Prólogo
Un eco antiguo se expandió en una circunferencia perfecta por el bosque que rodeaba a la Academia Cross.
No fue un sonido violento ni abrupto: fue suave, casi delicado. Como el tintinear lejano de un cascabel olvidado. Tal vez, como una gota de agua cayendo en un charco oculto dentro de una cueva, donde nadie escucha… salvo aquello que puede oírlo aún.
Fué entonces que la batalla se quebró. No terminó: se suspendió, como si el mundo hubiese contenido el aliento.
Los cazadores giraron la cabeza instintivamente, buscando un origen imposible.
Los niveles E se detuvieron en seco, sus gruñidos se ahogaron en la garganta, sus cuerpos temblaron como animales a los que se les acaba de imponer una orden que no comprenden, pero obedecen.
Los vampiros nobles, aún en guardia, alzaron la mirada hacia una misma dirección, con una inquietud que no provenía del miedo… sino del reconocimiento.
El silencio cayó de golpe, denso, antinatural.
Incluso Rido Kuran, el sangrepura que comandaba el ataque con una sonrisa de arrogancia eterna, se quedó inmóvil.
Su expresión se tensó apenas, lo justo para delatar que algo —alguien— había captado su atención.
Observó los alrededores, atento, alerta, como un depredador que percibe la llegada de otro más antiguo que él. Reconoció una energía, la otra lo estremeció involuntariamente.
Y entonces…
Frío.
El aire descendió varios grados en un instante imposible.
Copos de nieve comenzaron a caer, pequeños, lentos, silenciosos, como si no pertenecieran a esa estación ni a ese lugar.
No eran una tormenta: eran un anuncio.
Y el perfume…
Suave.
Elegante.
Letal.
Rosas abiertas en plena noche.
Atropa belladonna creciendo donde nada debería vivir.
Yagari fue el primero en comprender. Su cuerpo se tensó como un arco al borde de romperse y, sin perder un segundo más, se movió con decisión hacia un único punto: la torre. El lugar donde Zero había sido encerrado.
Subió los escalones con el corazón golpeándole el pecho y abrió la puerta de golpe.
Se quedó inmóvil.
La sangre aún manchaba el piso. Oscura, seca en algunos tramos, fresca en otros.
Bloody Rose yacía olvidada a un costado, como si hubiese sido soltada sin resistencia.
Las cadenas… rotas. No arrancadas con violencia, sino abiertas como si nunca hubieran tenido derecho a retener a nadie.
Zero no estaba.
Pero Yagari sabía, con una certeza que le heló la espalda, que no se había ido solo.
Alguien había entrado allí.
Alguien lo había reclamado.
Avanzó despacio.
Su bota golpeó algo en el suelo y un sonido leve tintineó en el aire:
Un cascabel.
Bajó la mirada, se agachó; lo reconoció de inmediato.
Ese listón…
Ese pequeño accesorio…
“Ichiru”.
Era el que Ichiru solía usar en el cabello, atado a su coleta, un detalle tan frágil como su propia existencia.
Ichiru había estado allí.
Y entonces Yagari lo vio: Entre las grietas de los ladrillos grisáceos, justo en la unión del piso y la pared, crecía una belladonna.
Viva.
Perfecta.
Imposible.
—Zero… —murmuró.
Recogió a Bloody Rose.
Luego el cascabel.
Lo hizo con un cuidado que no solía concederle a nada, como si ambos objetos fueran reliquias.
Salió de la torre sabiendo que debía seguir moviéndose: allá afuera aún había vampiros rebeldes… o eso debería haber.
Pero no era así.
La interrupción que todos habían sentido mantenía el campo de batalla en un estado de desconcierto absoluto.
Nadie atacaba.
Nadie huía.
Era como si la violencia hubiese olvidado cómo continuar.
El cielo comenzó a oscurecerse.
No azul.
No violáceo.
Negro.
Un negro absoluto, como si un manto de cuervos cubriera el firmamento.
No había luna.
No había estrellas.
Y aun así…
Yagari no sintió un mal presentimiento.
Y eso lo perturbó más que cualquier amenaza.
En otro punto de la Academia Cross, Kuran Kaname frunció el ceño y cerró los puños con fuerza.
Zero e Ichiru ya no estaban.
No solo ausentes físicamente: no se sentían dentro de los límites que abarcaba la Academia.
Era como si un viento helado los hubiese arrancado de la realidad misma desde el inicio.
Sus ojos granates buscaron a Yuuki, que acababa de ser liberada del agarre de Rido.
—Tantos años… —murmuró Rido, con el ceño fruncido—. ¿Por qué ahora?
Nadie lo notó, pero un ardor conocido recorrió su garganta y descendió hasta su pecho. Hasta su corazón, hasta el sello secreto que lo anclaba a alguien que conocía demasiado bien.
Maldijo en voz baja.
Miró una vez a Kaname.
Luego a Yuuki.
Y finalmente se dio la vuelta.
Se retiró.
Arruinó su propio plan, aun sabiendo que podía haberlo logrado con facilidad.
Pero no podía ignorar ese reconocimiento. No quería hacerlo.
Esa energía…
No la rechazaba, al menos no del todo, sabía que estaba anclado y el tampoco era del todo libre.
Los niveles E lo siguieron sin cuestionar.
El ataque se disipó en un suspenso asfixiante, tan irreal que nadie pudo creer, de inmediato, que estaban a salvo.
Pero lo estaban.
—¿Qué acaba de ocurrir, Kaname-oniisama?—preguntó Yuuki, corriendo hacia él.
Silencio.
Otro copo de nieve cayó y se volvió agua al tocar el suelo.
“
Blanco
…”
Kaname alzó la mirada.
El cielo seguía oscuro.
“
Negro
…”
Y entonces, justo antes de responder a la recién despertada vampiresa, el viento invernal arrastró un pétalo de rosa frente a ellos.
“
Rojo
”
Tan rojo como la sangre.
Una señal.
Tal vez estaba sobreanalizando…
Pero algo dentro de él gritaba que no era coincidencia.
Alguien había entrado en escena.
Alguien que se regía por esos colores.
Por ese presagio.
Kaname levantó la vista una vez más.
El cielo comenzaba a aclararse.
Azul profundo con tonos violáceos.
Las estrellas reaparecieron, titilando en un plateado más vivo, más intenso, como si el firmamento hubiese sido renovado.
El viento helado agitó los árboles.
Y, para sorpresa de todos, estos lucían más verdes.
Más llenos de vida.
Como si respondieran a una orden antigua, irrevocable.
—Tampoco tengo la respuesta, Yuuki… —dijo Kaname al fin.
Porque aquel suceso no resolvía nada. Solo lo había complicado todo.
Años de planes se habían visto interrumpidos.
El equilibrio, su equilibrio había sido alterado.
Y ahora, con Yuuki despierta…
El destino acababa de volverse infinitamente más peligroso.
Poenia Valehart
02/01/2026









Buen inicio, interesante, llamativo, deja un buen sentimiento de suspenso por saber qué sucedió.