Un Refugio en Kiev

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Summary

Satoru y Liza quieren coger como toda pareja, pero el universo está en contra de eso.

Status
Complete
Chapters
1
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n/a
Age Rating
18+

Capitulo Único

La tarde caía sobre Kiev, pero dentro del departamento de Liza, la temperatura ya estaba alta. No había más mundo que ellos dos, solo el aire denso y la calma que se sentía al estar solos.

Satoru Gojo estaba tumbado en el sofá de cuero gris. Llevaba una camiseta blanca que se ajustaba a sus hombros anchos y unos pantalones de pijama oscuros. Sus ojos azules, penetrantes, estaban fijos en Liza.

Ella caminaba por la sala con esa energía que lo volvía loco. Vestía unos shorts deportivos rosa fuerte, con salpicaduras blancas y azules. El color resaltaba sus piernas musculosas. Arriba, un top corto negro de tirantes anchos apenas sujetaba su pecho firme, dejando su abdomen definido totalmente a la vista. Los tatuajes en su cuello y bajo el ojo le daban ese toque rebelde que a Satoru le encantaba.

—¿Vas a seguir mirándome como un idiota o vas a ayudarme con la música? —dijo ella, lanzándole un cojín.

Satoru lo atrapó sin esfuerzo y soltó una carcajada. Se puso de pie de un salto y en un segundo estaba detrás de ella, rodeándole la cintura con sus brazos.

—Es que te ves de puta madre, Liza. Y quiero comerte entera, despacio —susurró contra su oído. Ella se estremeció.

Liza se giró entre sus brazos, rodeando el cuello de Gojo con sus manos. Se sentía pequeña a su lado, pero lo tiró hacia abajo para besarlo con fuerza. Fue un beso juguetón al principio, con mordidas y risitas, un tira y afloja donde ambos disfrutaban.

—Demasiado ruidoso hoy, Gojo —dijo ella, separándose un poco, con la respiración agitada—. ¿No te cansas de oírte?

—Nunca, si es para convencerte de que te vengas a la cama conmigo ahora mismo —respondió él con esa sonrisa arrogante que a ella le gustaba borrar a besos.

Empezaron a forcejear de broma, una lucha libre cariñosa que terminó con los dos rodando sobre la alfombra blanca de la sala. Satoru la dejó ganar. Ella se sentó a horcajadas sobre él, inmovilizándole los brazos contra el suelo. Liza lo miró desde arriba, con su cabello castaño cayéndole por los hombros. Su rostro mezclaba dulzura y una fuerza evidente.

—Te tengo —declaró, triunfante.

Satoru la observó. La luz de la lámpara destacaba la curva de su busto bajo el top negro, que se había subido un poco, mostrando la parte inferior de sus senos. El rosa de sus shorts contra la piel pálida de Satoru era una imagen que él quería memorizar.

—Sí, me tienes. Haz lo que quieras conmigo —se rindió él, aunque sus ojos brillaban con un deseo innegable.

Liza se inclinó, rozando su nariz con la de él, y lo besó de nuevo. Esta vez, el beso fue profundo, cambiando el ritmo. Las manos de Satoru se liberaron y bajaron a los muslos de ella, apretando su carne firme bajo la tela de los shorts. El deseo, que llevaba rato ardiendo, estalló.

Él la levantó en brazos sin romper el beso y la llevó a la habitación. La dejó sobre las sábanas de seda, colocándose entre sus piernas. El silencio solo se rompía por sus respiraciones agitadas y el roce de la ropa.

Satoru deslizó sus manos bajo el borde de los shorts rosas, bajándolos despacio. Admiró la perfección de sus glúteos y la fuerza de sus piernas antes de quitárselos por completo. Liza, por su parte, tiró de la camiseta de él, revelando el torso musculoso de Satoru, quien se deshizo de sus propios pantalones con un movimiento fluido.

Ahora, piel con piel, el calor era intenso. Satoru comenzó a recorrer el cuerpo de Liza con sus manos, sintiendo cada músculo de su abdomen, deteniéndose en la curva de su cintura. Ella arqueó la espalda, buscando más contacto, enterrando sus dedos en el cabello blanco y suave de él.

—Satoru… —gimió ella cuando él empezó a besar el camino de tatuajes en su cuello.

—Estás increíble, Liza —susurró él, subiendo hacia su rostro—. Me vuelves jodidamente loco cuando me miras así.

Él se incorporó un poco, sus ojos fijos en el top negro que aún cubría el pecho de la mujer. Sus manos, grandes y firmes, se deslizaron bajo la tela elástica. Con un movimiento lento y decidido, fue subiendo el top, revelando poco a poco la piel sensible de sus costados hasta que sus senos quedaron completamente al descubierto. Eran perfectos, firmes, con pezones ya endurecidos por la excitación.

Satoru soltó un gruñido bajo y satisfecho. Liza bajo él, con el rostro sonrojado y el pecho subiendo y bajando rápido, era todo lo que necesitaba para perder el control. Se inclinó hacia adelante, su aliento cálido golpeando la piel sensible.

—Voy a follarte hasta el último rincón —prometió él con voz ronca.

Sin esperar un segundo más, Satoru rodeó uno de sus pechos con la mano, apretándolo suavemente mientras abría la boca. Liza soltó un suspiro ahogado, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta. Sintió los labios de Satoru envolver su pezón. Él empezó a chupar con una avidez controlada, usando su lengua para torturar la punta sensible. Liza se aferró a sus hombros, perdida en la sensación de su boca devorándola con un hambre insaciable. El tirón eléctrico bajó desde su pecho hasta su entrepierna.

Satoru no solo chupaba; su boca era un infierno húmedo que alternaba succión fuerte con mordiscos suaves, mientras su lengua trazaba círculos y subía y bajaba, provocando escalofríos por todo el cuerpo de Liza. Ella solo podía jadear su nombre, las palabras ahogándose en su garganta mientras él continuaba su asalto. Él apretaba su pecho con una mano, moldeándolo, mientras la otra se movía sin prisa hacia abajo, explorando su abdomen para después meterse entre sus muslos. Liza se arqueó más, ofreciéndole todo, buscando más de ese placer que la hacía perder la cabeza.

La boca de Satoru no dio tregua, siguió chupando con fuerza, escuchando el sonido húmedo que él hacía, el gemido bajo que ella no podía contener. Él sonrió contra su piel, sabiendo que la tenía completamente a su merced.

La succión de Satoru era constante y rítmica, llenando el silencio de la habitación con sonidos húmedos. Tenía una de sus manos grandes enterrada bajo la espalda de Liza, arqueándola hacia él, mientras con la otra apretaba su muslo con fuerza. Liza tenía los ojos cerrados, echando la cabeza hacia atrás y soltando jadeos cortos mientras sentía la lengua de él rodeando su pezón antes de volver a succionar con ganas.

—Satoru, sigue... no pares —murmuró ella, con la voz rota y las manos apretadas en las sábanas.

Él no se detuvo. Estaba totalmente concentrado en el pecho de ella, dejando su saliva brillando sobre la piel de Liza bajo la luz tenue. Bajó un poco más, lamiendo el abdomen marcado de la mujer, justo por encima del borde de su ropa interior, antes de subir de nuevo para morder suavemente el otro seno. El ambiente estaba cargado, pesado de deseo.

**¡CRASH!**

Un estallido violento de cristales rompiéndose en la cocina cortó el aire.

Satoru se quedó inmóvil, con la cara hundida en el busto de ella. Liza abrió los ojos de golpe, con el corazón acelerado por el susto. El silencio que siguió fue tenso.

—¿Qué mierda ha sido eso? —soltó Satoru, separándose de ella. Su cara era un mapa de frustración pura; tenía los labios rojos y la mirada encendida.

—Ha sonado en la cocina —respondió Liza, sentándose rápido y bajándose el top para cubrirse, aunque sus pechos seguían agitados por la respiración.

Satoru soltó un insulto entre dientes. Se levantó de la cama, mostrando su torso musculoso y tenso. No estaba asustado, estaba cabreado.

—Como sea alguien intentando entrar, le voy a dar una paliza por cortarme el rollo de esta manera —gruñó, caminando hacia la puerta sin ponerse siquiera una camiseta.

Liza lo siguió de cerca. Al llegar a la cocina y encender la luz, se encontraron con el desastre. El jarrón grande de cristal que estaba sobre la mesa se había hecho añicos en el suelo. En medio de los vidrios, el bulldog francés de Liza los miraba con las orejas bajas, rodeado de trozos de una bolsa de pan que había logrado alcanzar.

Satoru se pasó una mano por la cara, soltando un suspiro pesado.

—Tu perro tiene un sentido de la oportunidad de mierda —dijo, mirando al animal que seguía masticando un trozo de pan de espaldas a los cristales.

—No te rías, Satoru. Mira cómo ha dejado esto —Liza señaló el suelo—. Hay cristales por todos lados. Si el perro da un paso en falso, se corta.

La tensión sexual desapareció para dar paso a la urgencia doméstica. Satoru miró a Liza; ella estaba de pie, con el cabello desordenado y el top negro todavía un poco subido, mostrando parte de su cintura. A pesar del desastre, él no podía dejar de recorrerla con la mirada.

—Vete al salón con el perro, yo limpio esto —ordenó Satoru, agarrando la escoba con un gesto brusco—. Cuanto antes termine de recoger este desorden, antes podremos volver a lo que estábamos haciendo. Porque no pienso dejarlo a medias.

Liza agarró al perro en brazos para sacarlo de la zona de peligro. Al pasar por el lado de Satoru, él le dio un apretón firme en la cadera, recordándole con la mirada que, aunque ahora tuviera una escoba en la mano, su prioridad seguía siendo otra.

—Date prisa —le dijo ella con una sonrisa desafiante mientras salía de la cocina.

Satoru se quedó solo, recogiendo vidrios y maldiciendo en voz baja, con la imagen de Liza bajo él todavía grabada en la cabeza.

Para que este cierre tenga la fuerza que buscas, vamos a subir el tono, eliminar las risas rápidas y centrarnos en la frustración física de un momento interrumpido en el pico más alto del placer.

Satoru no regresó a la habitación para hablar. Entró como un animal que ha estado demasiado tiempo amarrado. Liza estaba esperándolo en la cama, completamente desnuda de cintura para arriba, con las piernas abiertas y el cuerpo brillando por el sudor y la luz tenue del cuarto.

Él se deshizo de lo último que le quedaba de ropa y se lanzó sobre ella. No hubo preámbulos suaves. Satoru la agarró de los muslos, abriéndola por completo, y se hundió en ella de una sola estocada profunda. Liza soltó un grito que se convirtió en un gemido ronco cuando él empezó a bombear con un ritmo violento y constante. La cama golpeaba la pared con fuerza, marcando el compás de un sexo sucio y necesitado.

—Carajo, Satoru... más fuerte —jadeó ella, clavando sus uñas en los hombros anchos de él.

Gojo se incorporó sobre sus brazos, mirando cómo sus pechos subían y bajaban con cada embestida. Se inclinó sobre ella y le llenó la boca con uno de sus senos. No se limitó a lamer; succionó con una fuerza bruta, usando sus labios y lengua para exprimir el pezón de Liza mientras ella se retorcía debajo de él. El sonido de la succión era constante, mezclado con el choque de sus pelvis y los jadeos pesados de ambos. Satoru cambió al otro pecho, mordisqueando la punta endurecida antes de volver a chupar con hambre, mientras sus manos apretaban la cintura de ella hasta dejar marcas.

Liza estaba en el límite. Sus músculos se tensaron, sus piernas rodearon la espalda de Satoru con fuerza y su respiración se volvió errática. Satoru también estaba ahí, gruñendo contra su piel, acelerando el movimiento de sus caderas para terminar dentro de ella con todo.

**¡BIP! ¡BIP! ¡BIP! ¡BIP!**

Un pitido electrónico ensordecedor taladró el aire. No era el perro, era la alarma de incendios del techo, justo encima de la cama.

Satoru ni siquiera se detuvo al primer pitido, intentando ignorar la interrupción para llegar al orgasmo, pero el sistema fue más rápido. Un segundo después, los aspersores de emergencia se activaron.

Un chorro de agua helada y a presión cayó directamente sobre ellos. El impacto del agua fría sobre sus cuerpos calientes fue como un latigazo. Satoru soltó el pecho de Liza de golpe y se salió de ella por el puro shock térmico, resbalando sobre las sábanas que ahora eran un charco de agua.

—¡LA MADRE QUE ME PARIÓ! —gritó Satoru, empapado en un segundo, con el pelo blanco pegado a la cara y el agua chorreándole por la nariz.

Liza se rodó hacia un lado de la cama, tiritando y cubriéndose como pudo, mientras el agua seguía cayendo sin tregua. La cama estaba arruinada, el ambiente de sexo se había convertido en un naufragio y la alarma seguía gritando.

—¡El vapor! ¡Ha sido el vapor de la cocina cuando abrí la puerta! —chilló Liza, tratando de ver a través del agua helada.

Satoru se quedó de rodillas en medio del colchón inundado, con el miembro todavía a medio camino entre la erección y el colapso por el frío. Tenía una mirada de odio puro dirigida al techo. El agua le caía en los ojos, en la boca, y lavaba cualquier rastro de la saliva que acababa de dejar en el pecho de ella.

—Esto es una broma —dijo Satoru con una voz que daba miedo, mientras el bulldog francés entraba a la habitación ladrando como loco y saltando sobre la cama para sacudirse el agua encima de ellos—. Te juro, Liza, que mañana mismo compro este edificio solo para demolerlo.

Liza, a pesar del frío y de tener el rímel chorreando, lo miró. La imagen de Gojo, el tipo más confiado del mundo, sentado en un charco con cara de niño castigado y el pelo aplastado por el agua, era demasiado.

—Estamos malditos, Satoru —dijo ella, soltando una risa amarga mientras agarraba una toalla empapada—. No nos dejan cogernos en paz ni en mi propia casa.

Satoru soltó un bufido de frustración absoluta, se puso de pie chorreando agua por todo el suelo y agarró a Liza por la nuca, dándole un beso corto y cargado de rabia.

—Esto no se queda así. En cuanto pare esta mierda de agua, te voy a dar lo tuyo aunque sea en el suelo del pasillo.