Capítulo 1: Apareció en el pueblo.
La sangre no paraba de brotar del demonio, que corría tras un niño.
El pequeño huyó todo lo que pudo, sin saber muy bien a dónde se dirigía. Aquel bosque era tan grande que parecía interminable.
Por favor, ayuda, eran los pensamientos del infante. Sin embargo, lo único que se escuchaba en el bosque eran los grillos y su respiración, cada vez más agitada.
Los pies del demonio eran escuálidos, pero rápidos. A diferencia del niño, no parecía cansarse.
El pequeño corrió hasta que su cuerpo se lo permitió. Sus dientes temblaban por el estrés; intentó recuperar la respiración, pero una voz lo interrumpió.
—¿A dónde vas, pequeño?
El infante vio a la criatura y comenzó a llorar ante lo horrible que era. Poseía grotescos ojos en los pies y las rodillas; su cuerpo, tan delgado que parecía un esqueleto, y su rostro, idéntico a una calavera manchada de rojo.
—¡Mamá, papá!
Intentó correr, pero sus piernas no respondieron.
El demonio extendió las garras y, de un momento a otro, el infante dejó de chillar. Sintió un vacío. Las garras se hundieron en su pecho.
El sufrimiento había terminado.
Cayó al suelo. El viento resopló con fuerza, como si el bosque hubiese soltado un suspiro, siendo la naturaleza el único testigo de lo ocurrido.
Al día siguiente, un joven adulto llegó al pueblo. Preguntó a los aldeanos si había algún lugar donde comprar alimentos; sin embargo, le respondieron que la tienda había sido atacada por un demonio.
El forastero pidió la ubicación y se dirigió hacia allí.
Al llegar, se encontró con la policía. Le indicaron que no pasara de la cinta amarilla. El joven observó las pisadas en la tierra. No tenía dudas: esas garras pertenecían a un tzitzimime.
—Oficial, ¿dónde está la familia que reside en esta casa? —preguntó.
La autoridad lo miró con atención. Notó el portamachete que cargaba.
—Oye, nunca te había visto por aquí —dijo, tocando la funda.
El joven apretó los puños, incómodo, y sostuvo la mirada.
—¿Hay algún problema, oficial?
El policía negó con la cabeza.
—Te daré un consejo, muchacho. Aléjate de esta familia.
En ese momento apareció la familia. La madre no paraba de llorar.
—Mi hijo… devuélvanme a mi niño.
El padre la sostenía, y su única hija caminaba a su lado.
La mujer se arrodilló frente a los policías y les suplicó que encontraran a su pequeño. Llevaba un collar en forma de corazón.
El forastero se acercó.
—Yo me encargaré de esto.
La madre limpió sus lágrimas y le preguntó quién era.
El joven cerró los ojos. La luz del sol lo iluminó, como si fuese la única esperanza del lugar. Su cabellera castaño rojiza brilló con fervor.
—Soy Héctor, señora —dijo, mostrando una licencia—. Asesino de demonios.
Tras las presentaciones, entraron a la casa y bebieron café. En la mesa, con toda la familia, Héctor pidió explicaciones de lo sucedido.
—Verá, nuestro hijo estaba pateando el balón dentro de casa —las palabras del padre eran tan pesadas como sus ojeras—. Temíamos que rompiera algo y lo mandamos afuera.
Sus lágrimas se manifestaron y añadió:
—En cuanto salió, ese monstruo lo raptó.
Héctor guardó silencio, y la madre le preguntó si ayudaría a buscar a su niño.
Héctor bebió un sorbo de café.
—Eso depende. —echó varios cubos de azúcar—. Díganme, ¿el demonio solo secuestró a una persona?
—Sí, ¿por qué lo pregunta? —interrogó la madre.
—Bueno, eso me da bastante que pensar. —Héctor revolvió la taza.
En su cabeza, la idea de que el niño había perecido era la más verosímil; sin embargo, no se atrevió a decirlo en voz alta.
—Señores, es probable que ese demonio siga cerca de este lugar.
—¿Qué dices? —cuestionó el padre—. ¿Por qué piensas eso?
—Me parece muy extraño que solo se llevara a una persona. —terminó su café—. Esa clase de demonio necesita más que un niño.
—Además, no hay ninguna ciudad o aldea cerca de este pueblo. Es probable que ataque de nuevo.
La madre le pidió que detuviera al demonio si eso sucedía. Héctor aceptó sin objeciones; estaba convencido de que podría lograrlo.
La hermana del desaparecido llegó con una pelota en sus manos y preguntó si quería jugar con ella.
—Lo siento, pero quisiera guardar mis energías para esta noche, cuando ataque ese demonio —respondió Héctor.
—Por favor, señor. Juegue conmigo. Al menos hasta que vuelva mi hermano.
La niña sonrió con inocencia; denotaba que no sabía la gravedad del asunto. Héctor rascó su nuca y accedió a jugar con la pequeña.
Una vez afuera, la niña se colocó enfrente de unas piedras que simulaban ser una portería.
—Bien, prepárate. —Héctor pateó con fuerza y metió un gol—. Anda a buscarla adentro.
Dio una marometa y lanzó besos al aire, como si hubiera público. La pequeña se lo reprochó:
—¡Ya, lo estás celebrando mucho, ¿no?!
—Tú querías jugar, ahora aguántate.
La pequeña le dio el balón y se paró con determinación en la portería. Héctor sonrió, confiado en que volvería a anotar, y disparó con seguridad.
La pelota iba muy arriba; sin embargo, la niña pegó un salto increíble y atrapó la pelota.
La pequeña se rió en su cara y le exigió que reconociera a la ganadora. Héctor estaba desconcertado, pero aplaudió y reconoció su derrota.
—Eres mejor de lo que esperaba.
—Es que siempre juego con mi hermano —la niña dio un giro de felicidad—. Y cuando usted lo traiga de vuelta, le demostraré que soy la mejor.
Héctor sintió un bajón, ya que no podía dejar de pensar en que quizás no podría traer de vuelta al hermano de la pequeña.
—Te prometo que acabaré con ese maldito demonio.
Acarició la cabeza de la niña. La madre salió y le ofreció una pulsera. Héctor agradeció el regalo y añadió que el diseño era muy bonito.
—Gracias, las hacemos los fines de semana —dijo la madre—.
—Así que, además de comida, vende accesorios.
La señora negó con el dedo y aseguró que para ellos era una tradición, algo que mantenía a su familia unida.
—Ya veo. ¿Y qué otros accesorios tienen? —cuestionó Héctor.
—También hacemos collares. —La señora llevó su mano al pecho; parecía tener dolor—. De hecho, mi hijo siempre lleva uno.
Héctor apoyó su mano en el hombro de la señora.
—No se preocupe. Le aseguro que esta noche será la última de ese demonio.
Llegó la luna y, en el pueblo, tanto policías como Héctor estaban preparados para luchar.
Héctor se acercó a un grupo de ellos y les preguntó qué estaban haciendo ahí.
—¿Qué no es obvio? —contestó un oficial—. Nuestro deber es proteger a los civiles.
—Claro, pero ustedes se limitan a los humanos. —Héctor se apoyó en una pared—. No tiene caso que estén aquí; solo harán que más personas mueran.
—No necesitamos tu preocupación. Recibimos entrenamiento básico para esto.
¿Entrenamiento básico? Yo entrené seis años, pensó Héctor.
Por otra parte, dentro de una cueva, el demonio despertó. Sintió comezón en la espalda, así que tomó un hueso de su cama y se rascó.
—Otra linda noche. Qué lindo es estar viva.
Después de levantarse, se lavó la cara y los dientes. Sacó un espejo de mano y se maquilló, como si tuviera una cita.
—Soy divina. —Besó su reflejo con orgullo y se puso un colgante—. Veamos qué puedo conseguir hoy.
Fuera de la casa del niño desaparecido, uno de los policías le ofreció un cigarro a Héctor, quien respondió:
—Gracias, pero no fumo. —Revisó su machete—. Ya se va acercando la hora.
—¿Qué? ¿El demonio está cerca?
Héctor lo negó y explicó que era su intuición, nada verídico.
Dentro de la casa, toda la familia compartía la cama. Trataron de dormir; sin embargo, la niña no pudo hacerlo.
—Papá.
Movió a su progenitor hasta que despertó.
—¿Qué quieres?
—¿Cuándo volverá mi hermano?
Su padre le acarició la mejilla y le dijo que la policía se estaba encargando de eso, que no debía preocuparse.
—El muchacho va a acabar con ese demonio, ¿verdad, papá?
—Claro que sí, hija. No pasará nada malo.
El techo se rompió y algo cayó al piso. El olor a sangre se hizo presente. Era el demonio que había secuestrado a su hijo.
—Buenas noches, gente de buen gusto.
La puerta de la habitación fue tirada abajo. La demonio se preguntó qué había sucedido.
—Estás muerto. —Héctor sacó su machete—.
La demonio sonrió.
—¿Un peluquero? —crecieron sus garras—. Lo siento, pero ahora no tengo cambio.
Un aura roja rodeó a Héctor y, de un machetazo al aire, sacó volando al demonio de la casa.
Cuando la demonio se levantó, cayó en cuenta de que ese golpe había arruinado su maquillaje.
—Eres un maldito. ¡¿Cómo te atreves a arruinar mi imagen?!
Ya afuera, Héctor le dijo que era la criatura más repugnante y fea de todas.
—¡Estúpido!
El resto parpadeó un segundo y la vio desaparecer. Pero no se había ido: apareció frente a Héctor con sus afiladas garras, que se dirigían hacia su pecho. Héctor consiguió moverse un poco y recibió el impacto en el hombro.
—¡Ah, maldita! —Héctor retrocedió unos pasos y comenzó a sangrar.
La demonio se lamió las garras y le dijo que la próxima vez no fallaría.
Héctor la miró con detenimiento y se percató de algo.
—Oye, ese colgante que tienes, ¿no le pertenecía a un niño?
—¿Eh? ¿A qué viene eso?
—¡Responde, animal!
El demonio se carcajeó al oírlo chillar y le contestó que sí. Abrió el colgante y dentro había una foto del niño con su familia.
—La verdad es que secuestré a ese niño porque me gustaba su colgante. —Se comió la foto—.
La piel de Héctor se erizó y su mirada empezó a perder la luz. La demonio tiró el colgante al suelo y lo pisó.
—Se ve que te importaba ese niño. Espero que lo sufras. Te lo mereces por destruir mi maquillaje.
—Entonces, ¿todo fue por vanidad? —el rostro de Héctor se arrugó—. ¿Por eso lo hiciste?
—Obvio. ¿Acaso pensabas que lo hice para comer? —soltó una última risita—. No tenía nada de hambre. Solo me pareció divertido cazarlo.
Héctor gritó al cielo y el aura roja volvió a cubrir su cuerpo, pero esta vez era más intensa.
—¡Estás muerta!
La demonio corrió para clavarle sus garras, pero esta vez Héctor le cortó el brazo.
La demonio soltó unas lágrimas y pensó: ¿qué había pasado?
Héctor siguió cortándola con su machete. Era tan rápido que la demonio no podía reaccionar. Ella cayó al suelo; la había dejado sin extremidades.
—No puede ser —dijo la demonio—.
—Aberración de la naturaleza.
Héctor empuñó su machete, repleto de esa aura roja, y se lo clavó en la cabeza, acabando con la existencia del demonio.
—Descansa en paz, niño. Tu victimario fue castigado.
Recogió el colgante y llegó junto a los padres.
—Señores, tengo que decirles algo en privado.
Una vez que estuvieron solos, Héctor les mostró el colgante. La madre no soportó y dejó salir sus lágrimas.
—Mi hijo… ¿dónde está?
Héctor cerró los ojos y negó lo que la madre sugería. El padre abrazó a su esposa.
—Gracias, muchacho. —El padre tomó el colgante—. Lo cuidaremos con cariño.
—Mi niño, ¿por qué? —preguntó la madre.
Mordió el hombro de su esposo para que no escucharan su llanto.
—Está bien, amor. Desahógate. —Le dio unas palmaditas—.
—Pero ¿qué voy a hacer sin mi niño?
—Aún tenemos a nuestra hija. Debemos ser fuertes por ella, ¿está bien?
—Sí, entiendo, pero sigue doliendo mucho.
Al día siguiente, los civiles se prepararon para despedir a Héctor.
—Tome, señor. —La niña le entregó un táper con pollo asado y verduras—.
—Muchas gracias. Bueno, debo seguir mi camino.
—No, gracias a usted, Héctor —dijo la madre—. Ojalá todos los asesinos de demonios fueran así.
—Je, si les soy sincero, aún no lo soy.
Todos se quedaron sorprendidos.
—Pero si acabaste con ese demonio —dijo la madre—.
—Tengo una licencia de aprendiz. —Comió una rodaja de tomate—. Pero pronto dejaré de serlo.
Se chupó los dedos y agregó que estaba en camino a presentar su examen de asesino profesional.
—Buena suerte con eso —dijo el padre—. Seguro lo consigues.
Héctor levantó el pulgar, les guiñó el ojo y se fue del pueblo.
A varios kilómetros de ahí, en una choza, una figura dejó caer una bolsa sobre la mesa.
El golpe fue seco.
—Ahí está —dijo una voz femenina—.
Uno de los hombres desató el nudo. Un olor metálico llenó el aire. Al abrir la bolsa, la cabeza de un demonio rodó sobre la madera.
—Déjame echarle un vistazo. —Examinó la cabeza con una lupa—. Buen trabajo. Todo está en su sitio.
El hombre empujó una bolsa de monedas hacia ella.
—Si quieres otro trabajo, puedo darte uno el lunes.
Antes de irse, se detuvo un instante en la puerta y respondió:
—No te acostumbres. Pronto haré esto con permiso.
La puerta se cerró, dejando atrás el silencio y la cabeza sin cuerpo.