El Precio Del Aire
Hubiera sido difícil encontrar un lugar menos propicio para celebrar el decimoséptimo cumpleaños de Kai, incluso si alguien hubiera recordado que era ese día. El Mercado del Tallo, atestado en su caverna de al menos treinta y cinco metros de altura, olía a humedad, a cuerpos sin lavar y al penetrante aroma terroso de los hongos luminis que crecían en las grietas de la roca, bañando todo en un resplandor azul verdoso que hacía parecer enfermizas hasta las manzanas más frescas. Pero no había manzanas frescas en el Trigésimo Nivel. Solo había cosas que podían crecer en la oscuridad, que se habían adaptado a ella, o que habían sobrevivido a un siglo bajo tierra.
Kai se movía entre los puestos como una sombra familiar, su delgada figura enfundada en un mono de tela gruesa remendada en los codos y rodillas. Llevaba una cesta de raíces tuberlux, blandas y pálidas como larvas gigantes, que había "recogido" (robado) de un cultivo hidropónico desatendido del Vigésimo Quinto Nivel. No era un trabajo glamoroso, pero a los diecisiete años y siendo un ilegal —un tercer hijo no registrado, una mancha en los perfectos registros de población de Atlantia—, el glamour era un concepto tan ajeno como la luz del sol.
—¡Filtros de aire! ¡Filtros de segundo ciclo, reacondicionados! ¡Cambien el polvo por aire limpio! —gritaba un vendedor con la voz ronca por las esporas.
Ese era su objetivo. El filtro de Kai llevaba semanas sonando como un moribundo, y en el Trigésimo Nivel, el aire sin filtrar no solo olía mal; a la larga, te llenaba los pulmones de micelio. Se acercó al puesto, donde colgaban decenas de cilindros metálicos, algunos con abolladuras, otros con la pintura original apenas visible.
—¿Qué tienes? —preguntó el vendedor, un hombre con la cara marcada por antiguas erupciones fúngicas. Tenía la boca cubierta por una máscara que le cubría parte de su rostro, y un atuendo sucio, desde su calzado desgarrado hasta la chaqueta gruesa que le cubría hasta el cuello, casi como si tuviera frio.
Kai dejó la cesta en el mostrador. El hombre escrutó las raíces con desdén, pinchando una con un dedo sucio.
—Tuberlux del Veinticinco. Flojas. Te doy un filtro de cuarta calidad por el lote.
—Necesito uno de tercera, al menos —replicó Kai, manteniendo la voz neutra. Sabía que las raíces, aunque flojas, eran comestibles. La comida siempre valía algo.
—¿De tercera? Con esa cara de no haber pagado impuestos de respiración en la vida, deberías agradecer lo que te den —bufó el hombre, pero sus ojos calculaban. La comida era comida.
Estaban en medio del regateo cuando el ambiente del mercado cambió. No fue un sonido fuerte, fue más un susurro que se propagó más rápido que cualquier noticia: "Guardias del Núcleo. Control."
Una tensión palpable recorrió la caverna. Kai, sin pensarlo, agarró su cesta y se deslizó entre dos puestos de telas pardas, su corazón acelerándose. Los controles eran rutinarios, pero para él eran una amenaza existencial. Vio los destellos de las linternas de hombro de los guardias, cortando la neblina fungosa como faros en una noche tóxica. Eran dos, con uniformes grises impecables y rostros inexpresivos bajo sus visores. Se dirigían directamente al cruce principal, bloqueando la salida hacia los ascensores.
"Identificaciones. Formen una fila ordenada", ordenó uno, su voz amplificada por un pequeño altavoz en su pecho.
La gente, con resignación temerosa, empezó a formar una fila caótica. Kai buscó una salida con la mirada. Su vista se posó en una rejilla de ventilación en la pared rocosa, a unos tres metros del suelo, medio oculta por un puesto de cultivos de líquenes. La conocía. Conducía a un conducto de servicio que bajaba al Trigésimo Uno.
Pero antes de moverse, su atención fue capturada por una mujer joven, apenas mayor que él, que acunaba a un bebé envuelto en harapos. Tenía la mirada de un animal acorralado. El guardia se plantó frente a ella.
—Identificación.
Ella, con manos temblorosas, sacó una placa de latón gastado de un bolsillo interno. El guardia la escaneó con un dispositivo portátil que emitió un pitido agudo y desagradable.
—Mara Voss. Nivel Veintiocho. Cuota familiar: dos hijos registrados —leyó el guardia en voz alta, clínico—. Este infante no figura en el registro. Es un ilegal.
—Por favor —suplicó la mujer, su voz quebrada—. Tenía miedo... dijeron que se los llevaban...
—La Ley de Natalidad es clara. Máximo dos vástagos por unidad familiar para la sostenibilidad de recursos —recitó el guardia, como si leyera un manual—. El niño será trasladado al Centro de Asignación. Usted será multada con seis meses de raciones.
—¡No! —gritó ella, retrocediendo y abrazando al bebé, que comenzó a llorar—. ¡No se lo lleven!
El segundo guardia se adelantó, su mano posándose en la vara de electrochoque que llevaba al cinturón. La multitud murmuró, algunos apartando la mirada, otros observando con morbosa impotencia.
A Kai se le heló la sangre. No era la primera vez que veía esto, pero cada vez era como revivir el mismo trauma. Recordó, con una claridad punzante, la voz de su madre susurrando en la oscuridad: "No hagas ruido, Kai. No importa lo que pase, no hagas ruido." Fue el día en que los guardias vinieron por su familia, después de que la explosión en el Túnel Siete dejara claro que había un "tercer residente no contabilizado" en su unidad. Él había escapado por un conducto de desagüe. Sus padres no tuvieron tanta suerte.
La mujer forcejeó débilmente mientras el guardia le arrebataba al bebé. El llanto del niño se mezcló con los gritos desesperados de la madre, un sonido que atravesó el mercado y se clavó en el pecho de Kai como un cuchillo frío.
Ese fue su momento. Mientras todos los ojos estaban clavados en el pequeño drama desgarrador, Kai se agachó y, con la agilidad de quien ha crecido escondiéndose, se coló por detrás del puesto de líquenes. Sus dedos, delgados pero fuertes, encontraron los salientes familiares en la roca. En tres movimientos precisos, estaba en la rejilla. Un tirón seco, y la cubierta oxidada cedió con un chirrido que él esperó que se ahogara en el alboroto.
Se coló por la abertura justo cuando oía al primer guardia gritar: "¡Alto! ¡Ilegal en fuga!"
Pero ya era demasiado tarde. Kai se dejó caer en el conducto de servicio, un tubo de metal liso y frío que olía a polvo y a electricidad estática. La oscuridad era casi total, solo rota por los tenues haces de luz que se filtraban por otras rejillas. Se quedó quieto, conteniendo la respiración, escuchando. Los gritos de la mujer se apagaron, reemplazados por el zumbido lejano de los generadores y el latido de su propio corazón en los oídos.
Respiró hondo, el aire del conducto cargado de óxido. Había escapado, otra vez. Pero el costo, la imagen de esa madre y su hijo, se quedó con él, más pesada que cualquier cesta de raíces robadas. No era solo miedo lo que sentía ahora. Era algo más denso, una rabia que subía desde los puños y se instalaba en la cabeza. Se arrastró por el conducto viejo, sabiendo que debía regresar al único lugar que, de algún modo distorsionado, sentía como su hogar: “el escondite” del Círculo de Botánicos y Exploradores. Allí, al menos, le medían por lo que podía hacer, no por el número de su placa de identificación. Allí estaban Lena, con su cicatriz y su pragmatismo feroz, y el viejo Goran. El único que todavía hablaba de la superficie como si no fuera un mito.
Cuando finalmente salió por una rejilla en un túnel lateral desierto, se sacudió el polvo y ajustó la cesta que milagrosamente no había soltado. Las raíces seguían ahí. El filtro de aire, no. Pero había cosas peores que respirar esporas. Había que ver cómo te arrancaban tu futuro en medio de un mercado, mientras el mundo, indiferente, seguía comerciando.
Kai echó a andar, la silueta de su cuerpo delgado fundiéndose con las sombras alargadas que los hongos luminis proyectaban en las paredes de piedra. En algún lugar de las profundidades, los generadores gemían, alimentando luces que él nunca vería de cerca. Su mundo era este: el Trigésimo Nivel.