Capitulo 1
El aire en el santuario de San Judas Tadeo era pesado, impregnado de un incienso que se sentía como una advertencia silenciosa. Yoselin estaba sentada en el banco de madera pulida, una figura que desafiaba la sobriedad del lugar. Su cabello negro caía en una cascada lacia sobre el suéter corto a rayas blancas y negras, cuya lana se ajustaba a sus curvas con una precisión casi pecaminosa. Cada vez que se movía, el borde de la prenda subía, dejando al descubierto la piel canela de su abdomen, justo por encima de una falda negra tan corta que parecía una provocación directa a los santos que la observaban desde sus nichos.
Ella ajustó sus gafas, fingiendo estar absorta en la pantalla de su teléfono, pero sus oídos estaban atentos al eco de la nave central. Sabía que él vendría.
De repente, el crujido de las puertas pesadas fue seguido por un paso firme, rítmico y carente de cualquier rastro de humildad. Satoru Gojo entró en la iglesia como si fuera el dueño del edificio y del alma de quienes estaban dentro. Vestía un abrigo negro de corte impecable que acentuaba su altura imponente, y su cabello albino brillaba bajo la luz que se filtraba por los vitrales, dándole un aura casi sobrenatural.
Se deslizó en el banco junto a ella sin pedir permiso, invadiendo su espacio personal con una confianza que rozaba la insolencia. El aroma de su perfume, algo frío y sofisticado, anuló el olor a cera vieja.
—¿Buscando hablar con Dios Joselyn?— preguntó Satoru. Se bajó ligeramente las gafas oscuras, revelando esos ojos color cielo que parecían capaces de ver a través de su ropa. —Bien sabes que puedes hablar conmigo estando o no estando arrodillada.
Yoselin no lo miró directamente, aunque sintió un escalofrío recorrer su columna.
—Vine por el silencio, Gojo. Algo que tú arruinas con solo respirar.
Satoru soltó una risa entrecortada, una burla suave. Extendió un brazo por el respaldo del banco, rodeándola sin tocarla todavía, pero dejando que el calor de su cuerpo la envolviera.
—Mentira. Viniste porque sabías que te encontraría aquí.— dijo él, y esta vez su mano descendió. Sus dedos largos y pálidos se posaron sobre el muslo de ella, justo donde la tela negra de la falda terminaba y empezaba la piel desnuda. —Estás ardiendo. ¿Es por el miedo a que nos vean o por lo que imaginas que voy a hacerte en este lugar sagrado?
Él apretó el muslo con firmeza, haciendo que sus dedos se hundiera ligeramente en su carne. Yoselin soltó un suspiro trémulo que intentó disfrazar con una tos, pero sus dedos se cerraron con fuerza sobre su teléfono. Satoru inclinó su rostro a milímetros del de ella.
—Mírate, Yoselin. Estas tan callada, tan tranquila, tan "buena"...— Susurró, rozando con su nariz la mejilla de ella—. Pero este suéter apenas puede ocultar lo rápido que late tu corazón. ¿Qué crees que diría tu Dios si supiera que ahora mismo solo piensas en mi mano subiendo por esta falda?—
—Cállate, Satoru... alguien puede oírte.— logró decir ella, aunque su resistencia se desmoronaba. El riesgo de la situación, la mano de Gojo moviéndose con una lentitud tortuosa hacia arriba y el entorno prohibido estaban creando una tormenta perfecta en su vientre.
—Que escuchen. Que vean— respondió él con una arrogancia absoluta. —Me gustaría ver quién se atreve a interrumpirme.—
Satoru se puso de pie con una elegancia felina y, sin soltar su mano del muslo de ella, la obligó a levantarse. Yoselin se sintió pequeña ante su estatura, pero la mirada desafiante que él le dedicó, esa mezcla de burla y posesión, la hizo dar un paso hacia él de forma instintiva.
—El altar es demasiado público, incluso para mí.— murmuró Gojo, curvando los labios en una sonrisa depredadora. —Pero conozco un rincón en la parte trasera, detrás de las cortinas del coro, donde el único juicio que recibirás será el mío.—
Él entrelazó sus dedos con los de ella, tirando con suavidad pero con una autoridad incuestionable. La guió por el pasillo lateral, pasando junto a las sombras de las columnas de piedra fría. Yoselin caminaba con las piernas temblorosas, el roce de su propia falda contra su piel le recordaba lo expuesta que estaba. Cruzaron una pesada cortina de terciopelo que separaba la parte pública de una zona de mantenimiento oscura y olvidada.
El rincón estaba en penumbra, iluminado apenas por el resplandor lejano de unas velas. Satoru la empujó suavemente contra la pared de piedra, cuya frialdad contrastó violentamente con el calor que desprendía el cuerpo de él al acorralarla.
—Aquí.— dijo Satoru, su voz ahora era un mando puro. —Aquí no hay santos, Yoselin. Solo tú y yo.—
Él bajó sus gafas por completo, dejando que el azul eléctrico de sus ojos la anclara al suelo.
Satoru no le dio tiempo a reaccionar. Antes de que ella pudiera siquiera asimilar el frío de la pared en su espalda, él estrelló sus labios contra los de ella con una urgencia dominante. No fue un beso tierno; fue una invasión. Satoru la besaba con una técnica que mezclaba la agresividad de un hombre que sabe que tiene el control total y la sofisticación de alguien que conoce perfectamente cómo desarmar a una mujer.
Sus manos, grandes y seguras, no se quedaron quietas. Una de ellas subió con rapidez en el cabello negro de Yoselin para inclinarle la cabeza hacia atrás, dándole un ángulo perfecto para profundizar el beso. La otra mano se deslizó bajo el suéter corto, buscando el contacto directo con su piel. Las yemas de sus dedos, algo frías al principio, encendieron un rastro de fuego mientras subían por sus costillas hasta apretar con posesividad su teta por encima del encaje.
Yoselin soltó un gemido ahogado que murió directamente en la boca de Satoru. Él saboreó su rendición, usando su lengua para delinear sus labios antes de forzar la entrada y reclamar su boca por completo. Sus manos, que al principio se apoyaban tímidamente en el pecho de él, terminaron aferrándose desesperadamente a las solapas de su abrigo negro, buscando un anclaje mientras el mundo a su alrededor desaparecía.
Satoru se separó apenas unos milímetros, lo justo para que sus alientos se mezclaran en el aire frío de la sacristía.
—Estás completamente ida, ¿verdad? —susurró él con esa sonrisa ladeada y arrogante que la volvía loca. —Ni siquiera te has dado cuenta de que estás gimiendo en la casa de Dios.—
Él bajó la mano de su cintura hasta el borde de la falda, enganchando sus dedos en la tela para subirla por completo. El roce de sus dedos contra la parte interna de sus muslos hizo que Yoselin arqueara la espalda, presionándose más contra él. Satoru comenzó a masajearla con una presión rítmica y experta, encontrando rápidamente su centro, que ya estaba empapado por la anticipación.
—Mírate...— Gojo hundió su rostro en el cuello de ella, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos ligeros que la hacían estremecer. —Estás tan excitadaque es casi un pecado no aprovecharte ahora mismo.
Yoselin dejó caer la cabeza hacia atrás, con los ojos entrecerrados y las gafas ligeramente desviadas. Estaba a su merced, con el cuerpo vibrando por la sobreestimulación de sus caricias y la intensidad de sus besos. La mezcla del riesgo, el lugar y la figura imponente de Satoru la habían dejado sin voluntad propia.
—Por favor, Satoru...— logró articular ella en un hilo de voz, una súplica que solo sirvió para alimentar el ego del albino.
—Apenas estamos empezando.— respondió él con voz ronca.
Satoru dio un paso atrás, lo justo para crear el espacio que necesitaba. Con una parsimonia que bordeaba la tortura, terminó de liberar su masculinidad. Yoselin, todavía apoyada contra la pared de piedra y con la respiración entrecortada, bajó la mirada. El impacto visual la dejó muda. Ante sus ojos se reveló un miembro imponente de 23 centímetros, de una palidez pulcra que contrastaba con la penumbra del rincón. Era largo y de un grosor que intimidaba, con una piel blanca, limpia y completamente lampiña que permitía ver el mapa de venas que lo recorrían, bombeando sangre con cada latido. El glande, de un rosa intenso y perfectamente formado, coronaba aquella pieza de anatomía divina que parecía tallada en mármol caliente.
—No te quedes ahí solo mirando, Yoselin.— sentenció Satoru. Su voz era un comando que no admitía réplica. —Baja.—
Ella obedeció como si sus rodillas hubieran perdido la fuerza para sostenerla. Se deslizó por la pared hasta quedar arrodillada sobre el frío suelo de la sacristía. Su falda se amontonó en sus caderas y su suéter de rayas se tensó sobre sus hombros mientras alzaba la vista. Desde esa posición, la figura de Gojo parecía alcanzar el techo de la iglesia; se sentía pequeña, devorada por su presencia y por la magnitud de lo que tenía frente a su rostro.
Satoru dio un paso al frente, invadiendo su campo de visión. Sin previo aviso, tomó la base de su miembro y, con un movimiento firme y rítmico, comenzó a golpear la mejilla de Yoselin con el cuerpo de su pene. Un *plap plap plap plap* carnoso y húmedo resonó en el silencio del lugar. El impacto del pene en su rostro la hizo estremecer. No era un toque delicado; era una marcación de poder.
—Saca la lengua.— ordenó él, su mirada azul brillando con una chispa de sadismo juguetón bajo el flequillo albino.
Yoselin obedeció, entreabriendo sus labios y dejando asomar su lengüita rosada, que vibraba por el nerviosismo. Satoru no perdió tiempo. Usó el glande rosado y sensible para golpear repetidamente la punta de su lengua, humedeciéndola con el líquido preseminal que empezaba a asomar. La golpeaba con la precisión de un metrónomo, de un lado a otro, obligándola a saborear su esencia antes de permitirle siquiera un roce completo. Cada golpe contra su cara y su lengua era una humillación deliciosa que la hundía más en un estado de sumisión absoluta.
—Eso es. Saboréalo. —murmuró Gojo, disfrutando de cómo ella cerraba los ojos ante cada golpe—. Es lo más cerca que estarás de la gloria hoy.
Satoru cambió el ángulo, golpeando ahora sus labios cerrados, obligándola a abrirlos por la pura insistencia del peso de su miembro. Yoselin sentía el olor a limpio de su piel y el calor irradiando directamente hacia su rostro. Ella intentó atraparlo con las manos, pero Satoru le apartó las muñecas con una sola mano, manteniéndola indefensa mientras seguía usando su pene como un látigo suave contra su cutis.
—Todavía no puedes usar las manos —dijo él, con una sonrisa que era puro veneno—. Quiero ver cómo lo haces solo con la boca. Quiero que te esfuerces por cada centímetro.—
Él se posicionó justo frente a su boca abierta. El glande rosado rozó su labio superior, desafiándola. Yoselin, derretida por la tensión acumulada y la dominación de Gojo, se inclinó hacia adelante.
—Ahora, Yoselin. Toda. Quiero sentir cómo tus gafas rozan mis muslos mientras te ahogas conmigo.
Ella cerró la distancia. El calor del glande golpeó su paladar en cuanto lo tomó, y la inmensidad de los 23 centímetros de Satoru comenzó a invadirla. La estructura rítmica de los golpes previos se transformó en un movimiento de succión profundo. Ella se esforzaba por rodear aquel grosor con sus labios, mientras Satoru hundía sus dedos en su cabello azabache, guiando su cabeza con una fuerza que le recordaba que, en ese rincón de la iglesia, él era el único que dictaba las reglas.
El ritmo empezó a acelerarse. La cabeza de Yoselin subía y bajaba con una cadencia mecánica, mientras el sonido de la succión se volvía el único lenguaje entre ambos. Satoru echó la cabeza hacia atrás, soltando un gruñido bajo que retumbó en sus pechos, mientras sus manos se aferraban al cabello de ella, obligándola a recibir cada centímetro de su longitud sin descanso.
El eco de la iglesia parecía haber muerto, dejando a Yoselin y a Satoru en un vacío absoluto donde solo existía la fricción de la piel y el sonido de la respiración agitada. Ella estaba completamente hundida en la sumisión, con las rodillas presionadas contra el suelo de piedra fría y la vista fija en la imponente anatomía que Gojo exhibía con orgullo.
Yoselin se movía con un ritmo desesperado, subiendo y bajando mientras sus gafas se deslizaban ligeramente por el puente de su nariz debido al esfuerzo. Satoru no era gentil; él marcaba la cadencia, empujando su cadera hacia adelante para forzarla a recibir más de lo que ella creía posible. El sonido de la garganta de Yoselin intentando procesar la longitud de 23 centímetros —un *glug glug glug glug* gutural y ahogado— parecía encender aún más al albino.
—Más profundo. Quiero sentir cómo me aprietas hasta el fondo —gruñó Satoru, arqueando la espalda mientras sentía el calor de la boca de ella succionando con fuerza rítmica.
El rincón se llenó de ruidos carnales: el roce del suéter de rayas contra el abrigo de Satoru, el chasquido de la saliva, y los suspiros roncos de Gojo que rebotaban en las paredes de piedra. Ella era una máquina de placer, concentrada únicamente en el movimiento de su cabeza, sintiendo cómo el glande rosado golpeaba el fondo de su garganta en cada embestida. La dominación era total; el contraste entre la pulcritud de Satoru y la forma en que la obligaba a devorarlo creaba una atmósfera de pecado real y tangible.
Satoru apretó más el agarre en su cabello, tirando ligeramente hacia atrás para verla a los ojos mientras ella seguía trabajando. La mirada de Yoselin estaba nublada, derretida, completamente perdida en la sensación de tenerlo dentro.
—Así, preciosa... —murmuró él, sintiendo que el ritmo rítmico de su succión lo estaba llevando rápidamente al límite—. No te detengas, porque no voy a tener piedad contigo.
El rincón sombrío de la iglesia se transformó en una cámara de sonidos viscerales. Satoru ya no se conformaba con la sutilidad; su mano se cerró con fuerza en el cabello azabache de Yoselin, usándolo como una palanca para dictar un ritmo violento. La obligó a echar la cabeza hacia atrás un segundo solo para volverla a estampar contra su entrepierna, enterrando los 23 centímetros de su masculinidad de un solo golpe seco hasta la base.
—Trágatelo todo, Yoselin. No quiero ver ni un centímetro de piel fuera —gruñó Satoru, con las venas de su cuello marcándose mientras el placer le nublaba el juicio.
El sonido que escapó de la garganta de la joven fue un **"gluck"** húmedo y profundo, un ruido de atragantamiento real que resonó contra las paredes de piedra. Sus ojos se abrieron de par en par, empañándose tras los cristales de sus gafas mientras el glande rosado golpeaba sin piedad el inicio de su esófago. El esfuerzo de su mandíbula por abarcar el grosor era evidente; las mejillas de ella se hundían con cada succión, creando un vacío que generaba un chasquido constante, un **"shlick-shlick"** ruidoso y desvergonzado que profanaba el silencio sagrado del lugar.
Gojo comenzó a embestir con la pelvis, ignorando cualquier rastro de caballerosidad. Cada estocada era recibida por un arcada involuntaria de Yoselin, un sonido gutural de obstrucción que a Satoru le resultaba increíblemente excitante. Ella intentaba mantener el ritmo, pero la longitud era excesiva; sentía el calor de la verga de Satoru expandiéndole la garganta, obligándola a salivar en exceso. La saliva mezclada con el líquido preseminal comenzó a desbordarse por las comisuras de sus labios, goteando sobre el suéter de rayas y bajando hacia su pecho, pero a él no le importaba.
—Eso es... deja que se te escape el aire —susurró Gojo, su voz ahora era un ronroneo peligroso—. Escucha cómo suena tu garganta intentando procesarme. Eres una pequeña pecadora deliciosa.
El ritmo se volvió errático y frenético. El sonido de la carne chocando contra la cara de ella era un **"slap"** constante y pesado. Yoselin estaba al borde del colapso sensorial; sus manos se aferraban a los muslos de Satoru para no caerse, mientras sus dedos se clavaban en la tela de su pantalón. El aire le faltaba, y el ruido de sus respiraciones nasales entrecortadas se mezclaba con los ruidos de succión más húmedos y pesados que jamás había producido.
Satoru echó la cabeza hacia atrás, apretando los dientes. La fricción de la garganta de Yoselin, húmeda, caliente y apretada alrededor de su glande, lo estaba llevando al punto de no retorno. Él no se detuvo ante sus espasmos; al contrario, la presionó más fuerte, disfrutando de cómo ella se atragantaba rítmicamente, produciendo esos sonidos de "gagging" que llenaban el espacio de una atmósfera puramente **hardcore**.
—No te atrevas a soltarlo —amenazó él, con los ojos azules fijos en el desastre de placer y sumisión que era el rostro de ella—. Vas a recibir hasta la última gota ahí dentro.
La intensidad subió un nivel más cuando Satoru agarró sus propias caderas para impulsarse con más fuerza, haciendo que el cuerpo de Yoselin se sacudiera con cada impacto profundo que la dejaba sin aliento y con los oídos zumbando por el sonido de su propio placer prohibido.