Capítulo 1
Prólogo.
La cordillera de la Niebla se alzaba como un muro interminable de picos afilados, tan vasta y majestuosa como el mar y perdiéndose más allá del horizonte. En su extremo oriental se encontraba una pequeña sierra formada por tres montañas colosales: Nubosa, Nevada y Congelada, separadas entre sí por dos acantilados cubiertos por un glaciar milenario que alimentaba los ríos y manantiales de la comarca.
En su misteriosa cumbre se alzaba el Templo de los Malditos que, pese al nombre, no era un lugar tenebroso, sino un refugio de paz y meditación. Sus monjes eran antiguos guerreros, curtidos en incontables batallas. Al terminar las guerras en las que habían luchado, muchos descubrían que sus familias los habían dado por muertos y habían seguido adelante. Otros eran rechazados al regresar, considerados peligrosos, inestables o indignos según la posición social o las aspiraciones de sus hogares ancestrales. Y en el caso más común, simplemente no quedaba nadie: epidemias, hambrunas y desastres naturales habían borrado todo rastro de sus seres queridos. Así, al volver, solo encontraban casas vacías y tumbas abandonadas.
Estos guerreros ya habían sufrido lo indecible en cientos de batallas. Habían enterrado a más compañeros que primaveras habían visto, y regresaban con el alma hecha jirones y el corazón aferrado a sueños de calor de hogar. Pero al volver descubrían, con brutal rapidez, que tal paz y tranquilidad no estaban destinadas a ellos. Por eso muchos se quitaban la vida, y otros emprendían el camino hacia la montaña Nubosa, donde podían vivir en paz junto a quienes compartían su destino.
Y una vez en el Templo, desaparecían para el resto del mundo.
Héroes de antaño, grandes generales, transformados en monjes misteriosos. Una vez dentro de las murallas del Templo dejaban atrás las armas y pasaban a ser sanadores y curanderos.
Y así fue durante años, hasta que un día, el Templo se derrumbó y nunca más se supo de todos ellos. Hoy en día, las ruinas son visitadas por cientos de personas, pues el Templo guarda grandes misterios que aun llevan de cabeza a los arquitectos.
Capítulo 1. La turista.
Nina
Me había perdido. Otra vez.
Uno pensaría que con veinte años, el sentido de la orientación mejoraría gradualmente, sobre todo cuando te perdías al menos cinco veces al mes. Pero es que yo me perdía hasta en mi propia casa.
Y oye, no está mal, solo es molesto… Hasta que te colocan un rastreador en el tobillo para no volverse locos incluso en una habitación cerrada. Y no, no es por maldad, sino por seguridad.
Sufro lo que los médicos llaman hipoglucemia grave por estrés, es decir, que cuando me estreso, aunque haya comido, me desmayo por falta de azúcar. Y si estoy inconsciente, no puedo pedir ayuda, por supuesto.
Así que mi familia optó por lo menos intrusivo, aunque parezca que no. Tengo una cadena de plata alrededor de mi tobillo izquierdo, y en esta, hay un prendedor con el aparatito. Es una cucada, porque parece un osito de peluche, y al ser de plata, nadie lo considera suficientemente valioso para quitármelo por la fuerza. Realmente, parece más de acero que plata.
¿Lo único malo? Necesito un alfiler para activarlo voluntariamente. Y como imaginarás, siendo tan despistada, siempre se me olvida llevar alfileres.
Elegí la tobillera porque nadie la ve, nadie sabe que está ahí, excepto en verano. Es una delgada cadena de plata con un abalorio del tamaño de un llamador de ángeles, pero plano. ¿Y quien va a ambicionar llevar algo que parece de niña pequeña?
Pues bien, aquí estoy, en la cordillera Nubosa, de excursión a las ruinas del Templo de los Malditos, para estudiar como conseguían los misteriosos monjes tener comodidades casi modernas hacía mil años. Y por atarme los cordones de los zapatos, me he vuelto a perder. Ya no veo ni la senda que seguía al principio porque, tal como informó el guía, la niebla ha espesado en segundos.
Miré a mi alrededor, pero solo las formas blancas de la humedad creciente me rodeaban. Ni el árbol sobre el que me apoyaba era visible, dejándome en la boca del estómago una sensación conocida.
Mi ropa no era la ideal para la excursión inicial, llevaba una parka corta de color azul brillante sobre una blusa de seda verde y una larga falda de estilo retro de color rosa chicle. No es que yo no coordine muy bien los colores, es que me vestí con prisas. Una vez más, llegaba tarde, y agarré lo que primero apareció en mi armario.
— Bueno, nena, tienes que decidir. ¿Nos quedamos quietas o nos aventuramos? —Me dije tratando de aplastar el miedo antes de que se hiciera presente. No quería acabar desmadejada en mitad del bosque. — ¿Qué hacemos?
Si algo he aprendido en mi vida, es que tanto quedarme como moverme, podía ser muy mala idea en este lugar. No solo porque no veía más allá de mi nariz, que no es poco, sino porque a más me internase en el bosque, más complicaría la búsqueda a mis posibles rescatadores.
O peor. Recordaba haber visto el borde del barranco cuando ascendíamos. No quería bajarlo por la parte más plana. Puedo ser considerada un genio en mi campo, pero fuera de él, todos saben que soy incapaz de hacer otra cosa que sobrevivir a duras penas. Y no quiero ser “el genio que se despeñó por caminar en la niebla”.
El miedo, mi verdadero enemigo, empezó a respirar en mi nuca y el hormigueo en mis manos y pies me hizo retorcerme en el sitio. El frío y la humedad no me importaban. Tampoco me preocupaba comer, porque llevaba comida en mi mochila.
Así que, decidí. Me quedé en el lugar, no solo por ser el más seguro para mí, sino porque era donde más fácilmente me encontrarían. O eso esperaba.
No sé cuando me dormí. No suelo llevar relojes, y aunque lo hubiera llevado, dudo que me hubiera servido de algo. Tenía frío, un frío horroroso, porque la humedad había calado mi ropa, que era muy bonita y a la moda, si excluimos el tema de los colores, pero no era apta para un lugar tan salvaje como la cordillera Nubosa.
Pero me movía. No estaba completamente consciente de como o por que me movía, solo tenía esa sensación. Eso y que mi costado estaba apoyado contra algo grande y cálido. Lo suficientemente cálido para sacarme de mi entumecimiento, pero insuficiente para despertarme.
Hu
Había encontrado a una mujer en mitad del bosque. O una niña, ya que su aspecto me confundía. Su limpio y largo cabello de color castaño estaba adornado con pequeñas perlas, trenzado a un lado de su cabeza. Estaba fría y azul, hecha un ovillo, en mitad de la niebla, sin siquiera una piel que la abrigara. Su ropa era de brillantes colores, delicada y suave, más propia para el lecho que para estar en la montaña. Y a duras penas respiraba.
Pequeños copos empezaban a arremolinarse en el escaso viento, señal de que la niebla se levantaba y llegaban las primeras nieves, tempranas para mediados del otoño, pero en la montaña Nubosa, tan próxima a la Congelada, era habitual tal suceso.
Para alguien curtido en la batalla, estar en el bosque con tal ropa era signo de locura. A menos que estuviera huyendo de alguien. Solo sus pies parecían cubiertos con algo decente, aunque el diseño no me fuera conocido. Y aunque había salido del Templo a cumplir una misión, no llevaba preparo para atender a alguien congelado.
En el pasado, directamente la hubiera atravesado con mi espada, ahorrándole sufrimiento a la extranjera. Porque debía ser extranjera. Seguramente enemiga. Pero con el juramento de sangre que había hecho, ya no podía matar primero y preguntar después. Así que la cargué en mis brazos y la estaba llevando al Templo, y que los ancianos decidieran su destino.
Aunque llamarlos ancianos, era ridículo. Ninguno había vivido más de cuarenta primaveras. El más joven, apenas tenía veintitrés inviernos. Pero todos habían renunciado a sus títulos militares, por lo que había que diferenciarlos de alguna manera.
Además, nadie se quedaba demasiado tiempo en el Templo. El que no moría por ser sorprendido por la niebla, abandonaba el mismo cuando la soledad finalmente lo abrumaba. Al fin y al cabo, solo los hombres vivían en él y todo hombre desea una familia.
Como primer oficial del general Qi, durante la guerra con los Huros, había sido reverenciado por el pueblo y adorado por las mujeres. O eso había creído. Con su fama ligada a la del general, cuando este murió, mi fortuna también decayó. De ser el primer oficial del victorioso general, a ser un oficial del derrotado general.
No importaba que hubieran ganado, importaba que el general no había sobrevivido tras la batalla a causa de sus heridas. Todos habían regresado, excepto el general. Y eso había marcado mi destino. Yo era el responsable de su seguridad, pero no era médico.
Mi familia se lo tomó como una afrenta, por lo que fui expulsado. Mis méritos militares ya no valían nada. Los años de gloria, fueron ensombrecidos por mi desdicha. La fortuna que les había proporcionado, había sido malgastada pensando que sería eterna. Y no tuve más remedio que ir al único lugar donde me recibirían sin preguntas, sin juicios. El Templo de los Malditos.
En él, aprendí los conocimientos que hubieran salvado a mi general, aunque demasiado tarde. Entregué mi vida a la sanación para expiar las culpas de mi pasado. Y en él, murió el oficial Fu, para que naciera el sanador Hu.
Al llegar a las puertas del Templo, que era más una atalaya que un lugar de meditación, una cabeza emergió entre las rocas grises, para ver quien llegaba. Al verme, el rastrillo se elevó y una pequeña puerta se abrió, para permitir mi paso.
El calor me recibió inmediatamente. El Templo, construido en la cima de la montaña Nubosa, había sido diseñado para que el calor de las hogueras estratégicamente encendidas, no se escapara por los huecos. Incluso el patio de armas estaba techado, permitiendo así soportar los más duros inviernos.
A pesar de su monótono tono gris exterior, el interior del mismo estaba forrado o excavado directamente en una mina de granito rojo, lo que fomentaba a mantener una temperatura estable todo el año. La parte exterior era achaparrada y ancha, ya que estaba incrustado a la pared vertical que unía la Montaña Nubosa con la Montaña Congelada, sobre la que las nieves nunca se derretían.
Crucé con mi carga el patio de armas en silencio, un silencio solo roto por el balido de una oveja o el mugido de las vacas que nos alimentaban. El resto de monjes visibles, estaban atareados en sus tareas sin prestarme la más mínima atención, pues pronto oscurecería y entonces, volveríamos a nuestras celdas para estudiar o meditar.
Al cruzar el umbral del salón principal, donde las largas mesas estaban siendo dispuestas para la siguiente comida por los propios monjes, me desvié de mi ruta habitual, que sería la cocina, y me dirigí a las habitaciones.
En cuanto entré a mi celda, tumbé a la joven en mi cama, asegurándome de acomodarla lo mejor posible, eliminando las capas de ropa húmeda que la cubrían. No hay mujeres en el Templo, por lo que no podía delegar tal tarea en ellas.
Traté de no mirar su cuerpo desnudo al cubrirla con las mantas de piel de oso, y coloqué las prendas mojadas en la única silla de mi habitación, cerca de la chimenea, que procedí a encender. Generalmente, no la necesitaba, pero toda celda la tenía, por si fuera necesaria.
Apenas había terminado, cuando alguien entró en la habitación.
— Hu, ¿por qué no has ido directo a la cocina? — Me preguntó otro de los monjes, Lar, quien compartía labores conmigo a esta hora del día.
— Encontré una joven en el bosque, a punto de morir congelada. La he traído para que los ancianos decidan su destino. Si la hubiera dejado allí para informar primero, solo habríamos encontrado un cadáver. — Dije, enderezando mi cuerpo de metro ochenta para ponerme de pie y quitarme la capa de piel que aun pesaba sobre mis hombros. — ¿Acaso crees que equivoqué mi decisión?
Lar abrió mucho los ojos, mirando por primera vez a su alrededor, para percatarse del segundo juego de botas junto a la cama y la ropa extendida sobre mi silla.
— ¿Una joven? ¿Qué diantres hacía una joven en nuestra montaña? Los aldeanos nunca suben hasta la cumbre. Es una espía. — Aseguró, buscando instintivamente su antiguo puñal en su cintura, puñal que había entregado al tomar los votos y que ya no se encontraba allí.
— No lo sé, ni me importa. Una vida es una vida, por lo tanto, la he traído aquí. — Respondí, aproximándome a él y mirando sus ojos turquesa que brillaban aun con el fuego de la guerra.
Lar no es mal tipo, pero apenas había llegado hacía unos meses y aún ansiaba el combate, a diferencia mía. De cabello oscuro y piel aceitunada, tenía herencia de huros en su linaje, ya que su madre había sido una esclava liberada en sus tierras natales. Eso hace que odie a sus congéneres, ya que esta fue asesinada ante sus propios ojos a corta edad. El delito, haber dado a luz un mestizo.
— No importaba si vivía o moría, Hu. Si es una espía… — Me respondió él, con expresión asesina en su rostro. Lo detuve antes de que diera un paso más hacia la joven que estaba de espaldas a nosotros en la cama.
— Importa por el juramento. Ahora, ve a buscar a un anciano por mí mientras me ocupo de revisarla y prepararle algo caliente que beber. Si su destino es morir, te dejaré hacer los honores. Pero mientras, es mi paciente. — Le aclaré, empujándolo hacia la entrada.
Mientras él salía, derrotado pero aun con la espalda recta, tomé mi tetera y me aproximé a la trampilla que había al lado de la mesa.
Nuestras celdas son espartanas. Una silla, una mesa, una cama, una chimenea y un juego para prepararnos té si queremos, con solo una taza, pues para tomarlo con alguien más, nos íbamos a las salas que teníamos para charlar.
Pero a diferencia de cualquier otra edificación, disponíamos de chimenea propia y una trampilla, a través de la cual, podíamos acceder a las heladas aguas que recogíamos de la Montaña Congelada cuando el calor de nuestro Templo derretía la nieve recién caída o condensaba la niebla que cubría nuestro hogar. Solo teníamos que subir unos escalones y acceder a la cuenca de roca de la ladera por el pasillo oculto que interconectaba todas las habitaciones.
Una vez de regreso, coloqué la tetera sobre las llamas recién encendidas y busqué, en el baúl donde guardaba mis hierbas, lo que necesitaba para reanimarla y asegurarme de que no se enfermase.T