ÚNICA PARTE
Jungkook tenía cuarenta años y una rutina perfectamente construida para no sentir demasiado.
Se levantaba temprano, iba al trabajo, volvía a casa, entrenaba un poco y se acostaba con la televisión encendida solo para no escuchar sus propios pensamientos. No era infeliz, pero tampoco estaba exactamente vivo. Había aprendido a funcionar sin esperar nada extraordinario.
Hasta que Jimin empezó a aparecer más seguido.
No era nuevo en su vida. Lo conocía desde que era adolescente, cuando todavía usaba sudaderas enormes y hablaba sin pensar. Era el hermano menor de su mejor amigo, alguien que Jungkook siempre había visto como “el niño”. Ese fue el problema: el niño había crecido sin pedir permiso.
Ahora tenía veinte años. Estudiaba, salía con amigos, tenía opiniones firmes y una forma de mirar que ya no era inocente. Jungkook lo notó tarde. Demasiado tarde.
El primer error fue darse cuenta de que lo esperaba.
Cuando su mejor amigo decía que vendría con Jimin, Jungkook sentía una pequeña anticipación que no debería existir. El segundo error fue observarlo en silencio: cómo hablaba, cómo se reía, cómo ya no necesitaba protección.
El tercer error fue mirarlo como hombre.
Eso fue lo que intentó negar durante meses.
—¿Te pasa algo? —preguntó su amigo una noche, sirviéndose una cerveza—. Estás raro últimamente.
Jungkook negó con la cabeza.
—Cansancio.
Mentía bien. Llevaba años haciéndolo.
Jimin estaba sentado frente a él, distraído con su celular. Tenía el cabello un poco largo, cayéndole sobre los ojos. Jungkook apartó la mirada rápido. No quería que nadie notara nada, ni siquiera él mismo.
No podía permitirse eso.
No con esa diferencia de edad.
No siendo el hermano de su mejor amigo.
No cuando Jimin claramente no sentía nada más que confianza.
Eso era lo que Jungkook se repetía. Que Jimin no sentía nada.
Las cosas se complicaron cuando empezaron a quedarse solos.
A veces el amigo salía a hacer compras, otras se iba temprano. Y entonces quedaban Jungkook y Jimin, compartiendo silencios incómodos que ninguno sabía cómo romper.
—Hyung, ¿siempre fuiste así de callado? —preguntó Jimin una tarde.
—¿Así cómo?
—Como si pensaras demasiado.Jungkook soltó una risa corta.
—Supongo que sí.Jimin lo miró un segundo más de lo necesario.
—Es raro… contigo me siento cómodo, pero también siento que siempre te contienes.Jungkook apretó la mandíbula.
—No es nada.
Otra mentira.
Jimin se encogió de hombros y cambió de tema, pero esa frase se quedó rondando en la cabeza de Jungkook el resto del día.
Porque era verdad.
Se contenía todo el tiempo.
La noche que lo cambió todo llegó sin aviso.
Su mejor amigo tuvo que viajar por trabajo. Dos días fuera. Nada grave. Jungkook se ofreció a quedarse cerca “por cualquier cosa”. No dijo la verdadera razón: no quería que Jimin estuviera solo.
Cuando llegó a la casa, la lluvia empezaba a caer. Jimin le abrió la puerta usando ropa cómoda, el cabello húmedo, como si se hubiera duchado hace poco.
—Pasa —dijo, sonriendo—. Justo iba a pedir comida.
La casa se sentía diferente sin una tercera persona. Más silenciosa. Más íntima de lo que Jungkook hubiera querido.
Cenaron frente al televisor, comentando cosas sin importancia. Jungkook trataba de comportarse normal, pero estaba demasiado consciente de cada movimiento de Jimin. De cómo se sentaba cerca. De cómo a veces su brazo rozaba el suyo.
—¿Te incomoda algo? —preguntó Jimin de pronto.
—No.
—Seguro.
No era una pregunta.
Jungkook dejó el vaso sobre la mesa y respiró hondo.
—Jimin… hay cosas que no entiendes todavía.
Jimin frunció el ceño.
—Eso suena bastante condescendiente.
—No quise decir—
—Lo sé —interrumpió—. Pero siempre haces eso. Hablas como si yo no supiera nada.
Jungkook se levantó del sofá.
—No es eso.
—Entonces dime qué es.
Silencio.
Jungkook caminó hacia la ventana, dándole la espalda. La lluvia golpeaba fuerte. Se sentía atrapado.
—No debería estar aquí —murmuró.
—¿Por qué?
Jungkook se giró.
—Porque soy mayor. Porque eres el hermano de mi mejor amigo. Porque esto… —se señaló entre ellos— no está bien.
Jimin se levantó lentamente.
—¿Y si lo está?Jungkook negó.
—No sientes nada por mí.
Jimin soltó una risa breve, sin humor.
—¿Eso crees?
Se acercó un paso.
—Siempre asumes lo que siento sin preguntarme.
Jungkook retrocedió.
—Jimin, no—
—No me trates como a un niño —dijo, con voz firme—. Tengo veinte años. Sé lo que quiero.
Jungkook tragó saliva.
—¿Y qué es lo que quieres?
Jimin lo miró directo a los ojos.
—A ti.
El aire se volvió pesado.
—No sabes lo que dices —respondió Jungkook.
—Sí lo sé —insistió—.
Me gustas desde hace tiempo. Pensé que nunca me verías, pero… me miras. Siempre lo hiciste.
Jungkook cerró los ojos.
—Esto es un error.
—Entonces deja de temblar —dijo Jimin, apoyando la mano en su pecho.
El contacto fue suficiente para romperlo.
Jungkook abrió los ojos, respirando agitadamente.
—Si hago esto… —susurró— no hay vuelta atrás.
—No quiero que vuelvas —respondió Jimin.
Jungkook lo besó.
No fue impulsivo.
Fue contenido, cargado de todo lo que había reprimido. Jimin respondió de inmediato, como si hubiera estado esperando ese momento durante años.
Se separaron apenas.
—Dime que pare —pidió Jungkook.
—No —dijo Jimin sin dudar.
Esa noche no fue perfecta ni desordenada. Fue intensa porque ambos sabían lo que estaba en juego. No fue solo deseo; fue aceptación.
Cuando despertaron juntos, Jungkook no sintió culpa.
Sintió miedo, sí.
Pero también algo que no había sentido en años: claridad.
Jimin dormía tranquilo a su lado.
Jungkook entendió entonces que el verdadero problema nunca fue la edad.
Fue el miedo a permitirse sentir.
Fin