Capítulo 1
Continente de AMRAT año 1010
Hace cuatrocientos años, cuando la humanidad procuraba mantener la paz, los cuatro reinos existentes vivían en armonía y tranquilidad. Hasta que llegó la época del caos: apareció una gran disputa entre los reinos de Gorhalia y Vardenks. Ambos se enfrascaron en una lucha interminable donde el cielo se teñía de un color rojo ardiente. Ante esos baños de sangre, los reinos de Elyndor y Thraevorn intervinieron para sellar la paz entre ambos. Desde entonces se recuerda ese conflicto como el día que ganó la paz. FIN.
—¿Y qué sucedió después, madre? —Ya es hora de que descanses, Korvak. Mañana tienes que ayudar en la pesca. —Sí, madre. Hasta mañana.
A la mañana siguiente desperté temprano. Mi padre tenía la costumbre de hacernos levantar al alba para ir de caza y pesca. Mis hermanos y yo solíamos, después de practicar, pedirle a padre que nos enseñara a manejar la espada. Mi padre, Hravon Iskarn, fue un líder de guerra que detuvo la invasión del reino de Thraevorn a la ciudad de Orha, una ciudad fronteriza que se encuentra al sur del reino de Gorhalia.
—Korvak: pelea sin el hacha —me dijo mi padre. —Padre, pero no podría ganarte —le respondí. —Haz lo que te digo.
Tomé la postura como me enseñó, pero mi intento de defenderme fue inútil: antes de que pudiera esquivar ya estaba inconsciente. Cuando desperté, mis hermanos estaban comiendo y mi madre me cuidaba.
—Duraste durmiendo mucho, Korvak —me dijo mi hermano mayor Kaerleon. Él ya era comandante de la orden de caballeros del reino; de vez en cuando venía a casa a vernos. —Kaerleon —lo llamó mi padre—; después tenemos que hablar. —Sí, padre —respondió.
—Hermano, ¿por qué a mi padre le llaman “el demonio frío”? —le pregunté. —Es un guerrero excepcional; podía atravesar defensas implacables. Lo de su apodo es porque, a pesar del frío, siempre lo vieron batallar sin armaduras ni mallas, solo con sus pantalones.
—Kaerleon, vamos —dijo mi padre.
Siempre admiré la sonrisa de mi hermano mayor; a pesar de que muchas veces se le escuchaba cansado o hasta fingía, siempre sonreía. Escuché que sus seguidores lo llaman “el adalid Gorhelio”, la defensa del reino, pero siempre se reunía a solas con padre, y cada vez que salían el ambiente cambiaba: se volvía tenso.
—Llevaré tu mensaje, padre —dijo mi hermano. —Cuento contigo —respondió padre.
—Padre, ¿cuándo podré ser como mi hermano e ir a la guerra? —le pregunté. En ese momento todos voltearon sorprendidos. Mi padre me cargó y me llevó caminando a la orilla del mar.
—Escucha, Korvak. La guerra no es buena; siempre deja heridas y personas afectadas por la pérdida de los que aman. —Padre, solo quiero proteger, de grande, lo que amo del enemigo. —¿Cuál enemigo, Korvak? Respóndeme. —Los que vienen a herir... ¿a nosotros? —¿Y quién te ha herido, hijo? —Na...die. —Escucha lo que te diré, hijo mío: tú, Korvak, no tienes a nadie que pueda ser tu enemigo; no necesitas estar en guerra. La guerra no es buena para ningún reino; solo trae destrucción —me dijo mi padre. En ese momento no lo comprendí bien—. ¿No sabes todavía por qué te enseño a pelear sin armas? —No, padre. —Porque un verdadero guerrero no necesita dañar a nadie, ni herir a nadie. —¿Un verdadero guerrero? —Pronto lo comprenderás. Espero que no puedas levantar armas —mi padre me volvió a cargar y me llevó a casa. Vivíamos en un pueblo costero, por lo cual era fácil estar en el mar.
Cuando llegamos a casa, unos soldados estaban en la puerta; parecían conocidos de mi padre. Al parecer habían sido súbditos suyos antes. Hicieron una reverencia de rodillas y le pidieron algo de su tiempo. Mi padre me dejó con mi madre y se fue hacia la sala. Mis hermanos estaban entrenando con espadas y hachas. No entendía lo que me decía padre: ¿acaso quiere que yo sea débil? Le demostraré que yo soy fuerte, mucho más fuerte de lo que cree.
—Korvak, ¿quieres entrenar un poco? —me preguntó mi tercer hermano. —Lo siento, hermano Dravengar. Ahora debo ir a arreglar la malla de pescar.
En el momento que salí a tomar la malla, escuché a mi padre y a mi madre hablando a solas.
—¿Entonces lo mandarás? —le dijo mi madre. —Es una orden real del rey Rauthenmark; no tengo elección —contestó mi padre.
¿A qué se refiere mi madre con “mandarlo”? ¿A quién va a mandar? Dejé de pensarlo y terminé el día arreglando la malla de pesca, hasta que me dormí. Al inicio del día siguiente, mi hermano segundo se estaba alistando para salir; mi padre le entregó un hacha de hierro y lenio, que era un material raro de encontrar.
—Escúchame, Vornhal: mantente siempre alerta. Nunca mires en una sola dirección; analiza el campo de batalla antes de salir —le dijo mi padre. —¿A dónde irás, hermano? —pregunté. —A defender un pueblo. Fue orden del rey —me contestó mi hermano. —¿Volverás, hermano? —Sí, lo haré, Korvak —me respondió—. Padre, madre, me voy; nos vemos en una semana, lo prometo. —Cuídate mucho, hijo —dijo mi madre, y así mi hermano partió de casa.
Pasó más de una semana y, luego, una mañana mi hermano llegó con una armadura brillante. Al parecer, gracias a su liderazgo, su grupo hizo una emboscada que fue clave para la victoria; el señor de aquel feudo le reconoció su colaboración y lo volvió parte de su grupo de estrategas.
—Padre, me iré pasado mañana; el señor solo me dio unos días para avisarle que estoy bien —dijo mi hermano. —Vete mañana, Vornhal. Asciende de rango y libérate de culpas —le dijo mi padre. —Sí, padre.
A la mañana siguiente, mi padre siguió entrenándome. Poco a poco mis hermanos se fueron yendo, uno por uno, hasta que pasaron cuatro años. Crecí un poco más; parece que heredé la estatura de mi padre. En ocasiones entraba al bosque a cazar: los animales eran ágiles —liebres, ciervos y zorros.
Un día, entrando al bosque, vi una extraña embarcación llegar al otro lado de la costa, del lado norte, donde el bosque es frío. Eran al menos seis o siete hombres; traían unas cuantas mujeres encadenadas: al parecer eran esclavas. Siempre odié la esclavitud; eso es lo único que provoca es tristeza. Quise hacerme la vista gorda, pero vi cómo le daban latigazos a dos de ellas. Decidí regresar a casa para buscar algunas herramientas.
—¿Adónde vas tan tarde con esas herramientas, Korvak? —me preguntó mi padre con voz grave. —Iré a cazar algunas liebres; vi su nido —le contesté. —Iré contigo. —No, padre, no vengas; quiero hacerlo solo. —Iré contigo, Korvak. —Está bien. Padre, vi una embarcación en el lado norte del bosque con unas esclavas siendo maltratadas —le dije. —¿Una embarcación? Pero si en ese bosque no hay puertos —me contestó mi padre. —Debo ir. Nos vemos después, padre. —Espera; iré contigo. A lo mejor hay un conocido. —¿Y si se dificultan las cosas? —Pelearemos sin herir a nadie, Korvak.
Salí con mi padre, pero cuando llegamos al sitio había una lucha: al parecer los esclavistas eran piratas que estaban siendo atacados por ladrones. Mi padre me hizo señas de dividirnos por la colina, bajar por la orilla, y yo seguí recto. Llegué escondiéndome, siendo sigiloso como mi padre me enseñó. Vi a unas personas atadas; eran las mujeres esclavas. Tomé una de las dagas que hizo mi padre y corté las cuerdas. Les pedí que caminaran silenciosamente. Algunas hablaban mi idioma; otras parecían confundidas, pero entendieron las señas.
—¿Eres de por aquí? —me preguntó una de ellas. —Sí. Sigan en línea recta sin hacer ruido. Allí encontrarán una aldea; vayan a la casa que se encuentra arriba en la colina y esperen allí —les dije.
—¡NO ESTÁN LAS PRISIONERAS! —gritaron. —¡Carajo! —dije en silencio—. ¡Corran ahora, corran!
—¡Las veo, persíganlas! —dijo uno de los esclavistas. —No seguirán de aquí —dije; al menos haría tiempo para que perdieran el rastro. —¡Apártate, mocoso! No querrás morir —dijo uno, enfurecido.
No tengo experiencia en combate; hay varios de ellos, debo luchar. Maldición: «No hieras a nadie, hijo» —recordé las palabras de mi padre. No entiendo: ¿por qué ellos sí y yo no puedo? Uno de los hombres se acercó con unas armas raras; parecían espadas con filo muy curvo. Esquivé su ataque y me deslicé por debajo, logrando acertarle dos golpes y desequilibrarlo. El otro tipo tenía una lanza; su ataque alcanzó a rozarme el hombro izquierdo, pero era demasiado rápido; tenía que esquivar mucho, no podía acercarme tanto. Debía mantener cierta distancia; debía atacar rápido o me atraparían. Decidí atacar: al esquivar su lanza, la tomé por la parte media y la jalé hacia mí; acerté un golpe y doblé su rodilla con una patada.
—Muchacho, ¿así que eres cazador, no? —me dijo el hombre. —Eso no importa; no pasarás —respondí.
El hombre sonrió y atacó. Esquivé unos cuantos golpes, pero mi pie tropezó con la raíz de un árbol. En ese instante vi lo rápido que venía su ataque; carajo, no alcanzaría a esquivarlo: este es mi fin. Pero mi padre apareció a mi lado y me defendió.
—Levántate, Korvak; vete de aquí —me dijo. —¿Quién eres tú, hombre? —preguntó el otro—. A juzgar por tu apariencia pareces ser guerrero. —Eso no importa; por favor, ¿puedes retirarte de aquí? —le pidió mi padre. —No puedo; esas esclavas me pertenecen. —¿Cuánto quieres por ellas? —le preguntó mi padre. —120 plines de oro. —No los tengo; ¿podrías hacer una rebaja? —No —respondió el hombre. —Entonces creo que no hay trato, ¿seguro? ¿No hay otra forma? —No la hay —respondió el esclavista—. Sigamos donde lo dejamos.
Mi padre tomó su hacha y se batió a duelo con él. Mi padre peleaba excepcionalmente; increíble cómo se tundían a golpes. Al fin, Hravon logró golpearle el abdomen derecho; cuando por fin le hizo una herida en el brazo, los otros dos tipos me tomaron como rehén. Malditos infelices: me tomaron por sorpresa; me descuidé.
—Suéltenlo; él no los hizo sangrar, no los hirió —dijo mi padre. —Suelta tu hacha y arrodíllate —ordenaron. —No, padre, no les hagas caso —le grité.
En ese pequeño instante, en ese pequeño lapso de tiempo, vi cómo mi padre era atravesado con una espada.
—¡PADDREEEEEEEEE!!! —grité fuerte—. Mi alma se disparó de mi cuerpo; sentía cómo mi tristeza brotaba de mis ojos envuelta en ira.
—¿Qué sucede por allí? —se oyeron las voces de los soldados que, al ver a los tipos, sacaron sus espadas y los persiguieron hasta matarlos. Vi cómo les cortaban las extremidades, cómo sus caras se llenaban de dolor, cómo los degollaban después.
—Kor...vak —sentí la voz de mi padre apagándose—. Es...cu-cha: tú siempre sentirás dolor e impotencia en tu co...razón. —Padre, no hables; te curarán en el pueblo. Resiste, por favor. —Es...cu-cha: debes perdonar. No dejes que... el odio entre en tu co...razón. —Padre, padre!!!!! —mi voz se atragantó; me quedé en silencio. —¡Rápido! ¡Llévenlo a la curandería! —dijo uno de los soldados. —¡Por favor, padre, no me dejeeeees!
A la mañana siguiente, el curandero terminó de cerrar la herida de mi padre, pero debido a la pérdida de sangre había perdido la conciencia. El esclavista fue ejecutado, pero antes de morir me miró y sonrió. Cuando el verdugo alzó su hacha para darle muerte, pude leer en los labios del condenado: «FUE UN PLACER». Me llené de ira: ese maldito disfrutó herir a mi padre. En verdad, ¿existe gente así en este mundo? Volví a casa pensativo. Mi madre, en la granja, adoptó a tres de las esclavas como sirvientas; las demás decidieron trabajar para el pueblo como pescadoras a cambio de vivir independientes. Y así transcurrió el tiempo. Pasaron dos años y mi padre no recobraba la conciencia; tampoco pude aplacar mi ira ni el odio.
Una mañana, mientras volvía de pescar, unos soldados llegaron a casa buscando a mi padre. Al verme, se acercaron.
—¿Tú eres Korvak? —me preguntaron. —Sí. ¿En qué puedo ayudarles? —respondí. —Vendrás con nosotros mañana a defender la villa de Rotterm. —¿Por qué? —pregunté. —Es una orden del rey. Ya fuimos a las otras casas; las familias ya decidieron qué hijos mandar y la tuya decidió que irías tú —dijeron. —Mañana les daré una respuesta. —Tienes hasta el amanecer —me respondieron.
Entré a casa y vi a mi madre pensativa. Me miró y me dijo que mi otro hermano mayor estaba asustado; no quería ir. Al parecer tendré que ir yo. Le respondí que lo pensaría un poco, ya que soy el último después de mi hermana.
Me dirigí al bosque para pensarlo. Mi mente empezó a recordar aquel día. Padre, ¿de verdad tiene caso no herir...? ¡Oh, padre, tú fuiste herido y yo fui salvado por ti! Me siento tan culpable; padre, no he podido, yo tu hijo, aplacar la llama de la ira en mí. Iré a defender la villa de Rotterm.