Sin Salida

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Summary

Cuando las noticias ordenan quedarse en casa, Pablo y su familia creen que el peligro está afuera. Las calles se vacían, los rumores se contradicen y los videos que circulan en redes parecen exageraciones… hasta que el mundo empieza a oler mal. Encerrados entre paredes que ya no protegen, el miedo se transforma en rutina, la rutina en paranoia, y el amor en decisiones imposibles. Lo que comienza como un intento desesperado por resistir se convierte en una lenta descomposición: del cuerpo, de la confianza, de la idea misma de humanidad. Aquí no hay héroes. No hay rescates. No hay segundas oportunidades. Sin salida es una historia de zombies donde el verdadero horror no es lo que camina afuera, sino lo que se queda cuando ya no queda nada que salvar. Una tragedia íntima sobre el encierro, la negación y el momento exacto en que sobrevivir deja de ser una opción.

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Quédense en casa

El presentador sonreía con una calma aprendida, esa sonrisa de plástico que se usa cuando la realidad todavía no ha alcanzado al estudio. La pantalla detrás de él mostraba un mapa de la ciudad con manchas rojas dispersas como granos de sarampión. Abajo, un cintillo repetía la frase una y otra vez, como si al decirlo suficientes veces se volviera verdad:

QUÉDENSE EN CASA.

Pablo subió el volumen y luego lo bajó de golpe, como si el sonido pudiera atraer algo. Había dejado el control remoto sobre la mesa de centro, perfectamente alineado con el borde, una manía que le salía cuando estaba nervioso. En la sala, la luz de la tarde entraba por la ventana y hacía brillar el polvo suspendido. Todo se veía demasiado normal para lo que decían ahí, demasiado intacto.

Alicia se asomó desde la cocina con un trapo húmedo en la mano. Tenía el cabello recogido con prisa y una línea de preocupación clavada entre las cejas.

—¿Otra vez lo mismo? —preguntó, sin sonar enojada. Sonaba cansada.

—Dicen que ya cerraron… —Pablo tragó saliva—. Que hay “incidentes” en tres zonas. Que no salga nadie.

La palabra incidentes cayó como una piedra en el aire. Era una palabra suave, acolchada. No decía sangre. No decía gritos. No decía gente corriendo con los ojos abiertos como platos.

En el sofá, Diego estaba desparramado con el celular frente a la cara. Tenía diecisiete años, ese punto exacto en el que el cuerpo ya es de adulto pero la cabeza todavía juega a ser invencible. Sus pulgares volaban sobre la pantalla. De vez en cuando soltaba una risa breve, sin alegría.

Renata apareció detrás de Alicia, con una taza de chocolate entre las manos. Tenía trece años, y aunque trataba de verse más grande, todavía caminaba con esa suavidad de niña que no quiere hacer ruido para no molestar. Se quedó parada, mirando el noticiero como si fuera una película que no le habían pedido ver.

—¿Qué pasa? —preguntó, y su voz salió pequeña.

Alicia le acarició el hombro.

—Nada, amor. Es… prevención.

En la televisión, cambiaron de toma. Ahora era una calle que Diego reconoció al instante: la avenida por la que pasaba el camión para la prepa. La cámara temblaba. Había gente agrupada, y policías haciendo una línea, empujando hacia atrás. Las sirenas no se escuchaban; el audio era el del estudio, pero aun así parecía que la pantalla olía a humo.

El reportero hablaba rápido, demasiado rápido, como si el miedo lo estuviera mordiendo por dentro.

—…estamos a dos cuadras del hospital general, donde se ha reportado un aumento inusual de agresiones. Las autoridades piden a la ciudadanía mantener la calma…

Pablo apretó los labios.

—“Mantener la calma”.

Diego alzó el celular, sin mirar a nadie.

—Es que no están diciendo la verdad —murmuró.

Pablo lo miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Cómo sabes tú?

Diego giró el teléfono, mostrándoles la pantalla. Era un video vertical, con letras grandes encima: “NO ES ENFERMEDAD. ES ALGO MÁS”. Se veía un pasillo, alguien filmando desde detrás de una puerta. Un hombre avanzaba tambaleándose. Tenía la camisa empapada, no de lluvia. De algo oscuro. Alguien gritaba “¡No, no, no!” y el hombre se lanzaba contra la cámara con un sonido húmedo.

Alicia levantó una mano.

—Diego, no… Renata está aquí.

Renata apartó la mirada, pero ya lo había visto. Sus dedos se apretaron alrededor de la taza.

Diego bajó el teléfono, igual de rápido, como si no quisiera admitir que ese video lo asustaba.

—Hay un montón. Está en todas partes. En TikTok, en Instagram… hay gente diciendo que los muerden y que… —hizo una pausa y tragó saliva— y que no se les quita el pedazo. Que siguen.

Pablo soltó una risa seca, sin humor.

—Claro. Y mañana van a decir que son aliens.

Diego levantó la mirada por primera vez, retándolo.

—¿Y si es verdad?

Ese “¿y si es verdad?” se quedó flotando, pegándose a las paredes como humedad.

En la televisión, el presentador cambió el tono, como si le hubieran pasado un papel nuevo por debajo de la mesa.

—Interrumpimos para informarles que el gobierno municipal ha declarado estado de emergencia sanitaria. Se suspenden clases, actividades públicas y se recomienda permanecer en sus hogares hasta nuevo aviso.

La palabra recomienda le sonó a Pablo como una broma. Recomendaban como si fuera un paraguas. Como si fuera una dieta.

Alicia volvió a la cocina, pero no se fue del todo. Se quedó en el marco de la puerta, observando cómo la sala se volvía más pequeña.

—Voy a llamar a mi mamá —dijo, más para sí misma.

Pablo asintió, sin mirarla.

—Sí. Y yo a mi hermano.

Diego resopló y volvió al celular. Renata se sentó en el sillón individual, encogida, como si pudiera desaparecer entre los cojines.

El teléfono de Alicia sonó en altavoz. Un tono. Dos. Tres. Nadie contestó.

La televisión siguió hablando de “medidas”, de “protocolo”, de “normalidad”. Como si la normalidad fuera un botón que se apretaba.

Pablo se levantó y caminó a la ventana. Desde ahí se veía la calle de su colonia: casas alineadas, árboles de hojas tristes, un coche estacionado en doble fila. Normal. Demasiado normal. Y esa normalidad, ahora, tenía algo de falso. Algo que parecía una máscara.

En la acera de enfrente, una mujer caminaba con bolsas del súper. Iba rápido, mirando hacia atrás cada dos segundos. Al cruzar por debajo del árbol grande, una bolsa se rompió y naranjas rodaron por el cemento. La mujer soltó una maldición, se agachó y empezó a recogerlas, desesperada.

De pronto se detuvo. Se quedó con una naranja en la mano, inmóvil.

Pablo frunció el ceño.

La mujer levantó la cabeza lentamente. Miró hacia la derecha. Hacia la esquina.

Luego empezó a correr.

No gritó. No pidió ayuda. Corrió como si de pronto hubiera entendido algo que Pablo todavía no podía ver.

Pablo abrió la ventana, impulsivamente.

—¡Oiga!

La mujer ni siquiera volteó. Solo corrió.

Pablo se quedó con la boca abierta. Cerró la ventana con cuidado, despacio, como si el aire de afuera pudiera entrar y contaminarlo.

—Pablo —llamó Alicia desde la cocina—, mi mamá no contesta.

—Seguro está ocupada —mintió él.

Renata miró hacia la ventana.

—¿Qué pasó?

—Nada —dijo Pablo. Y se odió a sí mismo por lo fácil que le salió.

Diego levantó la mirada otra vez, y sus ojos decían: Te dije.

En la televisión, pasaron a un comunicado “oficial”. Un hombre con traje, serio, leyendo de una hoja. Detrás de él, dos banderas. Todo limpio. Todo ordenado.

—…no hay motivos para alarmarse. Se trata de episodios de violencia aislada relacionados con…

Pablo esperó que dijera infecciones, drogas, psicosis. Dijo “alteración conductual”.

Alicia dejó caer el trapo en el fregadero con un golpe seco.

—¿Alteración conductual? —repitió—. ¿Así le dicen a… a lo que vimos?

Diego, sin que nadie se lo pidiera, abrió otro video. Esta vez sin sonido. Solo imagen.

Un hombre tirado en el piso de una calle. Dos personas intentaban levantarlo. De pronto, el hombre se incorporaba con un movimiento torpe, pesado, como si su cuerpo no quisiera obedecerle. Su piel tenía un tono extraño, como cera sucia. Abrió la boca y se vio el rojo oscuro de la lengua, la saliva espesa. Se lanzó hacia una de las personas con una lentitud que, de alguna forma, era más espantosa que la velocidad.

Pablo extendió la mano.

—Ya. Apágalo.

Diego dudó un segundo, pero lo apagó. Se quedó mirando su propia pantalla apagada, reflejado ahí, como si no reconociera su cara.

—No son rápidos —murmuró, casi para sí—. Pero no se detienen.

Renata apretó los labios.

—¿Qué son?

Alicia se acercó, se sentó al lado de Renata, y le tomó la mano.

—No sé, mi vida.

Pablo respiró hondo. Una vez. Dos. Se obligó a volver a ser el papá. El que sabe. El que decide.

—Lo que sea que sea, vamos a hacer caso. No salimos. Cerramos. Esperamos.

Diego soltó una risa sin humor.

—Sí, claro. Porque siempre arreglan todo.

Pablo lo fulminó con la mirada.

—Diego, basta.

El adolescente abrió la boca para contestar, pero se detuvo. Bajó los ojos. Fue el primer gesto pequeño, casi imperceptible, de que el miedo estaba ganando.

El celular de Pablo vibró. Era un mensaje de su hermano: “Dicen que en el centro hay gente atacando. No salgas. No dejes entrar a nadie.”

La frase “no dejes entrar a nadie” se le clavó en el estómago.

Alicia volvió a intentar con su mamá. Nada.

Un sonido seco, a lo lejos, llegó desde la calle. Como un golpe contra metal.

Pablo miró a la ventana de nuevo. Esta vez no la abrió. Solo pegó la frente al vidrio, sin darse cuenta.

Dos casas más abajo, un hombre estaba parado junto a su coche. Tenía las llaves en la mano. Estaba abriendo la cajuela. Su esposa, al lado, sostenía a un niño llorando. El hombre metía bolsas apresurado, como si preparara una huida.

Entonces, desde la esquina, apareció alguien caminando.

Al principio, Pablo pensó que era un borracho. Iba chueco. Descalzo. La camisa colgaba de un hombro, rasgada. La cabeza ladeada, como si el cuello le pesara. Caminaba arrastrando un pie.

El hombre del coche lo vio. Se enderezó.

El extraño siguió avanzando, lento. Muy lento.

La esposa del hombre del coche alzó la voz. Pablo no escuchó qué dijo, pero sí vio su expresión: asco, sorpresa, miedo. El niño lloró más fuerte.

El hombre del coche caminó hacia el extraño con una mano levantada, como si fuera a detenerlo.

Pablo sintió un impulso idiota: salir, ayudar, preguntar qué pasaba. El impulso de la normalidad.

El extraño levantó la cara.

Pablo vio la boca. Vio la piel alrededor, abierta en una grieta, como si alguien le hubiera arrancado un pedazo a mordidas y la herida no supiera cómo cerrarse. Vio el brillo húmedo en la barbilla.

El hombre del coche retrocedió un paso, instintivo.

El extraño avanzó.

El hombre del coche gritó algo. ¡Alto! quizá. O ¿Qué te pasa?

El extraño no reaccionó.

Y entonces ocurrió algo que hizo que el estómago de Pablo se revolviera: el extraño no corrió, no se lanzó como una fiera. Solo siguió caminando. Con paciencia. Con una insistencia inhumana.

El hombre del coche intentó empujarlo.

El extraño, como si ese contacto fuera un interruptor, abrió la boca y se pegó al brazo del hombre.

No fue una mordida rápida. Fue… pesada. Lenta. Como si masticara, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

El hombre gritó. La esposa gritó. El niño gritó.

Pablo retrocedió de la ventana como si le hubieran quemado la piel.

—¡Alicia! —gritó.

Diego ya estaba de pie.

—¿Qué pasa?

—No… no salgan. No se acerquen a la ventana.

Renata se levantó también, temblando.

Alicia corrió y se asomó. Pablo intentó detenerla, pero fue tarde. Alicia vio lo mismo que él y se tapó la boca con la mano.

—Dios…

En la calle, el hombre del coche se zafó de un tirón brutal. La carne parecía colgarle. Se tambaleó hacia atrás, apretándose el brazo, y cayó sentado en el pavimento. Su esposa intentó ir hacia él, pero el extraño ya avanzaba otra vez, arrastrando el pie, siguiendo el olor. Siguiendo el movimiento.

Como si la vida fuera un faro.

La esposa tomó al niño y corrió. No miró atrás.

El hombre del coche intentó levantarse. No podía. Su cara estaba blanca, sudada. Gritaba algo que Pablo no alcanzó a entender.

Diego se acercó a la ventana sin obedecer.

—No mames…

Pablo lo jaló del hombro, con fuerza.

—¡Te dije que no!

Diego se zafó.

—¡Pero está ahí! ¡Es aquí!

Renata se apretó contra Alicia, y Alicia, por primera vez, no intentó fingir calma. Solo abrazó fuerte, como si pudiera protegerla con su cuerpo.

En la televisión, el presentador seguía hablando de “aislado”.

Pablo caminó hasta el televisor y lo apagó.

La sala quedó en silencio, salvo por los gritos que ahora se filtraban desde afuera, apagados por el vidrio pero reales.

Pablo respiró hondo otra vez. Sintió el corazón golpeándole las costillas. Se obligó a pensar como siempre pensaba cuando algo se salía de control: pasos. Lista. Orden.

—Cerramos todo —dijo, más fuerte de lo necesario—. Puertas, ventanas, cortinas. Nadie sale. Nadie entra.

Diego lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Y el señor?

Pablo sintió la pregunta como un cuchillo. El hombre en la calle ya no gritaba. Se escuchó un golpe seco, como cuando algo pesado cae.

Pablo abrió la boca.

No le salió nada.

Alicia apretó más a Renata.

—Pablo… —susurró.

Pablo tragó saliva, y su voz salió ronca.

—No podemos. No sabemos qué es eso. No sabemos si… si se contagia, si…

Diego lo interrumpió:

—¡Claro que se contagia! ¿No viste? ¡Lo mordió!

La palabra “mordió” hizo que Renata soltara un sollozo.

Pablo se giró hacia su hija y de inmediato bajó el tono.

—Renata, ven. —Se acercó, le tocó el cabello, torpe, como si nunca hubiera aprendido a consolar—. Vamos a estar bien. ¿Sí?

Renata lo miró con los ojos llenos de lágrimas, como si quisiera creerle.

—¿Lo prometes?

Pablo abrió la boca para decir “sí”. El sí automático. El sí de papá.

Pero el ruido de afuera cambió. Ya no era solo grito humano. Era algo más: un sonido rasposo, arrastrado, como si varias cosas pesadas se movieran al mismo tiempo.

Pablo se quedó callado.

Alicia lo miró, y en esa mirada hubo algo que él nunca había visto: un reproche anticipado. No por lo que hacía, sino por lo que no haría.

Diego se mordió el labio, y su cara, por un segundo, dejó de ser adolescente. Se volvió un niño que acababa de descubrir que los adultos también mienten.

—¿Qué hacemos? —preguntó Alicia, apenas.

Pablo caminó hacia la puerta principal, la tocó con la palma abierta. La madera se sentía normal. Sólida. El mundo seguía igual por dentro.

Por fuera, algo se estaba rompiendo.

—Hacemos caso —dijo—. Nos quedamos en casa.

Y entonces, como si la frase lo hubiera invocado, sonó un golpe contra algo metálico afuera. Luego otro. Luego un grito que se cortó a la mitad, como si alguien hubiera apagado una luz.

Renata se cubrió los oídos.

Alicia cerró los ojos.

Diego miró su celular, como si esperara que la pantalla le diera instrucciones.

Pablo se quedó de pie frente a la puerta, sin saber si la estaba protegiendo o si estaba atrapado del lado equivocado.

El silencio volvió por un segundo. Un silencio tan artificial que dolía.

Y entonces, desde afuera, llegó un sonido nuevo: un roce. Lento. Persistente. Como uñas pasando por algo duro.

Pablo se quedó congelado.

Alicia susurró, casi sin voz:

—Pablo…

Él no contestó. No porque no quisiera. Porque en ese instante, por primera vez, entendió algo sin necesidad de TikTok ni de noticiero:

Lo que estaba afuera no era un rumor. No era “aislado”. No era un “incidente”.

Era real.

Y estaba cerca.

Muy cerca.

Pablo giró el cerrojo con un clic que sonó demasiado fuerte en la casa silenciosa.

—Nadie abre —dijo, y su voz no fue un consejo, fue una orden, como si pudiera ordenar al mundo que obedeciera—. Pase lo que pase… nadie abre.

Diego apretó la mandíbula.

Alicia asintió, todavía abrazando a Renata.

Y en el pasillo, donde la luz del atardecer ya no alcanzaba, la casa —su hogar— se sintió por primera vez como un lugar que podía fallarles.

Como una promesa vieja a punto de romperse.