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Cimientos de sangre y seda《CharlieBabe》

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Summary

Continuación del cuarto ONE SHOT del "Cuarto Integrante"... Aclaración Babe♤Alfa♤ Charlie♤Enigma♤

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

La calma después de la tormenta era diferente esta vez.

No era la quietud de la reconciliación, sino la pesadez dorada y satisfecha de cuerpos exhaustos y almas realineadas. El aire olía a sexo, a sudor salado y al dulce aroma fantasma del helado de pistacho que se estaba secando en la pared. Babe yacía pegado al costado de Charlie, una pierna enganchada sobre las suyas, la cabeza sobre su pecho, escuchando el latido que poco a poco volvía a su ritmo pausado y poderoso. La respiración de Charlie, profunda y regular, le hacía cosquillas en el cabello.

Charlie tenía un brazo alrededor de los hombros de Babe, la otra mano dibujando patrones abstractos y perezosos en la piel suave y marcada de su espalda. Sentía cada músculo relajado, cada suspiro de Babe como una victoria silenciosa. La furia, los celos, el descontrol…todo se había fundido en esta placidez física, en este silencio cargado de comprensión mutua.

—¿Estás bien?— preguntó Charlie al fin, su voz era un susurro ronco en la penumbra.

Babe asintió, el movimiento era leve contra su pecho.

—Mm-hmm.— Hizo una pausa.— Cansado. Como si hubiera corrido un maratón y luego…bueno, lo otro.

Charlie sonrió, una curva suave en la oscuridad.

—Lo otro fue bastante maratónico también.

Un silencio cómodo se extendió. Luego, Babe habló de nuevo, su voz era más pequeña, más pensativa.

—¿De verdad no te importó? Lo que le hice a esa mujer.

Charlie consideró la pregunta. No era sobre Suda, no realmente. Era sobre los límites, sobre su reacción, sobre la aceptación de la parte más oscura y posesiva de Babe, incluso cuando se dirigía contra alguien que, técnicamente, no había hecho más que mirar.

—No.— dijo Charlie, con una certeza que no dejaba espacio a dudas.— No me importó. Ella jugó un juego peligroso, intentando usar la dinámica entre nosotros para su beneficio. Tu reacción fue…proporcional a la ofensa, en nuestro contexto. Brutal, sí. Pero claro.— Su mano se detuvo en una marca de dientes que él mismo había dejado en el hombro de Babe.— Y además, te conozco. No fue solo por los celos. Fue por el principio. Por el respeto a lo que tenemos. Ella lo violó.

Babe se estremeció, no de frío, sino de alivio.

La validación de Charlie, su comprensión, era el antídoto final a cualquier resto de inseguridad.

—Te dije que era una puta.— murmuró, pero ya no había ira en su voz, solo el eco de una verdad declarada.

—Lo era, de la manera que importa aquí.— asintió Charlie.— Pero ya está tratada. Y tú…— Lo apretó contra sí.—... tienes que encontrar una manera de manejar esos picos, Babe. No por ella, ni por mí. Por ti. Por el pequeño.— Puso su mano sobre el abdomen aún plano de Babe.— Este viaje emocional te agota. Y no quiero que nada, ni siquiera yo, te ponga en un estado que pueda hacerte daño.

Babe puso su mano sobre la de Charlie, entrelazando sus dedos.

—Lo sé. Es…no puedo controlarlo a veces. Es como una ola. Primero el calor, luego el mareo, luego la furia o…esto.— Se refirió a su reciente arranque de lujuria.— Es desconcertante.

—Lo será.— dijo Charlie suavemente.— Pero no estás solo. Cuando sientas que viene la ola…ven a mí. Grita, llora, tírame un helado si es necesario…pero no te lo guardes. Y no dejes que los celos te coman por dentro. No hay nada que envidiar, Babe. Nada.

Babe asintió de nuevo, esta vez con más convicción. Se dio la vuelta para mirar a Charlie, su rostro era una sombra pálida en la oscuridad, pero sus ojos atrapaban la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana.

—¿Y tú? ¿No te cansa? Este…desastre hormonal andante que soy ahora.

Charlie lo miró, y en sus ojos había un amor tan profundo y tan lleno de humor que hizo que a Babe se le encogiera el corazón.

—¿Cansarme?— Repitió, como si la idea fuera absurda.— Babe, te he visto planear el desmantelamiento de un cartel mientras resolvías un cubo de Rubik con una mano y calmabas a Malee de una pesadilla con la otra. Te he visto ser la persona más fría y calculadora en una sala llena de enemigos, y la más tierna y paciente leyendo el mismo cuento diez veces seguidas. Eres el ser más complejo, más fascinante y más fuerte que conozco. Unas cuantas hormonas rebeldes y unos antojos de som tam a medianoche no van a 'cansarme'. Van a…entretenerme. Y a recordarme lo afortunado que soy de tener este desastre, como tú dices, como mío.

Las palabras, dichas con esa sinceridad tranquila y esa mezcla de humor y devoción, fueron el bálsamo final.

Babe sintió cómo los últimos restos de tensión se disolvían. Se inclinó y besó a Charlie, un beso suave, lento, lleno de gratitud y de una promesa renovada.

—Eres un idiota sentimental.— murmuró Babe contra sus labios.

—Y tú un alfa con antojos de helado y tendencias dramáticas.— replicó Charlie, sonriendo en el beso.— Hacemos buena pareja.

Se acomodaron de nuevo, esta vez con Babe de espaldas a Charlie, quien lo envolvió con su cuerpo, protegiéndolo, rodeándolo. El desastre en la habitación seguía allí: la camisa rasgada, el helado en la pared, las sábanas revueltas. Pero dentro del círculo de sus brazos, había un orden perfecto. Un equilibrio recuperado.

—Mañana.— susurró Babe, ya medio dormido.— Mañana quiero…no sé qué. Te lo diré cuando me despierte.

Charlie rió suavemente, acariciándole el brazo.

—Lo que sea, mi amor. Lo que sea.

Y mientras Babe se hundía en un sueño profundo y reparador, Charlie permaneció despierto un rato más, vigilante, sintiendo el ritmo de su respiración, el leve peso de su mano sobre el vientre de Babe. El miedo por su salud, la preocupación por los cambios, seguían ahí, en un rincón de su mente. Pero eran superados por esta certeza feroz, por este orgullo inmenso y por este amor que era tan sólido como las paredes de su fortaleza, y tan flexible como para adaptarse a las tormentas, internas y externas. Juntos, lo superarían todo. Incluso, pensó con una sonrisa, la factura del limpiador de alfombras.

El amanecer llegó con suavidad, pintando el desorden de la habitación con tonos grises y dorados. Charlie se despertó primero, como siempre. Su mente, programada para evaluar amenazas y oportunidades, escaneó el entorno: el silencio seguro de la mansión, la respiración profunda y pareja de Babe a su lado, el…recordatorio abstracto de helado de pistacho en la pared opuesta. Un ligero dolor de cabeza le recordó la intensidad emocional de la noche anterior, pero una sensación de paz sólida, ganada a pulso, lo envolvía.

Se deslizó de la cama con cuidado para no despertar a Babe. Recogió su camisa destrozada del suelo, examinándola con una mueca divertida. Otra a la colección de prendas sacrificadas en el altar de las hormonas de Babe, pensó. La dejó en una silla y se puso una bata de seda.

Su primer movimiento fue hacia la pared. Se acercó y examinó la mancha. Se había secado en una costra verde-blanca y pegajosa. No era el tipo de decoración que esperaba para su dormitorio. Sacó su teléfono y envió un mensaje rápido y silencioso a Kann, quien debía estar ya en sus puestos.

—Kann. El dormitorio principal necesita una limpieza urgente y discreta. Hay una…obra de arte moderna en la pared este. Y la alfombra necesita atención. Que vengan dentro de una hora, cuando el Señor Babe esté despierto y en el desayunador. Y por el amor de Dios, que no hagan preguntas.

La respuesta fue casi instantánea:

—Entendido, Khun Charlie. Se hará.

Satisfecho, Charlie se dirigió al baño. Se lavó la cara, cepilló los dientes, y se miró en el espejo. Había una marca de mordida profunda y amoratada en la unión de su cuello y hombro. Otro "recuerdo" de la noche.

Se tocó la marca con los dedos, no con molestia, sino con una especie de posesividad retribuida. Eran cicatrices de batallas íntimas, y las llevaría con orgullo.

Cuando salió, Babe comenzaba a removerse.

Un gemido suave escapó de sus labios, y una mano buscó a tientas el espacio vacío en la cama donde Charlie había estado. Charlie se acercó y se sentó en el borde, acariciando su cabello revuelto.

—Babe.— murmuró.— Es hora de despertar, mi amor.

Babe entrecerró los ojos, desenfocados por el sueño.

—¿Charlie?— Su voz era ronca y adormilada.— ¿Qué hora es?

—Temprano. Pero tienes una cita importante.

Babe frunció el ceño, confundido.

—¿Cita? ¿Con el doctor? No es hasta la próxima semana…

—No con el doctor.— dijo Charlie, una sonrisa jugueteando en sus labios.— Con un plato de khao tom con pollo y jengibre. Y quizás un té de jengibre también. El doctor Sim dijo que el jengibre es bueno para las náuseas, y después del…espectáculo digestivo de anoche con el helado, creo que tu estómago agradecerá algo suave.

La mención del helado hizo que Babe parpadeara y mirara hacia la pared. Su expresión pasó de la confusión a la consternación, y luego a una vergüenza cómica.

—Oh. Mierda. Lo siento por…eso.

—No te disculpes.— dijo Charlie, inclinándose para dejar un beso en su frente.— Fue una expresión artística muy visceral. Pero ahora, vamos a alimentar al artista. Y al bebé.

Ayudó a Babe a sentarse. Babe se frotó la cara, todavía adormilado, pero una sombra de su habitual energía empezaba a asomar.

—¿Khao tom suena…aceptable?— preguntó, probando la idea en su mente hormonal.— Sí. Suena bien. Con mucho jengibre. Y…quizás un poco de esa salsa de pescado picante al lado. Por si acaso.

Charlie río.

—Por si acaso. Claro.— Sabía que "por si acaso" significaba que probablemente acabaría comiéndose la salsa picante de todos modos.

Mientras Babe se duchaba, Charlie bajó a la cocina. No era habitual que él interviniera allí, pero esta mañana quería supervisar personalmente. Dio instrucciones precisas al chef: el caldo de pollo debía ser claro y ligero, el arroz bien cocido pero no pastoso, el jengibre fresco y finamente cortado en juliana. Ordenó que también prepararan una bandeja con frutas suaves: papaya madura y un poco de sandía.

Mientras esperaba, se sentó en el desayunador con una taza de café negro. Su tableta estaba frente a él, con los informes del acuerdo con la firma de Suda ya finalizados y archivados. No había rastro del "incidente".

Todo estaba limpio, profesional. Como si la pared agrietada y las amenazas nunca hubieran sucedido. Ese era su mundo: la capacidad de limpiar, de ordenar, de hacer que lo complejo y lo violento pareciera simple y pulcro en un informe.

Oyó pasos en la escalera. Babe bajaba, vestido con ropa cómoda de casa, el cabello aún húmedo, con mejor color que la noche anterior. Sus ojos se encontraron con los de Charlie, y hubo un destello de complicidad, de un secreto compartido que iba más allá de los celos o el sexo. Era el conocimiento de haber sobrevivido a una tormenta juntos, y haber salido más fuertes, más unidos.

—El khao tom huele bien.— dijo Babe, sentándose frente a Charlie. Su mirada vagó hacia la ventana, donde la luz del sol empezaba a calentar el jardín.— ¿Malee ya está en la escuela?

—Sí, la llevó Way. Tenían planeado pasar por la pastelería nueva de camino.— Charlie hizo una señal, y un sirviente colocó ante Babe el tazón humeante de sopa de arroz. El aroma a caldo y jengibre llenó el aire.

Babe tomó la cuchara, probó un poco. Un suspiro de satisfacción escapó de sus labios.

—Está perfecto.— Comió en silencio por un momento, concentrado. Luego, alzó la vista.— ¿Qué vas a hacer hoy?

Charlie miró su tableta, luego a Babe.

—Tengo una videoconferencia con los contactos en Zurich a mediodía. Y luego…— Hizo una pausa, su sonrisa fue suave pero determinada.— Luego, pensaba quedarme aquí. Revisar algunos planes de seguridad para la nueva clínica que Pete recomendó. Y quizás, si un cierto alguien se porta bien y descansa como es debido, podríamos ver esa serie nueva que Malee no para de hablar sobre los robots que hablan.

Babe sonrió, una expresión genuina y tranquila que iluminaba su rostro.

—Suena a un buen plan.— Tomó otro sorbo de sopa.— Y…lo de anoche. Lo de Suda. Está cerrado, ¿verdad?

—Completamente.— afirmó Charlie, su tono dejaba claro que no había lugar a dudas.— Ella terminó su trabajo. El acuerdo está firmado. Y ya está en un avión de vuelta a su ciudad. No volverá a ser un problema.

Babe asintió, la última sombra de inquietud desapareciendo de sus ojos. No preguntó cómo Charlie lo había logrado. No necesitaba saberlo. Confiaba en que, fuera lo que fuera, había sido eficiente y definitivo.

Desayunaron en una calma doméstica que era un lujo precioso. Cuando Babe terminó, Charlie deslizó hacia él el plato de fruta.

—Para el bebé.— dijo, como si fuera la explicación más natural del mundo.

Babe tomó un trozo de papaya, y mientras masticaba, puso su mano sobre la de Charlie en la mesa. Un contacto simple, pero que decía más que mil palabras de disculpas o promesas.

En ese momento, Kann apareció discretamente en la puerta del desayunador.

—Khun Charlie, el equipo de limpieza está aquí. ¿Proceden?

Charlie miró a Babe, quien hizo un gesto de asentimiento, un poco avergonzado pero divertido.

—Sí, Kann. Que procedan.

Mientras los expertos en limpieza de alfombras y reparación de yeso subían discretamente las escaleras con sus equipos, Charlie y Babe permanecieron en el desayunador, disfrutando del sol de la mañana y del silencio compartido. El desastre había sido contenido. Las emociones, canalizadas. El futuro, con sus desafíos y sus hormonas, seguía ahí, pero ahora lo afrontaban desde un lugar de renovada fuerza y entendimiento. Juntos, como siempre.

El "cine en casa" de los Theerapanyakul era, como todo lo suyo, excesivo en el mejor sentido. No era solo un televisor grande; era una pantalla de proyección que ocupaba buena parte de una pared en una sala especial acústicamente aislada, con butacas de cine reclinables de cuero suave y un sistema de sonido que hacía temblar discretamente el suelo. Pero esa noche, la reina indiscutible de la sala era Malee, que había transformado su butaca en un trono de mantas y cojines, con su dinosaurio de peluche favorito (el cocodrilo verde, ahora bautizado oficialmente como "Coco") en el regazo.

Babe ocupaba la butaca central, reclinada pero no del todo, con una manta sobre las piernas y un tazón de palomitas saladas (su antojo de la tarde había sido específico: con aceite de trufa y escamas de sal marina, nada de dulce) balanceándose precariamente en su vientre, que comenzaba a mostrar una suave pero definitiva curva bajo su camiseta holgada. A su lado, Charlie estaba sentado con más elegancia, con un vaso de agua con gas y limón, aunque su atención no estaba en la bebida, sino dividida entre la película, la expresión de Malee y el bienestar de Babe.

La película era un despliegue de color y acción, llena de robots amigables con voces chillonas que aprendían lecciones sobre la amistad y la valentía. Para Charlie, era un ejercicio de lógica absurda; para Babe, un ruido de fondo agradable mientras monitoreaba sus propias sensaciones (un leve picor aquí, un pequeño movimiento allí que aún no sabía si era gas o algo más); pero para Malee, era pura magia.

—¡Mira, Papá Babe! ¡El robot azul va a salvar al pueblo con su…su…brazo-cohete!— gritaba Malee, señalando la pantalla con un dedo tembloroso de emoción.

—Mm-hmm, impresionante.— murmuró Babe, tomando un puñado de palomitas.— Aunque un brazo-cohete parece un diseño poco práctico para el mantenimiento diario. Imagina intentar abrir una lata.

Charlie lanzó una mirada de advertencia divertida a Babe por encima de la cabeza de Malee.

—Está salvando el pueblo, cariño, no haciendo la cena.

—La eficiencia es importante en todas las tareas.— replicó Babe con solemnidad, haciendo que Malee soltara una risita.

En la pantalla, el robot azul enfrentaba al villano, un montón de chatarra malvada con una risa estruendosa. La música se volvió dramática. Malee se agarró instintivamente al brazo de Babe.

—¿Va a ganar, Papá Charlie?

Charlie, que había desmontado mentalmente la estructura de poder del pueblo de robots y había identificado al menos tres puntos débiles en la defensa del villano, asintió.

—Por supuesto. Mira cómo el robot azul ha movilizado a los pequeños robots de reciclaje para distraerlo. Es una estrategia clásica de desvío de atención.

Babe lo miró.

—¿En serio estás analizando tácticamente una película de robots cantarines?

—¿Y tú estás criticando su diseño de ingeniería?— contraatacó Charlie, con una sonrisa en sus labios.

—Toque.— admitió Babe, sonriendo también.

Malee, ignorando la charla de sus padres, estaba al borde de su asiento. "¡Sí! ¡Ahora, robot azul! ¡Usa el… el rayo de la amistad!"

El robot azul, efectivamente, desplegó un rayo multicolor que no hacía más que hacer cosquillas al villano hasta que este, confundido y riendo a regañadientes, decidía que ser malo era aburrido y se unía al equipo.

—¡Lo sabía!— exclamó Malee, saltando de su butaca y bailando un pequeño baile de victoria frente a la pantalla.— ¡La amistad siempre gana!

Babe y Charlie intercambiaron una mirada sobre su cabeza. En su mundo, las victorias rara vez llegaban con rayos multicolores y risas. Llegaban con sangre, estrategia y sacrificio. Pero ver la fe absoluta de Malee, su alegría pura, era un regalo extraño y precioso.

Cuando los créditos empezaron a rodar con una canción pegadiza, Malee se volvió hacia ellos, los ojos brillantes.

¿Fue la mejor película del mundo o fue la mejor película del mundo?

—Definitivamente la mejor película de robots cantarines que he visto este mes.— dijo Babe con seriedad, ofreciéndole el tazón de palomitas. —Aquí, campeona. Combustible para celebrar.

Malee tomó un puñado y se trepó a la butaca de Babe, acomodándose a su lado, con cuidado de no golpear su vientre.

—¿A tu bebé le gustó la película, Papá Babe?

Babe puso una mano sobre su barriga.

—Creo que sí. Se movió un poco durante la parte del rayo de la amistad. Quizás le hicieron cosquillas a él también.

—¡O a ella!— corrigió Malee.— Podría ser una hermana. Y le pondremos un nombre de robot. Como…Bip. O Clank.

—Clank Theerapanyakul.— probó Charlie, haciendo una mueca.— Tiene un cierto…peso.

—¡No! ¡Sería un nombre secreto! Solo nosotros lo sabríamos.— dijo Malee, conspirativa.

Babe rió, un sonido cálido y relajado. La tensión de días anteriores, los celos, la furia, todo se sentía muy lejano en este momento, en la oscura sala con el zumbido residual del sistema de sonido y el olor a palomitas de trufa.

—Me gusta Bip.— dijo.— Es sencillo. Fácil de gritar si se porta mal.

—¡Ninguno de mis hijos se portará mal lo suficiente como para que tengas que gritarles.— declaró Charlie, pero su tono era suave, lleno de esa certeza de padre que cree poder dominar cualquier tempestad, incluso las genéticas de Babe.

Se quedaron allí un rato más, Malee haciendo preguntas sobre los robots, Babe dando respuestas cada vez más absurdas ("¿Y cómo van al baño los robots, Papá Babe?" "Tienen un compartimento especial donde reciclan el aceite usado, princesa"), y Charlie observándolos, absorbiendo la escena como un hombre que atesora un oasis en medio del desierto.

Finalmente, los párpados de Malee empezaron a pesar. Bostezó, acurrucándose más contra Babe.

—Creo que es hora de que la comandante en jefe se vaya a la cama.— dijo Charlie, poniéndose de pie y estirando la mano hacia Malee.

—¿Puede Coco dormir conmigo?— preguntó Malee, agarrando al dinosaurio verde.

—Claro.— dijo Babe.— Pero adviertele que si ronca, lo mando al sofá.

Malee río, tomó la mano de Charlie y, después de dejar un beso en la mejilla de Babe ("¡Buenas noches, Bip!"), se dejó llevar hacia la puerta.

Charlie se detuvo en el umbral y miró hacia atrás. Babe seguía en la butaca, iluminado por la luz tenue de la pantalla de créditos, una mano en su vientre, una expresión de paz absoluta en su rostro. Era una imagen que Charlie quería grabar a fuego en su memoria.

—¿Vienes?— preguntó Charlie, su voz suave.

—En un minuto.— murmuró Babe.— Solo… término las palomitas.

Charlie asintió, sabiendo que era una excusa.

Babe necesitaba este momento de quietud, de digestión no solo de la comida, sino del día, de la paz conquistada.

Cuando Charlie salió, llevando a una somnolienta Malee en brazos, Babe se recostó en la butaca, mirando la pantalla ahora en negro. Sintió un leve movimiento, un aleteo suave bajo su mano. No era gas. Era Bip. O Clank. O simplemente, su bebé.

Sonrió en la oscuridad. Su vida era disparatada. Llena de peligro, de violencia, de emociones desbordadas y antojos extraños.

Pero también estaba esto. Estas noches de cine con palomitas de trufa, con la lógica implacable de Charlie analizando robots cantarines, con la fe inquebrantable de Malee en los rayos de la amistad, y con este pequeño misterio creciendo dentro de él.

Cerró los ojos, saboreando la sal de las palomitas y la dulzura de este momento perfecto, robado al caos. Mañana traería lo que trajera. Pero por ahora, en la sala silenciosa, con el eco de las risas de su hija y el latido de una nueva vida, Babe, el Alfa, el asesino, el esposo, el padre, se sentía, simplemente, en casa.

El Desayuno Específico

Las primeras luces del alba aún no habían tocado el cielo cuando Babe se despertó con una necesidad tan clara y urgente como una orden de misión. No fueron las náuseas esta vez, sino un antojo preciso y pictórico. Golpeó suavemente el brazo de Charlie, que dormía a su lado.

—Charlie.

Charlie se despertó al instante, sus sentidos en alerta.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?

—No. Necesito khanom krok. Los que venden en ese puesto junto al templo de la calle Sri Phraya. Los que son crujientes por fuera, cremosos por dentro, con la cebollita verde finamente picada y un poco de maíz dulce. No los de ningún otro puesto. Esos.

Charlie parpadeó, procesando. Eran las 5:17 a.m. El puesto estaría apenas abriendo. Sri Phraya estaba a veinte minutos en coche, sin tráfico. Con tráfico…

Se frotó la cara.

—¿Los de la señora con el sombrero de paja?

—¡Sí! Esos exactamente. Y quiero uno con…¿sabes qué? Que sea una docena. Y un café helado Thai, muy dulce, del puesto de al lado.

Charlie asintió, ya mentalmente asignando a un hombre y calculando rutas.

—Una docena. Café helado Thai. Muy dulce.— Se inclinó y besó la frente de Babe.— Vuelvo en cuarenta minutos. Vuelve a dormir.

—No puedo dormir. Estaré aquí. Contando los segundos.

Media Mañana: La Colaboración de Malee

Charlie estaba en una videoconferencia en su estudio cuando su teléfono personal vibró.

Era un mensaje de Babe, con una foto: un tazón vacío de khanom krok y el vaso de café. Debajo, el texto: "Perfecto. Ahora necesito sandía. Pero cortada en cubos pequeños, no en triángulos. Y con una pizca de sal de Himalaya por encima. No sal de mesa. Y un chorrito de lima. No limón. Lima."

Charlie soltó un suspiro. La reunión con los suizos era crítica. No podía irse. Pero entonces, una pequeña sombra se asomó por la puerta entreabierta. Malee, con su tableta de dibujo bajo el brazo.

—¿Papá Charlie? ¿Estás ocupado?

Una idea brilló en la mente de Charlie.

—Malee, princesa, ¿te gustaría ayudar con una misión secreta muy importante para Papá Babe?

Los ojos de Malee se iluminaron.

—¡Sí!

Charlie le mostró el mensaje.

—Necesita sandía, cortada así, con esta sal especial y lima. ¿Crees qué podrías encargarte tú de darle las instrucciones exactas a la chef? Y luego llevársela tú misma? Es muy importante que sea exactamente como él dice.

Malee se puso seria, adoptando una expresión de concentración absoluta.

—¡Sí, Papá Charlie! ¡Yo puedo! ¡Cubos, sal rosa y lima!— Repitió como un mantra.— ¡Lo haré perfecto!

Veinte minutos después, Babe, que estaba revisando informes de seguridad en la terraza, vio aparecer a Malee con una bandeja de plata. Sobre ella, un cuenco de cristal con cubos de sandía perfectos, espolvoreados con un fino polvo rosa y unas gotas de zumo de lima fresco.

—¡Misión cumplida, Papá Babe!— anunció Malee con orgullo, colocando la bandeja frente a él.— La chef quería poner menta, pero le dije que no, que solo sal rosa y lima. Como dijiste.

Babe miró el cuenco, luego a la radiante cara de su hija. Una oleada de ternura lo inundó. Tomó un cubo y lo probó. Estaba perfecto.

—Es…exactamente lo que quería. Eres la mejor asistente del mundo, Malee.

Malee sonrió, satisfecha, y se trepó a la silla a su lado para "supervisar" cómo se lo comía todo.

Tarde: El Antojo Logístico

El antojo de la tarde fue un desafío logístico.

Babe quería pad kee mao (fideos borrachos) de un callejón específico en Chinatown, pero sin los chiles tailandeses habituales, sustituidos por pimientos de padrón asados traídos de España (que tenían en la cocina para una cena de gala la semana anterior), y con extra de albahaca holy tailandesa, no la italiana.

Charlie, que estaba en medio de una llamada con Jeff sobre la seguridad del envío de los datos de Vachira, recibió el mensaje. No parpadeó. Colgó con Jeff, llamó a Kann.

—Kann. Chinatown. El puesto de la señora Yai en el callejón Soi Itsara. Pad kee mao. Instrucciones específicas.— Le transmitió los cambios.— Y que usen el coche rápido. Quiero que esté aquí en treinta minutos o menos. El humor de la casa depende de ello.

—Entendido, Khun Charlie.

Mientras tanto, Babe, en el salón, explicaba a Malee por qué los pimientos de padrón eran superiores para este plato en particular ("tienen un ahumado que complementa la salsa de soja oscura, princesa, es ciencia culinaria"), y Malee asentía con una solemnidad que sugería que estaba tomando notas mentales para su futuro como chef de antojos.

Noche: El Desafío Nocturno

La medianoche se acercaba. Charlie ya estaba en pijama, leyendo. Babe, que había estado tranquilo toda la noche, se incorporó de golpe en la cama.

—Helado.

Charlie bajó el libro.

:¿De qué sabor?

—De…no sé. No es un sabor. Es una textura. Quiero ese helado de yogur griego que venden en ese lugar nuevo del centro comercial, el que tiene la máquina que lo hace al momento. Con cobertura de salsa de chocolate caliente amargo, no dulce. Y por encima…— Hizo una pausa, sus ojos se perdieron en la distancia, buscando la combinación perfecta.—...galletas de avena desmenuzadas. Y unas frambuesas frescas. Solo tres. No cuatro.

Charlie miró el reloj. Las 23:47. El centro comercial cerraba a medianoche. Se puso de pie sin decir una palabra. Se puso unos pantalones y una sudadera.

—¿Vas tú?— preguntó Babe, sorprendido.

—Kann ha tenido un día largo persiguiendo pimientos españoles por Chinatown.— dijo Charlie, cogiendo las llaves del deportivo rápido.— Y esto suena…delicado. Requiere supervisión personal.

Babe sonrió, una sonrisa de satisfacción y amor.

—Eres el mejor.

—Lo sé.

Charlie regresó a la 00:23. En sus manos, un vaso de plástico transparente que mostraba las capas perfectas: el helado de yogur blanco, el chocolate oscuro y brillante cayendo por los lados, el crujiente desmoronado de galletas y, encima, tres frambuesas perfectas, como rubíes.

Babe lo tomó como si fuera el Santo Grial.

Probó una cucharada. Cerró los ojos.

—Perfecto. La acidez del yogur con el amargor del chocolate…y la frambuesa lo corta justo…— Abrió los ojos y miró a Charlie, que se quitaba la sudadera.— Gracias.

Charlie se metió en la cama, rodeándolo con un brazo mientras Babe devoraba el helado.

—De nada. Aunque mañana, si te apetece algo de la Antártida, avisa con un poco más de tiempo, ¿vale?

Babe se rió, con la boca llena.

—No prometo nada. El bebé es el jefe de los antojos. Yo solo obedezco.

Y así, entre desayunos al amanecer, misiones de sandía delegadas, operaciones logísticas internacionales para platos callejeros y rescates de medianoche de helado de yogur, transcurrían sus días. Era agotador, absurdo y, para Charlie, profundamente satisfactorio.

Cada antojo cumplido era una batalla ganada en la guerra más importante: la de mantener a salvo, feliz y (relativamente) tranquilo al portador de su futuro. Y contando con la entusiasta ayuda de Malee, que ya se veía a sí misma como la oficial logística en jefe de los antojos de Papá Babe, la tarea, aunque monumental, se sentía como una aventura familiar más. La más dulce, salada, ácida y picante de todas.

La clínica Sawasdee Vida estaba ubicada en un moderno edificio de cristal y acero en el distrito financiero, pero su interior era todo lo contrario: cálido, silencioso, con paredes en tonos tierra, fuentes de agua susurrantes y el tenue aroma a jazmín. La discreción era su seña de identidad, y la seguridad, invisible pero impenetrable, había sido coordinada personalmente por Pete y Kann. Para cualquiera que mirara, Charlie y Babe podrían ser dos ejecutivos exitosos, tal vez socios, esperando una reunión. Nadie habría adivinado la verdad.

Babe, vestido con unos pantalones chinos holgados y una camisa de seda azul claro que se adaptaba suavemente a su ahora evidente y pequeña pero inconfundible curva, estaba sentado en uno de los lujosos sillones de la sala de espera privada. Jugueteaba nerviosamente con el borde de su camisa.

Charlie, impecable en un traje de lino color arena, estaba a su lado, una mano firme sobre su rodilla, anclándolo.

—Respira, mi amor.— murmuró Charlie, su voz baja pero calmante.— Es una revisión de rutina. Todo está bien.

—Lo sé.— dijo Babe, pero su mandíbula estaba tensa.— Es solo…verlo. Oírlo. Hace que sea más real. Y más…aterrador.

Charlie apretó su rodilla.

—Todo lo que vale la pena da un poco de miedo.

La puerta de la consulta se abrió y apareció la doctora Parinya. Era joven para su reputación, con ojos inteligentes y amables y una sonrisa que transmitía una calma profesional.

—Khun Charlie, Khun Babe. Pasen, por favor.

La sala de examen era más similar a un lujoso dormitorio de hotel que a un consultorio médico. La camilla estaba cubierta con sábanas de algodón egipcio, y en lugar de las frías luces fluorescentes, había lámparas cálidas. En un rincón, un equipo de ecografía de última generación parecía discreto.

—¿Cómo se han sentido esta semana?— preguntó la doctora Parinya mientras Babe se subía a la camilla con la ayuda de Charlie, quien le arregló la camisa para dejar su abdomen al descubierto.

—Los antojos siguen…creativos.— dijo Babe, con una media sonrisa.— Pero las náuseas han mejorado. Y la fatiga también, un poco.

—Excelente.— anotó la doctora.— Y emocionalmente? ¿Ha notado cambios significativos en el estado de ánimo?

Charlie soltó un suspiro casi imperceptible, y Babe le lanzó una mirada de advertencia.

—Ha habido…algunos altibajos.— admitió Babe, diplomático. "Pero manejables.

La doctora asintió, comprensiva.

—Es completamente normal. Las hormonas son un torbellino. Lo importante es el apoyo.— Sus ojos se encontraron brevemente con los de Charlie, quien asintió con una seriedad que era una promesa en sí misma.

—Bien, vamos a echar un vistazo al protagonista.— dijo la doctora, encendiendo el ecógrafo y aplicando el gel templado en el vientre de Babe.

Babe contuvo el aliento. Charlie se acercó más, su mano encontrando la de Babe y entrelazando sus dedos con una fuerza que delataba su propia tensión contenida.

La imagen apareció en la pantalla: borrosa al principio, luego enfocándose. Y ahí estaba.

Ya no era el pequeño punto palpitante de semanas atrás. Era un bebé. Con una cabecita redonda, una columna vertebral claramente definida, brazos y piernas que se movían con una energía sorprendente. El corazón latía rápido y fuerte, un ritmo constante que llenó la habitación a través de los altavoces: whoosh-whoosh, whoosh-whoosh.

Babe soltó un jadeo, sus dedos apretando los de Charlie.

—Dios mío…

Charlie no pudo hablar. Su garganta se cerró.

Observaba la pantalla con una expresión de asombro absoluto, sus ojos recorriendo cada detalle de la pequeña forma que se retorcía en el útero de Babe. Era real. Tan real. Y perfecto.

—Todo se ve excelente.— anunció la doctora Parinya, una sonrisa genuina en su rostro.— El crecimiento es perfecto para las semanas de gestación. El latido cardíaco es fuerte y regular. Miren aquí…— Acercó la imagen.— ¿Ven esos pequeños movimientos? Está activo. Y aquí, podemos ver el perfil…la nariz, la barbilla.

Babe y Charlie se inclinaron, hipnotizados. El bebé pareció darse la vuelta, ofreciendo una vista más clara de su perfil. Tenía la nariz pequeña y recta, la barbilla…Babe sintió un vuelco en el estómago.

—Se parece…se parece a ti.— susurró Babe, mirando a Charlie.— La forma de la barbilla.

Charlie parpadeó, como si saliera de un trance. Miró la pantalla, luego a Babe.

—Tiene tu boca.— replicó, su voz ronca.— La forma de los labios.

La doctora observó la interacción con una sonrisa suave.

—A menudo los padres ven rasgos. Es un momento muy especial.— Hizo unas cuantas medidas en la pantalla, anotando datos.— Todo está dentro de los parámetros perfectos. El líquido amniótico es adecuado, la placenta está bien ubicada…Khun Babe, físicamente, estás haciendo un trabajo excelente.

Babe asintió, incapaz de apartar la vista de la pantalla. Una emoción abrumadora, una mezcla de orgullo, amor y un miedo abismal a lo precioso que esto era, lo inundó. Sentía la mano de Charlie, firme y segura, anclándolo a la realidad.

—¿Y…y el sexo?— preguntó Charlie, recuperando parte de su compostura, aunque su voz aún sonaba extraña.

—Podemos intentar verlo si quieren.— dijo la doctora, moviendo suavemente el transductor.— A veces, en esta etapa, el bebé coopera…a veces no.— Exploró por un momento. El bebé se movía, dando la espalda. Luego, como si hubiera escuchado, dio una pequeña voltereta. La doctora sonrió.— Ahí está. Miren.

La imagen se enfocó en un área específica. Para el ojo no entrenado, era un enigma de sombras grises. Pero la doctora señaló.

—¿Ven estas tres líneas aquí? Eso es muy característico…Les tengo noticias. Parece que van a tener una niña.

La palabra cayó en el silencio de la habitación como una campanada.

Una niña.

Babe miró a Charlie. Los ojos de Charlie, normalmente tan impenetrables, brillaban con una emoción tan cruda que Babe pudo verla claramente: alegría, temor, una ternura infinita.

—Una niña.— repitió Charlie, como saboreando la palabra. Miró a Babe.— Otra princesa.

Las lágrimas, que Babe había estado conteniendo desde que vio la imagen, brotaron finalmente. No eran de tristeza. Eran de una felicidad tan intensa que no cabía dentro de él. Asintió, apretando la mano de Charlie con fuerza.

—Malee va a…va a explotar de felicidad.— logró decir Babe, su voz quebrada.

La doctora limpió el gel del vientre de Babe y les entregó una serie de impresiones de la ecografía. En una de ellas, el perfil de la bebé era claro, con su pequeña nariz y su barbilla prometedora.

—Todo está perfecto.— reiteró la doctora Parinya.— Sigan con el descanso, la buena alimentación, los paseos suaves. Y disfruten de este momento. La siguiente cita será en un mes.

Al salir de la clínica, con las imágenes de la ecografía guardadas en un sobre discreto en el bolsillo interior de la chaqueta de Charlie, el mundo exterior parecía diferente. Más brillante, más ruidoso, más…abrumador.

Babe se apoyó en Charlie mientras caminaban hacia el coche, sintiendo las piernas un poco débiles.

Charlie lo ayudó a subir y se sentó a su lado.

Antes de dar la orden al conductor, se volvió hacia Babe. Sus manos encontraron el rostro de Babe, y lo besó. No fue un beso apasionado, sino uno profundo, lento, lleno de un significado tan denso que palabras no podrían haberlo contenido. Un beso de gratitud, de asombro compartido, de un futuro que ahora tenía un género y un perfil en una foto borrosa.

—Una niña.— susurró Charlie contra sus labios.

—Tu niña.— corrigió Babe, sus lágrimas saladas mezclándose con el sabor del beso.

—Nuestra niña.— afirmó Charlie, sellando la verdad con otro beso suave antes de arreglar el cabello de Babe y dar la orden de ir a casa.

A su hogar, que ahora esperaba, con aún más amor y anticipación, la llegada de una nueva y pequeña soberana.

La mansión estaba inusualmente llena de una energía bulliciosa y anticipada esa tarde. No era una reunión de negocios; era una convocatoria familiar. En el salón principal, donde las negociaciones solían ser de vida o muerte, ahora había un ambiente de celebración contenida. Malee, que sospechaba que algo grande pasaba porque la habían vestido con su mejor vestido de dinosaurios (el de terciopelo verde), estaba sentada en el sofá grande entre Way y Pete, mirando expectante a sus padres, que estaban de pie frente a la chimenea.

Jeff y Alan habían llegado juntos, con una botella de champán sin alcohol (por Babe) y otra normal, y estaban de pie cerca del bar, intercambiando miradas curiosas pero sonrientes.

Charlie carraspeó suavemente, un gesto raro en él que delataba una emoción que no podía ocultar por completo. Todos los ojos se posaron en él y en Babe, que estaba a su lado, una mano descansando sobre su vientre de manera instintiva y protectora.

—Gracias por venir.— comenzó Charlie, su voz serena pero con un brillo inusual.— Sabemos que han estado…al tanto de los acontecimientos recientes.— Una mirada hacia Babe, que esbozó una sonrisa pequeña y nerviosa.— Y hemos tenido hoy una cita importante con la doctora.

Malee se inclinó hacia adelante.

—¿El bebé está bien, Papá Babe?

Babe asintió, su sonrisa se hizo más amplia.

—Está muy bien, princesa. Perfecto, de hecho.

—¿Y…y ya sabemos si es un hermanito o una hermanita?— preguntó Malee, sus ojos como platos.

Charlie y Babe intercambiaron una mirada.

Fue Babe quien habló, su voz clara y llena de una alegría que resonó en la habitación.

—Sí, lo sabemos.— Hizo una pausa, dejando que la expectativa creciera por un segundo. Luego, mirando directamente a Malee, dijo.— Va a ser una hermanita.

Por un instante, hubo silencio. Luego, la reacción de Malee fue explosiva. Saltó del sofá con un chillido de pura felicidad que hizo que hasta los veteranos como Jeff y Alan se sobresaltaran. Corrió hacia Babe, pero se detuvo justo antes de chocar con él, recordando las instrucciones de ser cuidadosa. En cambio, se lanzó a los brazos de Charlie, que la levantó con facilidad.

—¡UNA HERMANA! ¡PAPÁ CHARLIE, UNA HERMANA! ¡VAMOS A SER DOS NIÑAS! ¡YO Y ELLA!— gritaba, abrazando el cuello de Charlie. Luego, se giró hacia Babe, extendiendo los brazos.— ¡Papá Babe, una hermanita! ¡Podemos ponerle un vestido de dinosaurio rosa! ¡Y enseñarle a rugir!

Babe rio, una risa libre y aliviada, y tomó a Malee de los brazos de Charlie, abrazándola suavemente pero con fuerza.

—Claro que sí, sol. Le enseñarás todo lo que sabe una gran hermana.

Way se puso de pie, una amplia y cálida sonrisa en su rostro. Se acercó y puso una mano en el hombro de Babe.

—Una niña. Felicidades, a los dos. Es…maravilloso.— Su mirada fue significativa. Sabía lo que significaba traer una nueva vida, especialmente una niña, a su mundo. Era una responsabilidad aterradora y hermosa.

Pete asintió con su habitual pragmatismo, pero sus ojos brillaban.

—La seguridad para la clínica de Parinya es impecable. Y he empezado a hacer una lista de especialistas en pediatría y niñeras con credenciales de seguridad de nivel militar. Para cuando sea necesario.

Jeff se acercó con las botellas.

—¡Esto merece una celebración! ¡Champán para los que pueden, y jugo de uva exquisitamente caro para el papá gestante!— Sirvió las copas y repartió. Alan tomó la suya y alzó el vaso.

—Por la pequeña princesa Theerapanyakul.— dijo Alan, su voz más suave de lo habitual.— Que sea tan fuerte como sus padres, y tenga la sabiduría para evitar sus errores más estúpidos.— Guiñó un ojo.

Todos rieron y brindaron. Babe tomó un sorbo de su jugo, sintiendo la dulzura en su lengua y la calidez en su pecho. Observaba a Malee, que ahora estaba saltando alrededor de Jeff, describiendo todos los juegos que le enseñaría a su hermana.

Charlie se acercó a Babe, rodeándolo con un brazo por la cintura.

—¿Ves?— murmuró en su oído.— Todo el mundo está tan feliz como nosotros.

Babe asintió, apoyando la cabeza en el hombro de Charlie por un momento.

—Sí. Es…abrumador. En el buen sentido.— Hizo una pausa.— Una niña, Charlie. Tenemos que protegerla del doble.

—La protegeremos con todo lo que tenemos.— dijo Charlie, su voz era un susurro feroz y prometedor.— Y con todo lo que son ellos.— Hizo un gesto sutil hacia sus amigos, su familia elegida, que ahora estaban inmersos en una animada discusión con Malee sobre si los dinosaurios rosas eran históricamente precisos.

En ese momento, Kann apareció en la puerta con una bandeja.

—Disculpen la interrupción. El chef preguntó si…celebrarán con algo especial para cenar. Ha preparado opciones.

Babe, cuyos antojos habían estado inusualmente tranquilos durante la emoción del día, de repente sintió una punzada de inspiración.

—¿Tiene…ese postre tailandés? El khanom tuay? El de leche de coco al vapor con la salsa de azúcar de palma por encima. Pero… con un poco de jengibre rallado finamente mezclado en la leche de coco. Y un toque de…pimienta de Sichuán. Muy poco. Solo para darle un toque.

La habitación se quedó en silencio por un segundo. Todos miraron a Babe. Luego, Jeff rompió a reír.

—¡Dios mío, incluso los antojos de celebración son estratégicos! ¡Pimienta de Sichuán! ¡Es perfecto!

Charlie sonrió, resignado y enamorado.

—Kann, dile al chef que haga lo que Khun Babe pida. Y que haga el doble. Alguien más podría querer probar esa…creación.

Malee se acercó, agarrando la mano de Babe.

—¿La hermanita también querrá postres raros, Papá Babe?

Babe la miró, luego a Charlie, luego a su círculo de monstruos maravillados y felices.

—Probablemente, princesa. Probablemente. Pero tenemos a todo un equipo para satisfacer sus antojos, ¿verdad?

Las risas y las felicitaciones llenaron la sala nuevamente. Babe se dejó llevar por el momento, por la alegría, por el amor que lo rodeaba. El miedo seguía allí, sí. Pero en ese instante, viendo a Malee planeando futuras aventuras con su hermana, a sus amigos brindando por su familia, y a Charlie a su lado, sólido como una roca, el miedo era solo una sombra pequeña en un salón lleno de luz.

Habían anunciado la llegada de una niña. Y con ese anuncio, no solo compartían una noticia; reforzaban los lazos del clan que la protegería, la amaría y, sin duda, le prepararía postres increíblemente picantes y dulces. Juntos.

La luz de la lámpara de la mesilla de noche era el único punto de luz en el dormitorio, creando un círculo cálido e íntimo sobre la cama. Babe estaba reclinado contra una montaña de cojines, un libro abierto sobre su regazo, aunque hacía rato que no leía. Sus ojos seguían la figura de Charlie, que acababa de entrar y se estaba quitando la chaqueta del traje con movimientos lentos y cansados.

El día había sido largo, lleno de las minucias infinitas de mantener un imperio funcionando.

Charlie arrojó la chaqueta sobre un sillón y se desabrochó los gemelos de la camisa, dejándolos con un clic suave sobre la cómoda.

—Parece que fue un día de batalla campal en el despacho.— comentó Babe, cerrando el libro.— Kann parecía un poco pálido cuando pasó por aquí hace una hora.

Charlie soltó un suspiro, no de exasperación, sino de fatiga concentrada. Se quitó la camisa, revelando el torso pálido y musculoso marcado por alguna cicatriz antigua.

—Los alemanes. Quieren renegociar los términos del acuerdo de suministro de componentes electrónicos. Argumentan 'volatilidad del mercado'. Lo que realmente quieren es un cinco por ciento más de margen porque saben que nuestro proyecto con los suizos depende de esos componentes.— Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo ligeramente.— Fue una danza de tres horas. Muy aburrida.

Babe observaba cómo Charlie se movía, la tensión visible en sus hombros.

—¿Y?

Un destello de satisfacción fría cruzó los ojos de Charlie mientras se ponía unos pantalones de pijama de seda.

—Les di el dos por ciento. Y una cláusula de penalización por retraso que les costará el tres si se demoran un solo día más allá del plazo nuevo. Aceptaron, creyendo que habían ganado algo.— Se acercó a la cama.— En realidad, el proyecto tiene un colchón de tiempo del diez por ciento. Ganamos tiempo y pagamos menos de lo que habríamos pagado si hubiéramos cedido a su primera demanda.

Babe sonrió, una sonrisa de genuino orgullo y comprensión.

—Siempre diez pasos por delante.— Hizo espacio para que Charlie se sentará en el borde de la cama.— Ven aquí. Te tensan los hombros.

Charlie se sentó, dándole la espalda. Las manos de Babe, fuertes pero sorprendentemente suaves, encontraron los nudos de tensión en sus músculos trapecios y comenzaron a masajear con una presión firme y experta. Charlie dejó escapar un gruñido de alivio, inclinando la cabeza hacia adelante.

—Tu mente nunca descansa, ¿verdad?— murmuró Babe, sus dedos trabajando la tensión.

—Descansa aquí.— dijo Charlie, su voz era un susurro ronco.— Contigo. Es el único lugar donde…se apaga el ruido.

Babe se inclinó y dejó un beso en la vértebra prominente en la base del cuello de Charlie.

—Bien. Porque aquí no hay alemanes, ni porcentajes, ni cláusulas de penalización. Solo tú y yo.— Otro beso, un poco más arriba.— Y Bip. O Clank. La que patee.

Charlie rió suavemente, el sonido vibró bajo los labios de Babe.

—Ella. Es ella.— Giró lentamente, haciendo que las manos de Babe se deslizaran por sus costados, y se encontraron cara a cara, muy cerca.— Hoy, en medio de esa ridícula negociación, me encontré pensando en el color de su habitación. Malee insiste en rosa dinosaurio. Pete envió un informe sobre pinturas no tóxicas y resistentes a los impactos.

Babe sonrió, sus manos ahora descansando en las caderas de Charlie.

—Suena a Pete. ¿Y tú? ¿Qué pensaste?

—Pensé…— Charlie bajó la vista por un momento, como si la confesión fuera más íntima que cualquier contacto físico.—... que me da igual el color. Solo quiero que esté segura. Que sepa que este lugar, este caótico, peligroso y amoroso lugar que hemos construido, es su hogar. Que nunca tendrá que negociar por su seguridad o su valor.

Las palabras, tan crudas y sinceras, hicieron que el corazón de Babe se encogiera. Movió una mano para acariciar la mejilla de Charlie.

—Lo sabrá. Porque tenemos a la persona más inteligente y despiadada que conozco asegurándose de ello.— Su pulgar rozó el labio inferior de Charlie.— Y a un padre que, a pesar de todo, tiene un corazón lo suficientemente blando como para preocuparse por el color de la pintura.

Charlie capturó su pulgar con un beso suave, luego se inclinó y selló sus labios con los de Babe. No fue un beso de pasión ardiente, sino de profunda conexión, de gratitud, de un amor que había sido forjado en el fuego y templado en estos momentos de quietud. Sabía a té de la noche y a la fatiga del día, y a algo indefiniblemente ellos.

Cuando se separaron, Babe lo guió para que se acostara a su lado. Charlie se acomodó, rodeando a Babe con un brazo, apoyando una mano sobre su vientre redondeado. Babe se acurrucó contra su costado, su cabeza en el hueco del hombro de Charlie.

—¿Crees qué estaremos a la altura?— preguntó Babe, su voz era apenas un susurro en la oscuridad. No era la pregunta del alfa seguro, sino la del hombre que había encontrado algo tan precioso que le daba miedo romperlo.

Charlie lo apretó contra sí.

—No tenemos elección. Y no estamos solos.— Hizo una pausa, sus dedos trazando círculos suaves sobre la tela de la camiseta de Babe.— Mira lo lejos que hemos llegado, Babe. De enemigos a esto. De la desconfianza a…confiar en que tú serás quien me masajee los hombros después de un mal día. De la violencia a…planear el color de la habitación de nuestra hija.— Besó su sien.— Si hemos superado eso, podemos superar cualquier cosa. Incluso los terribles dos años y la adolescencia de dos niñas.

Babe rió, un sonido bajo y vibrante contra el pecho de Charlie.

—Dios, no me recuerdes la adolescencia. Con nuestros genes…va a ser un campo de batalla.

—Pero será nuestro campo de batalla.— dijo Charlie, su voz era una promesa suave.— Y lucharemos juntos. Como siempre.

Se quedaron en silencio después de eso, solo el sonido de su respiración mezclándose en la oscuridad. Las manos de Babe encontraron la de Charlie sobre su vientre y la cubrieron, entrelazando sus dedos. Bajo sus palmas, un pequeño movimiento, un suave rodar, como un saludo.

—Ella está despierta.— murmuró Babe.

—Ella sabe que sus papás están haciendo planes para ella.— respondió Charlie, sonriendo en la oscuridad.— Y aprobando.

El cansancio del día, la tensión de las negociaciones, todo se disolvió en este círculo de calor y promesa compartida. No había necesidad de más palabras. Solo este contacto, este latido compartido, este futuro que crecía literalmente entre ellos, era el lenguaje más elocuente. Y en esa quietud, cargada de amor y de un poco de miedo, pero sobre todo de determinación, supieron que, pase lo que pase, lo enfrentarían desde este mismo lugar: juntos, en la cama que habían convertido en su fortaleza más segura.

La galería de arte moderna donde se celebraba la fiesta era un espacio amplio y de techos altos, con luces tenues que resaltaban las esculturas abstractas y las enormes pinturas de colores vibrantes. El murmullo de conversaciones cultas, el tintineo de la cristalería fina y el suave jazz de fondo creaban una atmósfera de elegancia forzada.

Charlie, impecable en un traje negro que parecía absorber la poca luz que había, estaba inmerso en una conversación con el dueño de una cadena de hoteles de Singapur y su esposa, hablando de inversiones inmobiliarias en Phuket con una sonrisa cortés y una atención dividida.

Su atención estaba, como un imán, en Babe.

Babe estaba de pie cerca de una mesa de aperitivos, un oasis de relativa calma en el mar de gente. Lucía unos jeans negros ajustados que destacaban sus largas piernas y una camisa de seda color champán, holgada y abierta en el cuello, que se arremolinaba suavemente sobre la pequeña pero definitiva curva de su vientre. La tela, fina y brillante, caía sobre su cuerpo de una manera que era casual y deliberadamente sensual al mismo tiempo. Comía lentamente un canapé de salmón ahumado, pero su mirada no estaba en la comida.

Estaba clavada al otro lado de la sala.

Charlie siguió la dirección de su mirada. En un grupo cerca de la barra, un hombre, quizás de cuarenta años, bien vestido, con el aire de un empresario de éxito, estaba riendo con un grupo. No era alguien que Charlie reconociera de su círculo inmediato. El hombre sostenía una copa de vino en una mano y, con la otra, tomaba pequeños bocados de algo que parecía un vol-au-vent. No hacía nada particularmente notable. Solo existía.

Pero para Babe, parecía el espectáculo más fascinante del mundo.

Los ojos de Babe, normalmente de un azul intenso, se habían transformado. Bajo la luz baja, habían adquirido un tono grisáceo, glacial, como el acero azulado bajo la luna.

Brillaban con una intensidad concentrada, casi predatoria, que Charlie conocía muy, muy bien. Era la mirada que Babe tenía cuando evaluaba una amenaza, cuando desmontaba un mecanismo complejo, o cuando…cuando estaba interesado de una manera profundamente personal.

Y entonces, Babe hizo algo que le heló la sangre a Charlie. Pasó la punta de la lengua por sus labios, luego mordió suavemente el labio inferior, como si estuviera saboreando algo delicioso. Una sonrisa lenta, casi imperceptible para quien no lo conociera, pero que para Charlie era un faro de peligro, se curvó en sus labios. Luego, levantó el dedo índice con el que había sostenido el canapé y se lo pasó por el labio inferior, limpiando un inexistente resto, con un gesto que era obscenamente lento y deliberado.

El hombre de la barra, como si sintiera el peso de esa mirada, alzó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Babe a través del espacio abarrotado. Parpadeó, una expresión de curiosidad y reconocimiento de algo poderoso cruzó su rostro. Babe sostuvo la mirada, sin pestañear, la sonrisa aún jugueteando en sus labios.

Un fuego verde y venenoso estalló en el pecho de Charlie. Los celos, crudos y afilados como cuchillas de afeitar, le cortaron la respiración. No era solo la mirada. Era la intención en ella. La postura relajada pero alerta de Babe, el brillo en sus ojos…estaba coqueteando. O algo peor. En medio de una fiesta de socios, con el vientre redondeado por su hija, Babe estaba mirando a otro hombre como si fuera un postre que quería devorar.

Control, se ordenó a sí mismo, los nudillos blancos alrededor de su copa de whisky. Aquí no. No ahora. Respiró hondo, forzando una sonrisa para la esposa del hotelero, terminando la conversación con una excusa suave pero firme.

Cruzó la sala con pasos largos y silenciosos, su presencia hacía que la gente se apartara inconscientemente. Se plantó frente a Babe, bloqueando su vista del hombre de la barra.

—Babe.— dijo, su voz era más baja y más tensa de lo que pretendía.— ¿Todo bien? Pareces…distraído.

Babe alzó lentamente la vista hacia él, como si lo enfocara desde muy lejos. Una sonrisa vaga, distante, apareció en su rostro.

—Sí, sí. Todo bien. Solo…observando el panorama.— Sus ojos intentaron desviarse por encima del hombro de Charlie, hacia la barra.

Charlie movió ligeramente su posición, bloqueándolo de nuevo.

—¿El panorama es tan interesante?— La pregunta sonó como un gruñido.

–Mm-hmm.— murmuró Babe, tomando otro canapé.— Muy interesante. Hay un tipo ahí…tiene una manera curiosa de sostener su copa. Como si esperara que se la quitaran. Es…revelador.

No era el elogio físico lo que esperaba Charlie, pero la observación, tan típicamente Babe (analizando, desmontando), no calmó sus celos. Solo confirmó que Babe estaba prestando una atención minuciosa a ese hombre.

—Babe, estamos aquí por negocios.— recordó Charlie, su voz era un susurro forzado.— No para analizar las habilidades motrices de los invitados.

Babe finalmente lo miró a los ojos, y por un segundo, Charlie vio un destello de la habitual complicidad, mezclado con algo más… desafiante.

—Lo sé, Cachorro. Relájate. Solo estoy…entreteniéndome.— Puso su mano libre sobre el brazo de Charlie, un gesto que debería ser calmante, pero que a Charlie le quemó.— Voy al baño. Ya vuelvo.

Sin esperar respuesta, Babe se deslizó entre la multitud, su figura esbelta y esa camisa suelta que ondeaba a su paso, dirigiéndose hacia los baños ubicados en un pasillo lateral.

Charlie se quedó plantado, la copa de whisky apretada con una fuerza que amenazaba con romper el cristal. Los celos le hervían en las venas, mezclados con una rabia fría y una confusión dolorosa. ¿Qué demonios estaba haciendo Babe? ¿Era un juego? ¿Una provocación? ¿O acaso…?

No podía seguirlo. No podía armar una escena. Se obligó a respirar, a mirar alrededor con su máscara de anfitrión imperturbable, pero por dentro, cada segundo que Babe estaba fuera de su vista era una eternidad de imágenes torturantes. El hombre de la barra, la mirada de Babe, su sonrisa…todo giraba en su cabeza, envenenando la noche. Esta fiesta, este éxito, todo palidecía ante la tormenta silenciosa que rugía dentro de él, alimentada por la incertidumbre y esos ojos gris-azulados que, por primera vez en mucho tiempo, no estaban mirándolo solo a él.

El viaje en coche había sido un silencio electrizante. Charlie conducía con una precisión rígida, sus manos aferradas al volante como si fuera el cuello de alguien.

Babe, a su lado, observaba su perfil iluminado por las luces de la calle: la mandíbula apretada, el músculo que latía en su sien, los ojos fijos en la carretera pero viendo algo muy distinto. El aire acondicionado olía a ira contenida y a perfume caro.

Al llegar a la mansión, Charlie salió del coche sin una palabra y entró, con Babe siguiéndolo a una distancia prudencial, una sonrisa pequeña y secreta jugueteando en sus labios.

Subieron las escaleras directamente hacia su dormitorio. Charlie empujó la puerta con más fuerza de la necesaria.

Una vez dentro, la máscara se cayó. Charlie se sacó la chaqueta del traje con un movimiento brusco y la arrojó sobre un sillón, donde aterrizó con un sonido sordo de tela pesada. Comenzó a desabrocharse los gemelos de la camisa con dedos que no temblaban, pero que se movían con una furiosa eficiencia.

Babe se quedó de pie junto a la cama, observando el espectáculo.

—¿Estás bien, Cachorro?— preguntó, su voz era suave, casi inocente.

Charlie se volvió hacia él. La luz de la lámpara de pie iluminaba sus ojos, que ya no eran los oscuros y calculadores del Enigma.

Eran de un rojo carmesí intenso, ardiente, como brasas vivas. La transformación era total y aterradora.

—¿Tú qué crees, Babe?— Su voz era un susurro áspero, cargado de un veneno que no necesitaba volumen.

Babe se encogió de hombros, un gesto deliberadamente casual.

—¿Acaso viste o la pasaste mal en la reunión? Pareces…agitado.

—¿Agitado?— Charlie cerró la distancia entre ellos en dos zancadas. Su mano se disparó y se enredó en el cabello de Babe, tirando de su cabeza hacia atrás no con brutalidad, pero con una firmeza innegable que hizo que Babe jadeara. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Charlie podía ver cómo las pupilas de Babe se dilataban, no de miedo, sino de algo más oscuro y excitante.— ¿Mal? Pasa que vi como tú mirabas a otro hombre como si fueras a comerlo ahí mismo, en medio de la puta galería, con medio mundo mirando, con mi hija creciendo en tu vientre.

La confesión de los celos, tan cruda y directa, hizo que los ojos azules de Babe brillarán con un placer perverso. Una sonrisa lenta, de pura diversión maliciosa, se extendió por sus labios.

—¿Eso viste? Pobrecito.— Su voz era un susurro burlón.— Realmente estaba devorando con la mirada el bocado en sus manos, no a él. Era un vol-au-vent de trufa y foie gras, Charlie. Se veía exquisito. Pero tú, con tu mente sucia, pensaste en otra cosa.

Charlie lo miró, tratando de descifrar si era verdad o una provocación elaborada. Pero la sonrisa de Babe, la luz en sus ojos…era demasiado satisfecha. Era un juego. Y Babe lo estaba ganando.

Con un gruñido de furia y deseo inextricablemente mezclados, Charlie agarró la camisa de seda de Babe por el cuello y la rasgó. Los botones saltaron y rodaron por el suelo. Le arrancó los jeans y la ropa interior con la misma eficiencia brutal, dejando a Babe desnudo y expuesto en medio de la habitación. No había ternura, ni preliminares.

Empujó a Babe hacia la cama, y este cayó sobre las sábanas con un sonido suave, sin resistirse, sus ojos fijos en Charlie, que se despojó de su propia ropa con movimientos rápidos y enojados.

Charlie se colocó entre las piernas de Babe, que se abrieron para él sin vacilar. Con un empuje fuerte, profundo, sin preparación más allá del deseo mutuo que siempre había entre ellos, lo penetró.

Babe gritó, un sonido agudo que se mezclaba con dolor y placer, arqueando la espalda.

Charlie no esperó. Comenzó a moverse con un ritmo duro y rápido, cada embestida una puntuación a su ira, a sus celos, a su necesidad de reclamar.

—¿Te gustó?— gruñó Charlie, inclinándose para morder el hombro de Babe, dejando una marca instantánea.— ¿Te gustó hacerme sentir eso? ¿Hacerme ver rojo?

—¡Sí!— jadeó Babe, sus uñas clavándose en la espalda de Charlie.— ¡Sí, me encantó! ¡Porque ahora sabes! ¡Ahora sabes exactamente lo que se siente!

Charlie lo agarró de la barbilla, forzándolo a mirarlo. Sus ojos carmesí ardían con una intensidad infernal.

—¿Lo qué se siente? ¿Esto?— Embistió más fuerte, más profundo, buscando y encontrando el punto que hacía que Babe perdiera la capacidad de pensar.— ¿Estos celos qué te queman por dentro? ¿Esta furia de querer romper a alguien por solo mirarte?

—¡Exactamente!— gritó Babe, una risa entrecortada y llena de lujuria escapando de sus labios. Sus ojos estaban llenos de lágrimas de placer y de triunfo.— ¡Cuando veía a esa puta de Suda mirarte! ¡Cuando Pietro abría su boca sucia sobre ti! ¡Eso es lo que sentía! ¡Y ahora tú lo sabes! ¡Te lo mereces, Charlie! ¡Para que sepas el infierno en el que me metes!

La confesión, hecha en medio del sexo más rudo y posesivo que habían tenido en semanas, fue un golpe bajo. Charlie paró por un segundo, jadeando, mirando el rostro deshecho y radiante de Babe bajo él. No era solo un juego vengativo. Era una lección.

Brutal, retorcida, pero una lección.

—¿Así qué …fue una representación?— preguntó Charlie, su voz temblaba entre la ira y la incredulidad.— Todo. La mirada, la sonrisa, lo de lamerte el dedo…

—Una obra maestra.— jadeó Babe, una sonrisa de pura satisfacción lasciva en su rostro.— Y tú, mi público fascinado, te tragaste cada segundo. Tus ojos…Dios, Charlie, cuando se pusieron rojos…casi me vengo ahí mismo.

Charlie dejó escapar un sonido entre una risa y un gruñido. Era absurdo. Era peligroso. Era Babe. Con una nueva ferocidad, no de ira ya, sino de un deseo avivado por la admisión, reanudó su movimiento. Pero ahora no era solo sobre posesión. Era sobre comprensión.

Sobre igualar la jugada.

—Pues disfruta del espectáculo, mi amor.— susurró Charlie contra su boca antes de besarlo, un beso devorador que sabía a rabia convertida en pasión. Sus manos recorrían el cuerpo de Babe, dejando chupetones y mordiscos en cada centímetro accesible: el cuello, la mandíbula, los pezones que se endurecieron al instante, la oreja que mordisqueó hasta hacerlo gemir.— Porque ahora que sé lo que provocas…voy a asegurarme de que nadie, nadie, vuelva a ser el objeto de tu atención de esa manera. Y tú…— Lo penetró con una fuerza que hizo que la cama golpeara contra la pared.—... vas a recordar quién te hace sentir esto de verdad.

Babe respondió con gemidos agudos y sollozos de placer, su cuerpo respondiendo a cada golpe, a cada palabra, con una entrega total. Se burlaba, sí, pero en la rendición.

Provocaba, pero buscando esta consecuencia exacta. Era masoquista, era retorcido, y era completamente suyo.

Cuando los orgasmos los atraparon, fue con la violencia de una tormenta que había sido sembrada por celos y cosechada en un entendimiento brutal y sensual. Charlie se derrumbó sobre Babe, temblando, enterrado hasta el fondo, marcándolo desde dentro y desde fuera.

Jadeando, Babe, con una sonrisa exhausta y triunfal, murmuró contra el sudoroso cuello de Charlie.

—Lección aprendida, ¿jefe?

Charlie rió, un sonido ronco y lleno de una mezcla de exasperación, amor y un renovado y feroz orgullo.

—Lección aprendida, Alfa. Pero la próxima vez que quieras dar una lección de celos…avisa. Casi le rompo el cuello a un inocente por un vol-au-vent.

Babe río también, acurrucándose contra él, satisfecho, reclamado y, por fin, entendido. La guerra de los celos había terminado en un tablas sensuales y agotadoras. Y ambos sabían que, en su mundo, era la única forma de hacer las paces.

¡FIN!

Dedicado a @Guadalupe2077 continuación del embarazo de esta pareja de Mafiosos que me habías pedido..Que lo disfrutes…

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Good Writing

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Como siempre es un placer leer tus historias, muchas gracias.

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Es la historia más hermosa si no es mucho pedir podrías escribir más del nacimiento de la bebé ☺️🙏

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mejor historia

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Pfefferwinz: Richtig gut geschrieben und spannend bis zum Schluss.Ich kann es nur absolut empfehlen und bin auch schon bei der Fortsetzung, ... soweit wie sie eben schon fertig gestellt ist. Ich bin sehr gespannt was noch kommt ♥️Danke für die Bereicherung meiner Freizeit. Für mich der perfekte Ausgleich zumArbe...

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SECRET BILLIONAIRE

Janet: Very heart warning, shows what a kindness will be rewarded. Good reading.

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Bear Roberts

Obsidian: He's hilarious. Like, actually. I loved it. You're writing style is great, although you could do with a few less murmurs and mutters. I know it sounds critical, but I have the same problem and I hate it. Overall, it was one of the best stories I've read on here so far. I liked it better than those M...

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Bloodlines

Diana: Would recomend a good read, I like it's not to long

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