canto triste de una joven. Comencé a sentir miedo al no saber de quién podía ser. Se escuchaba cerca de mi puerta, sus notas agudas se combinaban con los terribles ruidos de la tormenta.

Abrázame, corazón mío, corazón eterno.

No vuelvas a alejarte de casa porque la memoria quema,

Insoportable se vuelve, ardiente como el averno.

No bebas leche materna sino vino, vino, vino tinto.

El diablo no sabe amamantar, yo alguna vez lo supe.

No temas, corazón mío, corazón eterno.

Yo te amo a ti, pero tú a mí no.

Mi respiración volvió a ser la de un ciervo huyendo de una cacería. La cacería de esa presa debajo de las sábanas, temblorosa y hecha un ovillo, como si así el lamento fuera a desaparecer de dondequiera que viniera. Me cubrí la cara con la almohada de plumas y luego no me percaté de nada.

***

—¡Emma, despierta! El desayuno está casi listo y tú ni siquiera te has vestido. Mírate, estás hecha un desastre.

Billy parloteaba desde la entrada de mi habitación, arreglado, como si tuviera planes para después del desayuno.

—Hoy usa algo rosa. El clima está perfecto para pasear por el jardín sin vestir colores tristones —agregó—. La tormenta de anoche benefició a las plantas de la abuela —suspiró, colocando uno de sus dedos en su mentón con unos cuantos vellos, rasposo, como de costumbre—. Me pregunto quién le ayudará con ello si no puede hacerse cargo del interior de la casa y, mucho menos, de sí misma.

—Ese es asunto de la abuela, no tuyo —le contestó Patrick, quien se introdujo en la habitación. También se había vestido como si tuviera planes. La camisa blanca que vestía, debajo del chaleco y los pantalones color marrón, le brindaban un toque encantador y relucían su cabello rubio. Mejor que al mismo Billy.

—Como sea, el clima es bueno hoy —espetó.

—¿Cómo dormiste, Emma? Las habitaciones son frías y las camas poco cómodas. Nadie ha dormido durante tanto tiempo en ellas.

Patrick se sentó a la orilla de la cama, al tiempo que yo erguí la espalda en la cabecera de metal dorado y oxidado, abrazando una almohada. En realidad, no sabía qué responderle. No quería hablar del asunto, pero tampoco dejarlo con la palabra en la boca. Mostraba tanta preocupación por mí al saber lo que significaba volver a la casa de la abuela, como para hacerle una grosería.

—Yo… —vacilé un momento— yo dormí…. Escuché lamentos anoche.

Me miró extrañado.

—¿Lamentos? ¿Cómo es eso posible, Emma?

Sabía cuánto le apenaba dudar de mí cuando nunca lo había hecho. Pero no tenía por qué hacerlo, si al final había decidido hablarle con la verdad.

—Era el canto de una joven —murmuré.

Billy, quien estaba perdido mirando el paisaje que ofrecía el ventanal, se volteó y exclamó alucinado:

—¿Dices que escuchaste a una joven anoche?

—Sí. Yo nunca digo mentiras.

—¡Te está diciendo la verdad, Patrick! Yo también escuché a una joven afuera de mi habitación. La escuché entonando un bello canto.

—Ya veo por qué quieres salir hoy. —Lo miró de arriba abajo.

—En efecto, me interesa saber a qué joven de Victoria pertenece esa bella voz. —Billy se encogió de hombros, despreocupado de la opinión de nuestro hermano—. En fin, hay un desayuno que nos está esperando allá abajo.

Hizo una seña con el pulgar y enseguida bajó al comedor. Patrick y yo nos quedamos en silencio sin saber qué decir exactamente. Después de unos segundos, él tomó la iniciativa:

—Lo lamento. Me perdí en la cama en cuanto me puse el pijama. Supongo que estaba demasiado cansado por el viaje.

—No es tu culpa, ya pasó.

Me brindó una sonrisa y, en cuanto se levantó de la cama, se acercó a mí para darme un beso en la frente, aun con mi aspecto desaliñado de la mañana, que era motivo de vergüenza por no haberme deshecho de él para comenzar con mi día desde antes.

***

El vestido era perla. Billy había olvidado que no poseía ningún otro color en mi baúl. No tenía demasiados olanes en el faldón, pero era molesto en el área del corsé. Había una especie de tejido en su interior que me provocaba picazón a la hora de hacer cualquier mínimo movimiento, como levantarme el cabello castaño con horquillas, ponerme mi collar de perlas favorito y aplicarme un poco de fragancia en el pecho descubierto. Tenía que soportarlo. A estas alturas de mi vida, no tenía que quejarme porque era algo con lo que se suponía había aprendido a vivir desde que era más joven. Veintiún años y todo parecía una fantasía, una fantasía real que nunca había pedido en mi vida.

El comedor tenía destinados cubiertos para cuatro personas. La cabecera, el lugar de la abuela, no tenía ni tenedor ni cuchara. Aquello había llamado mi atención. ¿Cómo diablos comería la sopa de algas y elote?

—Las habitaciones resultaron incómodas, lo sé —dijo—. Aunque es una pena, espero que hayan descansado después del viaje.

Una sonrisa llena de astucia asomó en su rostro. Patrick le respondió en tono amable, moviendo su cuchara en su tazón de sopa:

—No te preocupes, abuela. Fue una noche acogedora.

—¿Y la tormenta? ¿No les causó irritación para dormir?

Billy abrió la boca para responder aquello, pero Patrick se adelantó:

—¿La tormenta? Dormimos. Los tres dormimos en un profundo sueño y no escuchamos nada.

—Ya veo que durmieron espléndidamente. —La abuela me miró, dándole un sorbo a una copa de vino. También la miré, pero de inmediato seguí con mi desayuno con el peor de los sabores—. Deberían echarle un vistazo al jardín. Hoy está más radiante que otras mañanas.

—Se los dije, par de tontos —comentó Billy, ladeando la cabeza de un lado a otro para dejarnos en claro que tenía razón.

—Billy, querido, ¿quisieras ayudarme con la limpieza del librero frente a la habitación de Emma después del paseo matutino? Necesito una mano.

—¿Ese librero gigante con un sinfín de cosas sin…?

—Es el único que tengo en casa.

—Bien. Mientras no tardemos demasiado, estoy dispuesto a ayudarte. —Hizo una mueca de disgusto.

—Eso depende del tiempo que tus hermanos y tú le dediquen.

—¿Tú no nos acompañarás?

—Necesito comprar abono para mi jardín allá en la capital. No estaré durante un par de horas.

Con ayuda de su bastón, se levantó del comedor, lista para cumplir con sus palabras. Antes de abandonarlo por completo, se detuvo en la entrada de este y giró lentamente su cabeza, a imitación de una avecilla sensible ante el ruido y el movimiento de lo ajeno. Entonces sus ojos, que apenas llegaron a la altura de su hombro derecho, recordaron mi imagen:

—No eres absolutamente idéntica a «ella». No entiendo por qué te aferras a su imagen cuando tienes la que te pertenece solo a ti.

Se fue. Mantuve mis ojos clavados en la sopa, en los remolinos que se hacían con los granos de elote flotando en el agua tibia, acompañados de las algas. Sus palabras eran hirientes, no sabía nada de mí. ¿Por qué se atrevía a hacer ese tipo de comentarios? ¿Por qué hablaba así de «ella»? ¿Qué no…? ¡Al diablo! Mis mejillas ardieron en señal de coraje y tristeza. Y los rostros de mis hermanos, hundidos en la preocupación y en la maldición hacia aquella mujer sin nombre, los sentí como una pesada carga en la espalda.

***

El librero era del tamaño de una de las cuatro paredes. Amplio. Amplio y grueso, lo suficientemente apto para resistir los cientos de libros entre sus divisiones. La mayoría de estos también eran gruesos, con la cubierta dura y aterciopelada, de colores rojizos, azules y verdes. Tenían las hojas amarillas y las orillas doradas, como si les dieran un toque especial a las historias ahí ocultas. Hojeé algunos de los azules. No me convencieron los títulos, pero al menos las líneas de los primeros párrafos me parecieron una construcción preciosa. Era como si tuviera que saber apreciar el buen trato de las personas: recibía los versos y luego me permitía hacerlos míos, porque en ese momento solo eran para mí.

A mis hermanos estaban destinadas las muñecas y los veleros, unos de los tantos adornos que acompañaban los libros. El polvo abundaba en todo el librero. Motas de polvo por todas partes, en los rincones y en el aire, que nos hacían estornudar constantemente. Billy tenía la nariz roja e hinchada. Aquello me daba risa y a la vez una especie de calma desconocida ante el coraje que la abuela había despertado en mí una hora atrás.

—La abuela es una vieja sin razón —comentó Billy, malhumorado—. ¿Cómo es posible que deje las tareas del hogar a sus invitados?

Con una toalla, golpeó a una de las muñecas para quitarle el polvo y desquitar su ira. Pero solo logró arrebatarle uno de sus ojos, el cual rodó por toda la sala hasta detenerse cerca del zapato de Patrick.

—No somos sus invitados. Este no es un verano cualquiera —le recordó, agachándose para levantar el ojo.

Billy gruñó y apretó a la muñeca.

—Odio esto, odio todo. La vida era mucho mejor en casa, yo no pertenezco aquí.

—Ninguno de nosotros pertenece aquí —dije sin perder de vista uno de los libros azules.

—En eso tienes razón, querida Emma. —Dejó la muñeca en el librero y se acercó a mí—. Ninguno de nosotros pertenece aquí. Y nada de esto hubiera pasado, si tú y esa maldita…

—¡Billy! ¡Cállate! —gritó Patrick—. Te dije que no volvieras a sacar ese tema.

—¡Estoy harto! ¡Estoy harto de ti, de ella! ¡De mi vida que se convirtió en miseria!

Me señaló, con el dedo tembloroso y la cara hinchada. Estaba furioso. Se agarró el cabello como un loco y pateó el librero, lo que hizo que cayera uno de los libros de las divisiones altas y su impacto en el suelo fuera estruendoso.

Patrick de inmediato se abalanzó sobre mí y me protegió con su cuerpo entero.

—¿Estás bien?

Asentí con la cabeza, algo asustada por el ruido. Nos levantamos y nos percatamos de que Billy tenía el libro en las manos.

Aquel libro era igual que los demás, pero tenía la cubierta oscura y una especie de ramas rasposas que se extendían y al mismo tiempo se aferraban a esta. Era un libro con un aire extraño. Un aire que me inspiraba encuentros tentadores. Me sentí ansiosa por abrirlo, pero algo me decía que era mejor no hacerlo, que debíamos apartarnos de él de una buena vez.

Billy no se dio cuenta de aquello. Acarició el libro con curiosidad, con aquella curiosidad que lo había ablandado. Patrick y yo nos acercamos. No teníamos las mismas intenciones con el libro, pero aun así estábamos dispuestos a ir por él. Sin embargo, al llegar, Billy lo abrió y una luz incandescente nos cegó por un breve instante, haciéndonos aparecer en un lugar nunca visto.

Un césped amortiguó nuestra caída. Era como si el libro nos hubiera escupido desde lo alto y nos hubiera tirado ahí, en aquel césped verde y suave gracias a la brisa del sol, que se dejaba entrever en las persianas florales de un largo camino por delante. Margaritas, rosas blancas, tulipanes, lavanda y más rosas blancas. Dicho camino era la entrada de ese lugar desconocido, que inspiraba belleza y quizá una suerte de hechicería. Mis hermanos y yo nos levantamos, sacudiéndonos la poca tierra que había ensuciado nuestros atuendos. De pronto, escuchamos el canto de una joven.

El canto de la joven que había llamado a nuestras habitaciones la noche anterior.

El canto triste se escuchó tentador al provenir de una voz espectacular. La letra no se entendía del todo, pero aun así la melodía y el ritmo era un deleite para nuestros oídos. Los ángeles habían bajado del cielo para compartirnos su música a través de aquella joven.

—¿Escuchan eso? —preguntó Patrick, algo desesperado—. Ese canto… Ese canto… Necesito saber a quién pertenece esa bella voz.

Se echó a correr, como si de ello dependiera su vida.

—¡Patrick, espera! —grité, presa del miedo.

Billy y yo corrimos tras él por el Túnel de las Enredaderas, según un letrero que nos decía su nombre, luego de que me quitara los zapatos de tacón. La rapidez con que Patrick corría también era desconocida. Aunque desde siempre había sido bueno con la pelota, jamás hubiera imaginado que también lo fuera con los pies. Su desesperación por descubrir al canto, a la joven o lo que fuera, era un asunto incontrolable que me causó miedo. Más aún, al perderlo de vista en cuanto había salido del túnel.

Cuando logramos salir, nos encontramos con un jardín. Había un pequeño estanque en el que unos cisnes se bañaban y disfrutaban de la frescura del agua cristalina, así como unos árboles y setos a los alrededores de todo el paisaje, que se mecían con el viento y a la vez eran atraídos por los rayos del sol. Al igual que en el túnel, en el césped y los setos yacían flores de todo tipo y colores, sobresaliendo las rosas blancas con espinas. Algunas avecillas se posaban sobre los árboles, mientras que unas cuantas ardillas corrían por los troncos de estos hasta llegar a los huecos que tenían como hogares. A las orugas y las hormigas las sentí entre mis pies, haciéndome cosquillas. El ruido que hacían en conjunto era alegría y gozo, pues su principal inspiración era la claridad del cielo. Me estremecí de placer con aquella vista. Billy y yo estábamos extasiados.

Me giré y vi una rosa blanca. Me encogí un poco para arrancarla del seto y llevarla a mi cabello, pero en ese instante me pinché el dedo con una espina y un rayo cayó en uno de los árboles, encendiendo esa parte del jardín. Diminutas gotas de sangre resbalaron por mi dedo índice hasta terminar en mi vestido, y hacerme temblar de miedo junto con el cielo que pronto se tornó de gris. El jardín se vio envuelto en la oscuridad y en la única luminosidad de los truenos y relámpagos, desesperados por aterrizar en forma de rayos.

La rosa. La espina. ¿Yo había sido la culpable de este repentino cambio?

—Emma, ¿por qué te atreviste a…?

Billy no terminó su reproche al seguir mi dedo con la mirada: ahí, donde uno de los rayos había caído y había destruido esa parte del jardín, donde habían muerto avecillas, ardillas, insectos y flores, la vida del lugar, ahí estaba Patrick sentado en una enorme roca junto a una mujer. No mostraba el rostro, su larga cabellera castaña la cubría. Su silueta enunciaba un cuerpo joven y esbelto, vestido por una especie de camisón blanco que hacía un buen juego con la corona de rosas del mismo color en su cabeza. Mi hermano se veía hechizado por aquella mujer. Nada existía más que ella.

Y luego esa maldita canción se escuchó más clara que nunca:

Abrázame, corazón mío, corazón eterno.

No vuelvas a alejarte de casa porque la memoria quema,

Insoportable se vuelve, ardiente como el averno.

No bebas leche materna sino vino, vino, vino tinto.

El diablo no sabe amamantar, yo alguna vez lo supe.

No temas, corazón mío, corazón eterno.

Yo te amo a ti, pero tú a mí no.

Corrí hacia ahí, como si tratara de impedir algo que me molestaba y me hacía sentir incómoda. Corrí, corrí entre el césped húmedo, que poco a poco se convertía en lodo al verse sometido a una fuerte tormenta. Me empapé. El vestido me pesó, pero no tanto como verlo lejos de mí, en brazos de aquella mujer sin rostro, sin identidad aparente. El cabello volvió a ser el desastre de la mañana, mientras que el maquillaje se corrió, convirtiéndome en el ser más despreciable del mundo. Y el dolor, el dolor que nunca desaparecía era la espina más puntiaguda que cualquier rosa blanca del jardín.

Billy no me detuvo. Me siguió y trató de ir por él.

—Patrick, ¿qué estás haciendo ahí? Ven, vamos a casa —le dije en tono de súplica.

—Emma, la Autora me ha confesado su amor, somos el uno para el otro. Nunca nadie lo había hecho. ¿Por qué iría a otro lado después de esto?

—Idiota, ven aquí de una vez por todas —ordenó Billy. Una especie de angustia se percibía a través de sus palabras—. Todo esto es una idea tuya o quizá una ilusión de los tres. Nada es cierto.

—Billy, Billy, como siempre eres un ignorante de los hechos verdaderos —respondió Patrick—. Si bebo este vino, seremos uno por el resto de nuestras vidas: la Autora y yo, como seres que se aman sobre todas las cosas.

Alzó una copa de vino y la contempló con la expresión de un maníaco. Cualquiera que lo hubiera visto, habría pensado en todos sus defectos, vicios y mal carácter, evitando así el compromiso con alguna señorita de la ciudad. Pero estábamos lejos de ese ambiente, de lo que nos pertenecía. La Autora brindó con otra copa y, con ligeros movimientos, lo invitaba a beber, a que fuera suyo para siempre.

—Emma, mira el suelo. —Señaló Billy.

Debajo de aquella roca, la tierra se abrió y una pila de cadáveres inundaron ese hoyo, provocando que la lluvia se intensificara y cada vez más se escucharan truenos y relámpagos en el cielo, rayos que cayeron en algunos árboles del jardín y encendieron la armonía restante. Los animales murieron y el estanque se tornó del color de la sangre. Los troncos de los árboles caídos se extendieron por todo el jardín, impidiéndonos acercarnos a Patrick, de igual manera que las rosas blancas con sus espinas afiladas. El encanto era una cosa del pasado. La fuente de vida era la muerte del propio jardín.

—Patrick, por favor, no bebas ese vino y ven aquí —supliqué, de nuevo.

La Autora acarició su mejilla y sonrió como un tonto. Delirio. No, no era él. No podía ser él la persona en brazos de aquella mujer. Me llevé las manos a la cabeza y quise arrancarme el cabello, me sentía desesperada. No podía ver aquello. No, no y no. ¿Por qué sucedía esto? ¿De verdad me pasaba a mí, a nosotros? ¿Y si todo era un sueño como había dicho Billy? Levanté la vista y sucedió lo que más temía: Patrick bebió el vino al mismo tiempo que la Autora. En ese preciso instante, mi hermano cayó en la roca, golpeándose la cabeza. En cuestión de segundos, desapareció junto con ella.

El jardín volvió a ser el encanto de antes. Los cadáveres y el agujero se esfumaron, al tiempo que los troncos y las rosas violentas volvieron a plantarse como parte de la naturaleza. Avecillas, ardillas, orugas, hormigas e incluso mariposas renacieron, mientras que el estanque con sus cisnes volvió a relucir como si nunca se hubiera manchado de sangre. Y el cielo volvió a ser claro como el cristal, como la pureza que alguna vez había tenido Patrick antes de desaparecer.

Desconcertados, Billy y yo nos dimos la vuelta y nos adentramos en el Túnel de las Enredaderas, con la esperanza de regresar a casa. Ni siquiera me había fijado que nuestros atuendos parecían como nuevos, como si nunca hubieran estado expuestos a la tormenta del jardín. No dijimos palabra alguna. No teníamos nada qué decir al respecto. Miles de pensamientos inundaron nuestras mentes, pero era un martirio personal, una mezcla de ideas que torturaban a cada quién. De algún modo, teníamos que salvarnos a nosotros mismos.

Llegamos al inicio. No había señal de otro camino, sino una pared gigantesca que nos obstruía el paso. Billy la golpeó hasta sangrar las manos, con la falsa ilusión de que alguien nos escucharía y vendría en nuestro auxilio. No lloró, yo sí. Sollocé hasta que me ardieron los ojos y sentí que el corazón se me iría por la borda. A estas alturas, ya me habría dicho algo por llorar, pero imaginé que estaba tan cansado y confundido como para darse ese lujo. Yo también, y quizá esta era mi manera de sobrevivir.

La tierra volvió a abrirse, pero esta vez en un diminuto hoyo que nos tragó hasta escupirnos en la sala de la abuela, frente al librero que limpiábamos en no sé qué fracción de tiempo atrás. Me dolió la espalda y Billy se quejó de las piernas. Fue un milagro que no nos rompiéramos un hueso. Un milagro divino o un encanto obtenido de la magia. No lo sabía. Al escuchar el impacto, la abuela subió las escaleras con ayuda de su bastón.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó, sobresaltada—. ¿Y Patrick? ¿Dónde está Patrick?

—Él ya no está aquí —respondí con dificultad.

Patrick no tuvo funeral. ¿Quién asistiría si la abuela tenía pocos conocidos? Los pocos, sin embargo, no tardarían en abrir la boca para inventarse historias acerca de sus nietos, su nueva compañía, los hijos de aquella… Además, no lo necesitaba. Había sido una buena persona. La abuela resolvió fingir que mi hermano había muerto hace más de cinco años: sus restos inexistentes yacían en el jardín exterior de su casa, entre la belleza de las flores y el viento proveniente de la ciudad de Victoria, el mejor sitio para que pudiera descansar en paz por toda la eternidad. Una tabla perfectamente labrada fue colocada en un rincón del jardín junto con una rosa blanca: «Hasta siempre, mi querido hermano Patrick».