▪️ LOVE
“Cuando dos personas se aman y no pueden seguir adelante, esa es la verdadera tragedia”
-Gone Girl
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El día que Kim Seungmin recibió su tan anhelada propuesta de matrimonio, una sola idea cruzaba por su mente: Por fin su vida estaba completa.
Bang Chan estaba decidido a darle a su novio Seungmin lo mejor de sí mismo. Después de cuatro años de noviazgo, habló con los padres del chico y al tener su permiso, le propuso unir sus vidas para siempre, o al menos eso pensaba él.
La boda fue hermosa, un poco ostentosa por parte de la familia Kim, pero al final solo importaba la felicidad de las dos personas que uno frente al otro se habían jurado un amor incondicional, honestidad, respeto y fidelidad.
La vida para ambos no podía ser más perfecta.
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—¡Feliz aniversario, amor!
El sol apenas se comenzaba a asomar por la amplia ventana de la habitación, eran pasadas las siete de la mañana, Chan tenía que irse al trabajo, pero no quería dejar pasar la oportunidad de sorprender a su esposo con un romántico desayuno en la cama.
Seungmin entre abrió los ojos, medio cubiertos por su cabello castaño oscuro, se estiró un poco, desperezándose y sonrió dulcemente a su esposo, que lo veía desde el otro lado de la cama.
—Feliz aniversario —respondió con voz adormilada, pero sonriente.
—No quería irme sin tener un detalle contigo —dijo, mientras ponía la bandeja en la mesita de noche y se sentaba al lado de Seungmin, quién estiró los brazos para recibir un abrazo.
—Tu regalo te esperará está noche —susurró junto a su oído, dejando también un beso húmedo en el lóbulo de su oreja.
Chan sonrió lascivamente, vió al castaño a su lado y se preguntó cómo es que esa cara tierna y linda podía ser tan salaz.
No le molestaba para nada, al contrario, para él era bastante satisfactorio que su esposo fuera tan erótico o lujurioso, pero seguía sorprendiéndose de que ese dulce rostro siempre pidiera tanto de él.
—Lo esperaré con ansias —sonrió, plantando un beso en su sien.
—Tengo que ir a la oficina hoy y no sé a que hora terminaré. ¿Podemos pedir algo para cenar? —preguntó Seungmin levantándose de la cama y caminando hacia el baño para lavarse la cara y los dientes.
—Claro, dime lo que quieres y lo pediré, cálculo estar aquí alrededor de las cinco.
—Lo que tú quieras, amor. Sabes que lo único que me importa es el postre.
—Eres demasiado, Kim Seungmin.
Chan escuchó la escandalosa risa de su esposo en el baño y sonrió, era increíble la felicidad que se podía sentir con solo estar al lado de la persona correcta.
Ese día estaban celebrando su segundo aniversario de bodas, los días desde ese maravilloso evento habían pasado demasiado rápido. A veces le costaba creer que ya hubiera pasado tanto tiempo, parecía como si apenas ayer estuvieran conociéndose en la universidad.
Pero la verdad es que los años pasaban sin sentirlos porque la felicidad que sentían era demasiada, el amor se desbordaba por sus poros y no había nada que pudiera hacer más perfecto su matrimonio, al menos eso era lo que pensaba Chan.
—Me voy —avisó cuando vió salir a Seungmin del baño.
—Está bien, nos vemos está noche.
El castaño se acercó y abrazó cariñoso a su esposo, le dió un beso rápido en la boca y otro en cada mejilla.
Lo acompañó al primer piso hasta la puerta principal y lo despidió desde la entrada como el perfecto esposo que siempre era.
Subió de nuevo a la habitación y se sentó en la orilla de la cama, miró el desayuno que con tanto esfuerzo hizo Chan. Estaba adornado con un tulipán rojo, su flor favorita, sonrió enternecido de que aún siguiera recordando esos detalles.
Comió todo con avidez, no porque no lo disfrutara, si no porque se le hacía tarde. Tomó una ducha rápida, lavó los platos que Chan había dejado sucios por el desayuno y salió de la casa, subiendo a su camioneta negra para ir al trabajo.
Condujo por unos veinte minutos y se detuvo en la cafetería que estaba en contra esquina de su oficina.
—¡Kim! —saludó el barista detrás del mostrador. La piel canela del chico resaltaba en el iluminado espacio y sus labios se curvaron en una enorme sonrisa.
—Jisung —sonrió, acercándose—. ¿Otra vez te quedaste sin empleado? —preguntó al no ver al chico que había empezado a trabajar ahí hace apenas una semana.
—No sabe hacer café, todo le quedaba demasiado dulce, incluso el matcha. ¿Quién hace un matcha tan dulce? Dime.
—Tu ex empleado —respondió.
Jisung resopló mientras preparaba una bebida en un vaso de plástico transparente.
—¿Sabes? El fin de tener un negocio propio y contratar ayuda es que tú dejes de trabajar tanto.
—Si dejara a cualquier chiquillo atender mi cafetería perdería a mis clientes. Vienen porque saben que el café que hago es bueno —dijo, tendiendole la bebida que acababa de terminar.
Seungmin la tomó y dió un sorbo, sintió la cafeína entrar a su sistema. Sonrió complacido.
—Yo diría que es excelente, como siempre.
—Para servirte —hizo una reverencia, satisfecho con el cumplido.
Han Jisung era el propietario de una cafetería en el centro de la ciudad. Hacía cinco años que junto a su ex pareja comenzaron los planes de emprender ese negocio. Después de ahorrar durante más de tres años y privarse de cualquier lujo innecesario lograron alquilar el lugar e iniciar su sueño.
Para su desgracia o fortuna, a solo dos semanas de la inauguración, su ex novio conoció al que él mismo llamó “el amor de su vida” y decidió marcharse, dejándole por completo la administración del negocio, la renta y todo lo que significaba atender la cafetería a él solo.
Pasó casi un mes llorando y retrasando la apertura de la sucursal, estuvo a nada de abandonarlo todo, cancelar el contrato de alquiler, vender todo el mobiliario e insumos que ya había adquirido y regresar a trabajar como barista en la cafetería de alguien más, hasta que conoció a Kim Seungmin.
En ese entonces Seungmin tenía ya unos meses trabajando en la oficina que estaba en contra esquina del local.
Aquel día Jisung estaba parado frente a la cafetería cerrada, pensando seriamente si debía dejar ir el sueño de su propio negocio o arriesgarse y posiblemente fracasar en grande, cuando ese chico alto y de actitud fría se acercó a él y se paró a su lado.
—¿Tú también estás esperando que abran? Me entusiasmé cuando vi que habría una cafetería tan cerca de mi trabajo, pero cancelaron la apertura.
—Pero hay más cafeterías por aquí —respondió Jisung extrañado.
—Son un asco, pensé que tal vez esta sería diferente, no se ve tan comercial como las demás —suspiró.
—La próxima semana es la inauguración —respondió con un tono confiado.
—¿En serio? ¿Cómo lo sabes? —preguntó receloso.
—Porque yo soy el dueño.
Seungmin lo miró incrédulo, probablemente pensó que solo estaba bromeando. Pero el siguiente lunes cuando iba llegando al trabajo, vió que el lugar estaba abierto.
Había globos decorando la entrada y pudo ver al mismo chico de cabello rubio que se encontró aquel día en la calle, el joven atendía el mostrador con una hermosa sonrisa y cuando sus miradas se cruzaron, lo llamó con un gesto, indicándole que entrara.
—Toma.
Jisung le tendió un vaso grande de color transparente llenó de café casi hasta el borde. No le preguntó cómo le gustaba, ni si lo prefería frío o caliente.
Ese era su don, con relativa facilidad podía deducir los gustos de los demás sin que se lo dijeran. Fue la consecuencia de trabajar tantos años en ese ramo y ser tan perceptivo con las demás personas.
Seungmin sujetó el vaso de café helado y un poco dudoso puso la pajilla entre sus labios, dando un ligero sorbo.
Sus ojos se ampliaron con sorpresa.
—Estoy a nada de golpearte —dijo, provocando que el chico detrás del mostrador hiciera una mueca de terror, pensando que su elección fue incorrecta—. ¿Cómo fuiste capaz de dejarme sufrir un mes sin esto? ¿Por qué diablos no abriste antes?
Jisung sonrió feliz y supo que había tomado la decisión correcta al abrir la cafetería.
Lo que siguió a ese día fue una montaña rusa de emociones, los primeros meses estuvieron bastante tranquilos, hasta que los clientes se triplicaron gracias a las recomendaciones que escuchaban.
Tuvo que contratar un empleado, pero Han era tan quisquilloso que terminaba despidiendo a todos por cualquier nimiedad, así empezó el desfile interminable de ayudantes en la cafetería.
La única constante era siempre Han Jisung, y Kim Seungmin como su más fiel cliente.
Con el paso de los meses y las pláticas matutinas compartidas, construyeron una amistad bastante estable, aunque raramente se veían fuera del trabajo, ya que el horario de Jisung era demasiado absorbente, estaban muy al tanto de la vida del otro.
—¿Te decidiste por algún regalo de aniversario? —preguntó el rubio, al mismo tiempo que limpiaba el mostrador.
—¿Mi cuerpo no es suficiente regalo?
Jisung le dió una mirada de arriba a abajo y se encogió de hombros.
—Yo preferiría un reloj.
El castaño se carcajeó ruidosamente.
—Le compré unos audífonos nuevos, perdió los suyos hace un par de semanas.
Seungmin revisó su reloj y terminó el contenido de su vaso de un solo trago.
—Debo irme, tengo una reunión temprano —dijo, depositando un billete en el mostrador—. Pasaré por el cambio cuando salga, pero en forma de un pastelito.
—Está bien, ten un buen día —se despidió Jisung, viendo salir a su amigo.
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A media mañana Seungmin salía de la sala de reuniones junto a un joven, quien era el becario del departamento que ese año estaba haciendo prácticas en la compañía.
—¿Deberíamos preocuparnos? —preguntó el chico.
—No lo creo —respondió Seungmin, bastante tranquilo.
Al parecer la editorial en la que trabajaba estaba atravesando un momento crítico financieramente y comenzaba el rumor de un posible recorte de personal.
La junta de esa mañana fue para esclarecer la información. En efecto, a finales de mes tendrían una evaluación de resultados y quienes no alcanzarán lo establecido tendrían que ser retirados de sus puestos.
Seungmin era un empleado bastante capaz y eficaz, su trabajo se enfocaba principalmente en la corrección de escritos científicos o artículos históricos. Le gustaba demasiado su empleo, era relajado y tranquilo, y por esa misma razón estaba un poco preocupado.
Últimamente su ritmo se había ralentizado y estaba consciente de eso, pero tampoco quería estresarse de más, tal vez un cambio de aires le vendría bien.
Se sentó en su escritorio y ajustó las gafas de lectura sobre su nariz, estiró las piernas y los brazos, relajándose un poco y siguió con sus actividades.
Ese día no tomó su hora del almuerzo, prefirió seguir trabajando y reducir sus pendientes lo más que pudiera. Continuó así todo el día, hasta casi las siete de la tarde.
Miró el reloj, pensativo, y apagó la computadora, a esa hora ya no quedaba nadie más en el departamento, así que cerró la puerta y bajó al primer piso.
Antes de subir a su camioneta pasó a la cafetería de Han como era su costumbre.
—Saliste tarde —saludó el rubio, que estaba en una mesa sirviendo unas tazas de té.
—Creo que me van a despedir.
—¿Por qué lo dices? —preguntó, mirándolo preocupado.
—Es un presentimiento.
—No sobrepienses mucho.
Seungmin asintió y se acercó a la vitrina de postres que había al lado del mostrador. Solo había una baguette y un pequeño pastel de zarzamora.
—¿Se vería mal si le llevo una baguette a Chan?
—Pensé que le darías tu baguette.
—Oye, baja la voz, tienes clientes.
Jisung sonrió, y se inclinó para sacar el pastelito de zarzamora y ponerlo en una caja pequeña, agregando un lazo dorado.
—Toma —le pasó la caja con cuidado.
—Gracias, ¿puedes agregar dos cafés helados a mi cuenta?
—Sin problema.
El rubio se giró para preparar las bebidas, mientras el otro chico lo ayudaba a limpiar la mesa que acaba de desocuparse.
En ese momento el sonido de la puerta abriéndose, lo hizo levantar la vista, pudiendo ver a un alto pelinegro entrar tranquilamente.
—¡Hola! —saludó animado, mirando primero a Seungmin y luego dirigiendo la vista al mostrador.
—Hola, Jeongin —respondió Seungmin con una sonrisa amable.
Yang Jeongin o Innie, era el amigo especial de Jisung por decirlo de alguna manera.
Se habían conocido unos meses atrás, cuando el chico entró a la cafetería y de manera directa y coqueta le pidió a Han su número de celular, desde entonces habían estado involucrados en una relación ambigua.
—¡Hola, Innie! —saludó el rubio.
—¿A qué hora terminas?
—En un par de horas probablemente ¿vas a llevarme a algún lado?
—A mi casa —respondió, guiñandole el ojo.
—Tentador —sonrió, acercándose al más alto y pasando un dedo por su pecho, haciendo que Jeongin sonriera.
—Sigo aquí, ¿saben? —dijo Seungmin con su característica voz seria.
—¿Por qué? Ya vete, te esperan en casa.
El castaño giró los ojos ante el comentario de su amigo y fue por las bebidas que le había preparado.
—Nos vemos mañana —se despidió de los dos chicos y salió por la puerta.
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Cuando llegó a su casa vió el auto de su esposo estacionado en la entrada, tomó la caja del pastel, la bolsa con el regalo que había preparado, junto a los dos vasos de café y salió de la camioneta.
Tocó la puerta y esperó a que abrieran.
—Bienvenido, amor —saludó Chan, ayudándolo a cargar los vasos.
—Hola, cariño —dejó un beso tierno en su mejilla y extendió la bolsa que llevaba consigo.
—Gracias, Seung —sonrió, asomándose y viendo lo que había dentro del envoltorio—. ¿Por qué no subes y tomas una ducha? Yo terminaré de arreglar la mesa.
—Está bien, ya bajo —entró a la cocina para dejar la caja del pastel y subió al segundo piso.
Tomó una ducha larga y después se puso un pantalón de chándal gris y una sencilla camiseta negra, quería estar cómodo; se peinó el cabello y bajó rumbo al comedor.
La mesa ya estaba puesta cuando llegó, Chan había ordenado comida italiana de su restaurante favorito. Había un ramo de rosas rojas enfrente de su silla, lo tomó con cuidado y lo puso en un jarrón que después llenó con agua, ubicándolo en medio de la mesa.
Chan se acercó por detrás, pasando las manos por su delgada cintura y recargando la barbilla en su hombro.
—¿Te gusta?
—Claro, siempre me gusta lo detallista que eres.
—Cenemos, si no se enfriará todo —dejó un beso en la mejilla del castaño y lo invitó a sentarse.
—Tal vez tenga que conseguir otro trabajo —soltó Seungmin después de unos minutos de haber comenzado a comer.
—¿Por qué? ¿Pasó algo? —preguntó Chan, un poco preocupado.
—Habrá recorte de personal.
—Bueno amor, no te preocupes por eso. Sabes que puedo correr con los gastos de la casa sin problema. Si acaso llegas a quedarte sin empleo, tómate tu tiempo en buscar algo que se ajuste a ti.
—Gracias —sonrió con cariño.
La cena siguió sin inconvenientes entre una conversación tranquila, característica de las parejas que ya tienen años conviviendo.
—Puedes ir a bañarte, yo me encargo de limpiar —propuso Seungmin cuando terminaron la comida.
—Está bien.
El castaño recogió la mesa y tiró la basura en el contenedor de la cocina, lavó los platos y ordenó todo antes de tomar la cajita del pastel y subirla a la habitación.
Chan aún no salía del baño, así que aprovechó y se recostó en la cama, puso la caja en la mesita de noche, sacando el contenido y poniéndolo a un lado del empaque.
A los pocos minutos Chan salió con el cabello todavía húmedo y una toalla envuelta en la cadera, vió a su esposo acostado en el colchón con esa expresión seria que mantenía en ocasiones.
Lo conocía demasiado bien para saber lo que pasaba por esa castaña cabeza, sonrió para sus adentros y sintiendo la mirada de Seungmin sobre él todo el tiempo, se giró dándole la espalda y se dirigió al armario.
Se quitó sin vergüenza alguna la toalla que aún cubría la mitad de su cuerpo, quedando completamente desnudo.
Escuchó una breve risa detrás de él, haciéndolo sonreír aún más.
—¿Por qué finges que vas a ponerte algo de ropa? Bien sabes que te la voy a quitar en cuanto vengas aquí —dijo Seungmin con voz ronca y pausada.
Chan rió divertido y se dirigió a la cama, dejando ver a su esposo su trabajado cuerpo por completo.
—Pensé que el postre serías tú —dijo, señalando con la cabeza el pastel que había en la mesita de noche.
—Ambos —respondió tranquilo.
Seungmin se enderezó y se quitó la camiseta, quedándose únicamente con el pantalón; con el dedo índice tomó un poco del betún del pastel, untandolo despreocupadamente en la comisura de sus labios.
—¿Quieres probarlo? —preguntó con una media sonrisa.
Chan no respondió, pero se inclinó y lamió lentamente el dulce, sin embargo no se detuvo ahí, pasó ligeramente la lengua por los labios del castaño, provocándole.
Seungmin tomó más betún entre sus dedos pero en lugar de usarlos en el mismo, extendió la mano y dejó un camino blanco en el pecho de Chan, desde la clavícula hasta su ombligo.
—Me acabo de bañar, voy a quedar pegajoso.
—Yo me encargo de eso.
Se puso de rodillas e inclinándose levemente comenzó a besar y chupar la piel clara de su esposo, quitaba con la lengua el betún dulce y después besaba cariñosamente el área.
Descendió poco a poco, hasta llegar a su vientre, sintiendo los músculos tensarse bajó su boca.
Subió de nuevo hasta unir su boca con la de Chan, sujetó con fuerza el largo cabello negro de éste, exigiendo que respondiera la desesperación de su toque.
El pelinegro lo sujetó por la cintura y lo sentó a horcajadas encima de su regazo. Seungmin soltó una exclamación al sentir entre las piernas el ya crecido bulto de Chan.
El único sonido que se escuchaba era la respiración pesada de ambos y los besos húmedos que iban y venían, las manos ansiosas de ambos viajaban a lo largo de sus cuerpos, tomando, acariciando y apretando todo lo que estuviera a su alcance.
—Vamos, hazlo —urgió Seungmin al sentir el cuerpo tan caliente que parecía no poder soportarlo más.
Chan besó cariñosamente el rostro del castaño, que se retorcía sin control debajo de él y le quitó de un solo movimiento los pantalones de chándal que aún llevaba puestos, acomodo las piernas sobre sus anchos hombros e introdujo uno de sus dedos en la entrada caliente, después de sentir que estaba listo, cambio sus dedos por su miembro y se hundió con cuidado en el cálido cuerpo que rápidamente lo abrazó.
Sintió las paredes internas del castaño ajustarse a él mientras entraba y salía de su cuerpo, manteniendo un movimiento pausado y cadencioso.
Los gemidos descontrolados llenaron la habitación, Seungmin rasguñaba con ganas la espalda del pelinegro con el fin de liberar aunque fuera un poco la sensibilidad que sentía, el interminable vaivén electrificaba por completo su cuerpo. Su pareja aumentaba por ratos la velocidad y cuando pensaba que no iba a soportar más, calmaba sus movimientos hasta hacerlo desesperar, sin duda sabía cómo mantenerlo al borde.
—Voy a terminar, amor —dijo Chan con voz jadenate cerca de su oído.
Dió unas embestidas más, y se corrió en su interior, pudo sentir el calor llenando su vientre y un par de minutos más tarde percibió el abandono del cuerpo de su esposo.
Chan se enderezó tomando una toalla para limpiarlos a ambos y después se tiró nuevamente sobre Seungmin, llenando de besos el delgado cuerpo, llegó hasta su entrepierna, mimando con cariño el erguido miembro que seguía pidiendo atención.
El castaño cerró los ojos con fuerza dejándose hacer pero mientras sentía la húmeda boca de su esposo aprisionar la parte más sensible de su cuerpo, su mente luchaba por concentrarse únicamente en las sensaciones que fluían en él.
Sus pensamientos divagaban, haciendo difícil enfocarse y no entendía por qué.
Tardó casi diez minutos en poder liberarse, bastante avergonzado por hacer que Chan lo masturbara durante tanto tiempo.
—Lo siento, creo que estoy muy estresado —se disculpó Seungmin cuando su esposo lo ayudó a ponerse de pie para tomar una ducha.
—No te preocupes cariño, no tiene nada de raro. Te amo, Seung —sonrió.
—Te amo.
Correspondió su sonrisa, agradecido de tener a este hombre tan tolerante y comprensivo a su lado, pero aún así, un sentimiento extraño se instaló en su pecho.
Entró primero al baño y bajo la fría agua de la regadera, repasó las últimas veces que había tenido intimidad con Chan.
Puede ser que su esposo no se hubiera dado cuenta, pero la verdad es que en el último mes, la mayoría de las veces que habían tenido relaciones le había costado más de lo normal llegar al clímax.
Lo disfrutaba demasiado, no había duda de eso, pero comenzaba a sentir que tal vez algo faltaba, tampoco era que no hubiera atracción hacia Chan, lo encontraba incluso más sugerente que cuando eran más jóvenes.
Un recuerdo llegó a él, casi como un pensamiento intrusivo, pero rápidamente lo sacudió fuera de su mente. No tenía tiempo para esas tonterías.
Terminó de ducharse y salió vestido con su pijama directo a la cama.
Cuando Chan salió de bañarse, el castaño ya estaba profundamente dormido, exhausto de un día tan ajetreado, se metió a la cama envolviendo con un brazo su delgada cintura y se acurrucó junto a su cuerpo, quedándose dormido en poco tiempo.








