La Carta que el Destino Leyó

Summary

Toda persona decea algo en Navidad, y siempre termina llegando de alguna manera, en algún momento.

Genre
Drama
Author
Elbuscado1
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo Único

La medianoche de Navidad no siempre llegaba con el estruendo de los fuegos artificiales. Para Yoselin, llegó con un silencio denso, de esos que se asientan en las esquinas de los apartamentos vacíos y te obligan a escuchar los latidos de tu propio corazón.

En la sala, el árbol de Navidad parpadeaba con una rítmica indiferencia. Rojo, verde, amarillo. Rojo, verde, amarillo. Las luces se reflejaban en el parqué encerado y en las ventanas empañadas por el frío que, afuera, devoraba las calles de la ciudad. Yoselin estaba de pie, sola, sosteniendo una copa de vino que apenas había probado. Se sentía como una extraña en su propia casa.

Esa noche, en un arranque de melancolía o quizás de una rebeldía silenciosa contra su propia rutina de madre, se había vestido para nadie. Había rebuscado en el fondo del armario hasta encontrar aquel vestido que compró meses atrás y que nunca tuvo el valor de estrenar. Era una pieza de **lamé metálico, de un tono bronce dorado** tan intenso que parecía desprender calor. Al ponérselo, el tejido frío y líquido se había deslizado por su piel como una caricia prohibida, ajustándose a su cintura, marcando la curva de sus caderas y dejando sus hombros expuestos al aire gélido del salón.

Se miró en el espejo del pasillo. Las gafas de montura fina le daban un aire intelectual que contrastaba con la audacia del vestido. Se veía hermosa, sí, pero era una belleza estéril, una obra de arte en una galería sin visitantes.

—¿Para qué, Yoselin? —se susurró a sí misma, y su voz sonó pequeña, rota por la falta de uso.

Dejó la copa sobre la mesa y caminó hacia el árbol. Su hijo, el pequeño Leo, se había rendido al sueño hacía apenas una hora, convencido de que si cerraba los ojos con suficiente fuerza, el tiempo se aceleraría hasta la mañana. Al pie del pino, entre los adornos de fieltro y las guirnaldas deshilachadas, vio un sobre blanco. Tenía el nombre de "Santa" escrito con la caligrafía torcida y esforzada de un niño de siete años.

Yoselin se sentó en el suelo, ignorando cómo el lamé dorado se arrugaba bajo ella. Abrió el sobre con dedos temblorosos. Esperaba leer sobre legos, figuras de acción o quizás un perro. Pero lo que encontró fue un golpe seco de realidad, una verdad cruda que Leo había observado desde su metro y veinte de estatura.

> *"Querido Santa: Este año no quiero juguetes. Bueno, si puedes, un robot. Pero lo más importante es otra cosa. Mi mamá siempre sonríe cuando me ve, pero cuando cree que estoy dormido, se queda mirando la ventana mucho tiempo. Creo que se siente sola. Por favor, Santa, ya acércale un novio a la solterona de mi mamá. Quiero que alguien la cuide y la haga reír como ella me hace reír a mí. Es mi último deseo."*

El aire se detuvo en la garganta de Yoselin. Una lágrima, pesada y caliente, rodó por su mejilla y aterrizó sobre el papel, emborronando la palabra "solterona". No era una palabra hiriente viniendo de Leo; era la forma en que él interpretaba la ausencia de alguien más en sus vidas.

Se llevó una mano al pecho, apretando la tela metálica de su vestido. La opresión era física. Sintió una mezcla de gratitud infinita y una tristeza devastadora. "Nadie se ha preocupado tanto por mí", pensó, recordando la frase de una película que Leo amaba. Su propio hijo estaba intentando salvarla de un naufragio que ella misma se negaba a admitir.

—Oh, pequeño... —sollozó, tapándose la boca con la carta—. Si supieras que mi mundo ya eres tú.

Pero el deseo del niño había abierto una grieta en su armadura. La necesidad de contacto humano, de una mirada que no fuera de necesidad filial sino de deseo y compañerismo, se desbordó. Se sentía asfixiada. Necesitaba que el frío exterior apagara el incendio que la carta había provocado en su pecho.

Se puso un abrigo largo, negro, que apenas cubría el resplandor dorado de su vestido, y salió al balcón.

El aire de la noche le golpeó el rostro como una bofetada necesaria. Estaba nevando. Eran copos pequeños, erráticos, que morían al tocar la barandilla de hierro. Yoselin se apoyó en el metal frío, mirando hacia la plaza vacía. Las farolas proyectaban círculos de luz naranja sobre el pavimento cubierto de escarcha. Todo parecía suspendido en un tiempo fuera del tiempo.

—Es una noche demasiado hermosa para que esa carta te haga llorar, ¿no crees?

Yoselin dio un respingo, su corazón saltando contra sus costillas. Giró la cabeza hacia la izquierda. El balcón contiguo, que siempre había estado en sombras, ahora tenía la luz de la estancia encendida. Y apoyado en la barandilla, a escasos dos metros de ella, estaba él.

Era un hombre que parecía haber sido esculpido a partir de la misma nieve que caía. Era alto, de hombros anchos y una postura de una confianza casi insultante. Su cabello era de un blanco absoluto, níveo, despeinado de una forma que parecía deliberadamente perfecta. Llevaba un jersey de cuello alto oscuro que hacía resaltar su palidez aristocrática. Y, a pesar de la oscuridad, llevaba unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos.

—Yo... no sabía que alguien vivía ahí —logró decir Yoselin, tratando de ocultar la carta detrás de su espalda y limpiándose los restos de lágrimas con el dorso de la mano.

El hombre soltó una risa corta, un sonido vibrante que pareció calentar el aire entre ellos.

—Me mudé hace tres días. Demasiado trabajo, pocas ganas de celebrar. Soy Satoru. Satoru Gojo. —Se quitó las gafas con un movimiento fluido de sus dedos largos y delgados.

Cuando sus ojos quedaron al descubierto, Yoselin sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No eran ojos humanos. O al menos, no como ninguno que ella hubiera visto. Eran de un azul infinito, cristalino, como si contuvieran el cielo de invierno y el fondo del océano al mismo tiempo. La miraban con una intensidad que la hacía sentir desnuda, a pesar del abrigo.

—Y tú —continuó Satoru, su voz bajando un octavo de tono—, tú eres la mujer que está haciendo que el oro de ese vestido compita con las estrellas. Te he visto por la ventana, Yoselin. Es difícil no mirar cuando alguien brilla así en medio de tanta sombra.

Yoselin sintió un calor súbito recorriendo su cuello. La forma en que él pronunció su nombre... no era como una pregunta, sino como un descubrimiento.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, su voz apenas un susurro.

—Lo pone en tu buzón. Y en la forma en que caminas. Tienes nombre de alguien que guarda muchos tesoros y pocos tienen la llave —Satoru se inclinó más sobre la barandilla, acortando la distancia. Su mirada descendió por el escote del vestido que asomaba bajo el abrigo—. ¿Qué decía esa carta para que tus ojos parezcan cristales rotos?

Yoselin dudó. Había algo en Satoru, una especie de aura magnética y descarada, que la invitaba a soltarse. Era un desconocido, sí, pero en esa noche de "magia casualidad", las reglas de la prudencia parecían haberse disuelto con la nieve.

—Mi hijo... —comenzó ella, riendo con una mezcla de amargura y ternura—. Le ha pedido a Santa que me traiga un novio. Dice que soy una solterona que mira demasiado por la ventana.

Satoru guardó silencio un segundo. Luego, una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por sus labios.

—Vaya. Parece que tu hijo es mucho más inteligente que Santa Claus —dijo él, y sus ojos azules brillaron con una chispa juguetona—. Porque si Santa fuera eficiente, no te habría enviado un novio. Te habría enviado a alguien que te recordara que una mujer con ese vestido no necesita que la "traigan", sino que la admiren.

Yoselin se quedó sin aire. La crudeza de sus palabras, la falta de filtros, la forma en que la miraba como si fuera lo único interesante en kilómetros a la redonda... era demasiado.

—Eres un poco arrogante, Satoru Gojo —dijo ella, recuperando un poco de su fuego interno.

—No es arrogancia si tengo razón —replicó él, extendiendo una mano hacia ella a través del vacío entre los balcones—. Escucha, Yoselin. Es Navidad. Tu hijo ha lanzado un deseo al universo. Y yo... bueno, yo acabo de decidir que no quiero pasar esta noche solo mirando cómo la nieve cae sobre los tejados. ¿Me dejarías ser ese "regalo" por unas horas? Sin compromisos, sin promesas. Solo dos personas que no quieren mirar más por la ventana, sino salir a través de ella.

Yoselin miró la mano de Satoru. Era una mano grande, fuerte, que prometía seguridad y aventura al mismo tiempo. Miró hacia adentro, hacia el calor seguro de su casa donde Leo dormía, y luego hacia Satoru, que representaba todo lo que ella había olvidado desear.

Recordó el brillo metálico de su vestido. No se lo había puesto para nadie, pero tal vez, inconscientemente, se lo había puesto para este momento.

—¿A dónde iríamos? —preguntó, su corazón latiendo con una fuerza adolescente que creía muerta.

Satoru sonrió, y en ese momento, Yoselin supo que estaba perdida. Aquel hombre no era una casualidad; era la respuesta a una oración que ella ni siquiera se había atrevido a pronunciar.

—A donde el dorado de tu vestido nos lleve, Yoselin. Te espero en el portal en dos minutos. No te arrepentirás.

Él se dio la vuelta y entró en su apartamento con una elegancia felina. Yoselin se quedó sola en el balcón por un momento, el frío ya no le importaba. Miró la carta de Leo en su mano y sonrió.

—Gracias, pequeño —susurró, mientras se ajustaba el abrigo y corría hacia la puerta, sintiendo que el oro de su vestido por fin empezaba a brillar de verdad.

Yoselin bajó las escaleras casi sin aliento, el corazón golpeándole las costillas con una urgencia que no sentía desde los diecisiete años. Se detuvo un segundo frente al gran espejo del portal, ajustándose el abrigo negro. Al abrirlo un poco, el **lamé metálico de su vestido** devolvió un destello cobrizo, como una brasa encendida en mitad de la noche. Se recolocó las gafas, suspiró para calmar el temblor de sus manos y empujó la pesada puerta de madera y cristal.

Satoru ya estaba allí.

Estaba apoyado contra una farola, con las manos hundidas en los bolsillos de un pantalón oscuro de corte impecable. No llevaba abrigo, solo el jersey azul marino que se ajustaba a sus hombros anchos. La nieve caía sobre su cabello blanco, fundiéndose al instante, dándole un aura casi irreal. Cuando la vio salir, su rostro se iluminó con una sonrisa que no era de cortesía; era una de absoluto asombro.

—Vaya —dijo él, su voz rompiendo el silencio de la calle nevada—. Sabía que el dorado te sentaba bien, pero esto es otra liga. Pareces una puesta de sol en medio de un glaciar.

Yoselin se encogió de hombros, sintiendo que el frío del exterior desaparecía bajo la intensidad de esos ojos azules que la escaneaban sin pudor.

—Es solo un vestido que no tenía dónde usar, Satoru —respondió ella, tratando de sonar casual, aunque su voz traicionaba su nerviosismo.

—Pues ahora tienes dónde —él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad desarmante—. Vamos. Conozco un lugar que, técnicamente, está cerrado, pero el dueño me debe un favor desde que le ayudé con un "pequeño problema" de logística.

Caminaron por las calles vacías de Madrid. No había coches, solo el sonido sordo de sus pasos sobre la nieve virgen y el crujido del abrigo de Yoselin contra el tejido metálico de su vestido. Satoru no mantenía las distancias; caminaba tan cerca que sus hombros chocaban ocasionalmente. Cada vez que eso pasaba, una corriente eléctrica recorría el costado de Yoselin.

—¿De qué te ríes? —preguntó ella, al ver la expresión divertida de él bajo la luz de una farola.

—De nosotros —Satoru la miró de reojo, sus ojos brillando como zafiros bajo la nieve—. Dos desconocidos, en Nochebuena, escapando de sus vidas porque un niño de siete años escribió una carta honesta. Es la mejor trama que he vivido en años, Yoselin.

—Para ti es una aventura. Para mí... es la primera vez en mucho tiempo que no soy "la mamá de Leo" por un par de horas —confesó ella, bajando la mirada.

Satoru se detuvo en seco y la tomó suavemente del brazo, obligándola a parar. Su tacto, incluso a través de la manga del abrigo, era firme y cálido.

—Escúchame —dijo, bajando el tono de voz hasta que fue una caricia—. Esta noche no eres la madre de nadie. Eres la mujer del vestido de oro que ha conseguido que Satoru Gojo deje de estar aburrido. Y creeme, eso es una hazaña.

Ella lo miró a través de sus gafas, sintiendo una vulnerabilidad cruda. No había filtros entre ellos. Satoru no la trataba con la condescendencia que solían recibir las madres solteras; la miraba como si fuera un enigma que deseaba desesperadamente resolver.

Llegaron a una pequeña cafetería con aire bohemio en una esquina escondida de Malasaña. El dueño, un hombre mayor con cara de pocos amigos, abrió la puerta solo para ellos tras ver a Satoru.

—Diez minutos, Gojo —gruñó el hombre—. Es Navidad.

—Con diez minutos me basta para cambiarle la noche a una dama —replicó Satoru con un guiño, robando dos tazas de chocolate humeante de la barra y guiando a Yoselin a una mesa al fondo, lejos de la vista de la calle.

Se quitaron los abrigos. Cuando Yoselin quedó solo con el vestido de lamé, el lugar pareció iluminarse. Satoru se quedó en silencio un momento, simplemente observando cómo la luz de las velas de la mesa bailaba sobre el tejido bronce.

—Te queda... —empezó él, buscando la palabra—. Me dan ganas de no dejarte volver nunca a ese balcón.

Yoselin sintió un nudo en la garganta. Se llevó la taza de chocolate a los labios para ocultar su sonrisa.

—Dime algo de ti, Satoru. No puedes ser solo un vecino guapo con ojos de otro planeta que aparece de la nada.

Satoru se rió, echando la cabeza hacia atrás. Su risa era contagiosa, joven y vibrante.

—Soy profesor, en cierto modo. Enseño a gente a... ver el mundo de otra manera. Pero la mayor parte del tiempo, siento que todo es demasiado fácil, demasiado predecible. Hasta esta noche. Tú eres impredecible, Yoselin. Me gusta cómo te muerdes el labio cuando estás nerviosa y cómo proteges esa carta en tu bolsillo como si fuera un mapa del tesoro.

—Es el mapa de mi vida —respondió ella con suavidad—. Leo lo es todo. Pero... a veces el mapa no muestra el camino para una sola persona.

Satoru extendió su mano sobre la mesa y, con una lentitud deliberada, rozó los dedos de Yoselin. Sus pieles se tocaron y el mundo exterior —la nieve, el dueño gruñón, la Navidad— dejó de existir.

—Tal vez solo necesitabas que alguien con mejores ojos te ayudara a leerlo —dijo él, su voz llena de una dulzura inesperada—. Tienes una fuerza increíble, Yoselin. Se ve en tus ojos, incluso detrás de esas gafas. No eres una "solterona". Eres una mujer que ha estado esperando a alguien que esté a su altura.

Yoselin sintió que las lágrimas amenazaban con volver, pero esta vez eran de una felicidad desbordante. Se sentía vista. No juzgada, no evaluada, sino apreciada en su forma más pura.

Las horas empezaron a derretirse. Salieron de la cafetería y, en lugar de volver a casa, Satoru la convenció para ir a la plaza principal, que estaba desierta. Allí, bajo el árbol gigante de luces LED, empezaron a comportarse como dos adolescentes que acaban de descubrir el amor.

Satoru la retó a una carrera por la plaza, ella riendo y sosteniéndose la falda del vestido para no tropezar con sus tacones. Él se dejaba ganar, solo para atraparla por la cintura en el último momento y hacerla girar en el aire. El vestido dorado de Yoselin brillaba como una llama viva contra la oscuridad de la noche madrileña.

—¡Para, Satoru! ¡Me voy a marear! —gritaba ella entre carcajadas, apoyando sus manos en los hombros de él.

Él la bajó con cuidado, pero no la soltó. Sus rostros quedaron a milímetros. El aliento de ambos formaba una pequeña nube de vaho que se mezclaba en el aire gélido.

—Tienes una sonrisa preciosa, ¿lo sabías? —susurró Satoru, su mirada fija en los labios de ella—. Deberías usarla más a menudo.

—No tenía muchas razones para hacerlo... hasta ahora —admitió ella, su voz temblando por la proximidad.

Satoru acarició su mejilla con el pulgar, quitando un copo de nieve que se había posado allí.

—Pues vete acostumbrando. Porque desde que te vi en ese balcón, he decidido que voy a ser la razón de cada una de tus sonrisas a partir de hoy.

Yoselin se perdió en el azul de sus ojos. No había rastro de la arrogancia de antes, solo una sinceridad cruda y sentimental que la desarmó por completo. Sin darse cuenta, habían pasado cuatro horas. El reloj de la plaza marcó las cuatro de la mañana, pero para ellos, el tiempo se había suspendido en ese rincón del mundo.

—Tengo que volver —dijo ella, aunque sus manos se cerraron sobre la camisa de él, reacias a dejarlo ir.

—Lo sé —asintió Satoru, besando su frente con una ternura que la hizo cerrar los ojos—. Pero esto no termina aquí. La carta de tu hijo no decía que te trajeran un novio por una noche. Decía que alguien te cuidara. Y yo soy muy bueno cumpliendo misiones.

Caminaron de regreso, de la mano, compartiendo confidencias sobre sus miedos y esperanzas. Yoselin le contó cómo a veces se sentía pequeña en una ciudad tan grande, y Satoru le confesó que, a pesar de tenerlo "todo", siempre se había sentido solo hasta que sus ojos se cruzaron con el dorado de su vestido.

Al llegar al portal, el ambiente cambió. La ligereza de la diversión adolescente dio paso a una tensión romántica eléctrica. Satoru la acorraló suavemente contra la puerta, sus manos apoyadas a ambos lados de la cabeza de Yoselin.

—Feliz Navidad, Yoselin —dijo él, su voz vibrando en el pecho de ella.

—Feliz Navidad, Satoru —respondió ella, inclinándose hacia él.

Esa noche, bajo la nieve de Madrid y con el eco de la petición de un niño aún flotando en el aire, Yoselin supo que el destino no solo le había traído a un hombre. Le había traído la magia que creía haber perdido para siempre.