Capítulo 1
El viernes 24 de marzo de 1876 llegaba despacio a Saumur: un resplandor de oro mortecino filtrándose entre techos de pizarra y chimeneas humeantes, escarchando los faroles y las ramas peladas del boulevard principal. En las casas de las familias acomodadas, los criados ya encendían los fuegos en las chimeneas, y el aroma del café recién hecho se filtraba por las ventanas. Los primeros en moverse eran siempre aquellos cuyo trabajo no admitía el lujo de dormir hasta tarde.
Françoise de Jaucourt, con veintiún años recién cumplidos, caminaba por las calles empedradas del barrio más elegante de Saumur con su portafolio de cuero bajo el brazo. El portafolio, de modestia elegancia, contenía sus materiales de enseñanza: libros cuidadosamente seleccionados, cuadernos de práctica, plumas y tinta de buena calidad. Se había puesto el vestido de color vino que solía usar como uniforme de los viernes, remendado en lugares donde la tela se había desgastado por el uso, pero limpio y bien presentado. El cabello rubio dorado caía sobre sus hombros resaltando el porte aristocrático que le venía de nacimiento, hebras que brillaban al sol movidas suavemente por el viento matinal. Llevaba el mentón alto y la espalda recta, como un gesto innato de distinción que cargaba como segunda piel, a pesar del cansancio que se acumulaba en sus hombros.
La casa Beaumont se alzaba al final de la avenida: una estructura elegante de tres pisos con ventanas amplias y un jardín bien cuidado. Françoise había llegado a conocer cada grieta de la escalera de entrada, cada particularidad del salón privado donde daba clases. Hacía casi dos años que enseñaba a los hijos menores de Monsieur y Madame Beaumont: Catherine, de once años, y Philippe, de nueve. Durante tres días a la semana, de ocho a diez de la mañana, era su responsabilidad educarlos en gramática, latín, historia y aritmética. Llamó discretamente a la puerta lateral que daba al salón de estudios. Una criada de rostro familiar la recibió con una sonrisa.
—Mademoiselle Jaucourt, buenos días. Madame la espera.
Françoise entró al salón que había llegado a considerar casi como un segundo hogar. Las paredes estaban forradas de libros, había un escritorio de caoba pulida y dos pupitres pequeños para los niños. La luz matinal entraba generosamente por las ventanas que daban al jardín. Madame Beaumont estaba allí, una mujer de mediana edad con gafas de montura dorada.
—Buenos días, mademoiselle Jaucourt. —Madame Beaumont se levantó para saludarla—. Catherine está lista, pero debo informarle que Philippe se siente indispuesto esta mañana, preferí que descansara hoy.
—Comprendo perfectamente, madame. Espero que se mejore pronto, con Catherine procederemos entonces.
Madame Beaumont sonrió
—He notado sus progresos en latín, es admirable. Su padre debe haber sido un excelente maestro.
El comentario, bien intencionado como era, apretó algo en el pecho de Françoise. Su padre, de origen aristocrático, el hijo menor de una importante familia vinícola de Saumur, había insistido mucho en la educación de su prole. Toda su vida se esforzó para pagar la mejor educación que el dinero podía costear: Françoise sabía gramática, historia, matemáticas, latín, inglés, algo de italiano, biología, fundamentos de lógica, un lujo peligroso para mujeres sin dote. Su madre, Geneviève, primogénita de un vizconde dueño de grandes extensiones de tierra en la cercana Angers, había sido en vida una mujer de belleza serena y convicciones inquebrantables. Había elegido el amor sobre la fortuna, casándose con Reynaud a pesar de las profundas discrepancias políticas e ideológicas que su padre tenía con el señor Jaucourt. Ambos hombres tenían visiones completamente contrapuestas de la política y la justicia, mientras el vizconde era un legitimista acérrimo que añoraba la monarquía borbónica, Reynaud era un liberal convencido que veía en la República la única esperanza de justicia social.
Una vez que Geneviève salió de la iglesia convertida en la señora Jaucourt su desheredación había sido inmediata. Aun con todas esas dificultades la pareja formó una familia estable y feliz, sin embargo, esa felicidad fue puesta a prueba en 1868, cuando la filoxera —esa plaga devastadora que ya había arrasado viñedos en toda Francia— alcanzó finalmente sus tierras. En cuestión de meses, las cepas que habían sostenido a la familia durante generaciones se marchitaron y murieron. El conde Jaucourt intentó salvar lo que pudo, pidió préstamos que no logró pagar, vendió propiedades para cubrir deudas pero la ruina llegó inexorable, por lo que él se vio obligado a trabajar como instructor y traductor para solventar los gastos elementales de su hogar. Para 1874, cuando un accidente ferroviario se llevó a ambos padres, la familia había perdido casi todo, dejando a Françoise como única responsable de dos hermanos pequeños, con una casa sencilla como única posesión material, y una educación que la hacía demasiado refinada para el trabajo manual pero demasiado pobre para la sociedad que sus padres habían abandonado.
—Era un maestro excepcional, sí —respondió Françoise suavemente—. Espero poder honrar su memoria a través de mi trabajo con Catherine y Philippe.
—Sin duda lo hace. —Madame Beaumont se encaminó hacia la puerta—. La dejaré con ella. Tomaré café en la sala de estar. Cuando termine, puede pasar por su pago antes de irse.
Françoise pasó las siguientes dos horas en el mundo que mejor conocía: el de los libros, las ideas y las mentes jóvenes abiertas a aprender. Catherine era una alumna excepcional, rápida en aritmética y con una curiosidad insaciable sobre la historia. Trabajaron en la conjugación de verbos latinos, discutieron las causas de la Revolución Francesa —un tema que Françoise abordaba con cuidado dado el delicado presente político. Saumur, en aquel 1876, era una isla de resistencia conservadora frente a la marea republicana que empezaba a inundar París. Allí, bajo la sombra de la Escuela de Caballería y la omnipresente influencia de un clero firmemente legitimista, las familias de “buen apellido” aún añoraban el orden del Imperio o la vieja Monarquía.
Françoise, devota católica aunque de espíritu liberal, sentía el conflicto en carne propia: en un salón como aquel, sugerir que la Revolución había traído alguna forma de justicia era casi una herejía contra el statu quo. Su cautela no era cobardía, sino una disciplina necesaria para proteger sus convicciones en una sociedad que, aun siendo la suya, veía en la República al enemigo de la fe y el orden. Con tacto diplomático, Françoise cerró el debate histórico y pasaron a practicar la caligrafía en francés. Cuando el reloj de pared marcó las diez, Françoise cerró su cuaderno.
—Excelente trabajo hoy, Catherine. La próxima clase continuaremos con las Guerras de las Galias de César, quiero que pienses en por qué crees que era importante para los romanos conquistar la Galia.
Catherine sonrió, visiblemente complacida.
—¿Cree que fue injusto, mademoiselle? La conquista, quiero decir.
Françoise consideró la pregunta honestamente.
—Es una pregunta que los historiadores aún debaten. Lo importante es que tú aprendas a pensar críticamente sobre estos eventos. A no aceptar simplemente lo que los libros dicen, sino a formarte tu propia opinión.
La niña asintió, pensando en las palabras de su maestra. Françoise guardó sus materiales en su portafolio. Catherine la acompañó hasta la puerta, donde se despidieron con una reverencia. Françoise pasó luego por la sala de estar para saludar a Madame Beaumont, quien le entregó su paga semanal, un sobre discreto que contenía francos suficientes para pagar los gastos de su hogar, pero insuficientes para cubrir una vida más allá de la supervivencia.
—Mademoiselle Jaucourt, antes de que se vaya. —Madame Beaumont la detuvo—. Madame Thomas me preguntó recientemente si podría recomendarle a alguien para enseñar a sus nietos. Mencioné su nombre. Es posible que se comunique con usted.
Françoise sintió un pequeño destello de esperanza.
—Es muy amable de su parte, madame.
—No es amabilidad, usted es una institutriz excepcional.
Françoise salió de la casa Beaumont cuando el sol ya ganaba altura. Caminó por las calles empedradas de Saumur hacia su siguiente compromiso: la casa Leclerc, donde daba clases de once a una de la tarde, tres días a la semana. Debía apurarse, sabía que apenas tendría tiempo para comer la gamelle que le preparó Roselle antes de avanzar a casa de los Dubois, de tres a cinco, donde cerraría su jornada con la pequeña Lyne, de siete años. Mientras caminaba, reflexionaba sobre el camino que la había traído hasta ese lugar.
Había comenzado en el mundo de los libros muy joven. Cuando su padre se vió forzado a buscar trabajo para sostener a su familia tanto ella como su madre se esmeraron mucho en ayudarle en sus trabajos como tutor y traductor. Mientras él vivía, Françoise había sido su asistente informal durante dos años: preparaba materiales de enseñanza, corregía escritos, aprendía los métodos que su padre empleaba. A los trece, ya estaba sentada junto a él durante las sesiones de traducción de documentos antiguos, observando, aprendiendo, ocasionalmente sugiriendo palabras cuando su padre se detenía, dudoso ante un término particular.
El accidente ferroviario que mató a sus progenitores cuatro años atrás había sido devastador en muchos sentidos, pero una de las sorpresas fue la lealtad de las familias que su padre había servido. Aunque Françoise era apenas una adolescente de dieciséis años, sin credenciales formales ni experiencia independiente, varias de esas familias la buscaron. La conocían desde hace años. Sabían que era inteligente, responsable, y que había estado bajo la tutela del señor Jaucourt. No era un salto de fe completamente ciego—era más bien una extensión natural de la confianza que habían depositado en él. Hubo varias familias que le ofrecieron buena paga por sus servicios de tiempo completo, pero ella no podía aceptar porque estaba a cargo de sus dos hermanos pequeños. En ese tiempo Roselle tenía nueve años, Louis-Jean apenas tres, por lo que se vio obligada a ofrecer sus servicios por horas, algo que los clientes de su padre aceptaron de buena gana.
Madame Beaumont había sido una de las primeras en confiarle la formación de sus hijos. Luego Madame Leclerc, después Monsieur Dubois para sus nietos. Adicional a las familias que la requerían para las clases, contaba con una nutrida cartera de clientes para traducción y escritura, entre ellos la familia Martinet, que requería sus servicios en preparación de documentos comerciales, y más recientemente, el señor Devereux, un coleccionista de libros antiguos que necesitaba que catalogara y tradujera sus adquisiciones más raras. Había algunas familias que dependían de ella, que pagaban bien y regularmente, que la respetaban porque ella demostraba día tras día ser digna de su confianza.
Ahora, con sus posiciones fijas como institutriz y traductora, además de los trabajos ocasionales de catalogación y corrección que aceptaba, Françoise tenía un nivel de sustento respetable, y que bien hubiera podido derivar a una prosperidad poco usual para una mujer de su edad, de no haber sido por el delicado estado de salud de su hermano menor, que desde hace un tiempo había desarrollado una debilidad pulmonar extraña que ella tenía que costear sola. Françoise había aprendido a ser cuidadosa con cada franco, sobre todo en los inviernos, pero tenía suficiente trabajo regular para mantener comida en la mesa y a sus hermanos protegidos del peligro exterior.
Roselle, ahora de quince años, cooperaba a tiempo completo con las labores domésticas, el cuidado de su hermano y ocupaba mucho de su tiempo en hacer bordados y trabajos de costura que les permitían estirar el dinero un poco más. También velaba por el mantenimiento del huerto que tenían en casa, de la crianza de las gallinas que les proveían de huevos para su alimentación diaria, de recibir a los aguadores que les suministraban agua potable, de bombear y acarrear el agua del pozo para asear la casa.
Françoise salió de la residencia Dubois pasadas las cinco de la tarde, con su portafolio bajo el brazo y la mente aún parcialmente ocupada en los ejercicios de aritmética que el inquieto Philippe había estado practicando. El muchacho tenía dificultades con las fracciones, pero mostraba una determinación que ella admiraba. Había dejado tareas para la próxima clase y varias recomendaciones para la madre del pequeño sobre cómo ayudarlo en casa.
Las calles de Saumur comenzaban a sumirse en la penumbra de finales de marzo. El aire era suave, cargado de los aromas delicados de la primavera. Françoise caminaba rápidamente, pensando en el frasco de medicinas de Louis-Jean que tendría apenas lo suficiente para una semana más. Fue entonces cuando lo vio: un carruaje conocido estaba estacionado frente a la casa de los Dubois, como si estuviera esperando. El metal lacado en negro brillante con detalles dorados, tirado por dos caballos grises perfectamente emparejados, con un cochero en librea azul marino. Françoise reconoció inmediatamente el escudo de armas en la puerta. Su corazón dio un salto involuntario.
La puerta del carruaje se abrió antes de que ella pudiera buscar otra ruta, y Florent Étienne Clément de Girodelle descendió con la gracia natural de alguien nacido para espacios amplios y salones elegantes. Su cabello castaño, ondulado y largo, caía con gracia sobre el abrigo. Los ojos verdes a juego con la palidez de su piel, y la ropa —planchada, perfecta, sin un solo hilo fuera de lugar— acentuaba un porte aristocrático imposible de ignorar. Era, objetivamente, uno de los hombres más apuestos de Saumur, el soltero más codiciado del pueblo, quizás incluso de la región. Se acercó a ella con paso decidido, e hizo una leve reverencia cuando finalmente la tuvo frente a sí.
—Mademoiselle — dijo antes de besar su mano con un gesto leve, apropiado para la situación pública pero con un matiz de intimidad que hizo que varias personas que pasaban miraran con interés—. Qué placer inesperado encontrarla aquí.
Inesperado. Como si no supiera exactamente que ella daba clases en la casa Dubois hasta las cuatro de la tarde los lunes, miércoles y viernes, como si su paso por el lugar hubiera sido casual y no hubiera cronometrado su aparición para este momento preciso. Françoise sintió una leve vibración en la garganta, como si las palabras quisieran salir y no pudieran. Lo que menos soportaba del conde era que, a pesar de todo lo que representaba —el exceso, el privilegio, la intocable distancia—, su preocupación siempre parecía auténtica. Odiaba no poder odiarlo.
—Monsieur le Comte. —Françoise devolvió la reverencia, consciente de las miradas sobre ellos—. Bienvenido de regreso a Saumur.
—Es bueno estar de vuelta. París es magnífico, por supuesto, pero hay algo en el aire del campo que la ciudad simplemente no puede igualar. —Sus ojos recorrieron el rostro de la joven con una intensidad apenas velada—. Se ve bien hoy, mademoiselle.
Mentira. Françoise sabía exactamente cómo se veía: cansada, rendida, con la boca seca de tanto hablar. Sus manos, suavemente manchadas por la tinta que solía usar al traducir, las uñas cortas y sin adorno. Pero Florent la miraba como si fuera la mujer más hermosa en el mundo, más perfecta que cualquier otra.
—Es usted muy amable, Monsieur.
—Aprovechando que estoy aquí —bajó la voz ligeramente—. Quisiera preguntar si me permitiría llevarla a casa.
Françoise sintió la trampa cerrándose. Su vivienda estaba relativamente cerca, apenas a unos veinte y cinco minutos a pie. Si aceptaba, el pueblo hablaría. Si rechazaba, lo insultaría públicamente, y no podía permitirse hacerle ese desplante, no a él.
—No quisiera causarle molestias, Monsieur.
—No es molestia, insisto. —Extendió una mano hacia ella, pero no la tomó sin permiso—. Por favor.
Françoise podía sentir el peso de la especulación, las teorías formándose en las mentes curiosas de los criados de las casas finas que caminaban por la calle.
—Es usted muy amable—dijo finalmente, sin poder disimular la tensión—. Gracias.
Florent sonrió y ofreció su brazo. Françoise vaciló solo un segundo antes de tomarlo, sintiendo la tela fina y cara bajo sus dedos, consciente de cómo su vestido sencillo contrastaba con la opulencia del hombre que la acompañaba. Caminaron hacia el carruaje. El cochero abrió la puerta, y Florent ayudó a Françoise a subir con la mano firme en su codo. El interior del carruaje olía a cuero fino y a colonia cara. Françoise se había criado con educación de primer nivel y exposición a cosas delicadas gracias al origen aristocrático de sus padres, pero los últimos cuatro años habían sido de privación constante, y cada vez que se subía a ese carruaje se sentía descolocada, como si entrara a un mundo completamente diferente, un mundo que había existido para ella una vez, en una vida que se sentía demasiado lejana para ser un recuerdo. Florent subió después de ella, cerrando la puerta con un clic suave. El espacio era íntimo, demasiado íntimo. Sus rodillas casi se tocaban.
—A la casa de mademoiselle Jaucourt— instruyó al cochero a través de la ventanilla pequeña—. La casita con el huerto en la calle Sainte-Anne.
El carruaje comenzó a moverse. El movimiento suave la hizo consciente de cada músculo tenso, de cada parte de su cuerpo que había estado sosteniéndola durante horas, la mayoría del tiempo de pie.
—No debería hacer esto —dijo Françoise en voz baja una vez que estuvieron fuera de rango de oídos curiosos—. No es digno de alguien de su posición. La gente ya habla.
—Eso no me preocupa—. Florent se recostó en su asiento, estudiándola con una intensidad que hacía difícil mantener el contacto visual—. Françoise, estuve fuera tres semanas. ¿Esperabas que no viniera a verte apenas regresara?
Françoise. No “mademoiselle Jaucourt”, nada de formalidad, solo su nombre, dicho con esa dulce familiaridad que estaba a la vez justificada y que era completamente inapropiada para un hombre como él.
—Tiene sus propios asuntos, estoy segura, asuntos que requieren su atención.
—Ninguno tan importante como asegurarme de que estás bien. —Se inclinó hacia adelante, reduciendo aún más el espacio entre ellos—. ¿Cómo están Roselle y Louis-Jean?
—Bien—dijo ella secamente, aunque no era del todo cierto. Louis-Jean estaba recuperándose de un resfriado especialmente severo. Roselle le había reclamado porque el techo necesitaba reparación, pero el gasto de la última visita al médico para su hermano las había dejado en una situación delicada.
El conde sintió la distancia emocional que la joven quería marcar y sus ojos verdes se volvieron a ella con cierta tristeza, delicadamente colocó la mano sobre la mejilla de ella en una caricia sutil que la hizo estremecerse en su interior, pero Françoise no se permitió delatar su dolor con ningún gesto.
—¿Sigues enojada?
Ella le lanzó una mirada que era mitad ira, mitad tristeza, y dejó que sus ojos hablaran por ella. Él no contestó, retiró la mano suavemente y se mantuvo en silencio durante un rato, con el sonido del traqueteo del carruaje como única interrupción.
—Traje unos libros nuevos para tus hermanos—dijo Florent, de pronto, cortando el silencio tenso e incómodo que comenzaba a pesar entre los dos—. También te traje unos vestidos nuevos y… un par de pantalones de montar, de los que te gustan.
Françoise suspiró. Florent era una de las pocas personas que conocía su afición a usar ropa masculina en casa. Una costumbre que se le quedó de los días buenos de su infancia, cuando la vida no era complicada y tenían caballos en los que ella recorría los viñedos de su familia. Cuando los Jaucourt todavía tenían fortuna, cuando los amaneceres no dolían y ella no tenía el peso de las responsabilidades de un adulto. Françoise había decidido desde siempre que llevar el peso de la domesticidad con vestido no era lo adecuado, no para ella, que siempre prefirió la comodidad a la apariencia y que tuvo unos padres lo suficientemente sensatos para enseñarle a priorizar la practicidad.
—Gracias, pero no. —Françoise lo cortó con brusquedad—No es necesario.
Florent se recostó nuevamente, y Françoise vio frustración cruzar su rostro antes de que pudiera controlarla.
—Siempre dices no…
—Porque no puedo aceptar. No... no así.
—¿Y de qué manera podrías aceptar, Françoise? —Su voz se volvió más intensa, más urgente—. He intentado ser paciente, he intentado respetar tus principios, pero me estás matando con esta... esta postura tan rígida que insistes en mantener.
—Es necesario. —Françoise miró por la ventana, observando las casas del pueblo pasar—. Tengo dignidad, Florent. Es lo único que tengo. Lo único que mis padres me dejaron además de su casa y sus recuerdos. No la venderé, ni siquiera por...
Se detuvo, pero ambos sabían cómo terminaba esa oración. “Ni siquiera por ti”. El silencio que siguió fue más denso que el anterior, porque estaba cargado de todo lo que no podían decir en voz alta, de todo lo que ya habían dicho, en conversaciones privadas durante los últimos dos meses, pláticas estériles que no llevaban a nada porque la realidad era inamovible como una piedra.
—Hablé con mi padre mientras estábamos en París —dijo él finalmente, rompiendo el silencio por segunda vez.
Françoise abrió los ojos, mirándolo con cautela, y quizás, con algo de esperanza.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti. Sobre... nosotros. —dijo con nerviosismo—. Le dije que te amo, que es contigo con quien me quiero casar.
El corazón de Françoise latió más fuerte.
—¿Y qué dijo?
Él soltó una risa amarga, nerviosa, como si con ella quisiera darse algo de valor para lo que iba a decir.
—Nada distinto a lo que ya sabíamos. Que podía tenerte… como amante. Que, si aceptas, me permitirá establecer una casa en el campo para ti, encargarme de que tú y tus hermanos tuvieran todo lo que necesitaran. Incluso dijo... —Su mandíbula se apretó—. Dijo que si tuviéramos hijos, yo podría reconocerlos sin problema en el testamento, que soy libre de darles mi apellido, sería... discreto, pero no secreto.
Françoise sintió náusea subiendo por su garganta.
—Qué generoso de su parte —replicó con aspereza, sin disimular el fino hilo de decepción que vibraba en su tono—. Una casa campestre para ocultar mi indecorosa situación a la vista pública, y así evitar que Diane pueda escupirme en la cara. Me imagino que también debería mostrar gratitud ante la sugerencia de incluir a los hijos que pudiera tener en tu testamento, pero lo entiendo, es lo que tocaría ya que a los bastardos no se les reconocen derechos sucesorios legítimos.
—Françoise...
—Florent, sé que es complicado— lo interrumpió ella, y lo sabía, racionalmente—. Sé que no es tu culpa, que el sistema es más grande que nosotros.
—Entonces acepta lo que te puedo ofrecer. —él se inclinó hacia adelante nuevamente, tomando su mano antes de que ella pudiera apartarla—. El tratamiento completo para Louis-Jean, el mejor acuerdo matrimonial posible para Roselle, joyas, caballos, libertad completa de preocupaciones financieras, y... —Su voz se volvió más suave, más íntima—. mi compañía. Me tendrías a mí, Françoise, no en un matrimonio legal, pero sí en todo lo demás. Cada uno de mis momentos libres será tuyo, te lo prometo. Serás, completamente, mi mujer.
Los dedos del conde eran cálidos alrededor de los suyos. Sostenerla de la mano era un gesto simple, pero enviaba calor a través de su brazo, haciendo que fuera difícil pensar claramente. Este era el peligro de Florent de Girodelle: no era cruel o manipulador, no era el villano de una novela barata… Era genuinamente bueno, genuinamente generoso, genuinamente enamorado de ella. Y ella sentía por él una atracción física innegable, gratitud profunda por la ayuda que les había brindado a ella y a sus hermanos en sus momentos más duros, un afecto fuerte y profundo. Pero ¿era amor? Ella no se sentía segura de poder definirlo así… no después de los eventos de los últimos meses.
El día que se conocieron fue el inicio de algo que había sido para ella fortuna y tormento en la misma medida. Fue en marzo de 1875. Ella había ido a la mansión Girodelle a entregar unas traducciones de documentos que le habían encargado por medio de su vecina Marie, el ama de llaves de la familia Girodelle, que había recomendado sus servicios cuando supo que el joven amo, no muy hábil con el latín, necesitaba comprender los términos de un documento muy antiguo que no terminaba de asimilar. Cuando Françoise llegó a la elegante casa, ubicada en las afueras de Saumur, su amiga la hizo esperar en el vestíbulo, rodeada de pinturas caras y muebles de madera finísima. Fue entonces cuando el hombre bajó la escalera, y la miró de una forma tan intensa que ella sintió que algo la atravesaba, una lanza de pasión sostenida por unos preciosos ojos verdes.
El refinado joven se acercó a ella y se presentó. Habló poco, con voz suave y dulce, y, tras hacerle unas pocas preguntas —no sobre el trabajo, sobre ella— se ofreció a pagar por los documentos más de lo necesario. Al día siguiente, envió una carta de agradecimiento, hermosa, formal, pero con la promesa velada de algo más. Así empezó el trato: al principio esporádico, casi accidental, luego regular, siempre discreto.
En ese tiempo ella estaba pasando por un momento particularmente difícil dado que su hermano Louis-Jean estaba pasando por una crisis de salud severa que se comió en un par de semanas los pocos ahorros que Françoise había logrado reunir en años y Florent se mostró interesado desde el primer momento en el niño: envió al mejor médico de la ciudad, cubrió el costo completo del tratamiento, una suma que para ella era un abismo, con la misma naturalidad con que uno paga el paso de un puente, les hizo llegar provisiones: frutas que brillaban como joyas contra la mesa desnuda, suplementos que prometían fuerza. Realizó todo esto sin exigir, ni siquiera sugerir, contraprestación alguna. El acercamiento del joven heredero de los Girodelle se tejió, así, de forma natural. Él la escuchaba, absorbía sus opiniones con atención, la admiraba, apoyaba cada uno de sus pasos, hasta convertirse en su confidente y en su escudo contra el mundo. Y así, imperceptible como la savia que sube por el tallo, su relación fue creciendo, hasta aquel primer beso, un contacto inicial, tímido y suave, que pronto se multiplicó en una constelación de besos cada vez menos castos, más urgentes, más profundos, besos que encendían en ella un fuego subterráneo, una combustión lenta que iba ganando fuerza hasta convertirse en una conflagración. Tan poderosa era esa llama, que a veces, con sólo el roce de sus manos sobre su piel, Françoise sentía cómo todo su cuerpo se transmutaba en pura lumbre, consumiéndose en un incendio dulce y devorador que amenazaba con consumir su virtud.
Se hallaban en una situación de una peculiaridad socialmente ambigua. No podría decirse que fueran novios, al carecer de un compromiso formal explícito; tampoco, propiamente, amantes, dado que la relación no había consumado su dimensión física. No obstante, él representaba, sin lugar a dudas, la figura más cercana a la de una pareja que Françoise había experimentado. Florent se había conducido siempre con una circunspección ejemplar, y ella, por su parte, había observado escrupulosamente los límites que el decoro dictaba. Tal fue su determinación en este punto, que cuando Louis-Jean se recuperó de la parte más fuerte de su enfermedad llegó a negarse a cualquier auxilio que excediera lo estrictamente necesario, en un gesto calculado para preservar la intachabilidad de su reputación. Dicha intachabilidad iba más allá del respeto a su propia moral, era una condición sine qua non para su subsistencia profesional: sólo un nombre libre de toda sombra garantizaba que su clientela continuara contratando sus servicios sin ningún tipo de reservas.
Durante los seis primeros meses de esa relación ella se había debatido consigo misma resistiéndose a sentir, cuidándose de no abrir su corazón, tratando de no hacerse ilusiones con un hombre que, ella sabía, estaba muy por fuera de sus posibilidades. Y justo cuando, vencida por sus besos, había permitido que ese temerario sueño echara raíces, la verdad había caído sobre ella con la fría precisión de una guillotina: él no podía casarse con ella porque llevaba años comprometido con otra, con una joven a la que ni siquiera conocía, la hija de un barón millonario, uno de esos industriales textiles cuyo dinero nuevo compraba lo que los apellidos viejos ya no podían sostener.
“Mi compromiso con Diane es más que un contrato matrimonial”, le había dicho hacía un mes, sosteniéndola entre sus brazos mientras ella lloraba contra su pecho, destrozada por la noticia. “Es la supervivencia económica de docenas de familias. No puedo destruir tantas vidas por mi propia felicidad.” Y entonces, con una ternura que la destrozó más que cualquier crueldad le había dicho: “Pero eso no cambia lo que siento. Podemos tener todo… excepto un papel. Serás mía en lo esencial…”
“En lo esencial”. La frase le sabía a insulto. ¿Qué esencia le quedaba a un amor que debía esconderse? Nada, sería un amor vacuo, despojado de todo lo que era importante para ella: el respeto público, la legitimidad, el derecho de ser llamada su esposa en lugar de su concubina.
—No puedo vivir en pecado —dijo finalmente, apartando su mano suavemente, pero con firmeza—. No importa cómo lo llames, no quiero participar de un juego en el que yo siempre saldré perdiendo.
Él bajó la mirada con una mezcla de tristeza y exasperación.
—Françoise ¿Por qué dices eso? ¿Por qué dudas de mi amor por tí?—la expresión del conde era de genuino dolor.
—Porque sería tu querida, tu amante, no tu esposa, y yo... —Su voz se quebró ligeramente—. No puedo… Mi madre me enseñó que la dignidad no tiene precio, que hay cosas que el dinero no puede comprar y no debería poder comprar.
El carruaje se detuvo. Françoise miró por la ventanilla: su casa modesta, el huerto exiguo donde Roselle había bregado todo el día. Era su única herencia, el último rastro del amor de sus padres.
—Debo irme —dijo Françoise, alcanzando la manija de la puerta.
Florent la detuvo con la mano en su brazo.
—Françoise, espera. Solo... piénsalo, por favor. No necesitas decidir hoy, pero... piénsalo.
Ella giró la cabeza, no queriendo prolongar esa conversación dolorosa. Sabía que no tenía nada que pensar, pero no le quedaban fuerzas para discutir.
—Gracias por el viaje, Monsieur le Comte.
—Volveré más tarde. —dijo él—. Por favor espérame.
Françoise bajó del carruaje sin responder. Caminó hacia su puerta sin mirar atrás, pero podía sentir los ojos verdes del hombre sobre ella, sin volverse cerró la puerta de madera detrás de sí. Suspiró, con una mezcla de cansancio y alegría. Por fin estaba en casa, su pequeño refugio, lo único que los voraces acreedores de su padre no le habían alcanzado a quitar.
La casa contenía tres alcobas pequeñas, una para cada hermano, el cuarto matrimonial que Françoise conservaba intacto, tal como estaba antes que sus padres murieran, una cocina con sala-comedor, una cisterna para almacenar agua de lluvia, un pozo con su propia bomba manual que requería mantenimiento periódico y el patio con su huerto. En sus mejores días, había sido una casa cómoda y bonita, pero el deterioro había pagado su tributo al tiempo. Tenía goteras que suplicaban reparación desde el invierno pasado; paredes agrietadas que filtraban el frío, una chimenea que tenía demasiado tiempo acumulando hollín. Pero, tras cumplir la mayoría de edad y haber asumido la herencia que le dejaron sus padres, era suya. Su último baluarte, el lugar donde ella y sus hermanos podían resguardarse sin miedo.
Puertas adentro, era un mundo aparte: un refugio de madera astillada y ventanas de vidrio. La penumbra olía a la sopa tibia que su hermana estaba preparando. Los niños esperaban, Louis-Jean sentado junto al fuego, arropado por la pequeña manta de lana en la que le gustaba envolverse. Roselle estaba pegada a la ventana, mirando afuera. Ella hizo un ademán de despedida con la mano, al parecer en respuesta a una señal del conde, luego se volvió a su hermana con una pregunta sin palabras en los ojos. Françoise la miró sin poder ocultar la tristeza. Roselle le devolvió la mirada, llena de silenciosa comprensión. Sin decir nada, ayudó a Françoise a colgar el abrigo, luego recogió la gamelle y la botella que su hermana solía llevar en el bolso y las llevó a la cocina para lavarlas. Françoise se lavó las manos en el barreño de agua fría y se permitió el lujo de sentarse, por fin, en el viejo sillón de la sala. Louis-Jean levantó la cabeza, curioso.
—¿Por qué estás triste, Françoise? —preguntó con esa franqueza desarmante de los niños—. ¿Es por el conde?
Françoise sintió un nudo en la garganta.
—Es complicado, pequeño.
—Roselle dice que él te quiere mucho —continuó Louis-Jean, ajustando la manta alrededor de sus hombros—. ¿Tú también lo quieres?
La pregunta, tan simple y directa, golpeó a Françoise como un puñetazo. ¿Lo quería? Sí. Pero ¿era suficiente el amor cuando venía envuelto en condiciones inaceptables?
—Sí —respondió finalmente, su voz era apenas un susurro—. Pero a veces querer a alguien no es suficiente.
Louis-Jean frunció el ceño, claramente confundido por la lógica adulta que no terminaba de comprender. Roselle regresó de la cocina en ese momento, secándose las manos en su delantal.
—La sopa ya está lista —anunció, con un tono intencionalmente alegre que pretendía cambiar el tema—. Y hay pan fresco que hice esta mañana.
Françoise se levantó, agradecida por la distracción.
—Gracias, Roselle. Cenemos entonces.
La cena transcurrió en relativa paz. Françoise insistió en que Louis-Jean comiera dos platos, y Roselle en que no usaran demasiada mantequilla. Había una liturgia en esa mesa: la repetición de gestos y frases heredadas, la esperanza testaruda de que la rutina fuera, de algún modo, una protección contra el infortunio. Louis-Jean habló animadamente sobre un pájaro que había visto en el jardín, Roselle mencionó que necesitaban más hilo para sus bordados. Françoise respondía en los momentos apropiados, pero su mente estaba en otro lugar, regresando una y otra vez a las palabras de Florent en el carruaje. Cuando los platos quedaron limpios y las bocas llenas, Françoise despachó a sus hermanos a sus habitaciones. Louis-Jean protestó levemente, queriendo quedarse despierto un poco más, pero Roselle lo tomó de la mano con firmeza maternal.
—Vamos, pequeño. Françoise necesita descansar.
Antes de irse, Roselle se detuvo en el umbral de la cocina, mirando a su hermana con ojos demasiado perspicaces para su edad.
—Estará bien —dijo suavemente—. Sea lo que sea, estaremos bien.
Françoise asintió, sin confiar en su voz para responder. Cuando sus hermanos desaparecieron por el pasillo, ella se quedó sola en la cocina, lavando los platos con agua helada, y la mente vagando en círculos alrededor de la escena de hacía unas horas. Las manos de Florent en las suyas, la desesperación en su voz, la promesa de que vendría esa noche.
Y Françoise sabía, con una mezcla de anticipación y terror, que cuando él llegara, tendría que tomar una decisión. No podía seguir en la tortura exquisita de amarlo y no poder tenerlo, desear su contacto y saber que, si cedía, estaría traicionando todo lo que era. Cerca de las nueve, un golpe suave en la puerta trasera cortó en seco sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco, entre anticipación y resignación. Se secó las manos en el delantal con movimientos lentos, y acudió a abrir como un condenado que camina hacia el patíbulo. Florent llenó el umbral como llenaba cualquier espacio: con esa elegancia innata que parecía emanar de cada uno de los poros de su piel. La capa de viaje, de un tejido oscuro y de corte exquisito, descendía de sus hombros con la gracia propia de quien ha sido atendido por los sastres más renombrados desde la infancia, bajo el chaleco de seda color gris, lucía una cravat meticulosamente anudada, la camisa de lino tan blanca que parecía luminosa contra la noche.
—Sabía que estarías despierta —dijo él, con su voz grave y aterciopelada.
Ella quiso protestar, pero la energía que había mostrado en el carruaje se disolvió en su perfume, esa fragancia de sándalo y bergamota que el viento nocturno transportó hasta sus sentidos. Françoise sintió que las palabras se le atascaran en la garganta. Nunca se lo había confesado, pero él parecía intuir —con esa perspicacia insoportable que poseía— que aquel aroma la desarmaba por completo. No era un simple olor; era un recordatorio olfativo, un fantasma de la vida que había sido y que ahora no era más que un eco en la oscuridad. Era la fragancia que aspiraba cuando su padre regresaba de París oliendo a colonia fina, de cuando su madre se inclinaba a besarla por las noches envuelta en el olor de él, de cuando era una niña que daba por sentado el cristal de Bohemia en la mesa y las sábanas de hilo en su cama. El perfume de Florent olía a la vida que había perdido, a hogar, a la seguridad que tuvo que enterrar hace cuatro años en la tumba de sus padres.