PREFACIO
IGLESIA CONSTANTINOPOLITANA DE NATTVIK
Viernes 13 de octubre
HAILEE
El sonido de mis zapatos resuena en la iglesia y las conversaciones se apagan. Las campanas anuncian la despedida de un hombre cuyo nombre casi nadie pronuncia.
Él camina por el pasillo central con la misma compostura de siempre. Traje sobrio, gestos medidos, la serenidad intacta. Nadie parece notar que llegó antes que el ataúd. Nadie, excepto yo.
Se detiene a mi lado.
—No fue algo que disfrutara —dice en voz baja, sin mirarme—. Pero era necesario.
No pregunta si lo entiendo. Sabe que sí.
Observo el féretro cerrado. En Nattvik, las muertes se envuelven en explicaciones cómodas: accidentes, errores, silencios bien colocados. Nadie hace demasiadas preguntas cuando la respuesta podría incomodarlos.
Yo tampoco hago preguntas.
Recuerdo al hombre.
Recuerdo lo que hizo.
Recuerdo el momento exacto en que comprendí que alguien debía detenerlo.
Él lo hizo.
No siento alivio. Tampoco culpa. Solo una calma extraña, pesada, que se instala en el pecho como una verdad que no pide permiso.
Cuando inclina la cabeza frente al ataúd, su reflejo se distorsiona en la madera pulida. No hay arrepentimiento allí. Pero tampoco orgullo.
Sé que debería sentir algo distinto.
Sé que debería apartarme.
Porque, aunque no pueda nombrarlo, hay una parte de mí que entiende por qué ese hombre ya no está aquí.
Y una parte más oscura que acepta el precio.