Recuerdos en el Carruaje

Summary

Basada en esos microsegundos que aparecieron en el trailer de la Temporada 4 de Bridgerton dónde se muestra que Colin y Penelope tendrán nuevamente un ardiente encuentro al interior de su lugar favorito: un carruaje. Y esta es mi versión de lo que creo que sucederá.

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Recuerdos en el Carruaje

-No fue tan fácil como creías, ¿no es así?

-En lo absoluto – respondió Penelope con algo de pesar mientras ella y Lady Danbury avanzaban por el pasillo en dirección a la salida del Palacio.

No es que no hubiese sido advertida de antemano de lo difícil que sería tener una audiencia con la Reina ahora que su identidad secreta era historia, pero jamás creyó que sería tan estresante.

La Reina era caprichosa por naturaleza, tanto como lo podía ser un niño con un juguete nuevo y Penelope estaba segura de que, de no ser por los sabios consejos de Lady Danbury, ella habría fallado estrepitosamente en esa audiencia que marcaba el inicio de la temporada en Londres.

-Entretener a la Reina nunca es sencillo – comentó Lady Danbury de repente al ver a la mujer a su costado pensativa y algo cabizbaja – Pero si quiere un consejo de mi parte, Lady Whistledown, es el siguiente: Jamás olvides quién eres o te aseguro que estarás más cerca de convertirte en un bufón de la corte que en la columnista brillante y renombrada que eres.

Aquello dolió, pensó Penelope y no porque fuese cruel, sino porque era justo lo que estaba temiendo luego de que prácticamente tuviese que empezar con su famoso “Querido y gentil lector...” solo para ser debidamente escuchada por la Reina.

-Lo tendré en mente, Lady Danbury – dijo Penelope queriendo poner un punto final a esa pequeña conversación que ya le estaba generando ansiedad – Solo espero poder acostumbrarme a todo esto lo más rápidamente posible.

Lady Danbury le dirigió una ligera sonrisa de compasión.

-Aprender en solo un par de meses lo que a mi me tomó años es un desafío ambicioso, Lady Whistledown – dijo ella – Pero no imposible. Asi que apostaré todas mis fichas en usted y espero que no me decepcione – entonces le guiño el ojo de manera cómplice lo que hizo que Penelope se sintiera un poco más tranquila.

Luego de eso, ambas siguieron caminando y charlando animadamente acerca del inicio de la temporada en Londres, pero en especial, del evento que marcaría el puntapié inicial a diferencia de todos los años anteriores: el Baile de Máscaras en honor al cumpleaños de Lady Violet Bridgerton.

Era la primera vez que ella tendría el placer de asistir y la verdad es que Penelope estaba algo nerviosa, ya que, si bien contaba con el respaldo y el permiso de la Reina para continuar escribiendo, no todo Mayfair se había tomado de manera positiva el saber que ella, la fea del baile era la que estaba detrás de la columna de chismes más famosa de todo Londres.

Y eso era algo que le pesaba incluso en la actualidad.

Desde hacia varias semanas, incluso antes de que la Reina demandara su presencia en palacio, Penelope se había cuestionado en más de una ocasión como deseaba continuar su columna, considerando que su motivación inicial, aquella que dio inicio a todo, se había esfumado desde el instante en que se caso con Colin y dio a luz a su hijo, Elliot, el nuevo Lord Featherington.

Penelope jamás se había sentido tan vista y tan llena de amor que cuándo estaba junto a sus dos hombres favoritos en toda la tierra y eso de por sí, no era un problema para su persona, la mujer y la madre en ella, sino para la escritora.

Escribir ahora sin su anonimato cubriendo sus espaldas y sin esa cruda emoción en su interior cada vez que había tomado la pluma en su pasado, se le estaba haciendo más difícil de lo que creyó, considerando que la última columna que había escrito, aquella que dio cierre a la temporada y que escribió con todo el amor que en ese minuto sentía por su vida, Colin y Elliot, había sido rápidamente olvidada.

En ese momento, Penelope cayó en cuenta de que aquella sociedad amaba la crudeza y la tenacidad de la autora al exponer a los demás de una manera humillante, especialmente la Reina. El problema sin embargo era que ella no sabía si en realidad quería seguir haciendo eso.

Darles voz a las personas que nunca la habían tenido como ella era una idea que había soltado casi por accidente durante la conversación que tuvo con Eloise la temporada pasada en casa de los Mondrich, pero era una que no había dejado de rondar su mente desde que comenzó a cuestionar como quería continuar su columna.

Tal vez debería considerar esa idea más seriamente, pensó ella. Sin embargo, eso podía esperar, porque apenas sus ojos azules recabaron en el hombre que la esperaba gallardamente apoyado contra el carruaje de su familia, todas sus preocupaciones e incluso sus miedos, quedaron en el olvido.

Colin. Su marido. Hasta el día de hoy parecía un sueño que ella se hubiese casado con él.

-Ah, el encanto de un Bridgerton nunca falla – opinó de pronto Lady Danbury haciendo que Penelope le dirigiera una mirada, dándose cuenta de que la condesa viuda la estaba observando con una ceja alzada y una sonrisa de suficiencia.

Penelope no tuvo siquiera la decencia de ruborizarse ante eso. ¿De verdad era tan obvia? Probablemente, porque solo su marido lograba alterar todo su estado de ánimo y hacer de un día terrible uno espléndido.

-La espero la próxima semana para tomar el té, señora Bridgerton. Y espero que traiga con usted al pequeño Lord Featherington – le recordó Lady Danbury – Hace dos semanas que no lo veo y él y yo debemos ponernos al día. No quiero que se olvide mi rostro. Odiaría que no me reconociera.

Penelope sonrió cálidamente sabiendo que su hijo se había ganado el cariño de esa poderosa mujer solo por su forma risueña y adorable de ser. Desde entonces, Elliot se había convertido en un acompañante habitual en sus tardes de té con la condesa viuda, excepto claro cuándo Colin intervenía y demandaba pasar tiempo con su hijo aprovechando que su esposa no estaría.

Su hijo apenas si tenía un año y ya era amado, muy pero muy amado.

-Ahí estaremos, Lady Danbury – le aseguro Penelope para luego despedirse de ella, ya que Lady Danbury se dio media vuelta y regreso a palacio debido a que aún tenía asuntos que atender con la Reina.

No obstante, Penelope estaba agradecida de que hubiese decidido acompañarla hasta la entrada.

-Por fin, mi esposa ha regresado a mi – declaró Colin de manera inesperada, apartándose del carruaje y en dos simples zancadas, la tuvo envuelta en un cálido y fuerte abrazo – Ya estaba temiendo que la Reina te hubiese secuestrado, Pen. Estaba a punto de entrar a buscarte.

Penelope le devolvió el abrazo, contentándose de que ahora y por ser una pareja casada, ella podía abrazarlo o tomarle de la mano en público todo lo que quisiera y nadie les diría nada.

Las muestras de afecto en público eran raras aún en las parejas casadas por mucho que se amasen, ya que la mayoría seguían siendo tan recatados como el día en que la sociedad los consideró adultos.

No era el caso entre ella y Colin. Es más, Penelope podía declarar con toda certeza que ella y su marido abusaban enormemente de las muestras de afecto en público simplemente porque no podían resistirse al otro.

Más de un año de casados y la chispa de la pasión entre ellos era tanto o más ardiente que cuándo dieron rienda suelta a sus instintos más desenfrenados por primera vez.

Como si eso fuese posible.

-Lamento decepcionarte, esposo. Pero nada de eso sucedió – dijo ella depositando un suave beso en la mejilla antes de separarse de él – Aunque si me lo preguntas, me hubiese encantado verte ingresar al salón para demandarle a la Reina que te regrese a tu esposa. Estoy segura de que te hubieses visto muy apuesto.

Colin le alzó una ceja de manera coqueta.

-¿Mas apuesto de lo que ya soy?

Penelope dejó escapar una risita. Siempre tan encantador.

-Apuesto es su segundo nombre, señor Bridgerton.

-Pues me siento halagado, señora Bridgerton – replicó él cogiendo su mano para guiarla hacia el carruaje viendo que el paje ya les había abierto la puerta – Aunque, necesito saber. ¿Quién me esta halagando exactamente? ¿Penelope Bridgerton o Lady Whistledown?

Oh, ya está empezado otra vez, pensó Penelope para sus adentros y el útero se le tensó de expectación como siempre le pasaba cuándo Colin se dirigía a ella por su identidad secreta.

Todo había iniciado como un juego entre ellos luego de que hubiesen resuelto sus diferencias durante la temporada pasada.

Si bien Colin logró aceptar a Whistledown como una parte esencial de su esposa, Penelope creyó que nada más saldría de eso y en ese sentido, para ella era más que suficiente, considerando lo difícil que había sido para su marido el poder juntar a ambas personalidades en una misma persona y hasta Penelope podía entender eso.

Sin embargo, una noche cualquiera mientras Colin se paseaba con su abrigo marrón, ese que usó cuándo regresó a Mayfair luego de su último viaje, Penelope le confesó que la primera vez que lo había visto vestido así, le había recordado a un gallardo y atractivo pirata pese a lo mucho que estaba enojada con él.

Y desde ahí, las cosas fueron escalando y en cuestión de segundos, Colin ya no se estaba dirigiendo a ella como Penelope, sino como Lady Whistledown, la doncella prisionera de un malvado pirata con intenciones lascivas y cuyos deseos eran solo de hacerle cosas indecorosas a su prisionera.

Aquello excito a Penelope de un modo tan visceral que se vio a sí misma temblar de deseo de la cabeza a los pies cuándo Colin la tomó en sus brazos y se hizo con su cuerpo hasta que a ella no le quedó más opción que gritar de placer luego de toda la deliciosa tortura por la que le hizo pasar.

Nunca lo habían hecho de ese modo tan rudo, casi animal y Penelope se encontró amando esa nueva dinámica en su intimidad tan rápidamente como lo había hecho cuándo se enamoró de Colin la primera vez que lo vio.

Desde entonces, Colin alardeaba de lo afortunado que se sentía de saber que era el único hombre en Mayfair que había tenido el placer de casarse con dos mujeres al mismo tiempo: Penelope Featherington y Lady Whistledown.

Penelope recordaba perfectamente que había entornado los ojos esa vez, pero que su amplia sonrisa luego de estar saciaba y amada en sus brazos, había delatado lo que en realidad sintió por su comentario.

-Ambas, señor Bridgerton – fue lo que Penelope le respondió seductoramente contra su oído, deleitándose al ver como se le había erizado el vello en la parte posterior de su cabeza antes de subir al carruaje y tomar asiento.

Oh, como amaba el poder que ejercía sobre él.

Colin, por su parte, se dejó envolver por los deliciosos y placenteros escalofríos que la voz de su esposa siempre le suscitaba y murmuró por lo bajo:

-Pequeña descarada – la sonrisa jamás abandonó su rostro.

Entonces se subió al carruaje detrás de ella, pero decidió sentarse en el asiento opuesto para poder enfrentarla mientras la puerta se cerraba a sus espaldas y él daba dos golpes en el techo para que el carruaje se pusiera en movimiento.

-Supongo que tu audiencia con la Reina fue exitosa – comenzó él para poder distraerse un poco de la pequeña incomodidad que estaba sintiendo al interior de sus pantalones en ese momento.

Penelope tenía una facilidad demencial para hacer que su cuerpo se encendiera y comenzara a desearla de la nada con muy poco esfuerzo, y ambos necesitaban hablar de lo que había sucedido en el Palacio.

Ya tendrían tiempo después para intimidades. Todo el tiempo del mundo en realidad.

Fue entonces que la expresión de ella, primero coqueta y algo orgullosa de si misma, cambió a una de ligero hastío.

-No sé si podría llamarlo exitosa, cariño – replicó Penelope mientras comenzaba a sacarse la pequeña chaqueta que iba a juego con su vestido y la dejaba a un lado dejando escapar un resoplido – Satisfacer a la Reina es más difícil de lo que pensé que sería.

Colin frunció el ceño, ya que eso no le gustó.

-¿Tan terrible fue?

Penelope negó con la cabeza.

-No, Colin. Descuida. Es solo que.... – entonces se detuvo, buscando las palabras para poder expresar lo que venía – No me sentí como creí que me sentiría.

-¿Y cómo sería eso?

-Segura de mí misma – confesó ella con la mirada un poco perdida por la ventana – Y no como un simple bufón de la corte – añadió repitiendo las palabras de Lady Danbury – De hecho, la Reina estará en el baile de máscaras de tu madre y me pidió estar junto a ella para acompañarla.

-¿Durante todo el baile? – se atrevió preguntar Colin con algo de molestia en la voz, ya que esta era lo último que esperaba escuchar.

Como si ya no fuese suficientemente difícil tener que compartir a su esposa con todo el mundo y ahora la mismísima Reina entraba en el listado.

Dios, realmente el universo estaba tratando de destruirlo.

Por fortuna, Penelope negó con la cabeza.

-No, Colin. Solo durante un rato – le aseguró ella al ver como su rostro se había deformado. Leer a su marido le era tan sencillo como respirar y sabía lo que estaba sintiendo en ese momento – Lady Danbury estará junto a ella la mayor parte del baile.

Aquello tranquilizó a Colin, al menos de momento.

-¿A que te refieres con eso de ser solo un bufón de la corte, Pen? – preguntó él queriendo saber.

Entonces, Penelope le explicó todo.

Le dijo lo que había sucedido y de que a poco había tenido que recitar su columna comenzando como siempre lo hacía solo por el capricho de la Reina de darle lo que quería. Y que, si bien eso la había entretenido lo suficiente, ella se había quedado con esa extraña sensación de sentirse limitada y poco libre a diferencia de cuando escribía a destajo escondida detrás de su identidad secreta.

Colin la dejó hablar y desahogarse sin interrupciones, habiendo aprendido de sus errores pasados de la importancia de escuchar y no sacar conclusiones apresuradas especialmente en algo tan delicado e importante para su esposa como lo era su columna.

Pero apenas ella terminó de hablar, él tardó solo un par de microsegundos en responder:

-La Reina es poderosa, Pen. Pero tú también lo eres – le recordó amablemente Colin inclinándose para coger su delicada, suave y calidad mano con la suya de mayor tamaño – Creaste tu columna en una época dónde hacer eso para una mujer es casi imposible. Te volviste popular gracias a todo tu esfuerzo y trabajo duro. Tienes la influencia de un juez, siendo capaz de elevar a alguien o derribarlo de su pedestal para siempre y siento que es importante que recuerdes eso. Penelope Bridgerton, Lady Whistledown – Penelope no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa ante la mención de su alter ego – Ninguna de las dos ha sido jamás un bufón de la corte y ciertamente no van a comenzar a serlo ahora.

La sonrisa que le dedicó Penelope fue cálida, emotiva. Su esposo siempre sabía exactamente que decirle especialmente cuándo se sentía tan conflictuada.

-Gracias, cariño – respondió apretando su mano ligeramente.

Colin sonrió y cogió su mano para depositar un beso en los nudillos, pese a que el guante que usaba obstaculizaba el acceso a su piel como tanto quería.

-Siempre dispuesto a servirle, señora Bridgerton – dijo guiñándole un ojo en un claro gesto de coquetería, para luego dejar que su mano se deslizara de entre la suya.

Se mantuvieron en silencio durante unos instantes, disfrutando solo de la presencia y de la compañía del otro hasta que Colin se quedó mirando a su esposa y la posición en la que ambos se encontraban en ese momento. Sentados frente al otro y no al lado como generalmente lo hacían, lo que le hizo recordar de súbito cuándo fue la última vez que ambos estuvieron en esos mismos lugares.

-¿Recuerdas...nuestro primer viaje en carruaje, Pen? – preguntó él haciendo que Penelope le prestara atención de repente.

-¿Cuál de todos? – inquirió ella.

Colin no pudo evitar alzarle una ceja. La inocencia era una cualidad de Penelope que adoraba, pero él sabía que, bajo toda esa aparente pureza, se escondía una mujer ardiente que se las había arreglado para dejarlo sin aliento en más de una ocasión.

-Tu sabes de cual estoy hablando, amor – replicó él bajando el tono de voz a propósito para que ella entendiera a que se refería

E inteligente como era su esposa, no tardó mucho en darse cuenta.

-Oh – soltó ella, ruborizándose ligeramente de solo recordar esa experiencia – Como olvidarla.

Su primera experiencia íntima. Una que atormentaría deliciosamente sus recuerdos día y noche hasta el día de su muerte.

Penelope aún recordaba como se había sentido aquella noche, deprimida de saber que posiblemente se quedaría como una solterona para siempre luego de que Lord Debling decidiera no proponerle matrimonio solo para que Colin decidiera correr tras su carruaje para poder hablar con ella y confesar sus sentimientos.

Lo que vino después, había sido una tormenta cargada de anhelo, lujuria y pasión desenfrenada.

Incluso en ese momento, luego de más de un año, Penelope aún podía sentir su boca devorando sus pechos y su mano hurgando bajo su vestido hasta que alcanzó su centro húmedo y palpitante. Sus dedos, expertos como eran, le habían proporcionado un placer tan cegador que incluso ella, la famosa Lady Whistledown, se olvidó de todo y no fue consciente de nada hasta que el carruaje se hubo detenido en casa de los Bridgerton.

-Sin embargo – reinició Colin haciendo que Penelope abandonará su ensoñación dándose cuenta de que su esposo la estaba mirando de manera lasciva y con ojos oscurecidos – Y si mi memoria no me falla, esta no es la posición en la que yo me encontraba esa noche, ¿o sí, señora Bridgerton?

Penelope pudo jurar que el corazón se le detuvo antes de que Colin cayera de rodillas a sus pies y la enjaulara en su asiento colocando sus brazos a ambos lados de sus caderas.

-Si, aquí estaba yo – prosiguió él sin dejar de mirar con creciente deleite la forma en la que sus hermosos y enormes pechos no paraban de subir y bajar ante el ritmo de su respiración cada vez más acelerada como si de un ofrecimiento tentador se tratase.

Y vaya que lo era, especialmente ahora que los pechos de Penelope estaban muchísimo más grandes que antes debido a su embarazo. Y bizarro como sonara, Elliot no era el único que comenzaba a babear sin control cuándo ella los dejaba libres ante sus ojos.

-Colin... - musitó ella con los ojos tan oscurecidos como los de él.

-Y si mal lo recuerdo – continuó Colin como si no la hubiese escuchado – Después, pasó esto.

Entonces, cogió su rostro entre sus manos y comenzó a besarla como si el mundo se fuese a acabar en ese mismo instante.

Besar a Penelope siempre se sentía del mismo modo, como un éxtasis al rojo vivo que le generaban una profunda sensación de euforia y que diminutas chispas de electricidad recorrieran cada retazo de su piel hasta alcanzar su miembro duro, rígido y desesperado por sus atenciones.

Y ahora que Penelope ya no era una novata en esto, no tardó mucho en echarle los brazos al cuello, devolviéndole el beso como solo ella sabía hacerlo. Siempre era dulce, pero también intensa y muy pero muy apasionada. Su lengua no paraba de enredarse con la suya de un modo tentador, juguetón y tan propio de ella, que, en segundos, Colin se encontró gimiendo al interior de su dulce boca como si estuviera sediento y en su agonía, le suplicara sin palabras por más.

Pero cuándo ella le pasó una mano por el cabello y tiró ligeramente de él, Colin creyó que morirá.

Dios querido, como amaba que hiciera eso.

-Pen.... – jadeó él separándose un poco de su boca, ya que el gesto lo había pillado desprevenido.

-¿Se te había olvidado que yo te hice eso después, cariño? – le recordó ella ruborizada y alzándole una ceja – Aunque el tirón es algo que se me acaba de ocurrir.

Colin no pudo evitar esbozar una sonrisa maliciosa.

-Que atrevida – murmuró él cerca de su boca, haciendo como si fuese a besarla solo para apartarse a último segundo – Me gusta.

Penelope dejo escapar una risita y acarició su rostro con devoción, con todo el absoluto amor que sentía por el hombre frente a sus ojos pese a la creciente y molestosa palpitación entre sus piernas que suplicaba por algo más que sus dedos mágicos.

-Que yo sepa usted no se caso con una mujer dócil. ¿O sí, señor Bridgerton?

Ante la oscura sensualidad en el tono de su voz, Colin acabó por perder la cabeza.

-Maldita sea. Como te amo – gruño él y entonces se lanzó hacia ella curiosamente igual a como lo había hecho esa noche.

En ese momento, Penelope agradeció que las cortinas del carruaje estuviesen cerradas considerando que estaban a plena luz del día y cualquier podría verlos. No era que le molestara en realidad. Con el tiempo, había descubierto que tenía una vena tan aventurera y desinhibida como su marido. Sin embargo, no era algo que quisiera tener que escribir en su columna si era sincera y si alguien los veía y se corría el rumor, tendría que hacerlo, aunque la idea le hiciera rechinar los dientes.

Pronto, toda la mente de Penelope se quedó en blanco cuándo sintió la cálida boca de Colin recorrer su cuello, raspando con los dientes y probando su piel con la lengua como si se la estuviera comiendo.

-Colin – gimió ella con los ojos cerrados, enredandole los dedos en el cabello y echando la cabeza hacia atrás para poder darle más acceso mientras que las diabólicas manos de él ya estaban cogiendo uno de sus pechos con aquel gesto posesivo que la volvía loca.

-Mmm siempre tan ansiosa – declaró él mientras descendía por su cuello hasta alcanzar su redondo y hermoso seno – Y tan deseosa por mi – añadió Colin antes de clavarle los dientes en su piel de porcelana.

Penelope a poco dio un respingo y sus dedos se aferraron a su cabeza y hombros como si fuese un salvavidas.

-¡Oh, Dios! – gimió ella

Colin sonrió contra su seno, ya que esa era justamente la reacción que buscaba. Los pantalones le apretaban de un modo horroroso, pero antes de su placer, estaba el de ella y si había algo que le excitaba de sobremanera, era ver como llegaba al clímax gracias a sus manos o su lengua.

Por tanto, Colin siguió besando y chupando su pecho como lo había hecho esa noche mientras escuchaba la voz de ella gimiendo, jadeando y suplicándole como si se tratase de la sinfonía de deseo más erótica de su vida. Y solo cuando tuvo suficiente, al menos de momento, dijo:

-Dios no está aquí ahora, Pen. Y por favor, no lo invoques – pidió él alzando su rostro para poder besarla una, dos veces mientras introducía su mano bajo su vestido, ascendiendo con lentitud por su pierna hasta alcanzar oro – No quiero que vea esto – y entonces, comenzó a acariciar su punto más sensible con el pulgar para asegurar su absoluta sumisión.

Y lo consiguió.

Al igual que esa noche, Penelope dejó escapar un gemido sorprendente y al igual que esa noche, Colin se irguió sobre ella para poder observar su obra en acción, poniendo atención a sus expresiones faciales, especialmente a la forma en como lo miraba.

Ya no había sorpresa en sus ojos claramente, y él no esperaba lo contrario considerando que ya no era una inocente, pero aún en su pasión, el amor que Penelope sentía por él siempre se reflejaba en esos pozos azules y no había nada que a Colin le hinchara más el corazón que poder verlo, sentido y saber que era real. Que ella lo amaba tanto como ella a él.

Penelope por su parte se dejó querer y adorar, aferrándose a los hombros de su marido sin dejar de mirarlo mientras las oleadas de placer atacaban su cuerpo sin defensas o resistencias. Sus caderas comenzaron a moverse insistentemente contra su mano buscando una mayor fricción y presión haciendo que él sonriera de manera orgullosa y un tanto arrogante.

-Colin... - gimió ella cada vez más perdida – Por favor.

-¿Por favor qué? – inquirió él traviesamente aumentando la rapidez de su caricia para luego bajarla haciendo del contraste algo frustrante.

Tanto fue así que una de las manos de Penelope salió disparada hasta chocar con la ventana del carruaje mientras que la otra prácticamente le estaba hundiendo las uñas en el hombro cubierto únicamente por su camisa, ya que esa mañana había decidido no usar su chaqueta a sabiendas que solo estaba autorizado a acompañarla hasta la entrada del palacio.

-Más – suplicó ella, alzando la cabeza para poder besar el cuello de su marido, pero él se alejo de su alcance.

Si Penelope le ponía algo más que solo las manos encima, eso iba a terminar tan rápido como había empezado. Apenas si podía soportar el dolor de su miembro suplicándole por alojarse en el interior de su hermosa y amada esposa.

Pero ella se correría primero así fuese lo último que hiciese en la vida.

-Pequeña cosa codiciosa – dijo él incapaz de ocultar el deseo en su voz, inclinándose para besar su frente con devoción para luego regresar a su lugar - ¿Esto es lo que buscas? – y de la nada, le introdujo dos dedos al interior de su cálido y húmedo canal.

Penelope se arqueó contra el asiento, atrayendo más a Colin hacia su cuerpo como si él la hubiese penetrado con su erección y no con sus dedos.

-Oh, sí. Sigue. No pares – gimió ella y ¿Quién era Colin para no obedecer a una súplica como esa?

No era lo suficientemente fuerte y no quería serlo tampoco.

Entonces, comenzó a penetrarla a un ritmo constante, malvado, sabiendo que ella ya estaba más que acostumbrada y que, por tanto, no necesitaba ser tan cuidadoso pese a que la preocupación de que Penelope estuviese disfrutando completamente y sin incomodidad era algo que nunca abandonaba su mente, especialmente después de que diese a luz.

No obstante, en ese momento su esposa estaba tan rendida ante el placer y tan extasiada que Colin supo que no tenía nada de que preocuparse a excepción de una sola cosa: el tiempo.

La distancia entre la propiedad Featherington y el Palacio de la Reina era más o menos lejana, pero no se podía siquiera comparar a la distancia que transitaron él y Penelope aquella noche dónde intimaron por primera vez al interior del carruaje de su familia, por lo que existía una alta posibilidad de que no pudiesen terminar a tiempo y eso le comenzó a generar algo de frustración. De nuevo, algo, porque si era necesario y apenas llegaran a casa, Colin se echaría a Penelope al hombro y se la llevaría hasta su habitación para poder terminar lo que habían comenzado.

Debía darse prisa.

El problema, sin embargo, es que ella pareció darse cuenta de su dilema también, ya que, y pese a estar recibiendo placer de su mano, su mirada se había perdido en la pequeña abertura de las cortinas que le permitía ver al exterior, dándose cuenta de que estaban cerca de llegar a casa.

-No puede ser – soltó ella con la respiración entrecortada, habiendo perdido momentáneamente la concentración y, por ende, su orgasmo, el cual había estado muy pero muy cerca.

-¿Pen? – inquirió Colin retirando los dedos de calidez, ya que no sabía si estaba de humor para continuar o no.

Entonces, Penelope comenzó a negar con la cabeza y en un tono frustrado y claramente decidido, dijo:

-No, otra vez no.

Colin no supo exactamente a que se refería con eso hasta que Penelope lo empujo para que él volviese a sentarse dónde estaba y de la nada, ella se levanto el vestido y se sentó a horcajadas sobre su regazo, alineando su cálido centro contra su miembro duro y adolorido.

-¡Jesús, Pen! – exclamó él totalmente sorprendido. Sus manos prácticamente volaron a sus caderas para sostenerla en su lugar.

-Prométeme que no te correrás – le pidió ella en un tono claramente mandón.

Colin frunció el ceño.

-¿Perdón? – inquirió él sin entender nada.

-¡Prométemelo! – repitió ella de manera más insistente.

-¡De acuerdo! ¡Lo prometo! – le aseguró Colin sin saber para dónde iba con todo eso.

Penelope entonces se inclinó a besarlo de manera apasionada y profunda, antes de alejar un poco su rostro, poniendo las manos sobre sus hombros para sostenerte.

-Resiste, cariño – le pidió ella al mismo tiempo que iniciaba un sensual e insistente movimiento de caderas contra su miembro dejando a Colin sin aliento y entendiendo de golpe porque Penelope le había pedido que no se corriera.

La fricción era deliciosa, aliviante y una parte de él apenas si se podía resistir al placer que por fin comenzaba a bañar su cuerpo de pies a cabeza, pero Colin sabía que Penelope estaba haciendo eso para poder recuperar el placer que había perdido producto de su distracción lo más rápidamente posible.

Sin embargo, si ella lo sometía a esa tortura por más de un minuto, Colin sabía que existían altas probabilidades de que él no pudiese sostener su promesa. La sensación de su esposa moviéndose en su regazo con sus pechos prácticamente rozándole el rostro era demasiada, por lo que a él no le quedó más opción que echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos para no deleitar tanto su vista o Penelope lo mataría por correrse antes de tiempo.

Por fortuna, y segundos más tarde, ella finalmente se detuvo algo agitada y claramente excitada de nuevo, llevando sus manos a sus pantalones para poder desabrocharlos lo más rápidamente que podía.

Apenas su erección estuvo libre, Penelope no perdió el tiempo y alzándose un poco para poder alinearse, bajó sobre su marido hasta que toda su dura y caliente longitud estuvo completamente alojada al interior de su cuerpo.

Ante la delicia de ser recibido por aquel calor y humedad que tanto amaba, Colin no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás y gemir de manera desvergonzada ante tanto alivio.

-Dios mío, Penelope.

Lamentablemente, habló demasiado pronto, ya que apenas terminó de decir su nombre, ella comenzó a moverse sobre él de un modo que nunca lo había hecho antes.

Sus caderas iban con rapidez, marcando un ritmo malvado y tan diabólico que en segundos ambos estuvieron gimiendo contra el otro, besándose de manera desordenada, siendo una maraña de labios, dientes y lenguas mientras que sus manos se aferraban al otro con desesperación ante lo inevitable.

-Eso es, Pen – gimió Colin contra sus pechos, enterrando el rostro entre ellos para poder besarlos y chuparlos – Toma tu placer de mí.

Penelope gimió de forma audible y aceleró la velocidad de sus embestidas, ya que, si había algo que la encendía de un modo terrible, era cuándo Colin le hablaba en sus momentos de absoluto placer.

Y hablando de placer, ella lo estaba sintiendo. Estaba cerca, muy cerca, pero necesitaba ayuda.

-Tócame, Colin – le pidió ella sin detenerse – Quiero correrme.

Y él no la hizo esperar.

Tratando de luchar con las varias telas que conformaban su vestido, Colin introdujo la mano debajo hasta que encontró su pequeño botón sensible, acariciándolo con rapidez y destreza hasta que finalmente Penelope alcanzó su clímax.

Él le siguió segundos después al sentir como su centro lo apretaba y era bañado por aquel cálido líquido, haciendo que chorros de su semilla se alojaran al interior de su pequeño y curvilíneo cuerpo mientras oleadas tras oleadas de puro placer le recorrían de pies a cabeza sin ninguna piedad.

Ambos estaban aferrados al otro y respirando de manera entrecortada cuándo el carruaje finalmente se detuvo.

Lo habían conseguido.




-Y no te he contado de la vez que.... - El sonido de los caballos relinchando a corta distancia fue lo que la detuvo, haciendo que se girara en redondo solo para ver que se trataba del carruaje de su familia – Oh, parece que tus padres han regresado.

Portia Featherington no pudo sino sonreír al ver como su nieto, Elliot Bridgerton, el nuevo Lord Featherington sonreía abiertamente y comenzaba a agitar sus brazos de emoción como si hubiese comprendido lo que ella le acababa de decir.

Lo cual era difícil, considerando que solo tenía un año.

-¿Te parece si vamos a recibirlos? – le preguntó ella de manera claramente maternal y relajada, más relajada de lo que jamás se había sentido en su vida. Ni siquiera con sus propias hijas.

Elliot entonces, dejó escapar un pequeño balbuceo entusiasta lo que Portia se tomó como un sí, por lo que, y con cuidado, comenzó a movilizarse por el jardín con su nieto en brazos en dirección a la entrada dónde esperaba el carruaje.

Solo esperaba que todo hubiese salido bien, considerando que Penelope había estado algo nerviosa esa mañana antes de partir rumbo a Palacio para su primera audiencia frente a la Reina.

Para Portia no había sido fácil aceptar que su tercera hija, aquella que había pasado tanto por alto, era nada más ni nada menos que Lady Whistledown, la más famosa escritora de chismes de todo Londres y que de algún modo se las había arreglado para arruinar a su familia en más de una ocasión.

Por fortuna, todo eso había quedado atrás ahora que había asumido sus errores y sabía que lo más importante era apoyar a todas sus hijas, especialmente a Penelope, demostrándole el amor y toda la comprensión que le debería haber dado desde hacía muchos años.

Además, gracias a ella y a su yerno, el pequeño entre sus brazos se había hecho con el titulo familiar, salvando la propiedad y los negocios de familia los cuales estaban floreciendo gracias a la brillante administración de Colin y con la ayuda de los asesores del Vizconde Bridgerton, quién en ese momento se encontraba en la India con su esposa.

Sin embargo, cuándo Portia finalmente estuvo frente al carruaje hubo algo que le llamó la atención.

-¿Todavía no bajan? – preguntó más para sí misma que para nadie más considerando que salvo el cochero, los pajes y el niño en sus brazos, estaba sola – Y ustedes, ¿no piensan abrir? – preguntó a los pajes.

Los rostros de ambos se deformaron con horror y comenzaron a negar con la cabeza con tanta vehemencia que Portia comenzó a sospechar que algo andaba muy mal.

-Muy bien, ¿Qué está sucediendo? – demando saber ella, aunque ya no tuviese ningún poder sobre los trabajadores considerando que ahora los dueños de casa eran Colin y Penelope, por lo que solo ellos podían dar órdenes al personal.

Ninguno de los tres respondió, sino que comenzaron a mirarse entre ellos como si no supiesen que hacer o decir.

El problema sin embargo es que Portia tenía muy poca paciencia.

– Pues bien, si ustedes no abren. Lo haré yo.

-¡No! – le gritaron los tres al unísono haciendo que ella los mirara a todos boquiabierta – Le aseguro Lady Featherington que usted no quiere abrir esa puerta – añadió el cochero quién se veía tan pálido como un muerto.

-¡Tonterías! – espetó ella acercándose a la puerta haciendo que los tres trabajadores se quitaran los sombreros y se cubrieran el rostro sabiendo de antemano el desastre que se venía – Solo son mi hija y mi yerno, por el amor de Dios – añadió al mismo tiempo que abría la puerta de un tirón y lo que vio, le hizo abrir los ojos como platos - ¡Penelope Anne! – exclamó ella cuándo salió de la impresión.

Aún sentada a horcajadas sobre su regazo, Penelope se sobresaltó al igual que Colin, quienes miraron a Portia totalmente horrorizados.

-No es cierto – murmuró Colin, enterrando el rostro entre los pechos de su esposa.

-¡¿Mamá?! – inquirió Penelope incapaz de creer que eso estaba sucediéndole.

Al oír su voz, Elliot sonrió alegremente y comenzó a dar saltitos en los brazos de Portia estirando sus pequeños brazos en dirección a su madre.

Sin embargo, apenas Portia recordó que cargaba a su nieto en brazos, se apresuró a cubrirle los ojos de manera inmediata con total indignación.

-¡Ustedes! – comenzó ella un poco brusca, ya que aún estaba aturdida frente a la imagen de su hija sentada sobre el regazo de su marido pese a que sabía que no tenía nada de que escandalizarse porque ellos estaban casados – Tómense su tiempo – finalizó ella para luego cerrar la puerta del carruaje de golpe y girándose sobre sus talones, regresó rápidamente al interior de la propiedad.

Apenas estuvieron solos y en privado nuevamente, Colin fue el primero en hablar.

-Hogar dulce hogar – comentó él más para si mismo que para su esposa sin saber si largarse a reír o empezar a planear como sacaría a su suegra de su casa.

Al final, ganó la risa y al igual que aquella noche, Colin y Penelope comenzaron a reír ante lo hilarante de la situación hasta que ambos se estuvieron sacudiendo de la risa.

-Que viaje, ¿no? – bromeó Penelope quién no podía dejar de reír.

-El mejor de todos – coincidió Colin y rodeando a su esposa entre sus brazos, la besó con todo el amor que solo un hombre como él podía sentir por la que siempre había sido su mejor amiga.

Esta era su vida ahora y aún con su suegra entrometiéndose dónde no debía, él no lo cambiaría por nada de mundo.